El dolor del que no hablamos

El dolor del que no hablo es aquel del que todos seremos víctimas y ejecutantes ante nuestra conciencia. Miro a la Muerte de tú a tú. Somos viejos amigos. Ella se desvela por hacerme sentir vivo y yo la fascino con mi indecisión, pero ella siempre vuelve, nunca tiene bastante, jamás se aparta de mi lado, se ha hecho con el tiempo compañera de suertes y venturas…las suyas, pues orgullosa como es, no deja de recordarme que es muy superior a mí. Lo es, pero no tanto como el Amor, al pobre le tiene manía, celos se diría, e intenta convencerme de que «ella» es inocente, sólo cumple su labor, y yo la niego, con sordina de corazón y melismas de fatuo dubitar, pero le sirvo té con canela desde hace mucho, tanto tiempo que ni Ella ni yo recordamos.

Hoy quiere recordarme su esencia, arrancarme un trozo más de mi carne ya hedionda por su tenacidad y la he vuelto a servir té… No le ha gustado la confianza con la que me desenvuelvo ante Ella. ¡Ay!, bien la conozco, sólo aparece para hacerse la importante, y en sus gesto de gata ladina se delata y me decepciona, pero Ella, la Muerte siempre hasta hoy mismo, es un mañana por venir, y aun así, se divierte entreteniéndome, fugaz y estólidamente se acerca y se sienta.

La espió fingiéndome ocupado…y lo estoy. Sacudo el morral de las cosas cotidianas y la miro sin saber muy bien a qué se debe su querencia por mi familia, y luego recuerdo que Ella es así con todos los demás. O casi todos.

Ella adopta la forma menos apropiada, naciendo cada vez como si tuviera excusas, aunque nunca se pronuncia. Cuando se toma su té, sé por la costumbre, que no ha venido a pasar el rato. Es tan paciente como yo, y no se esfuerza sólo por designios del más allá, es por esa cosa baladí de la naturaleza de la Vida, de la que forma parte, pero a la «vida» no le hacemos el caso necesario, y así nos va.

Hoy se ha sentado de nuevo y bebe con lentitud… Yo voy y vengo sin hacerle mucho caso, la huelo desde hace mucho, agraz perfume de colores sin coordinar, y mientras ella sorbe su té, rezo por mi madre, a quien no puedo ver por las normas de la UVI, pero a quien, por mucho que Ella se empeñe no apartará de mi ser. Ambos hemos acordado no hablar del dolor, Ella por su interés y yo por no darle más pábulo al mismo. El silencio nos une, pues. Después, ya veremos, será mi turno.

Saludos, Anónimo Lector.

Días aciagos

Llegan los días aciagos, sin prisa, rumorosos y se instalan en medio de la cotidianeidad, y ésta se quiebra con los gestos de lo inesperado. Surgen de la nada imprevista, se acomodan en la mecedora de incomodas posturas y sólo nos queda observar cómo a cada instante las cosas en apariencia permanecen y sin embargo, un mutar de lentitud tenue, acompasado en cada gesto desapercibido lo va transformando todo.

Nada volverá a ser igual, y no por los acontecimientos que transcurren en apariencia uno tras otro, haciendo de cada uno de ellos un paso más hacia el abismo, no son esos aspectos del suceder de los elementos accidentales y su tiempo los que nos sacuden, nos arrastran sin pausas y sin requiebros, todo está en calma, y sin embargo todo avanza hacia el inexorable final. Uno que siempre es el principio de lo otro. Lo que no sabemos imaginar, intuir tal vez, pero sin la seguridad de saber cómo seremos después del acto supremo de lo inefable.

Sentado o de pie, mirando por la ventana intento figurarme en ese tiempo inapelable a mis deseos de volver a una infancia más segura o al menos cierta. Un lugar y un estado del alma donde el amor era una mueca en medio de la vuelta al cole, mi madre me recibía, mis hermanos remoloneaban y yo con sólo verla sabía que estaba de nuevo en casa, el territorio donde nadie podía abusar de mi inocencia. Ella cuando estaba, no siempre podía recibirnos, sacudía la modorra del aburrimiento y con sus manos iba y venía para que al menos todo pareciera en orden y en ese sosiego de tenernos a todos bajo su manto. Ella sabía que nada dura para siempre. Lo sabía cómo hoy yo lo sé. He heredado de ella su saber de no sabernos eternos. Lo efímero de todo. Salvo su amor. Ese es eterno, al menos mientras me quede un soplo de aire sucio y mugriento en las aletas llenas de mocos infantiles, que a mi padre resultaban tan molestos. Pero él era así, sus hijos debíamos ser espejos de pulcritud, aquella que él mismo no conocería nunca en sus años de niño.

Hoy una nota discordante se ha instalado en este concierto de vibrantes acordes seriales, se diría; hoy, la enfermedad se ha cebado con la música del momento continuo, hoy resuena en mi oído la última nota inextinguible.

Cuando nada vuelva a ser como fue, en la estúpida vida tornadiza, ¿sabré reconocerme?, al capricho de ningún dios jamás me sometí, y sim embargo, empiezo a pensar en ellos como lo que son, excusas de cobardes. Sin mi madre, nada es, no es que nada será, es que nada habrá, nada; sin ella, sólo mi muerte tendrá sentido, no por compartir destino, por ser una vez más, el niño que de su mano iba al mercado y volvíamos cargados con las viandas de la semana. Un tiempo en que ambos éramos uno. Ella fortaleza y yo su sombra, ella mi alma y mi yo; yo, su hijo debilucho, de su mano, siempre de su mano. Cundo ésta, su mano, me falte, entonces, sé que estaré de sobra en este mundo. Sin ella…

Saludos, anónimo Lector.

Madre de mi amor inmerecido

mirar

Miro a mi madre postrada en la cama de este hospital, uno como tantos otros repositorios de la vida moderna, donde alojarse en tiempos de islas antaño alejadas. Alzo la vista y la constelación de Orión, el eterno cazador, persigue su propia condenación. Veo a mi madre e intento imaginar esa bacteria que la está debilitando y me pregunto si en su idiocia los microbios cazan porque son así por castigo divino, o tal vez sea todo un efecto de su minúscula sustancia. O tal vez pertenezcan al reino del azar más aciago para el ser humano. Son tantos años con ellos que se nos olvida que están ahí…

Miro y Venus ha girado alejándose el lucero, pareciera no querer asistir a este espectáculo. Y así se alejan mis mejores deseos tenuemente disimulados, y se apodera de mí el temor. El miedo de lo que uno sabe que puede suceder. Es el pavor, no a lo desconocido, lo he visto ya tantas veces que se diría que he estado ya allí, en los momentos que no quiero nombrarme, y sin embargo ya he vivido.

Mi madre duerme, reposa, descansa, mi ser se agita ante tanta quietud incomprensible.

Llegada cierta edad, la vida nos presenta su lado amargo, es la hiel del precio por estar vivos; en el caso de mi madre, al poco de nacer, la misma vida se apagó en su madre, su padre y un hermano que apenas viviría un día saludando al sol, decía pues, a los cuatro años, mi madre, que ahora descansa, no tenía más familia sus dos abuelas a quienes, también la vida se llevaría pronto, segando de tal modo un futuro distinto. A los doce años calló en manos de una cierta persona que la trataría como a un remedo de la cenicienta, pero esta arpía no contaba con que un día llegaría el príncipe más pobretón del Reino y la enamoró con su dos ojos azules, poca cosa si se medita, y las pipas para el cine: mis hermanos y yo somos el fruto de unos pobres desgraciados. Y si por si acaso esto que he narrado no conmueve, mi madre, quien ahora dormita alejada de todo pensamiento, vio morir a uno de sus hijos a los doce años de edad con quien compartía cuarto conmigo.

Sí, la vida no es fácil. Mi madre huelga decirlo, dejó de creer. Dios perdona, mi madre NO se lo perdonó, nunca. Y el Dios de los reproches continuos ahora guarda silencio y calla. Como suele suceder, desde entonces: nada nuevo desde la cruz y sus reliquias.

Escribo esto mientras espío la duermevela de mi madre, mi Santa Madre, cada uno tiene su santoral particular y en el mío por supuesto lo preside mi Madre, con su delgadez momentánea y su dormir suave, con sus gestos de modestia, con su corazón de par en par abierto al dolor ajeno, con sus manos maltratadas por la artritis de tanto trabajo ímprobo e ignorado por quien siempre sabe más que nuestro propio cuerpo, con su alma suspendida en un gotero ¡Cómo odio tanto nombre ridículo para algo que es transparente!. El Mal, no el mal de la enfermedad, el mal de lo injusto.

SÍ: la vida ha sido muy injusta con mi madre, pero ella en su bondad sin cuento no la sintió nunca como tal. Aguantar y aguantar, día tras otro, mes tras mes, años sin fin, todo lo asumía entre lágrimas secas y llantos quedos, hasta que nosotros su hijos renovaron cierta sonrisa en la doblez de sus ojos, pero nunca la vi gritar al Cielo, ese cielo lleno de inmortales dibujos animados por el rotar de esta bola de tierra y agua. La tierra que pisó mi madre, descalza y otras veces, con suerte, con unas zapatillas raídas para todo un año, y el agua del río donde alquilaba para una de sus abuelas los cajones infectos para lavar la ropa, aquellos años de miseria, moral y cotidiana.

Ya entonces querían tomarla por tonta. Es lo que tiene ser buena, los demás, indefectiblemente, te toman por tierra abonada al abuso y la iniquidad, para desdicha de mi madre, que de buena es pura ingenuidad. No se equivoque el lector, cuando algo se ha interpuesto en la felicidad de sus hijos, mi madre, que todavía duerme removió cielo y tierra, y todos los falsos suelos de formica lustrosamente oficinista por nosotros, para nosotros, y su carácter afable se mostraba como un relámpago tintineante, mostrando así que incluso la rosa más ladina nada tiene que hacer contra el pétreo cactus de la voluntad materna.

El amor es la suma de lo bello, pero el precio es casi siempre desorbitado. Cosa esta para pensar.

Esa bacteria que anida su colon como las vistas pesadas, pretende acabar con lo único que hace soportable mi vida: ¿irrisorio, verdad?

Mi madre, quien acaba de abrir los ojos para enseguida cerrarlos de nuevo, me ha mirado, una pausa en su volar por el éter donde miles de estrellas me parece que quisieran esperarla para ofrecerle amorosa compañía ¡No queridas, todavía no!

Necesito de su amor incondicional como necesitado estoy del saber que nunca, sin ella, volveré a ser quien fui, gracias a ella. Soy tan suyo como Ella es mía, cierto, es cierto lo que piensan algunos indigentes al cariño, nunca se rompió el cordón, no por pereza o comodidad, sino por compasión: mi madre siempre supo que yo, precisamente yo iba a ser quien más la necesitara. Como así ha sido. Ese cordón hoy se balancea en un delirio de circo maldito…por algo siempre odié el circo y su abalorios en forma de fetiches.

Fui un niño débil, enfermizo y llorón. Hoy lloro por mi madre y ella llora sin lágrimas por todos sus hijos, su marido, sus nietos, sus soles orbitando en torno de ella cada vez que la ven. El círculo se cierra. ¿Qué sería del mundo sin las lágrimas de las madres? Un erial. Ellas riegan lo bueno y puro que los demás hollamos con nuestra indolencia, parsimonia, por no pararnos a pensar que nada tiene sentido… como es mi caso. Sin mi madre todo será gris, el negro lo reservo para mi última noche en este mundo. Solo, como temo sin miedo.
Mientras el amor de mi madre alimente mis recuerdos el color del mundo se tornará grisáceo, ceniciento, nunca mejor aplicado, como estas nieblas matutinas tan acordes con mi estado en estos días. Y al fin, el Negro, ese llegará como siempre nos llega la postrera pátina.

Los ojos de mi madre reposan sobre sí, avisándome, pero miro a lo alto, tras la ventana y es entonces cuando comprendo que el mundo es indiferente al color de una mirada por la que cambiaría todo, mi triste cuerpo y mi alma derrotada. No hay sacrificio posible. Todo lo es. Y nada es nunca suficiente para aplacar la soberbia de la naturaleza, la humana, pero hoy la humildad no está de moda. La humildad de mi madre, su buen talante, son cosas que ella porta con la natural destreza de una abeja recolectora, volar para las demás, mientras duerme, el cansancio de tantas idas y venidas le están pasando factura y ella nunca quiso dejar deudas. Por todo hay que pagar, hasta por la bondad, por supuesto. Sobre lo malo, ya no estoy tan seguro. Azar y misterio, decía una vez, que todo así en la vida es. Puro azar.

Mientras duermes, tú, mi madre adorada, el alma que me habita como la mía misma, no es capaz de hacerlo, alejada de mi cuerpo, por culpa de la insensatez de querer ser como tú, qué digo, parecido a ti, se desperdigan los recuerdos entre la sábana que te arropa, trasunto de mis brazos de mis labios mientras parces descansar, lucho contra la imaginación atroz que nos hace humanos, esa condena que nos hace conocer las variables con que la enfermedad juega con tu vida como si el maldito circo te iluminara, esperando la señal que ponga fin a tanto vulgar jolgorio.

Los días, cada día más se alargan, mis fuerzas no menguan, se aquilatan y escribo. Siempre quise que estuvieras orgulloso de mí. Como yo lo estoy, en la inmensidad de mi pobre ser, de ti. No me ciega el amor, lo hace tu luz. Allí, en el cielo, un día serás de nuevo trazas de estrellas, como hoy, que no ceniza infecunda, y esa será la falsa manera humana de soportarnos en la mentira, pues… El Amor, el verdadero, vence a la Muerte.

Y lo hace por mor de nuestra necesitada voluntad.

Saludos, Anónimo Lector.

Mamá, bendita tú eres entre todas…

Evocación

Evocación

A todos nos llegan nuestros «idus de Marzo», esas fechas que bien sabe el lector solícito, nos obligan y responden como resortes de un engranaje de cuerda perfectamente compuesto para hacernos danzar cual autómatas, admirables máquinas sustentadas por la voluntad de su creador, preciosos pinochos repentinos, rutilantes relojes en hora, juguetes, en suma, dedicados a soportarse por leyes que nadie conoce salvo los mismos artefactos de carne tediosa y grasa colegida en su misma conjetura, y que viene siendo eso que mal llamamos cuerpo… pues el alma, en esas fechas abandona nuestra casa, para aleccionarnos, qué nunca sobra, ni la enseñanza interpuesta, ni la ilustración de qué somos exactamente, por mucho que sepamos fingirnos.

En esas fechas, somos lectores miopes de monumentos de basalto llenos de runas indescifrables, peregrinos de cruzadas sin causas santas ni disculpables, y entonces, es cuando no sabemos nada, sin alma…caemos en las conductas inadecuadas o equívocas, sin apelación posible ni alegatos en que parapetarse. Nunca se está preparado para la vida sin esperanza.

Sin esperanza, ¿qué somos? Gritos sordos al aire de los demás, más ahogados a cada bocanada aún por decir, animalillos con que tolerar el mundo circundante, seres incompletos al otro lado del espejo, el verdadero, allí donde todo es como bien saben los niños, somos, en efecto, sombras sin el apego de lo material, sin sus barruntos ni coartadas, deslices fugitivos en la deliciosa como terrible estadía de lo inhumano. No es el infierno, pero ¡Ay! tanto se le parece, que de creer, acabamos sabiendo en qué consiste la esperanza.

Esa forma de fe, que en otras fechas y otros días, otras vidas enteras sin final a la vista, fueron el libro donde escribíamos con paciencia o celeridad, cada detalle o el fárrago indiscreto pero siempre había algo que anotar. Ya fuera el paso del dolor a la dicha, pero sin alma, reitero, somos tan analfabetos como los asnos que pastan pollinamente en medio de nuestra imaginación bovina. Sin esa alma, llevada al exilio por esa crueldad de la falta de esperanza, sólo la piedad ajena nos puede proveer estelas por donde reconvenir nuestra vida, siempre que no sea ya tarde, el tiempo no sabe ni comprende de nuestras cuitas, ni le importan, para eso es espacio en movimiento perpetuo. Como la cuerda del autómata…

La esperanza es una ilusión, la más supuesta entre tantas bellas menciones sobre la belleza de lo imaginado, bien lo saben quiénes en ella confían, el alma es la inmortal creencia en la justicia del futuro, no es cuestión esta religiosa, pues sin alma no hay pizca de certidumbre para todos nosotros, es el espíritu en la voluntad del mañana, del que nadie escapa, es esa forma de promesa por consumar en nuestra mediocridad, pero no pontifico, cada cual debe resolver por sus propios medios tales cuestiones.

Hoy yo sigo en este lado del espéculo bruñido con la herrumbre de mis lágrimas. Arrumbado como me hallo, busco dejar mi alma en algún lugar seguro, una cajita antigua donde recuperarla que guardo desde aquellos días si no felices, sí seguros, una estuche de madera estriada de mi infancia, que me regaló mi madre, allí debe estar, esperando, para cuando regrese la esperanza, en forma de ilusoria gragea que tomar con el sabor de la hiel y el efecto del aceite de ricino, y en esa ingesta malsana para con la misma espera, volver a recuperar mi alma, que llamo «hermosa calamidad», y con ella, tomar las manos de mi madre y oferente fanático sacrificar todo mi ser por su bienestar.

En tales fechas, como hoy mismo, sin más que decir que no sean sandeces que nadie leerá, quiero gritar, para que vuelvan los días en que aún tenía alma y esperanza. Y me encuentro escribiendo, como un escribano de rima fácil, tan huero y vano, lleno de espanto me retiro ante mis propias palabras.

Quiero terminar con una cita de los Salmos más repetidos hasta la saciedad y por tanto menos entendido

Salmo 23: Citas
El Señor es mi pastor
23:4 Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque tú estás conmigo:

23:6 Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor, ( en el alma de mi Madre)
por muy largo tiempo.

Saludos, anónimo Lector.

Coda: Mamá, bendita tú eres entre todas.

De mi Madre… esa última estrofa,

Amor

Hoy mi querido Lector anónimo, amable visitante de esta mi pequeña bitácora que desde hace ya mucho tomó el zarandeo de la deriva de un mar embravecido por esta vida que me sacude a poco rato, con la galerna propia de las desgracias que por domésticas no dejan de ser el clima y el tropos que mejor describe mis idas y venidas por estas entradas, a cada cual más íntima como criptica, pero no obscura para quienes saben «leer mis letras», como dice mi amiga Ana, no lo es, no les resulta una vomitorio deambulatorio por donde asoman todas mis últimos lugares llenos de escarmientos de los que no aprendo nada, cosas de escribir sobre uno, buscando la expiación, y encontrando sólo desconcierto y vana vanidad.

La tempestad no amaina, y mis ramales sinápticos, sobreviven, pero antes de ayer, esta estúpida vida del sueño de los idiotas y canto de los locos egregios, como diría aquel genio de Albión, se tornó más injusta que todavía sigo en un ajetreo del que no sé cómo salir, a tumbos caminan mis pensamientos y bandazos emocionales desde las palabras, hoy ya un tanto remotas en su marco, pero gravadas a fuego infernal en mi corazón, calígrafo terminal de mis rarezas volitivas, y clavó mis pies, por no poder crucificar como sería lo debido, esta suerte del verdadero dolor que una noticia, un diagnóstico sobre el ser que más quiero, necesito y amo sin reservas en este mundo, mi Madre querida, recibió, como llegan las tormentas, sin avisar, como suele ser la vida moderna, bajo unos fluorescentes, en una salita abarrotada de afiches de alquimistas, con ese color verde pálido y sucio, pero que quieres ser consolador e higiénico y que Ella, mi Madre, escuchó sin mucha atención y yo recibí como una respuesta a todas las preguntas; sí, en efecto, era la inopinada demonstración matemática que no quería ver, y sin embargo ahí estaba, delante de mí en forma, ya lo he dicho, de un diagnóstico atroz sin paliativos a los que sobornar con las perlas ácidas de las excusas que ingeniamos todos en tales momentos.

La vida está llena de malas noticias, está en su propia avance, como una daga afiladísima, ésta en particular atravesó mi corazón, evitando los huesos de las falsas esperanzas, hasta llegar al mismo, que en ese momento epifánico determinó tomar el control, aún herido de muerte, mi corazón derrotado en apariencia se reveló como la única de mis consistencias entre tantas entretelas que determinó asumirse como mi motor perpetuo, pues esa otra, tan alabada y endeble, mi conciencia, se desdibujó, huyendo cobardemente a las regiones del tópico y como jamás soporté tales deserciones, apreté mi pecho, no para contener la herida, sólo en un intento para soportar definitivamente el futuro, su dolor venidero y mi papel en todo este nuevo acto de la tragedia intermitente que supone luchar contra el coro siempre tan optimista, ya por tradición, ya pesimista, por natura del poeta, y saber que los finales, como ya lo conocían cuando el mármol más bello cubrió la Acrópolis, que todos los espectadores, prevemos como niños en un juego cotidiano, el Final, esa última estrofa, que nunca se esconde ni se retrasa, aunque lo parezca.

Ese es el verdadero frontispicio de mis palabras, saber cómo acaba todo y aún así…

Mi Madre, todas las Madres, todas las mujeres con todos su hijos, todas las Madres que en el mundo han sido, son hoy mi propia madre. En ella se replica la maldad con la que la mundana avaricia con la que se comporta la Vida, y sus malditas tonterías evolutivas, es hoy la Madre de todos nosotros.

Quien crea que exagero es que no ha conocido el Amor. EL Verdadero, no el postizo que practicamos artificiosamente por la inercia del aquél, el materno, que nunca es suficiente, y en cambio colma y calma y nos descansa en su regazo, ese colosal saber cómo consolarnos, cuando la vida y sus secuaces mentiras nos emboban.

¿Exagero? No lo dude el Lector, pero habría qué conocer este mi lector anónimo a mi Madre, y ella sabría resolver, no ya las dudas, sino la certezas de la fe en este axioma, que todos deberíamos ejercer sin fisuras, sin desaliento, sin descanso: Madre no hay más que una, y ellas lo saben, que a nosotros se nos olvida tan alegremente… He caído en el tópico, vulgar de lo popular, y ¿saben qué? Que me importa una higa. Soy el hijo de pobres, y no me avergüenzo. Y todo por tener la Madre que tengo.

Mi Madre, fue privada en su más tierna infancia de padre, madre, o hermanos, huérfana absoluta de tales protecciones, andamios de su misma niñez, sostenes ante la angustia de tantas injusticas y descalabros, y el sufrimiento acechante… así se las gasta esta vida que llamamos existencia, de ahí que sienta por sus hijos y nuestro padre, un amor más allá de toda razón juiciosa, además, esa misma cosa que llamamos biografía, le privó en un accidente, curiosa forma de llamar a la desventura más infame, de la vida de mi hermano José Luis, tenía sólo 12 años, cuando le fue arrebatado, a Ella, y todos nosotros… Aquello pasó hace ya tantos años…Nunca, desde aquel día malhadado, fue la misma, y miraba al Cielo, y decidió qué no había Dios, no podía existir, reconvino, un ser destinado al parecer a hacerla sufrir tanto, tanto, tanto…

Ahora, hoy comprendo, pásmese el Lector, las guerras y otras atrocidades, si a ellas se iba para defender el hogar en el que las madres esperaban pacientemente desquiciadas el regreso de los hijos combatientes, hoy mismo partiría yo a una contienda, formando parte de una mesnada de pretéritos soldaditos sin aplomo, pues me conozco, a defender en batalla a mi Madre, pero mi combate, es hoy otro muy distinto, la Enfermedad, ese mal tan de nuestras sociedades de falacias argumentales, me convoca con el sonido de las trompetas barrocas y la tierna cadencia de un coro polifónico, cursi de nuevo, pero no dude el Lector al leer estas nimiedades, ya llevo toda mi panoplia conmigo y me dispongo a ir al frente, y no regresar, allí batallaré con la única pero la más grande de las enseñanzas de mi Madre: El Amor.

Con él, no he de vencer, pero al menos, sabré que al lado de mi Madre y la refriega de su misma vida, (la de todos nosotros, mis hermanos y mi padre) de hoy en adelante…con el Amor, canto de nuevo, todo si no se reduce al enemigo invisible, al menos, se resiste y eso, querido Anónimo lector, no es poca cosa.

Hoy el mañana es obscuro, pero siempre lo ha sido. Cosas de no estar en lo alto de pirámides ni templos, pero en la base de todo monumento se inscribió la enseñanza primera de mi Madre: «EL AMOR VENCE A LA MUERTE», su ejemplo así me lo demostró, y desde entonces, aprendí en qué consistía la Vida. Nada más y nada menos.

Saludos, Anónimo Lector.

Coda: Siento de veras parecer tan melodramático, pero qué se le va a hacer. Así son «las cosas»

Texto de esta maravillosa canción

Es la última rosa del verano,
que solitaria queda floreciendo;
Todas sus adorables compañeras
Han marchitado y se han ido;
No hay flor de su linaje,
No hay capullo cercano,
Que reflejen su rubor,
O devuelvan suspiro por suspiro.

No dejaré que tú, solitaria!
Languidezcas en el tallo;
Ya que las adorables duermen,
Ve tú a dormir con ellas.
Así yo esparciré, suavemente,
Tus hojas sobre el lecho,
Donde tus compañeras de jardín,
Yacen sin perfume y muertas.

Tan pronto como pueda seguirte,
Cuando las amistades decaigan,
Y desde el círculo brillante del amor,
Las gemas caigan alejadas.
Cuando los corazones sinceros yazcan marchitos,
Y los bondadosos hayan volado,
¡Oh! ¿Quién habitaría
Este mundo sombrío en soledad?

17 de Julio. Teresa nació, y con ella, nuestra vida.

mama

Querida má:

Te debo tanto que no es la vida de mi triste cuerpo lo más grande, siendo ésta a los ojos de los demás lo más pasajero por evidente y más fácilmente elogiable por cotidiano. No hay mesura para entender, en cambio, todo cuanto aprendí de tus manos, tus mejores instrumentos para la ilustrar lo mucho que a la compasión atañe e instruye, y cuya técnica de maga prodigiosa hizo sensibles a todos tus hijos al milagro de la bondad, aquella que no debe esperar nada a cambio, pues nunca hubo lección mas breve, ser bueno por serlo.
Eras manos, hechos, trabajos, gestos y sobre todo, tus palabras: de ellas comprendí que la mejor es la que se dice en silencio, con el peso derribado del orgullo y la liviandad que no pretende juzgar. Que el daño que de la boca sale acaba por extraviar el alma del supuesto sincero y del no menos locuaz por importante. Nadie me dijo nunca tanto con menos.
Aprendimos que la mortadela en su modestia es gloria bendita si la acompañaba tu disimulado esfuerzo por la sorpresa oculta: la espuria crema de tres colores que mañana adornaría la barra dura del ayer, pues aprendí que el pasado como el pan, no pierde el valor de sus enseñanzas, sólo por no permanecer tierno a nuestros deseos de cambiarlo, era el mañana el que debía ser aceptado, pues pobre es el deseo de los que no asumen que el hambre insatisfecha no saciará nunca a quien la inconformidad le hace desgraciado de por vida, el recuerdo de una simple merienda es suficiente para salir adelante, pues era el verdadero alimento de las tardes, llegar y encontrarte de la vuelta de aquellos trabajos ocupada en darnos el fruto de tu mejor invención, que pese a todo, merecíamos la idea inverosímil de ser felices en y con lo poco, y que lo mucho, siempre les parece escaso a quienes lo malgastan.
Esa modestia de no ser más que lo que se es, y que hoy, por fin mamá, ya he asumido, y tú mientras, siempre fiándote de los consejos ajenos, eras incapaz de ofender, no sabrías decir no, y por ello incapaz de responder que no siempre los sigues. Y que nunca deberíamos juzgar los motivos de la caridad ajena, no sería educado, pues hasta los pobres teníamos códigos, y debíamos respetarlos.
Aprendí que no hay mayor maldad que la crueldad gratuita, cuando me consolabas de la misma, y por ello, jamás debía yo imitarla. Juntos esperábamos a que algún día el mundo sería mejor, o al menos, menos malo, pero que debíamos cambiarlo, mientras tanto, antes en los que nos aman, sin ellos, no hay casa que se sostenga, ni cariño que la soporte.
No olvidaré que aquellos que nos llamaban humildes no contaban con el orgullo infinito que tus hijos y papá te causaban, y que hoy me trae los vientos de los besos que nos dabas en forma de remiendos y de contiendas contra la mísera existencia.
A tu lado debo el recuerdo del dolor que sólo era tuyo, ver morir a un hijo no tiene consuelo, y a nuestro lado, te reconstruiste como hace la verdad de un corazón inmenso, seguir adelante hundiendo en un oculto camafeo el dolor, clavado bajo pecho y así, en privado, llorar el seco llanto de un alma que se niega a ser páramo o ciénaga, el dolor es el alimento de mayor humanidad; no lo sabes, pero así es el ejemplo, «los que lloran serán consolados» si nunca ceden a la molicie del dolor estéril.
No saber, en suma, con la resta de la desgracia ineludible, cuánto es cuanto te debemos, nosotros, y no sólo tus hijos, tu vida es una laboratorio de sencillas búsquedas, y pequeños logros para el resto, no tendrás mas premios que los que ya sabes, no los esperas, y la placa que enmarque tu recuerdo será aquella que diga que en tus nietos y nietas se cumple la máxima de que el amor es, y será más fuerte que la muerte, y que la vida. Ésta es tan sólo su manifestación casual. Pero en ella, también las pobres huérfanas sin hermanos ni padres dan al mundo una respuesta inopinada, nada acaba con la vida si tienes en la falta de amor la fuente inagotable de tu amor, contra toda lógica y ley de la humana especie.
Y sobre todo lo anterior, sé que a pesar de la decepción constante que creen los demás que soy, nada en ti me lo insinúa, y si acaso lo piensas por debilidad, sé también que no la sientes. Cada mirada tuya así me lo demuestra, y es precisamente, la forma en que nos miras, como sabemos que nada te hace olvidar que somos tus hijos, axioma de innecesaria explicación.

Somos, soy, y quien nunca dejará de serlo por la minucia de no estar todavía con nosotros, los cuatro hijos y la única hija de Teresa Martín y de Reyes Cuadrado, nuestro padre, y con esto, está todo dicho. Serlo es el orgullo, el más íntimo y sin embargo, el más limpio del que hablar puedo.

P.D.: Papá, en Marzo, tu turno.

Felicidades, má.

Saludos, Familia y anónimos Lectores.