El año de la bofetada

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Ayer visitaba el blog de Juan Carlos Planells, planells fact&fiction, a quien llegué cuando toda posibilidad de conocerle se reduciría a saber de él a través de sus palabras, paradoja insalvable, y en sus Confesiones, hallé ese malestar que supone saberse consciente, y aún cediendo a la autoindulgencia, la propia, no me cabe la menor duda, siempre es mejor, la idiocia. Pensar que el relato del propio fracaso es siempre sospechoso de buscar un efecto disipador del mismo en los demás, alienta muchos de los malentendidos que colman las falsas memorias, las literarias, y las derivadas de la pasión; no imagino a nadie investigando la vida de otro por encargo, años dedicándose a fijar hasta el detalle minucioso, no ya las acciones sino las razones, sin ese hálito de la obsesión entusiasmada, pero concibo peor que la pasión por nosotros mismos nos ciegue aún más que la rendida admiración de quienes nunca nos verán desnudos, tal vez cadáver, y por tanto, mudos a toda pregunta. El silencio de los muertos suele ser interpretado con la imaginación y de ella depende en realidad, esa voz que suponemos que nos habla. Tras la frontera, más allá de la puerta, es nuestra alucinada necesidad la única responsable de tantos ingenios que no paran de hablar después de ellos mismos, se llama interpretación y es muy común, tanto qué de ella depende la rueda del mundo.
La moderna posibilidad de dejar registro del personal fracaso, y estoy hablando por una herida repetida, acabará por ser considerada un género literario, y así, una vez más, se arruinaría su gracia, «no quieras saber más, lee, y juzga, bien nos conocemos, pero no hay más que decir» me parece escuchar, y así debería ser.
A la contingencia evolutiva se impone vanamente la necesidad humana. Huellas de todo tipo nos recuerdan, y la genética no deja de ser la más azarosa, el empeño en corregirla mediante la imposición de ser el patronímico familiar en un altar arbóreo es una tentación tan usual que sólo los grandes genios la desprecian, no tiene tiempo para semejante preocupación, simplemente sucede tras su muerte.
Hace un año publiqué una novela, Las carias de la caridad, de la que he regalado muchos más ejemplares de los vendidos. No es mi mayor fracaso. Y no es mi mayor logro. He de fracasar mucho más honda e íntimamente. Y con peores consecuencias, si el acerbo de mis células me lo permite, y su reverso, el bagaje de logros, de ellos, oficiosamente públicos, de los que importan en toda su cursilería, sólo sabré cuando no pueda remediar sus consecuencias. Irritante ironía es la pretensión conducente a pensar que las derivaciones de nuestros frutos serán aprovechables. Todo se pudre y muta a la desintegración.
En la citada novela, escribí en boca de un personaje, «…que detrás de la caricia, siempre llega el bofetón», interpretable, tal vez, de este modo: siempre debemos ser sensibles a las caricias, las de la Caridad, es decir, las del Amor, en todas sus formas, porque siempre le sucederá una bofetada, las que invariablemente la vida se encarga de disponer a su antojo, sobre los pómulos despistados de la expectante ignorancia del mañana, esa niebla que nunca se despeja sin la ayuda de la esperanza, solar e indiferente. No es una lección, ni ley, son sólo palabras, engarzadas para pergeñar de sentido a cierta costumbre que reconozco en los asientos contables de un cuaderno que todos negamos haber escrito alguna vez.
Hablé más arriba de la idiocia, preocuparte por lo propio, y con un punto de estulticia asumida por sus consecuencias, como la mejor forma de saborear el discurso del propio fracaso. Saber que malograr no es necesariamente no lograr, no niega el esfuerzo, pero como éste no es mensurable, no conviene apelar al mismo, y aún así, pocos son los que se resisten a no citarlo en las alegaciones. Negarse a detallar el camino es de una elegante obstinación y creo que de hacerlo, los baches, los charcos y todos los apelativos de cacofonía más o menos adquiridas que se presenten, acabarían por provocar que nadie quisiera acompañarnos. El ruido es parte de la música, y el silencio, aún más. Cantemos, pero no esperemos al coro.
Unas palabras de Planells al final de sus Últimas Confesiones de un escritor: «Aunque ver publicado sin problemas lo que en el fondo es una chorrada, y no conseguir que nadie se interese por textos más cuidados como los aparecidos en este blog, es para deprimirse»
No puedo evitar sentir el pudor más necio, aquel del que desconocemos los verdaderos motivos, para no deprimirme pensando en que ya nada se puede hacer, nada que hubiera salvado a Planells de la depresión, o de su tentación, resta el consuelo de adjudicar estas palabras al estoico en apariencia Juan Carlos, pero algo nos dice que sin querer «fluyeron sus lágrimas», ese algo que puntea sus textos de frases cortas y cortantes. Sea pues así, y no juzguemos más allá de la mera cortesía.
Solo añadir que la catástrofe remata la tragedia, y ser uno mismo, el propio interesado, aquel que sólo pudiera escribirla, debería ser un derecho, como la eutanasia, y otras similares etimologías del bendito Griego. Con permiso del Latín.

Coda: Hoy me río del fracaso de las lenguas muertas.

Saludos, anónimo, hoy sí, Lector.

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