No con mi silencio. Rajoy no merece esto, ni nadie.

15-Year-Old Sweeper, Berkshire Cotton Mills

No con mi silencio. La agresión sufrida ayer por Don Mariano Rajoy, no tiene excusa, justificación ni ningún otro término de los que hoy he leído en muy diferentes medios que sirva para restar importancia a un hecho, que está fuera del “juego democrático” y del rigor que como Estado Democrático y de Derecho nos hemos dado para bien nuestro y el futuro de nuestro país de ciudadanos libres e iguales.

No, “el juego” no puede ser el subterfugio para que un ciudadano, apenas tres meses le distan de ser un votante con plenos derechos, que no sabe respetar las mínimas nociones y reglas del citado marco, y que por lo visto, para algunos, sólo es eso, “un juego” donde ejercer a su gusto de matón del patio apócrifo y que le pueda salir gratis.
Si permitimos que la ceguera partidista y dogmática de la política nos cercene los mínimos valores de los que partir y sobrellevar una sociedad sin estos resquicios de aquellos tiempos de matones, de camisa de todos los colores y de presupuestos maniqueos, sólo podemos apelar a la Ley.

Qué esta caiga con todo el peso sobre el agresor, de lo contrario, el mensaje que se dispersa es que hay violencias gratuitas que por venir de una parte santificada por tanto medio periodístico con intereses tan espurios como innobles, por mucha apariencia de democracia de la que se revisten…salen gratis, por ser parte del “decoro progre” y nefando, pues no se atreve a decir su propio rasgo definitorio, todo vale en este lado de la “supuesta razón”, pero “razones” hay tantas como posaderas…y para esta agresión no hay razón, ni motivo ni niño que lo comprenda.

No, no con mi silencio, por mucho que alguien no nos guste, no podemos ir dando puñetazos cobardes e infames; si no sabes hacer con las manos nada más que agredir, no seré yo quien le convenza de que las manos son el producto de una evolución que ya debería haber dejado de ser la violencia su primera expresión…por la que parece que los animales santificados por la sanción enajenada de ser de “los nuestros”, y la víctima de “los otros”, pudiese derivarse que todo vale. Luego vendrán los lloros, falsarias memeces popperianas… Pues no.

Y no voy a caer en la vulgaridad de “excusarme”, opinando sobre El Presidente. No sería pertinente y uno no debe caer en el mal gusto de no saber elegir el momento para discrepar.

Saludos, anónimo Lector.

La imagen es elocuente, desde entonces hasta ahora, las manos liberadas, de aquel niño, a las del agresor…¿ Qué nos ha pasado…?

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Dolores de Cospedal y de barriga, por la impotencia

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«Y la misma corrupción que puede haber en un partido político, la hay en la sociedad en general». De Cospedal dixit.

La Sociedad española está hasta la saciedad, cosas de la homofonía, de los dislates intermitentes y pertinaces, como los manifestados por la Gran Dama de la Orden de la que es Dama Gran Cruz, y vaya qué sí es una cruz escuchar ciertas lindezas pronunciadas por su Excelencia de la Real Orden de Isabel La Católica…María de los Dolores, y todos sus cargos, a saber, lo habidos y tenidos por disfrutados, y los actuales por sustentados en el dedo y en las urnas, y éstas sólo gracias a aquél, al dedo mismo, del no menos Excelentísimo Señor D. Mariano, Rajoy, para amigos y enemigos, y Brey, por eso de las y griegas.

… de cuyas sinecuras y canonjías de las que usted ha disfrutado han sido: Sólo desde este sigo, Subsecretaria de Administraciones Públicas (2000-2002). Subsecretaria de Interior (2002-2004). Consejera de Transportes e Infraestructuras de la Comunidad de Madrid (2004-2006). Presidenta del PP de Castilla-La Mancha (Desde 2006). Senadora designada por las Cortes de Castilla-La Mancha (2006-2011). Diputada por Toledo en las Cortes de Castilla-La Mancha (Desde 2007). Secretaria general del PP (Desde 2008, sine die…). Presidenta de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha (Desde 2011) y que Su Excelentísima Sra de Cospedal declara como puestos, de los que se cobra por ellos, y como los cargos conllevan sus cargas, la primera debería ser la de no insultar a esa sociedad a la que tanto debe, por omisión o por cortesía, pues poca presumible bondad se nos ocurre para definir el ascenso de su constante carrera hacia la nada. Pues declarar y cito: Y la misma corrupción que puede haber en un partido político, la hay en la sociedad en general. Es no decir nada.

O peor, Mentir para nada, banalizando, así, su propio mal, al hacerlo general…

Bien Sabemos los demás, los que no hemos sido jamás más cargo y carga que para las familias que nos han sustentado cuando la excelencias como usted leían informes sobre la nadería, mientras el marido de usted estaba tan ajetreado en los negocios a los que se dedique y que no son de nuestra incumbencia, hasta que los sean de los periódicos y de las sedes judiciales, y ¡por dios!, al que tanto debe según el color de sus mantillas, no vea en estas palabras un ataque, cada uno sabe con quién comparte sábanas y cuentas, pues como le refería, (bien sé que no ha de leer esto, pero poco ha de importar si mi tracto termina de arreglarse), decir qué, nosotros somos como su partido, o como los demás partidos, es de ser una nulidad en la analogía y en el racionamiento, pues señora mía, perdón, Su Excelentísima Señora, las familias españolas, como la mía, no disfrutan de las subvenciones del Suyo, de su partido, ni de las prebendas y privilegios debidos a sus cargos, trabajos u ocupaciones.

Sólo sostenemos, aquellas cosillas de las qué, las familias (con un DE en medio), como las suyas, parecen tener derecho en exclusiva y por, con nuestros impuestos directos e indirectos, ya sabe, los más injustos, pues a todos nos cuesta por igual la gasolina, la que yo no uso por carecer de coche y la del suyo, el Oficial, al que por supuesto tendrá o habrá tenido derecho, y como es hecho sabido, nosotros la sociedad española, como va eso de los derechos: por ejemplo, el derecho a insultarnos a todos día sí y día también, como hizo Usted, Su Excelencia, con la afirmación de que somos todos como su partido, o como el resto de los mismos, NO. Y mil veces NO.

Ya se sabe, la generalización no es una mentira, ni siquiera estadística, es una maldad, pues su fin es la propia disculpa, para la que no hay perdón posible, pues nadie lava la conciencia íntima con la maldad ajena, al menos los ateos.

No nos asiste más divino derecho, y del cielo procede pues es allí donde acaban nuestras palabras, que exclamar, con nuestro más justo deber, que la corrupta lo será usted en tanto lo somos los demás, así en general, como su Excelencia así lo manifiesta, y cree que yo lo soy, o los son los demás, no tiene más que ir al juzgado y demostrarlo, pero ya sabe como va esto, “diferimos” de que tenga el valor y el tiempo para hacerlo.

Trabajar o buscar trabajo, nos no deja tiempo ni siquiera para confiar en personas que no lo merecían, y de eso, el de su dedo celestial y monclovita sabe mucho…y que Su Excelencia, no supo explicarnos.

Sólo una cosilla más, repase los nombres de la contabilidad de su partido o pregunte en cualquier otra lista de papeles manuscritos de cualquier contable o gerente, y a buen seguro que no encontrará a nadie de mi familia, no hemos sido tocados por ningún índice poderoso, pues nuestro poder se basa en la propia incapacidad paradójica de desearle a usted y a los suyos, juicios tengas y los ganes, como bien saben quienes sólo dependen de la providencia, la verdadera, la que suministran nuestras manos.

Saludos, Anónimo Lector.
Coda: el texto tan embarullado, es un justo homenaje a la oratoria de Su Excelencia De Cospedal, así a lo mejor lo entiende.

TITLE: Family Making Artificial Flowers
ARTIST: Jacob Riis
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Fábula. De cómo el monje Marhuenda y su Razón aprendieron qué es una prueba de oro en el crisol como lección.

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Cuentan aquellos que todo se inventan que cierto amanecer, de los muchos en los que al monje Marhuenda se le podía ver acompañado siempre de la Razón, a quien tenía por sierva y de la que no había de separarse por mucho que el Cielo y el Mundo se aliaran para hacerle llegar tarde a sus negocios, que ocurriole algo que hasta los más viejos del senado aún recuerdan, a pesar del mal alemán que corroe el seso de tan venerables seres y que tan buena labor realiza para acrecentar su gloria, tornándolos niños adorables a nuestros profanos ojos, iban, pues, ambos camino de la Plaza de la Villa y Corte, cedía ya la hora prima y a ese paso llegarían a la sexta.

Detallan por mor de no perderse nada, pues, que como buen sarabaíta tapado, este tenía tantos o mas ocios que negocios y que en atenderlos todos se le iba la vida de acá par allá, como se dispersan los dientes de león en los estíos por agostarse y que tan molestos le eran al Monje de esta historia y por ello y por no esparcirse como las semillas del Diablo, que no se acuesta nunca, no salía jamás sin su Razón, no fuera a perderla ante los demás, por descuido más que nada.

Adyacentes caminaban como era su uso tan lindo y lindante, e iba La Razón a la izquierda del monje Marhuenda en grave silencio, más por esperar a mejor oportunidad de sacar provecho que por el recato debido a tan tempranas horas, cuando al allegarse a la entrada estrecha que llaman la Puerta de la Doblez, se hallaron impedidos de dar un paso más. Tendría el Cielo otros planes para ellos, y así se les presentó el inopinado brete. En la forma de una mujer que les impedía el tránsito, es sabido por la fe de la experiencia, que por la vieja puerta sólo es viable pasar de dos en dos y allí, según testigos que lo jurarían en el más alto tribunal se hallaban tres, y así un rincón de este ambligonio inesperado, tendría, sin solución, que ceder el paso a los otros dos, esperábase que en la lógica del monje Marhuenda debía ser la extraña hija de Eva que semejaba ser una estatua allí plantada.

Detuvo el Monje la mirada por un tiempo que diríase indiscreto que no gentil para sus hábitos y no pudo dejar de reparar en el escaso atavío de la doncella por la edad, unos escasos velos la cubrían y se diría que no intentaba tapar la vergüenza inherente de sus carnes, que al detalle de atreverse el monje hubiese jurado que habían sido laceradas en diferentes coyunturas sin desarmarla por completo ni de la lindura ni de su beldad. La juzgó una más de entre las de torcida mocedad, aquellas cuyos pecados las acaban por arrojar de las villas, antes de la ruina prematura que las doblegaría a entrar en hospitales a la fuerza o servir a las huestes do van y nadie sabe si volverán.

La Razón, demudada, no levantó los ojos y sin esperar a venia alguna de su patrón se retiró como por ensalmo, oídlo si sois gentes de bien, y al punto encorvóse detrás del monje, quien entre maravilla y espanto contemplaba como la bella haraposa, con gracia meditada entre sus párpados y señorío tan prudente que hubiese pasado por la hija del Rey de Pasagarda, salvaba el estrecho trago de piedra y proseguía su camino, cual fantasma de los que según narran otros más doctos que quien esto cuenta, brotan en la noche ancestral llena de los ecos del animal reino, gobernanza de los miedos y sierva de los apetitos menos confesables.

Tornó travesada la Razón a ocupar su lugar y repositorio perimétrico junto al monje Marhuenda, cuando fue violentada por el susurro de los dientes malcarados, camino al cabrerizo de la ira de su acompañante forzoso al escuchar: -«¿qué aire maléfico te ha dado, cómo es que curvaste la cerviz y cediste el paso a tan dudosa doncella? ¿Acaso ella era más en dignidades que tu Señor, o por ventura me guardáis de algo qué debiera saber por vuestra condición?»

La Razón, abrumada consigo misma y que no viose en otra igual, díjose «es la mía, por caridad y sin ella», y así contestó, o al menos eso niega el monje cuando a argüir detalles sobre esto es obligado:-«Bien sabéis mi Señor cual es mi verdadera condición. Soy y así os sirvo, como vuestra Razón, pero olvidáis como yo no puedo hacerlo que en cuanto de serviros deje, me supliereis por otra más conveniente, pues razones, somos muchas, variadas y variantes y es por todos consabido que los mortales sois volubles en cuanto a razones necesarias o impertinentes si de ellas os veis obligados a necesitar, y de este modo y manera, mañana, hoy o tal vez ya mismo, me dejéis abandonada, y seré testigo de que jamás me conocisteis o que de mi beneficio alguno sois merecedor, dando mis consejos por humo y de mis reparos cenizas, y todo ello, perjurándolo. Pero, Ay, mi Señor. Ella era…»

El monje Marhuenda no daba crédito al discurso de su Razón y el estupor y su bastarda hija, la cólera, crecía en su intestinal fuero, fermentando del todo su ya de por sí malogrado carácter, que escondía a quien con él se topaba, ya fuera en el escaso ocio o el supeditado siempre laboro de tan principal como se tenía. Alzando la voz como grajo enfadado pero diestro en disimulos afeitó el tono y dijo:-«¿Ella? ¿ella qué, a saberse de que la conocías y en qué modo te habrá servido?, sino es el Diablo quien inspira tu lengua, diría yo que tratas de embaucarme pues ya no eres ni razón, ni juicio ni facultad alguna te asiste, y debe ser que he dilapidado el tiempo con tan nimia cosa como se me presentan vuestras sandeces, tan a destiempo cual desatinadas discordancias, que hasta dudo agora mismo de qué males se habrán derivado de haberme servido de vos, y si lo pienso un breve en tanto, no, no lo dudo, estoy seguro de cuán engañoso es el designio de teneros por razón…»

La Razón, hartada del monje que tanto la había forzado por su quimérica necesidad de servirse de ella como si en vez de ser una mas de las muchas razones que por los caminos andan sólo fuera falaz artimaña, le espetó en todo lo alto de su tonsura relumbrante:-«Mirad mi Señor que estas podrían ser mis últimas palabras pero antes de ellas, debo aclararos la mente, pues tan nublo es vuestro escaso entendimiento que no habéis reparado en algo tan promisorio como evidente, a quien cedí mi paso y a quien me humillé como hija devota que soy suya no era otra que LA VERDAD, sí, mi Señor, que ahora me acusáis con desprecio y burla eminente como leo en vuestras lustras órbitas, así es y era ELLA, en la misma persona que por la Divina Creación trasiega de acullá en rededor y allende los límites de la Naturaleza que por humana y falible, la busca denodadamente y no ha de darse por vencida si servicio se le solicita como se le presta, cosas éstas que ignoráis, mi Señor, como otras tantas»

«A la sazón por muy tarde que ya sea para ambos que no me dejaré birlar la sesera que aún me queda ni me ofuscaréis con la lábil labia de vuestro adorno y que yo os enseñé, sea en mala hora ya ahora ya futilidad, ¿La Verdad?, LA VERDAD es por todos sabido que es Una tan bella doncella que sin ceder a la vanidad ni sus postizos honores va desnuda, sí como lo os lo digo, cual virgen emancipada que es del humano y pecador sentido del raciocinio y sus simulacros, y que por ello no se prodiga bajo el sol de los mortales, sino en la luz de la Fe que el Señor, Nuestro Padre, nos otorga a sus elegidos y caros hijos…» Así habló, enajenado ya de su Razón por momentos el monje Marhuenda.

La Razón con evidente inmodestia añadió al hilo que ya fenecía en la rueca de aquella conversación.-«¡Cuán equivocado es vuestro saber de las cosas de este caos que se os presenta! LA VERDAD, mi Señor, no precisa de tan noble apariencia sólo digna del primer Edén y cómo os engaña el arte de los míseros artesanos que no se atreven a mostrar aquello que sólo por amor veraz como honesto se aspira a conocer. LA VERDAD porta los velos con que los errores humanos la visten, es labor, pues, tan luego el despojarla de ellos, y así, y sólo así, refulge su esplendor en quien la ve con los ojos no sólo de la bondad sino de la misericordia falta de toda vacua afectación, pues sin los tan precisos por obligados velos, es cuando muestra LA VERDAD las llagas que no acaban de sanar y las repulsivas marcas del flagelo que los mortales con su incontenible lengua cada día no cejan por necedad en prodigarle, sin miramiento alguno para su pobre persona, que al fin es la nuestra en cada una de vuestras conciencias. Razones somos muchas, LA VERDAD, quien sabe, yo sólo he visto una, por ventura, y doy gracias al Cielo por haberla reconocido»

No hay consenso en saber en qué quedó la cosa, cuentan que el monje Marhuenda dio un empellón a su Razón y diciéndole con su habitual y recobrado desparpajo:- «Oye, chica y ¿a ti quién te ha pedido tu opinión…?», y desde entonces vagan juntos, pues no hubo un nueva razón que se prestara a servir al monje, y a veces en la negra noche, se les oye batallar con raro acaloro, se discute si LA VERDAD consiguió engañar al monje con la ayuda de aquella razón encadenada. Probando pareciera, la resistencia y la paciencia, del oro en el crisol.

Saludos, Anónimo Lector.

Bárcenas: «Me equivoqué al confiar en un Presidente de mi Partido que me aseguró que hacían todo lo que podían»

MS Franz Xaver Messerschmidt

En un futuro cercano todos y cada uno de los Presidentes venideros de la nación española en el estrado parlamentario de esa cámara de representes y monumento a la futilidad, podrá citar las palabras de D. Mariano Rajoy Brey:

«Me equivoqué. Señorías, lo lamento, pero así fue. Me equivoqué al mantener la confianza en alguien que ahora sabemos que no la merecía. (Fin de la cita)»

Y así zanjar toda probable o imposible cuestión que afecte a la asunción de responsabilidades, las políticas, las que en verdad afectan a los «políticos», pues las judiciales, esas, «que el cielo las juzgue». Al descargar el calvario en Judas convertido siempre en el felón se da un giro ruin de la historia de la más recordada traición, con permiso de la de Bruto. Al menos Cristo asumió el Cáliz. Y se enfrentó a su destino.

Calvario, que no pasarán ninguno más de los presidentes de España, el próximo declamará con gestos de retórica impostada por asesores inmerecidamente bien pagados, y como decíamos citando, así podrían ser estas nuevas explicaciones para todo:

«Me equivoqué. Señorías, lo lamento, pero así fue. Me equivoqué al tomar esa decisión (sustituir por aquello que sea objeto de la explicación solicitada) basándome en la confianza en alguien, que ahora sabemos, que no la merecía, (por las razones que nos han traído aquí). Y ése ha sido todo mi papel en esta historia. (decir esto por todo Corolario y enfatizado)»

Como al Presidente de Gobierno, D. Mariano Rajoy Brey, con aquella mayoría parlamentaria tan ocupada en aplaudir a rabiar, no se le ocurrió que las equivocaciones deban ser corregidas, no añadió:

Por ello, Señorías, porque me equivoqué, presento en este preciso momento mi dimisión, irrevocable, de todos mis cargos. Es mi deseo que sean atendidos mis deseos con carácter inmediato. Sólo añadir, mi más profunda gratitud por la confianza puesta en mi persona durante el tiempo que he asumido mis responsabilidades siempre al servicio de España y tal y tal…

Y por ello, con asumir que las personas humanas, hasta los políticos, que tiene ojos y bocas, se equivocan y «En resumen» no se me vayan a aburrir, «que no existían motivos claros para creer en la acusación», ni razones para investigar por los cauces de investigación interna de los partidos o de cualquier otra organización seria, así pues, «Creí en la inocencia de esta persona», a pesar de todos los indicios en su contra, y teniendo en cuenta que «mientras los hechos no desvirtuaran esa presunción de inocencia» y como es sabido mi imposibilidad y la de mi partido, para averiguar por otros cauces esos hechos investigados, así como la contabilidad que debemos guardar en algún sitio, aún siendo Acusación Particular y personada en la trama Gurtel. Por no querer dudar, «Di crédito al señor Bárcenas, Señorías», «como creería en la de cualquiera de ustedes que se encontrara en un trance semejante» (Especialmente si dependen de mí, no leer), por todo ello, Señorías me equivoqué.

Bastará, además, con apelar a la franqueza, o la palabra de Dios, que para el caso: «Lo digo con toda franqueza: carecía de razones para dudar de su inocencia» Carecía de razones y de ganas de saber «Así es que me fíe de él y le apoyé. Sí, le apoyé», y qué equivocado estaba al contestar a sus SMS tal y cómo después se han interpretado «como apoyaría a cualquiera que sufriera una persecución que yo creyera injusta» Como ven, Señorías, me equivoqué en pensar por mí mismo, sin el apoyo de la realidad, cada vez mas tozuda en los hechos e indicios de las consecuencias de los mismos.

«Creí en su inocencia». «Esto es una cámara parlamentaria, señorías, no un tribunal» Por tanto, mi creencia carece de valor alguno, más bien demuestra que me equivoqué, una vez más, creyendo que creyéndole inocente yo, Presidente de todo lo que ya saben, todo se solucionaría. «¿Me equivoqué al confiar en una persona inadecuada?» A falta de mejor y más neutro calificativo, «Sí. Cometí el error de creer a un falso inocente» y lo cometí por no hacer nada de cuánto estaba a mi alcance para evitar mi propensión a la beatería judicial, «pero no el delito de encubrir a un presunto culpable» pues tal cosa, jamás se me pasó por la cabeza.

Hasta que, bueno ya saben ustedes, ¿no? «Lo hice hasta el momento en que, a los cuatro años de iniciadas las investigaciones», Cuatro años en que yo, equivocado, no tenía más apoyo que mi fe «llegaron datos que confirmaban…» todo eso que yo no quise saber, «Esto, además de revelar una manifiesta deslealtad con el partido que le había encomendado sus cuentas, confiado en él y defendido su inocencia, además de todo eso, constituía un hecho ilegal que no admitía dudas» ¿Qué sí me caí del caballo?, bueno tuve que esperar al último de mis SMS… y me equivoqué. Fue un duro golpe a mis creencias, como Pablo, me cegó la luz de las rogatorias, (mira, suena bien. No leer)

«¿Me engañó? Sí. Lo tenía muy fácil» (No sé si esto debería ser leído) «Yo no condeno a nadie de manera preventiva» Y cuando digo a nadie, no me busquen en las hemerotecas declaraciones que digan lo contrario que la cita cansa. Y además, entonces, sí que estaba enteramente equivocado, condenando a mis adversarios políticos…

«Dejemos que los jueces trabajen, Señorías» La Prescripción de mis equivocaciones será determinada por ellos, no me cabe la menor duda.

Y por ello, nadie debe dimitir en este país de arraigo al escaño y al cargo hasta que un juez decida cambiarlo por un catre. Los errores, y las equivocaciones no son materia que juzguen los jueces. He aquí, una nueva clase de jurisprudencia.

Saludos, anónimo Lector.

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El imperativo categórico: Del Big Bang a D. Mariano Rajoy

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«Pues todo ser nacido debe desear permanecer en la vida, mientras lo retiene el muelle placer»
LIBRO V, El mundo no es obra de un dios
DE RERUM NATURA, Tito Lucrecio Caro (99 a. C. – 55 a. C.), poeta y filósofo romano.

Puede usted creerme, mi anónimo lector, o no, mientras escribo esto unas remisas lágrimas, sin la venia del decoro, acaban de asomar bajo los arcos apuntalados de arrugas que simulan ser mis ojos. Llorar, que siempre nos contaron es el acto más insólitamente humano. Y hoy como ayer, de nuevo me pregunto si tenemos algún deber con el Big Bang. O ceder a la libertad. A la absurda libertad de la ignorancia.
Desde que el tiempo, el espacio, la materia y la energía, las fuerzas que a todo lo anterior obligadas por leyes incipientes y que hoy enseñorean las pizarras escolares, desde aquel algo diferente, del cual y a partir del mismo, todo sería distinto y no dejaría de serlo desde entonces, hasta aquí, hasta la azarosa distribución de los diferentes átomos ligeros y pesados que componen ese conglomerado de moléculas que conocemos como El Presidente del Gobierno, D. Mariano Rajoy Brey han pasado los extravagantes eones de tiempo inconclusos.
Turbulentas reacciones en todos los campos de la física, y la no menos voluble química, desde el sempiterno caos aparente de galaxias en una continua expansión por la dichosa gravedad, todo aquello que desconocemos por falta de tiempo o imaginación, la lentísima evolución de la vida en planetas como el nuestro para acabar jugando en la propia alteración de las sociedades que del instinto pasaron a la cultura, todo ello para llegar a aglutinarse en esa curiosa forma de la vida inteligente que el mundo conoce como Mariano Rajoy.
Entre medias, las innúmeras catástrofes que no llegaron a ser tales para todos, pues de haber sido efectivas, no estaría aquí sino algún saurio lamiendo el aire con bífida extenuación. De la eucariota a la Biblioteca Nacional, de la desecación del Mediterráneo al Parque del Retiro, de la explosión Cámbrica a los atascos de fin de semana, de la espina dorsal y su bilateralidad a la disciplina de partido, de la metabolización a los asientos contables, de todos lo homos anteriores bautizados según el antojo del día al moderno sapiens que habita Génova, o como salir de África y volver en forma de Troyka, del bipedismo altivo al plasma, de la bóveda platina al «y la segunda, ya y tal…» De la Tierra bola de nieve al «no me consta», de la nunca suficientemente bien ponderada formación de la Luna a «todo es mentira, salvo alguna cosa», de la sierra de Atapuerca al Palacio de la Moncloa, de la materia oscura al «vine a la política perdiendo dinero», del la otra energía y los bosones juguetones a los «sobres«, y de las Bienaventuranzas a los delitos prescritos y los sobresueldos legales. De la bendición de las extinciones selectivamente ciegas hasta el Partido Popular, y desde la teoría de Cuerdas hasta los comunicados y argumentarios con la brevedad de un epigrama latino. Del mitosoma sin aparente sentido al «no entiendo ni mi propia letra». De la separación de las cuatro fuerzas al «No he venido a la política a ganar dinero». Y de la sopa primigenia a la sopa boba. De las leyes puntillosas por descubrir a las bromas infinitas por venir…
Todo esto y más, ha acontecido en ese lapso incomprensible de tiempo que el Universo ha necesitado en su incesante capacidad para dotar a la materia de consciencia, para llegar al ser que pasará a la historia como D. Mariano Rajoy Brey.
Ese más está constituido por formaciones vivas en apariencia que somos los que nunca seremos no él, sino cómo es él. Los que nunca querremos ser él: por respeto al Big Bang y por que ya se encargará el ser que conocemos como D. Mariano Rajoy Brey de alejar de nosotros toda tentación de emulación, por su propia salvación, y supervivencia por selección natural, ella tan bromista, que no por la nuestra, no fuésemos a parecer ser todos hijos bastardos de Hobbes.
¿No es hora ya de preguntarse si tanto polvo de estrellas malgastado no debería ser barrido de una vez y para siempre, y aquí entropía y después Gloria?

Nota: El primer imperativo categórico: hacerse merecedor a través del pasmo que supone el intelecto universo siendo una de sus infinitas consumaciones, sin avergonzarlo.

Saludos, mi Anónimo Lector.

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D. Mariano Rajoy Brey: ¡A mí que me registren! (Perder dinero o ganarse el Cielo)

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“si me interesara el dinero, lo hubiera tenido como registrador. Yo sé ganarme la vida muy bien; vine a la política perdiendo dinero, pero para mí no es lo más importante, hay otras cosas” D. Mariano Rajoy Brey.

De todas las ideas que utilizó ayer el presidente del Gobierno Mariano Rajoy Brey, la falsa dicotomía entre saber ganarse la vida y ser un político íntegro es la que resulta más odiosa. Esa imagen que deslizó ayer de que en su caso debemos creer que como pierde dinero en la política, le mueven otros intereses y de que estos no son la vanidad ni sus aplausos, podría funcionar en un ambiente calvinista, donde Dios premia económicamente a los suyos, otorgando el certificado de bendito y la vaga idea de previa salvación, en estos lares catolicleros es más que dudoso que lo haga.

Admitir que no se está en política por dinero abre los corazones y despierta la curiosidad. La Política, no sólo proporciona emolumentos económicos, conlleva el deseo del Poder. Pretender que no se aspira al Poder sería ingenuo, y en su caso, ridículo, es el Presidente de Gobierno de un país y el mandamás de su partido. ¿podría negar qué no le mueve el Poder?

Creer que una persona trabaja desde el poder político para transformar y mejorar la vida noblemente de los demás no es incompatible con la opción de hacerlo desde fuera, creerse capacitado para cambiar el mundo, no te obliga a ingresar en un partido y mucho menos a ser su líder. Y desde luego, no ser registrador de la Propiedad, ni abogado del Estado, ni técnico de Hacienda, es sinónimo de trepa corrupto con aviesas intenciones.

Desconocemos las aspiraciones y los anhelos de D. Mariano Rajoy, pero de moverle algo verdaderamente filantrópico, de raíz humanista, no necesariamente cristiana, se hubiera dedicado a la caridad anónima con los necesitados y víctimas inocentes de un sistema que legitima al registrador a ganarse la vida muy bien y a los demás a ser pasto de la misericordia ajena. Lo podría haber hecho muy bien siendo registrador.

De la Propiedad, de esa idea que no parece querer combatir siendo político y con poder, de qué para que unos tengan la propiedad de mucho, muchos nunca tendrán la propiedad de nada.

Los pobres siempre confiaremos en las otras propiedades de los cuerpos tras la resurrección, no queda otra, y estas serán, según la fe, nuestras “propiedades”: Impasibles: ya no sufriremos dolores ni muerte. Ágiles, para ir donde nuestra alma desee. Sutiles: capaces de atravesar cuerpos materiales. Claros, brillantes: con una belleza radiante de esplendor que variará según la santidad que cada uno de nosotros alcanzó en esta vida.

Pero sobre todo, y no menos importante, no necesitaremos registrar nada.
Amén.

Saludos, anónimo Lector.

La vida es Sueño

Ugolino

Y tanto que la vida es sueño, hemos soñado con ser el sabio lastimero cuando en realidad siempre hemos sido el sabio silencioso.

¿Qué sueña Rajoy para sus hijos?

Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas yerbas que comía.
¿Habrá otro -entre sí decía-
más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.

Calderón más que nunca…

Saludos, anónimo Lector.