El ángel se sentó a mi lado en el mismo… Cuento de Nochevieja

Mi ángel

El ángel se sentó a mi lado en el mismo sitio desde donde yo leía un poema que acababa de recuperar del escritorio, un click en la pantalla y los versos salían escupidos del profundo numen incomprensiblemente al momento,y así no percibí su presencia. Carraspeó, pero como jamás antes había tenido yo oportunidad de haber escuchado tal ruidito, tampoco esta vez presté atención a su compañía. Como se sintiese el ángel ignorado acabó por darme una manotazo o una cierta idea de ello en mi mano, y esto, sí, efectivamente «lo sentí», más que nada por inapropiado, luego de pensarlo, que lo hice, hubiera bastado con que hablara, presentándose, es opinión común que la educación social tiene principios, que yo en mi incultura, y el ángel tampoco debía conocerlos, pero es no menos cierto que el ademan cayendo sobre mis dedos ateridos, surtió su efecto.

Me giré, como es normal y allí estaba él, pero ni me miraba, ni parecía observarme o importarle qué hiciera yo, sólo parecía hacerse presente en una urgencia inaudita, se me reconocerá al menos el impacto de tal demostración. Epifanías las llaman, pero no estaba yo para etimologías.

Supe, pues, que era un ángel por su aspecto y cosa más extraordinaria, llevaba grabado en la frente un «2 0 1 5» que daba espanto sólo con verlo, supuraba por cada cifra sangres de diferentes densidades y tonalidad del purpura, de mayor a menor intensidad; bueno, en realidad, el hecho de que llevara las alas plegadas, la túnica plisada en perfectos pliegues y su transparencia opalina, también me ayudaron a reconocerlo, de ahí lo del aspecto, aunque no sea el mejor término para describir semejantes rarezas en este mundo de hoy, y aunque el susto no me lo quitó nadie, ni duende ni cuentista me auxiliaron en ese momento, me quede pasmado, inmóvil y un poco lelo, sea dicho, por verdad y porque no es día para inventar.

Carraspeó de nuevo, y de repente, con su voz de órgano medieval, escuché que entonaba como en el canto llano que ya nadie reconoce, un «Esto se acaba, y tú leyendo viejas plegarias….» No estaba yo para milagros, o quizá uno nunca lo esté, preparado recalco, de lo contrario no serían milagros, pero no me iba a postrar de hinojos y de rodillas a tierra, menos, que ya no tiene uno edad para ciertos alardes, por muchos serafines o potestades se te presenten, pues cosa curiosa, me pregunté a cuál de los rangos angelicales pertenecía mi huésped inopinado. Pero no osé convertir ese pensamiento en mi primera pregunta, y sólo dije, «si sueño deme un bofetón, de no serlo, sueño, será pesadilla, así que venga, deme ya la palmada y así despierte y al punto lo olvidaré todo…»

El ángel ni se dignó a mover un solo ¿músculo? de su cuello, parecía absorto leyendo los poemas que la pantalla mantenía como una telón absurdo a su vista y a mi ya creciente temor.

No soy valiente y estas cosas, de puro inciertas, asustan al más aguerrido de los hombres, no hay armas contra… lo que fuera, y de haberlas, no me las enseñaron en catequesis, y eso sí, se me concederá, hubiese sido un conocimiento necesario… y no la historia de Job, que sí, que tenía mucha paciencia, pero los adolescentes hormonados antes de la Confirmación, pues como que no es un don que posean ni interviniendo en ello la Gracia Divina.
Entre que yo no me movía y el parecía petrificado, más aun con aquella luz que desprendía su envoltura, por decirlo de algún «modo grosso,» que no magra factura, opté por escribir en el documento abierto: «¿Qué Quieres de Mí?» Sin inmutarse, cosa a la que ya empezaba a acostumbrarme, entonó de nuevo una respuesta, si es que aquellas palabras lo fueron, pues tenían el chirrido de unas cuerdas de tripa de un violonchelo dieciochesco, o eso me aparentaron en los oídos, que no por nada eran los orgánulos más importantes para tal acontecimiento, pues es bien sabido qué los ojos engañan más que los trileros en los días de feria.

«No entiendo estas lenguas modernas…», «¿No sabes leer?» aduje,como protesta a sus palabras, luego de tomar aire, y no caer en la cuenta de que hablaba el mismo idioma que yo mismo y otros millones de seres a los que por algún sortilegio muy injusto, no pasaban es esos momentos por tremendo trance, no todos los días se habla con un enviado del los Cielos, que barrunto ya, que son varios y distintos, por razones que serían largas de inferir de mis actos, ciertamente…

«No es que no sepa leer, no entiendo tus palabras», y en «tus» se reafirmó el crujir de una cuerda de algún instrumento de su voz cambiante; y de su ánimo, advertí con sorpresa, pues en esto que se erguía un poco para que yo pudiera sentir su sombra, y esto, sí, qué me aterrorizaba, pues aunque no me había sido dado el escaso don de que nos tocáramos, es cosa muy rara sentir la sombra de un ser que asemeja ser todo luz

Decidí ser un poco más inconsciente y simplemente pregunté , «¿Y Bien, qué quieres?» Con un aire de suficiencia que en esos instantes abandonaban mis alvéolos y me avergonzaron, me estaba asfixiando, pero el ángel era inocente del todo en este caso, era la constatación una vez más de que la estupidez humana es infinita en sus formas y en todas circunstancias y siempre, siempre, muy inoportuna, como estaba comprobando con aquel anhelo de respirar de nuevo…cuando el aire o su velo, regresaba a mis pulmones, sentí el rubor de la bisoñez de mi irrelevante pregunta.

Los ángeles, sospechaba ya a esas alturas, que hablan de lo que quieren, o en mi caso, «mi ángel,» así se demoraba en mi presencia, y este ángel no se comportaba exactamente como el de Tobías, a quien empezaba a envidiar, ciertamente. Al menos ellos dos viajaron por aquellas tierras calcinadas hoy por tanta maldad; pero el mío, bueno, el que estaba allí no sabría decir si sentado, o flotando, pues pies no parecía tener… o yo no me he preocupado de consignarlo a mi memoria, y así…

El ángel debía de estar ya muy aburrido en mi compañía, pero era ya tal mi desconcierto que no me atrevía ni a suspirar, ni a mirar de soslayo y casi ni a sentirme vivo, no fuera a molestar aquel ser con aquella fecha grabada en su frente… y que sólo recuerdo como lo único verdaderamente corpóreo de la totalidad de aquel ensueño…

Pasaron como «algunos minutos» y el ángel permanecía mirando la pantalla, absorto o embrujado, y no debía de estar yo muy equivocado en mis ideas al respecto, pues de repente las páginas del poemario pasaron veloz, raudas y prestas ante sus ojos, como los arpegios de un virtuoso que tanto abundan en Asia últimamente, cosa que ya no me sorprendió, ni el hecho de la celeridad ni el mensaje que me estaba trasmitiendo. Reconocí o eso intuía entonces, que quería decirme algo, pero como si hubiese recibido una orden que ni él mismo sabía ejecutar, era ya evidente, para ambos, que como todos los ángeles que por la Tierra han transitado siempre se han visto envueltos en tramas con moraleja que incluso a ellos mismos se les escapaban, pero ya se sabe que nadie desobedece por capricho…o por naturaleza. De ahí su azarosa parsimonia en responderme o en siquiera mirarme, no veía yo más que un perfil desdibujado…y comencé asentir compasión por su encargo, qué, o no le gustaba o no sabía cómo terminar.

«No tengo ningún mensaje para ti, salvo que en mi frente sepas leer lo que yo no soy capaz de ver» Apareció escrito en caligrafía antigua pero “legible”, tal vez se había cansado de sonar como una colección de instrumentos de nobles maderas y mejores barnices, optando por la sencillez de la escritura…Noté un viento, un roce de aires de avejentadas cortinas movidas por vendavales inconsistentes del todo en mi reducida habitación y supe que aquel pobre ángel se desplomaba sobre sí mismo, no había otra explicación a aquel suave abatimiento que entró por los poros de mi piel, que ni estaba erizada de miedo y acaso sólo sentía piedad por aquel desdichado ser, fuera ya de todo tiempo si es que alguna vez lo estuvo, injerto ya marchito a lo mundano de ese transcurrir que el reloj, invento del Demonio, le había usurpado toda competencia en este lado del Mundo.

Me levanté del asiento que parecíamos haber compartido, la silla de ruedas infames que todos tenemos por docilidad insana al diseño escandinavo y simplemente soplé su frente, ya encarando su iridiscente presencia, feérica sustancia y divina pareidolia, apoteosis algo mundana, o no del todo muy acorde con un hecho increíble…. y la fecha se esfumó…no sabría explicar cómo obtuve el arrojo de unos nervios deshilachados en su dendítrico ramal, de hacer semejante tropelía con el ángel, pero así sucedió y entonces su faz, o lo que pudiese llamarse así… cambió de estado, su semblante se trasmutó, como se altera la superficie de un charco cuando llueven esas gotas que podrían muy bien abandonar ese nombre, dado su caducidad en su efectos sobre el agua estancada, y me sonrió. Yo bajé la mirada, incapaz de sostenerla ante su naturaleza, en ese pausa ya manifiesta, palmaria y sincera.

Cuando alcé de nuevo lo ojos, la fecha había cambiado. Se imaginan ya que no podía ser más que la siguiente y se equivocarían, no tenia el último dígito y comprendí, no lo tenía por que sólo sería revelado en su última visita a mi terruño de cartón relleno de aire comprimido… de seguir así la moda de los bienes muebles.

El ángel me miró una postrera vez antes de desaparecer. Si lo hizo en el tiempo o el espacio, no sabría definirlo, sencilla y dignamente se ausentó…o regreso a hurtadillas a su lugar allá en las diestras o en los palcos libres del gran Teatro del Cielo, a la espera, siempre a la espera.

Caí de bruces, esta vez sí, y me dí con la tabla de la mesa… me encomendé a todos los dioses, y semidioses y seres inconsútiles de todas las religiones, fes y creencias del mundo que existen o han sobrevivido hasta la fecha para gritar, en medio del dolor de mi frontal que se esparcía hacia las sienes, qué la próxima vez con una postal, o en su defecto, “un mail” sería suficiente, pues no me he sentido nunca ser merecedor de semejantes teofanías, ni siendo éstas de seres que no dejan de ser unos mandados, como yo mismo, un obtuso ser que siempre ha obedecido las leyes naturales, no por amor a ninguna Ley, más bien por cobardía de intentarlo, y cierto repelús a significarme ante los demás, siempre “tan magnánimos” con lo singular.

Está noche dormiré como un bendito, dotado para siempre de la misma “bendita” idiocia que aún conservaré si nada lo remedia, y nadie lo impide. Amén.

Saludos, Anónimo Lector.
Feliz año siguiente.

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