tú me querías decir no sé qué cosa…

Melismas

Mi costumbre no se nutre sólo de las músicas de Bach, de Handel, de Mozart, Haydn, de Shubert, de Mahler o Strauss, también frecuento los vestigios de las coplas y las canciones que se clasifican en “el cajón de sastre de lo popular.”…como parte de una herencia que sólo un niño de barrio conlleva como reliquias de los pañuelos llenos de mocos que en mi niñez escondía y me avergonzaban, no es el caso de este tramo de remembranzas.

Entre ellas siempre brilló con su luz nebulosa, la de una voz inigualable y sus particulares versiones, la mujer que me acompañó desde que era un niño y todo era gris y más gris aún, desde aquella caja inmensa que dominaba el salón comedor, es cosa de pobres descubrir la multifunción, y aquellos días en que la tristeza me llegaba desgarrando el velo ya apenas perceptible de la infancia, se llama María Dolores Pradera. No voy a glosar ni su carrera ni sus méritos, tan sólo su compañía, la que me proporcionó entonces y cómo con el tiempo, en las canciones de abandono, aquellas que rechazaban con elegancia rabiosa aquel amor, no correspondido, de la traición gratuita, “del desamor”, tema infalible de tantas canciones de aquí y sobre todo de allende el océano…en sus versiones, aquella María Dolores no se desparramaba por la cólera o el improperio desgarrado de las rancheras, género al que no soy muy sensible, su, a veces, irónica dejadez y los lamentos soterrados daban paso a una esperanza a todas luces desproporcionada o incluso inútil, contra toda lógica de la sensiblería, toda vez que estas canciones del amor perdido, «Lieder» modernos en su justa dimensión, nunca acaban bien.

María Dolores Pradera entona con imprescriptibles “melismas” de nanosegundos, una forma de ver la vida, de hacérnosla sentir, y con ella la visión del amor, donde nos hace partícipe de que nadie se muere de eso llamado “amor”, valiente melodía recurrente de mentiras, como tampoco de estupidez, enfermedad más propia del melodrama sentimental y, que al fin y al cabo, cantado o sentido, todo, no es más que un juego de azar, «que hoy es llanto, y mañana risa», y qué… nada es para tanto.

En «Amanecí otra vez entre tus brazos», de José Alfredo Jiménez, una de sus versiones por la que siento particular predilección, en cada escucha espaciada en los años pares o nefastos de la misma vieja cinta, encuentro siempre que en medio de las peores formas de dolor, hubo un momento en todas ellas, en esas historias que en la vida real sólo son cacofonías de miseria y espanto cotidiano; encuentro y hallo, decía, aquel recuerdo al que todos podríamos aferrarnos, a un simple gesto, hacer de un día, un momento, un una fecha grabada en la piedra del corazón que cualquier día, indefectiblemente, como lo es la deslealtad siempre, será convertido en escombros del muladar que se extiende más allá de cualquier ficción de escritores que jamás conocieron más que la “musiquilla de pianola” del dolor de oídas…de lo contrario nadie sería capaz a de escribir, pues nada cura ni solventa los propios errores, aquellos que nos ciegan; al final, en Colono, como Edipo, no cabemos todos.

«Tú me querías decir… escucho …”no sé qué cosa”…. y así, es cuando recuerdo mis días junto al Dios que me dio la vida, y que la Sirena maldecía en cada ocasión en que su Nombre salía de la vitrina de mis recuerdos…”pero callé tu boca con mis besos….” no necesité nunca más palabras con aquel, mi Dios, …. “y así pasaron muchas, muchas horas”.» Tantas horas, días, semanas, una década y media, y aún recuerdo que en nuestro silencio, se adivinaba el terrible pero ineludible futuro, Tú en tu apoteosis eterna, (eso fue tu muerte para mí), y en mi corazón y en mis labios, sellados por tus besos… tu sabor…

….y mientras tanto, mi fantasma jugando a ser el informe ser en que me ha convertido la Sirena, un mondadientes de sus caprichos, arrojado al viento.

Cuídate, la Tierra, pero aún más la vida, da muchas vueltas, y la sal, nunca fue gratis.

Saludos, y feliz Año, anónimo Lector.
Mis años felices, el cupo que me correspondía, se han agotado ya, me temo, y esta vez es para siempre.