Naziberia. Una pequeña ucronía

Naziberia

Cuando los mayores dejaron de respirar

Pocos de nosotros imaginábamos haber nacido para ver con tal claridad el fin del mundo viejo con la misma preparación metódica que se le supone a los dioses aburridos de su propia antigüedad o creación y de cuya crueldad éramos ahora testigos para decirnos, incrédulos en la impavidez de todo siervo, no merecer tanta suerte como aquella gracia recibida por la gentileza infinita de nuestro Führer.

Sólo a Él debimos tal posibilidad, única en la historia moribunda, de asistir en formación jubilosa a la derrumbe de todo lo anticuado, de todo lo caduco y podrido que nos parecía herencia eterna imposible de evitar y así de tal condena, librándonos del mal, sólo Él apareciendo despejó el cielo de todo horizonte incierto, de todo peligro redimidos, aniquilando todos los días anteriores y bautizando nuestra nueva vida con la luz gloriosa de su sola presencia.

Engarzados a su sombra como las más humildes de las gemas de su aureola inmanente presenciamos la gloria perfecta en la forma demostrada del más grande de los hombres, alzándose en el balcón del Palacio de Oriente, rodeado de sus invictos y felices generales cuando al alzar su hercúlea mano, todo Madrid, como el resto de las tierras de este su nueva bendita anexión explotó en el saludo marcial más atronador que jamás antes el aire hubiera sostenido y que debieron escuchar los aterrorizados enemigos agazapados en su cobardía a modo de rúbrica final que tanto tiempo habían estado evitando reconocer como su propio latido cordialmente sobre aviso.

Todo el universo leguleyo de moral espuria que hasta entonces nos había sojuzgado se vio reemplazado por acabado, al instante, por la sola emisión de nuestras voces conjuradas al responder al saludo vivificador del Führer y con el seco golpe dado al aire, mohoso hasta entonces, con nuestros brazos, cual resorte de maquinas elegidas, todo aquella anterior opresión saldría despedida al vacío del pasado con la fuerza de su mirada, pues a todos y cada uno nos llegó sin explicación posible, antes, el anhelo de su mirar clarividente, la impenetrable luz de sus ojos, que cualquier otra manifestación de su ser, nos sabíamos ya facción satélite de su autoridad sin pararnos a pensar en la magia aparente de la distancia y la multitud ordenada de la masa de asistentes de aquel su primer día en Madrid. Cual aparición sobrenatural la juzgamos, de tantas ansias puestas en ella, y escrupulosos pipiolos aún ante su evidencia. No habría nunca Caudillo como aquel a quien confiaba desde entonces mi destino entero.

Breve sin embargo es el recuerdo de lo excelso de no anclarlo con las minucias de lo inesperado y de ese modo no olvidaríamos cómo formábamos las columnas de un nuevo ejercito agregado por la misericordia del Führer, a penas unos esqueléticos pilares invitados a ser parte del nuevo amanecer en nuestra cuadrícula compacta y sin embargo capaz en su estrechez de ser reconocida como la más ardiente defensora del nuevo Reich como pronto esperábamos demostrar, a poco que se nos dejara ocasión para ello.

Nada era capaz de distraer nuestros fútiles sentidos primitivamente soterrados por la incertidumbre de los días expectantes ya pasados y toda nuestra contingencia en potencia estaba sin argüir en nuestro futuro ser, un ser parte ya de algo más grande que la misma historia, y por ello y contra toda idea de insidiosos presagios anteponíamos nuestra fe, toda la fe: nuestra más íntima convicción depositada en aquel saludo, éramos uno con Él y con sus millones de otros de nosotros, nada podía frenarnos en la marcha hacia el nuevo mundo que todos vislumbrábamos en un espasmo de aire de fervor ascendente y voces unísonas, como las diferentes artes de una roca fundida finalmente en el ardor basáltico de la persona encarnada en quien nos llevaría al final de los tiempos. Él. Ínclito y nuevo demiurgo destinado a acabar con los viles servidores de la Babilonia comunista y judeo masónica sería así el último sello por abrir destinado por mor de la justicia verdadera a traer el postrer de los mensajes, aquel que sabíamos definitivo, …por última vez es …lanzada la llamada….para la lucha…. Aquella su lucha, ya nuestra para el resto de nuestro infatigable laborar en pos de su culminación. Y así lo reconocíamos. Éramos los convocados y no habría más oportunidades, no se renueva el mundo en plazos ni en capítulos postergables.

Éramos una coordenada sin fin ascendiendo de las simas de la represión celosamente circunspecta que imprimía al acontecimiento la clave de la verdad más allá de los confines del Reich, un destino de la Voluntad. Y su triunfo sería, a partir de aquel instante de manumisión de quienes nos quisieron sus verdaderos convidados de piedra y sin embargo toda nuestra carne resucitaba vivificada por las palabras que nuestro Führer en su brevedad actuaron de manera confortables sobre cada uno de nuestros miedos nada descabellados, sin la odiosa Republica ya que temer ni fantasmas agitados en la calle, ahora, por fin seríamos ya su comulgada sangre, dispuesta a ser derramada hasta la más ínfima gota que la tierra ha de beberse esperando empapar la mies del nuevo mundo contra todo y contra todos.

Todo era silencio marcial ante su primer suspiro de su trasegar heroico en aquel alemán que toda Europa ya conocía, y que el mundo acabaría por tomar como la misma lengua en una diáspora pentecostalmente asumida, del sanscrito al inuit, El Führer, nuestro amado Führer, había conseguido para el eje su gran baza secreta iba a ser anunciada con la solemnidad que sólo una filiación sinceramente germánica podía atraer a quienes como yo, temblábamos de emoción inefable, no se conoce el bien hasta que lo pierdes y fue entonces cuando el cuerpo del aquel que ya era nuestro padre, nuestro general Odín, nuestro nuevo Cesar, fue así, como este último acabó. Pero si pensábamos que la desaparición del su figura del balcón principal del Palacio de Oriente se debió…

Un silbido certero acabó con la vida del Führer, un valet, un don nadie, vestido ridículamente de origen sefardí le disparó en medio de aquel discurso del que hoy debo reconocer, cuando ya todo ha acabado, que apenas había entendido algo más allá de unespañoles en armas con las erres martilleadas por aquel Semidios guarecido de cuervos traidores como supimos después; no, bastó la sola bala de un hijo de

(una fechoría histórica para acabar con Hitler….)

Nota aclaratoria:

Encontré estos papeles en una vieja carpeta de mi abuelo, por aquel entonces debía no ser mucho mayor que yo, las transcribo hoy, para entender en la medida de lo humano, cómo fue, luego, y sin embargo tan precipitadamente, la historia de Europa y el mundo entero; en realidad no cambiaron en nada con el atentado a Hitler, ni con su muerte, ni su rumbo ni nuestra victoria, y hoy todavía se me atraganta el alemán, pero llego tarde al trabajo en la oficina para la Mancomunidad de los Nuevos Alpes y no quiero problemas con la Frau Kommissarin Eva, llamada así, y no «Almudena», como sé bien, que en realidad se llama, pues la verdad no se disfraza sin el consentimiento ajeno, sólo se invent…

April, 2001, en algún lugar de Die Neue Hispania, Bienenstock- 20 Wohnung. 30

Geburtsnummer 1967Cfm

Saludos, Anónimo Lector.