La Absolución

Las moscas han hecho de esta casa su morada, parece que se refugian de una muerte avisada, sé que ignoran este hecho, de lo contrario tendrían leyendas y cuentos, tal vez sea yo quien al saberlo sea el dios arbitrario de sus últimos días. Mamá odiaba los cambios de septiembre en que las tatarabuelas de éstas, mis moscas adoptadas, obligaban a esconderse de su manía asesina, inspirada por el higienismo tan al uso en esa huida del campo y cuanto le recuerde. Las moscas, fieles como mascotas, nos siguieron. Mamá creía que en su caso lo hacían especialmente y con empeño, renovando así, cada año, una guerra de la que no recuerdo su fin.
No quisiera ofender a Mamá y sus tradiciones, por muy absurdas que algunas me resulten hoy en día, le debo en gran parte los motivos que esta tarde han hecho detener mi mano. Avanzaba mi decisión de acabar con este exilio encontrado al amparo de mi descuido, cuando he recordado el esmero con que mi madre recibía por igual a las visitas, sin importarle jerarquías, bajo su techo y sobre el hule, todos obtenían por igual el excedente simulado, pues en casa nunca sobró nada.
He decidido que las moscas se queden, no soy su dios ni me lo agradecerán, pero ya imagino como se burlarán de las odiosas cucarachas. Mamá nunca las soportó, ni me enseñó a hacerlo.

Saludos, Anónimo Lector.

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Manía

Sacrificar un rey para que el rey viva había sido olvidado de tal manera que se empezó a dejarlos morir por accidente, nada lo justificaba pero la impiedad era ya natural en los días en que nadie recordaba la razón de nada, no se comprendía que no era el rey, era todo el orden el que lo justificaba a ojos de los nacidos bajo el miedo de la reverencia al poder de la muerte de la diosa.
Defenderme del próximo no tenía mas razón de ser que pagar por la noche en que me bañé en la sangre de mi padre, ellos no lo sabían pero no lo hubiera conseguido de no haberse él dejado morir al ofrecerme su costado más blando, en un pacto que se remonta a los años en que la diosa era sólo nuestra, y el fruto de la semilla se escondía en las blancos muslos de aquellas que lloraban obligadas por el orgullo del rey.
En el planeta Aricia todavía se bebe la sangre del sagrado cuadrúpedo de las planicies de sal, en las noches del hipogeo de VI PGS, tras el surco procesional de las doncellas de la Estirpe, con sus cabellos enredados de lakmeta recién cortada de las dendritas de niebla, al alba, el día del festival, nadie falta, sabiendo que el futuro de todos nosotros depende la muerte correcta del furtivo regresando al hogar.

Saludos, Anónimo Lector.

Las Prisas

Loli salió apresuradamente del lugar, sus pies sabían de los deseos de su Señora tanto como sus manos, y la obedecían antes a ella que a la lógica de un cuerpo presumiblemente soberano, “date prisa”, resortes como este hicieron de la vida de la interna, una sucesión de marchas continuas, interrumpidas por el sueño, y ni así era capaz de decir que descansaba.
Tropezó, en la puerta del despacho del Monte de Piedad, con una mujer de ojos azules que ni se inmutó ante el atropello inocente, y entre una recua de niños que la acompañaban, uno de ellos, el más pequeño, hizo un gesto de disculpa por el ensimismamiento de su madre. Sostenía su mano blanca, parecería soportarla por entero, con ese resorte de la voluntad de los hijos para impedir que nadie amenace la posición de aquellos que creen ser sus propias defensas.

Saludos, Anónimo Lector.

La distancia

Se enojaba con frecuencia consigo mismo, entonces como ahora, los demás lo tomaban por un carácter irritable, cuando no era más que una debilidad para soportarse, pero hizo de su infancia un lugar poco más que un sombrío recuerdo dibujado por las muchas veces en que salía huyendo de todos, con un llanto pronto a romperse cuando ya nadie lo estuviera viendo. Ser débil ante ellos era un capricho que no pudo permitirse, acabó siendo tan cruel sin tener especial inclinación hacia tal cosa que nunca puso en duda la estima que provocaba, no era rechazo, más bien una distancia tan grande que no sabía si los pequeños puntos eran los demás o él mismo desde donde se encontraba.

Saludos, Anónimo Lector.

El Recibo

Esperaría a quedarse sola, sin moverse miró por encima de la cabeza del encargado, un paso corto de su mano buena se adelantó dejando el recibo sobre el mostrador de mármol, parecía recién despachado y no llevar ya los casi tres meses entre los pliegues del bolso de aquella mujer tan modestamente vestida que nadie imaginaría poseer algo que empeñar, si no fuera que lo hubiera robado, tan mal se piensa de los demás por su pobreza cuando no sabemos más de sus causas. Loli, muda, como si no ocupara más espacio que su orgullo, esperó el camafeo, intentaba recordar rezos y plegarias que la ayudaran a pasar el tiempo más aprisa, quería estar de regreso y reponer el error, como se decía, sin tener que inventar más excusas para las que carecía de ingenio.

Saludos, Anónimo Lector.

Merienda

Reunidas en torno a la merienda de Merceditas, quien recibía sólo los viernes e insistía tanto en ello que cuando se lo intento afear la esposa del Secretario Macías, pues esta costumbre no se interrumpía ni en Semana Santa, la gran dama por quien se tenía, sólo contestó, “El vienes es de todos, el día del año, en que menos molestias procuro a nuestro Señor, ¿no te parece, mi querida amiga?”, se disponían a dar cuenta de las ausentes.

Saludos, Anónimo Lector.

Huesos

La menor de las hermanas no parecía de este mundo, deliberadamente ajena. Del daño continuo, su costra transparente se hizo de aire, por eso tal vez, todos la percibían radiante cuando en realidad veían el fulgor de sus huesos descarnados al sol de mediodía, siendo pues buitres, no parecían muy listos.

Saludos, Anónimo Lector.