Dionisio Villegas Gómez, In memoriam

Lirios malvas tus labios

Lirios malvas tus labios

[…] Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis. […]
Del «Dies Irae»
De Tomás de Celano. (1200-1260)

Hoy hará diecisiete años que te fuiste. Los mismos que tenía yo cuando te conocí y casi los mismos que nos separaban en nuestras edades de entonces, yo, un niño a punto de cumplir los dieciocho y tú los treintaisiete, un hombre con toda la vida por delante, qué, sin embargo, se truncaría aquella mañana de Agosto, del último año del siglo XX, tu siglo; el que no conociste no es el mío tampoco, sin tu presencia el tiempo sólo fue un transcurrir de tenues molestias y vagos sentires, la vida, la verdadera, se quedó en aquella habitación de la planta novena de un hospital donde fuiste a terminar tu existencia y a extirpar lo que quedaba de felicidad y esperanza en la mía. Tú eras mi vida. Bien sé que esto es un tópico, bien sé que sólo algunos lo ven en mis ojos, incapaces de sonreír como lo hacían ante tu sola presencia.

Escucho el adagio final de la última de Mahler, la Novena, no podía ser de otra manera mientras esto escribo. ¿Recuerdas la primera vez que vimos juntos «Muerte en Venecia»? ¡Cómo me enfadé con Tadzio…! Mientras que tú comprendías al pobre de Aschenbach como yo no puedo hacer ni hoy mismo. Contado así todo resulta previsible, pero eran años de escasos estímulos para los raros, tan extraño era yo para los demás como lo era mi amor por quien me dio la bienvenida al mundo de mis pueriles sueños: «Mi Diono, mi amor, mi bien, mi vida entera…», palabras, las ultimas que me escuchaste…y hechos.

No te llevó la cólera, tan de tu gusto hubiese sido, pero la peste, hoy tan en boca de todos de una hepatitis C, tan nueva entonces, te arrancó del mundo, de su brisa azarosa y de mi lado infantilmente nulo de entendimiento al dolor que me aguardaba. Un trasplante fue siempre una falsa promesa, en tu caso, al menos.

Recuerdo aquel tubo infecto conectado a tu cuerpo que terminaba en una bombona caleidoscópica en su contenido, y en el transcurrir de los días, fue mutando del amarillo al verde negruzco, betún de néctar mefítico, señal inequívoca del final… Durante aquel mes de agonía, de la de ambos, la de tu cuerpo y mente y la de mi insólita venidera verdad, sólo te he querido a ti como quien se sabe ya huérfano del amor habido y por haber, así, el cambio de aquellos tus humores, saliendo de aquel cuerpo que había sido tan mío como tuyo me iba marcando el siguiente paso de la Muerte, avanzando, sin pausa, morosa y testaruda, fiel ella misma a su condena, llevarse al amado para que alguien escriba ñoños textos como este.

Llegó. Como si las parcas no se hubieran cebado ya contigo lo suficiente, el momento tan temido por tu conciencia, en el que tu mente abandonó tu cuerpo antes de que éste se rindiera por agotamiento. Ya no me reconocías, pero yo, en mi inopia, te hablaba y recitaba mi salmodia particular. «Diono, mi amor, mi bien mi vida entera» y cuando intuí el momento final, esas cosas se saben por la caridad de la vida, que en aquella mañana me concedió la sabia premonición de que morirías en mis brazos de niño, (era aún tan niño para despedirme…) Te cogí la cabeza amorosa, y al sostenerla con la ternura de no querer despeinarte, tontos gestos aquellos, por última vez sólo acerté a añadir: «Diono, si aún me escuchas, si me ves… hazme una señal… Diono estoy aquí…»

Todo fue inútil, tus pupilas enmarcadas en dos óvalos del color de la cera barata, tu cuerpo de cuarentaicinco kilos y tu mente de sabio sin límites se habían ido, y sólo quedaba aquel organismo desvaído, famélica hechura final, con el tono albo del ya cercano sudario, que de haber sido posible hubiera cambiado por el mío si hubiese de servirte para resistir.

Entró alguien y me apartó, mis lágrimas aún mojaban tu rostro, pero no hubo milagro, ni un beso final del mismo diablo podría haber hecho por mí lo que Dios padre no hizo por su hijo, al fin y al cabo lo dejó morir.

Pasó en breve las rigoristas escenas de máquinas y enfermeras para certificar lo ya evidente. Salí a la terraza de la habitación y miré hacia abajo, de arrojarme caería sobre algún coche, pero mi madre todavía vivía y vive aún, ¿Si yo moría quién te recordaría? Y no podía hacerle aquello a mi madre, bendita ella, entre todas las mujeres que habré de conocer.

Muerte, en aquella habitación la muerte sacó a la vida a empellones, pero tuve la gracia infinita de que luego de tales acontecimientos me dejaran estar una hora contigo. No tuve la suerte de aquellas “otras cinco”…pero no me quejo, sabía bien que todo después sería recordarte, mi eterna nostalgia, el dolor del regreso a tu forma, pero antes de que te alejaran de mí, vi la paz por fin en tus facciones, apenas unas horas antes eran unas muecas, máscaras del acto final en el teatro al pie de la Acrópolis, rictus en suma, de dolor ignoto para quien no lo ha visto, y un color malva, de lirio raro se apoderó de tus labios, aquellos que me decían en griego antiguo “Emá ta Paidiká”, aquellos labios que habían abierto con su conjuro de amor, la espita que la ignominia de los demás impedían que fuera cuanto fui al final para ti: Tú, ya lo eras todo desde el mismo instante en que te vi, me miraste de soslayo y una sonrisa de anhelo pleno anidó en mi alma, y prosperó hasta aquella mañana de Agosto y aún lo hace. Tu ser colma mi simulacro ingenioso de estar vivo, respiro, como y duermo, pero también sueño, y cuando tú me llegas en el onírico trance, despierto con la paz de saber que mientras viva, no hay copla trágica que cante nuestro amor. Mi grave neuma e incierto se resigna con la contingencia juguetonamente cruel hasta el próximo sueño.

Soy tristeza mal disimulada. Soy una sombra, soy una pantomima, pero soy quien te quiso y esa será por siempre nuestro triunfo.

Fiel a tus ordenes, pedí la incineración, veo desde aquí el columbario doméstico donde te guardo y sé que junto a ti se hallan las cenizas de un ejemplar de la Ilíada, eso fue idea mía, extravagante como todas las que se precipitan en el registro de la pena anunciada, quise que te acompañaran los versos en hexámetros dactílicos, que tanto amaste, de tu bendito Homero; contigo reposan, como si de un postrero homenaje a la manera de un déspota caprichoso se hubiese ejecutado en un día caluroso al pie de una colina, aquella donde reposaremos juntos, algún día. Aún no he elegido el libro para mi propio crematorio, pero ya me inclino por la Odisea, ya por el «De Rerum Natura», de Lucrecio, que tanto disfrutabas…

Gustav Mahler, nuestro viejo amigo…numen familiar de nuestro hogar, sigue en mi cabeza y entre tegumentos de mielina seca y cerúlea como tu cuerpo aquella mañana, se apodera de mí para recordarme, (cómo si hiciera falta), que el amor vence a la muerte, única certeza para éste, mi lóbrego, pensar, que mientras yo viva tu vivirás, es «la fama familiar», que no hay cenotafio de mármol ni de versos que albergue cuanto de tu bondad obtuve, de los momentos eternos que en tu cuerpo libaba como sólo la fértil naturaleza nos embebía con su fuerza suprema de aferrar el instante del amor que no conoce su fin, aún en la agorera suerte de una enfermedad y el destino fiero e inexorable en su catástrofe.

Te libré de verme después, sin quererlo, de mi derrumbe, nuestra casa desolada, nuestros miles de libros enjaulados en una biblioteca aún por gestionar, en suma, de mis desatinos, de mis errores, y de la ignominia del mundo par quien nadie consideraba un viudo…sobre todo aquella que ya sabes “por nuestros sueños”, el mío cuando tú te regresas…ya sabes de quién hablo, que no merece ya ni una brizna de memoria, y en ese no haber sido testigo de algo que jamás se hubiese producido de estar todavía sobre esta tierra de yermos placeres y fecundos ahogos tristes, pero la vida se acabó con tu suerte, la mía, y por ende, nada de lo sucedido responde a ningún plan.

Dicen: «La vida sigue», será para ellos, el resto, la mía ya no es vida, es una imitación de algo que muy lejanamente se aproxima a la que compartía contigo, y su recuerdo son los clavos de un madero que arderá conmigo en forma de caja de poco lustre, como siempre me enseñaste, la modestia es enemiga de la petulancia, y ésta amiga de la nadería. Fue tanto lo que aprendí de las acciones de tus obras, y por encima de todo de tus silencios, sí, de ellos, elocuentes como sólo tu bonhomía inmensa era capaz de desplegarse ante mi verborrea, que bien sabías bordear y encauzar, y todo para hacer de este triste ser un ser mejor. «Aspiración ática», me decía entre suspiros cuando separaba mis labios de los tuyos.

Amarte ha sido mi redención como ser humano, cuidar de ti tras el aséptico diagnóstico fue mi tarea hercúlea, (de seis meses a siete años) pero, qué no hubiese hecho yo entonces, mi hígado, y mi alma hubiera vendido al enemigo de Dios para salvarte, no pude, no supe, no estaba escrito que fuéramos felices hasta la mutua muerte, como lo son los libros cuando han sido leídos muchas veces y siempre hasta el final. Este epílogo dura ya tanto…que no tengo vísceras indemnes.

No escribo para consolarme, no hay nada de ello ya hoy en día, la enajenación de mi existencia desde entonces es una condena por no saber decir NO. Pero Tú bien me conoces, y ¿cómo decir NO a una vida por nacer? Mi hijo conoce nuestra historia someramente. Debía saberla por mí, era mi obligación y mi labor como aquel individuo que modelaste, la Verdad es siempre el mejor camino, sus espinas son parte de la rosa.

Quiero terminar con unos versos de nuestro común amigo Aníbal, quien ya comparte contigo la eternidad si bien por distintos motivos y ¡oh!, falsas certezas, por otros pábulos y ambos plenos de justicia.

HIMNO DEL DESOLADO.
«Llegados a este punto hemos tomado
—se suman otras voces—
la decisión de naufragar»

Aníbal Núñez, De su poemario «Cuarzo» (Impreso).

Dionisio Villegas Gómez, profesor y lingüista, dejó este mundo el veintiséis de agosto de 1999, con tan sólo cuarentainueve años, a las doce y cuarto de la mañana. Sus cenizas aún vigilan cuanto escribo, y a veces noto que se abruman detrás del mármol travertino que las guarda, sonrojándose; él siempre fue un adalid de la sobriedad, por mi impericia para la misma, pero nunca fui capaz de imitarla, “mea culpa”. Fue un sabio y erudito para quien le conoció, pero nunca aspiró a la Gloria, y esa, fue su gran honra, y su victoria sobre tanta estulticia como le rodeó siempre.

Murió en el mismo hospital donde yo había nacido una treintena de años antes, él, que vino de las tierras más literarias que este terruño ha conocido, de una Mancha imaginada por el más Grande entre los grandes, Diono no le avergonzaría, a fe mía y del Destino, que juega con nosotros… vino, pues, a fallecer a una tierra que nada provee sin imposturas: «No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza», en palabras del inmortal Cervantes que me vienen al poco seso que me queda impune…

Durante catorce años, cuento con los dedos los escasos días en que no le vi despertar a mi lado, ese es mi auténtico castigo, el absurdo imposible de renovar tan vieja y venturosa costumbre.

Saludos, anónimo Lector.

Coda que no puede ser otra:

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por fin los lirios

LIrios

LIrios

Hoy por fin los lirios del jardín, los tres que han florecido se han abierto al mundo que acabará con ellos, no duele saberlo, mientras estén en su breve esplendor, es la vida y su ciclo de hermosura y decadencia, tan corrientes como nuestra propia existencia y su relato.

Hoy la pureza que acompaña a la flor de reyes y Vírgenes, que es en sí heráldica y trasunto de tantas ideas excelsas, me han saludado, sabían ya que yo las esperaba, entre las rosas pomposas, los lirios sobresalen y sin embargo no resultan altivos. Sólo dicen, aquí estamos para ti, y para quien quiera advertirnos.

Soy consciente de que la sirena nunca ha de leer esto, apenas mostró interés por cuanto escribo y de hacerlo alguna vez, más bien fue, por un descuido de su egolatría al intentar averiguar dónde pudiera aparecer ella, la vanidad vigilante. Solo hendía sus ojos en los lugares en que se sabía dueña de su artificial petulancia, y miraba casi siempre desde el fondo cóncavo de un vaso, para sentenciar con sordina bagatelas de su ignorancia y creerse a salvo de sí misma.

Esos lirios me han traído de vuelta un sentimiento que crece cada día más dentro de mi alma, un reconciliación con mi propia vida, aquella existencia, restituida, cuando tarareo a solas el famoso madrigal de Monteverdi, «Sì dolce è’l tormento»:

E l’empia ch’adoro / Y la impía que adoro
Mi nieghi ristoro / me niega el consuelo
Di buona mercè: / de su misericordia:
Tra doglia infinita, / En el dolor infinito,
Tra speme tradita / en la esperanza traicionada
Vivrà la mia fè. / vivirá mi fe.

Hoy, ya no adoro a nadie, más que a aquel que sí se lo mereció en vida, mi Diono, mi amor mi bien, mi vida entera. Ya conté la historia en otras entradas, someramente, una vida así no se narra en tres entradas de un blog…

Impía lo fue, es lo que es una burda traición, y lo es cuando no hay bebida mefítica suficiente para ahogar tales acciones, bien lo sabe ella, tan a fiel sus rutinas, pero ya no me duele. Y su perjurio ya ni me pellizca, o cada vez más es una mera, nimia, molestia, porque dentro de mí renace la certeza, algo que ella debería saber de conocer cómo acaba el Madrigal, le diría, «abandona toda esperanza», por no salir de mi adorada Italia…

La renovada honradez es un desprendimiento de las postillas de sal que encostraban mi corazón. Una suerte de salitre que bañaba doquier mi pobre sustancia privándome del recuerdo de mi Amado, y que ella fue administrando con sabia proporción de arpía, medio hermana de ellas era, y melifluas constancias de chantajes imperceptibles, sólo apercibidas tan luego de su lejanía. Esa distancia es la que me limpia cada noche. Y así, mi piel se sacude de las escamas vítreas del color de la profanación con la que siempre quiso subyugar aquella parte de mi alma que nunca pudo someter, por eso sus denodados intentos de cubrirla con su agraz verborrea cotidiana, banalmente mortal para quienes hemos oído el sistro ancestral y la siringa en forma de haces de rubios melismas en ático antiguo.

Uno no olvida que el eco del aulós, desde un atrio marmóreo bendecido por el amor del sol benéfico nunca podrá competir con el risco desde donde ella moraba cuando me tropecé con su ser, mitad de mitad engañosa, timo de tales seres, pues ni ella sabía cómo presentarse sin descubrirse, y en mi ceguera, causada por un dolor que a ella siempre enfureció, caí de bruces, tan débil como necio me hallaba.

A cada costra purulenta de su recuerdo putrefacto, que cae, una luz de pura inocencia se alza ante mí. Cuantos días más, pasen y mueran, acabaré por comprobar que mi corazón está recubierto de la luminosidad del alabastro de un kurós, arañado de su pintura, despojado de su polícromo reflejo, y sin embargo egregio, aún mutilado, para dar paso a la desnuda esencia de la belleza, aspiración qué tanto hizo mi Diono por insuflar en mí, y que pocos entienden como una de esas manías como cualquier otra.

Pues hoy como nuca, me doy cuenta de que vivir con la sirena era sucumbir a la molicie de lo vulgar…cobardía de un alma sin rumbo, pero hoy regreso de esa mesa camilla donde ella ejecutaba sus rituales, literalmente, de parca de medio pelo ¡Cómo odiaba aquellos velorios!

En el altar de mi conciencia de ágata cornalina, se posarán los pétalos níveos y sedosos de los lirios que han esperado a que las rosas presuntuosas comenzaran a envejecer para salir al mundo, como lo son ya los recuerdos, y una corona de alba numinosidad, ejecutará el último sortilegio del que seré víctima de nuevo, y esta vez tan rendido, sumiso por devoción, como a mis diecisiete años: Mi Amor por Diono, Mi Dios, y su constante como inefable recuerdo.

Saludos, Anónimo Lector.

Paquita

Paquita

Paquita

Nunca tuve armario, nunca una cueva donde llorar a solas, siempre consiguieron que mi dolor fuera público, y todo porque me llamaban “paquita.” Y al hacerlo, lloriquear sin medida delante de ellos, confirmaba su desprecio. Les otorgaba el poder sobre mi dolor.

Era tan evidente que era cómo era, que su saña siempre me acompañó. Me lo llamaban los niños y niñas de mi edad, sus hermanos mayores y sus padres, vecinos y desconocidos, maestros y hasta los que se decían amigos, no había piedad, porque nunca creyeron que un niño la mereciera, “un niño como yo”.

Les era odioso, un ser destinado a la mofa y al escarnio. Pero hoy todavía sigo pensando que algo merecía de aquel sufrimiento, pues no sabía esconderme, ¿cómo negar ni lo que yo mismo sabía que debía ocultar o disimular? Y mi inopia de niño les enfurecía aún más, mientras yo iba de un lugar a otro con mi pluma, y mis gestos febriles de ave rendida…Una marica como tantas otras. Y cuando me violaron, él consiguió que durante muchos años creyera que me lo merecía, es el triunfo de la violación, pero estoy vivo. Cuando volvieron a violarme, ya me pareció normal…pero estoy vivo.

La vida luego fue saberse en la continua peregrinación del propio perdón y tal vez, por eso, y por el amor de mi familia, y escasas amigas, fallé al intentar acabar con mis lágrimas de niño, con tantas pastillas cómo la desesperación consigue reunir… pero estoy vivo. Hoy siguen siendo, familia y amigas, las muletas necesarias para ello.

Conocí el amor verdadero y su pérdida. Mi amor murió en la mitad de su propia vida, y creí morir yo también. No pasó así, contra toda idea, sólo dejé mi alma allí, con él. Fue la vida, que nunca es como pensamos. Hasta tengo un hijo, vaya… si la vida es azar al albur de los demás, no siempre uno es dueño de su dolor, ni de su dicha. Ahora que su madre y mi hijo me han abandonado, también pienso que me lo merezco. Las buenas intenciones no siempre quedan impunes. Y sigo vivo.

Pero hoy, tras la matanza de Orlando, ya no estoy tan vivo. Un poco de mí ha muerto. Mi alma es aún menos que nada ante este espanto… Porque siempre ha habido persecución de aquellos que como yo, no sabían ser de otra manera, pero morir como reses en un sacrifico en el altar del odio, morir bajo las balas, otra vez, como si no hubiese la Historia sido ya suficiente en su rencor inexplicable, morir mientras sonríes, mientras giras un brazo en busca de un poco de silencio atronador en medio del miedo que nos aguarda fuera… morir como si lo mereciéramos, así no debe morir nadie. Todos fuimos niños, perseguidos. Y aún lo somos.

Hoy “paquita” se revela dentro de mí, y resurge, rasgando la linfa del tiempo pues nunca dejó de estar ahí, agazapada, en su mudez, para no molestar a los demás, y lo hace para recordarme que no encajo, que sólo se nos tolera, y que como tantos otros, hombres y mujeres o quien sea, cómo sean, siempre hemos sido, en nuestra tozudez inopinada aquellos a quien se puede matar, no sólo con balas… también con esa falsa piedad que nos dice cómo debemos “ser” para encajar.

No hay mayor pecado que no ser cómo eres, yo mismo me he negado tantas veces… para no molestar, pero si eso merece la muerte, ya lo dije una vez: “Matadme, si no sabéis hacer otra cosa, pero no me arrebatéis mi ser, quién quiero ser y sobre todo lo que puedo llegar a ser. Nunca se sabe:
… y ese es el verdadero peligro.

Sigo vivo. ¿Será un castigo?

Descansen en la paz del amor las víctimas del Club Pulse y todas las anteriores, todas….víctimas del odio sin compasión alguna por la diferencia o simplemente un triste movimiento de muñeca, así de estúpidas son sus “razones”. Y si detrás está cualquier religión, los subterfugios de siempre, allá ellos con su cielo o su paraíso, unos de palabras y hechos los otros, allí no estaremos nosotros. Para no molestar, una vez más.

Saludos, anónimo Lector.

Ich bin der Welt abhanden gekommen

Abandonado

Siempre he pensado que todo está ya dicho, y mejor… Por eso creo que esta es la mejor versión de este Lied de Mahler. De sus Rückert-Lieder. El tercero (16 de agosto de 1901).

Ich bin der Welt abhanden gekommen

Inconmensurable en la voz del barítono alemán, acompañado, por L. Bernstein al piano…en 1968. Sublime.

Sólo así puedo expresar cómo me siento.
Saludos, anónimo Lector.

Textos:

Ich bin der Welt abhanden gekommen,
Mit der ich sonst viele Zeit verdorben,
Sie hat so lange nichts von mir vernommen,
Sie mag wohl glauben, ich sei gestorben!

Es ist mir auch gar nichts daran gelegen,
Ob sie mich für gestorben hält,
Ich kann auch gar nichts sagen dagegen,
Denn wirklich bin ich gestorben der Welt.

Ich bin gestorben dem Weltgetümmel,
Und ruh’ in einem stillen Gebiet!
Ich leb’ allein in meinem Himmel,
In meinem Lieben, in meinem Lied!

He abandonado el mundo
en el que malgasté mucho tiempo,
hace tanto que no se habla de mí
¡que muy bien pueden creer que he muerto!

Y muy poco me importa
que me crean muerto;
no puedo decir nada en contra
pues ciertamente estoy muerto para el mundo.

¡Estoy muerto para el bullicioso mundo
y reposo en un lugar tranquilo!
¡Vivo solo en mi cielo,
en mi amor, en mi canción!

y tú, tierra feliz…

Autorretrato

Autorretrato

(CCLXXVI)
Ya que la vida angélica, serena
partiendo sin aviso, en duelo insuave
al alma ha abandonado en horror grave,
procuro hablando consolar mi pena.

Si a cruel lamento el duelo me encadena,
de él sabe quien lo causa, y Amor sabe,
¿qué otro remedio en mi tristeza cabe
contra este mal de que mi vida es llena?

Así, Muerte de ti, mi alma reposa;
y tú, tierra feliz, que ahora contigo
guardas con celo aquella faz hermosa

¿dónde me apartas, ciego y sin abrigo,
después que aquella dulce y amorosa
luz de mis ojos no es ya más conmigo?

Francesco Petrarca
Cancionero

Saludos, Anónimo Lector.

Coda: Un mes de mayo más, sin mi Diono, y ya van diecisiete encadenados, como mi alma a la suya…

Sea el ataúd de mis recuerdos tu terca boca

Saliva

Saliva.

Sea el ataúd de mis recuerdos tu terca boca
y por siempre sellada
con la hez de las cosas nunca dichas ni hechas,
idas con la paz ida en tu vida ensalzada.

Habrá de verse aún quien me muda y trastoca
por la dulce y callada
réplica que repica al compás de unas endechas
¿el vacilante laúd, con voz desafinada?

Óbrese el milagro, el silencio sin comprobar
de nuestra historia.
Por todo cenotafio: mi resto de cristales,
será el acre paladar de nuestra derrota.

Sabrás ya, después de la herida sin curar
sin quiebras, con euforia
se añadirá este daño, acallará tus males,
sin música, lacrará mi alma, tu paz remota.

J F Cuadrado Martín Abril, 2008

CANCIONES DE RÜCKERT (1901/02)

(Rückertlieder)

Música de Gustav Mahler (1860 – 1911)

Texto de Friedrich Rückert (1788 – 1866)

5. Um Mitternacht

(5. A medianoche )

A medianoche
me despierto
y miro al cielo;
ni una estrella de la galaxia
me sonríe
a medianoche.

A medianoche
pensé
en los sombríos espacios infinitos.
Mas ningún pensamiento luminoso
me trajo consuelo
a medianoche.

A medianoche
presté atención
a los latidos de mi corazón;
sólo un pulso de tristeza
me incendió
a medianoche.

A medianoche
peleé en la lucha,
¡oh, Humanidad! de tu sufrimiento;
mas no pude decidirla
ni con toda mi fuerza
a medianoche.

¡A medianoche
puse mis fuerzas
en tus manos!
¡Señor! ¡Sobre la vida y la muerte
Tú eres el centinela
a medianoche!

Coda:

De la decrepitud.

Decrepitud

Decrepitud

Decrepitud- Dice su segunda acepción 2ª, pero no del RAE:
“Estado de extrema decadencia o deterioro de una cosa”. Para los latinos era el sonido seco que hace una cosa al romperse (crepare) con el sufijo de-, significaría en apariencia lo contrario pero hoy sabemos todos a los que nos referimos cuando usamos tal término.

No suelo desde hace años mirarme al espejo estando como Dios trae al mundo a los Hombres, humanidad desnuda en estado larvario se diría, de tenue imprecisión morfológica, así lo comprobé cuando asistí en el parto de mi único hijo. Al verlo pensé en la «Metamorfosis» de Kafka y en que me correspondía invertir el proceso; hoy aún después de tanto tiempo no sé si lo he conseguido, pues era su alma imperceptible la que debía en primer lugar reconducir por los caminos de la «areté» clásica. Es al día de hoy, reitero, que dudo seriamente haberlo conseguido, pero como en todo, no contaba con la influencia astral de su madre y el efecto de marea sobre nuestro pequeño satélite, y en tal mecanismo de la física gravitatoria, que hace sufrir tensiones en los más recóndito de aquel ser nacido para la vida, cosas de no saber prever la realidad. Su vida, de la que me han apartado por imperativos de la moderna forma de entender la libertad, es hoy una mirada al cielo en mi registro cotidiano, buscando la estrella que lo ampare.

Cuando por azares de la medicina, tuve que mostrar mi cuerpo no hace mucho, observe aterrorizado cómo había llegado a mí la decrepitud de la que hablo al inicio de esta fábula sobre el desvío que ha tomado mi constitución corporal, y con mirada desahuciada ante lo que vi, no pude dejar de reparar en los kilos que me han redondeado, yo que era famoso por mi extrema delgadez, ya hace años que dejé de ser lo más parecido a un Kuros arcaico y he pasado a ser parte de la maldita estadística del sobrepeso. Bajo la piel de mis piernas asoman unas arbóreas ramificaciones tan azules que avisan de nuevos trombos, mi abdomen ensanchado, pareciera que un buen día tomará la decisión de escapar e iniciar la vuelta al mundo en globo de ochenta jornadas o tal vez se eleve al confín menos denso de la capa de los gases sin aire que son hoy mis propios desvíos y que suelen llamar ionosfera, y que debe acoger las señales de este texto si lo enviara por radio…

Mis hombros cada vez ceden más al peso de mis pecados, no otra cosa nos encorva, si acaso la soledad, y la cifosis es hoy la parábola de mi deambular por territorios donde la memoria en su tránsito y erguida ha sido ya vencida. Mi rostro se asemeja a una máscara de piel de cabra hinchada con el propósito de surtir de escaso reflejos o emociones a quienes me miran con asombro si hace años que no me ven, cosa no muy rara, dado que rehúyo el contacto con los humanos, pero nadie está a salvo del pasado… Menos mal que nunca he sido partidario de hacerme fotos, registros que hoy serían la prueba más cruel de que todo es una sempiterna caída hacia el fango viscoso de las carnes y los humores que ni el mismo Dante hubiese sospechado con tropezarse; provisto de la decadencia de los viáticos originales que nos fueron dados al nacer, hoy soy una cosa que respira, fuma y actúa, come y bebe, metaboliza, en definitiva, su destino sin asimilarlo y se esconde tras las palabras, nunca bien explicadas ni exégetas de las verdaderas huellas de este hundimiento.

Mis cabellos ralean y se tiñen de blanco sin ton ni son, y del mismo modo mis escasos vellos faciales han tomado la nieve sucia como modelo para salir a las puertas de mi mentón, precisamente aquel que se ve en primer lugar cuando he dejado de rasurarlo por la pereza de la edad.

Mis dedos artríticos toman ya rumbos fugitivos. Tantos como son la escritura misma de mis quejas, no otra cosa pareciera esto, y sin embargo no puedo evitar registrar que un día fui normal, a ojos de unos pocos bello y a la mirada del resto raro, pero ello no ve en menoscabo de cuanto digo, pues nadie sospechaba que mis costillas flotantes nacieron al susto de la vida demasiado separadas de sus compañeras y yo siempre me guardé de mostrarlas, huelga explicar que odio playas y piscinas donde pareciera que es obligatorio despreciar el pudor que siempre me atenazó como lo hizo la imprudencia de no verme como realmente era… pero el Amor nos trasmuta en estatuas de mármol panatenáico a los ojos del Amado, y eso, sí que nos apacigua de temores infantiles y de complejos adolescentes. Para bien y para los males que la madurez se encarga de no asomar prontamente para no molestarnos acuciosa.

Nunca he practicado mas gimnasia que el trabajo, luego no debería quejarme, pero no lo hago realmente, en mi cuerpo y su titubear constante, como si nunca hubiese decidido acabar en un carácter justificable a su propia historia se ha desparramado por los caminos menos amables a los ojos de los demás, pero ellos por suerte no tienen que sufrir su visión como yo podría hacer cada día, y que no concibo como hábito ante el espejo: ese invento del ángel caído y de la luz, no siempre tan buena como nos hacen pensar su cualidades a priori.

A cada poco voy notando que mis ojos perdieron un poco más de agudeza, nunca la tuvieron por completo, y me asusta pensar que lo mismo hacen las circunvoluciones de mis sesos y creo estar cada día más dominado por el sistema límbico más arcaico, siguiendo más abajo…Volver a ser reptil, dejando que el tronco cerebral y sus dominios acabe por dominarme del todo…y dormitar la sol, esperando tener suficiente calor para ir al río…abrir la boca y sentir esa calma sustitutiva en mis dientes y escamosas partes encajadas, o correr cual lagartija a esconderme de los dragoneas persecuciones de los pies de cuanto pueda aplastarme.

Ser tan pronto una ruina sin haber cumplido el medio siglo es la parábola perfecta de cuanto soy y será; la medicación me ha sufragado en mis temblores, en mis dudas, en mis conspicuos sustos y parcas alegrías, dolores que sufro sin pensar en ellos, pues narcotizado como ellos me tienen, cada pastillita es un recurso según la farmacopea modernísima, paseo por la linde del muladar ya tan cercano en el tiempo que me queda por vivir, tan sólo ya no me detiene nada en el avance inexorable pues mi cuerpo ha decidido tomar su particular rumbo, y a mí con él.

Mi alma no se resiste, pues ella, la más menuda entre las tantas que se pueden obtener en el mercado de la gracia milagrosa se halla pegada al miserable despojo que la contiene, no por fe, no por ser incapaz de rebelarse, sólo por la piedad que un día, mi triste cuerpo, como un destello lejano, me otorgó al ceder al Amor que me hizo Hombre.

Saludos, anónimo Lector.