-«¿Eres Tú, Satán?»

Ella,

Ella,

-«¿Eres Tú, Satán?»

La pregunta zahirió el aire en la habitación durante el mismo tiempo en que su respiración moría entre sus labios, para reaparecer de manera entrecortada de nuevo.

Al otro lado de la exigua habitación le había parecido escuchar el movimiento natural de una puerta, unos pasos afelpados y unos alígeros frufrús (y un intenso olor picante a Opium, de Yves Saint Laurent, el original, intenso y dulzón) pero no obtuvo respuesta… se cubrió con la escuálida manta que le acompañaba desde hacía meses en que ya dormía únicamente con las mismas ropas que le custodiaban desde que Ella satisfecha, anunció: no volvería nunca más.

Espió una réplica, que no obtuvo, decidió darse la vuelta, y aguardó…

Su cruda laxitud le impedía moverse, sólo fuera para recuperar la posición en la que aún el calor de su cuerpo había protegido a sus endebles miembros del frío de las sombras, de aquellas, sus noches enlutadas en que esperaba la entrevista, sabía que alguien vendría a la final de aquella prórroga en la sima pétrea como el somier cochambroso y sólo deseaba no acabar aterido de nuevo por un mal despertar, mostrando, así, la peor de sus efigies en la hora final.

Cuando ya el espejismo somnoliento dejó brevemente de inquietar en su envite traspuesto, se apaciguó y volvía a caer en la duermevela:

– «Soy yo Cariño…»

Bisbiseó no una voz que de gutural asemejó ser un silbido de un viento frugal que hollaría el aposento contiguo en su breve sortilegio.

Supo entonces que su primera apreciación era la correcta. Con tan sólo oír aquella falsa admonición.

Y esperó a que la estancia se abriera de nuevo y así manifestar, no ya su temor, sino certificar que nunca estuvo equivocado.

Se sentó en medio de la manta arremolinada para esperar la entrada de quien ya sabía venía con forma de mujer a recobrar lo que era suyo, y esperó, paciente y humilde a que la máscara de albayalde no osara penetrar de sus sospechas al cuartucho pero se oyó decir esto, antes de morir, o eso presumo.

– «Te esperaba, Satán, pero debo admitir que en contra de mis inclinaciones vienes vestida de mujerzuela de mercado y calles periféricas de mala nota, el mismo jaez que hoy yo mismo padezco y que son tan idénticas a donde te encontré. Pero siempre fui proclive a la salvación de los demás por obra de mi insensata piedad».

Saludos, Anónimo Lector.

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Sea el ataúd de mis recuerdos tu terca boca

Saliva

Saliva.

Sea el ataúd de mis recuerdos tu terca boca
y por siempre sellada
con la hez de las cosas nunca dichas ni hechas,
idas con la paz ida en tu vida ensalzada.

Habrá de verse aún quien me muda y trastoca
por la dulce y callada
réplica que repica al compás de unas endechas
¿el vacilante laúd, con voz desafinada?

Óbrese el milagro, el silencio sin comprobar
de nuestra historia.
Por todo cenotafio: mi resto de cristales,
será el acre paladar de nuestra derrota.

Sabrás ya, después de la herida sin curar
sin quiebras, con euforia
se añadirá este daño, acallará tus males,
sin música, lacrará mi alma, tu paz remota.

J F Cuadrado Martín Abril, 2008

CANCIONES DE RÜCKERT (1901/02)

(Rückertlieder)

Música de Gustav Mahler (1860 – 1911)

Texto de Friedrich Rückert (1788 – 1866)

5. Um Mitternacht

(5. A medianoche )

A medianoche
me despierto
y miro al cielo;
ni una estrella de la galaxia
me sonríe
a medianoche.

A medianoche
pensé
en los sombríos espacios infinitos.
Mas ningún pensamiento luminoso
me trajo consuelo
a medianoche.

A medianoche
presté atención
a los latidos de mi corazón;
sólo un pulso de tristeza
me incendió
a medianoche.

A medianoche
peleé en la lucha,
¡oh, Humanidad! de tu sufrimiento;
mas no pude decidirla
ni con toda mi fuerza
a medianoche.

¡A medianoche
puse mis fuerzas
en tus manos!
¡Señor! ¡Sobre la vida y la muerte
Tú eres el centinela
a medianoche!

Coda:

Todo ardid acaba por salir de la cueva

sirenida

En el sueño arribé a la playa cayendo desde el brumoso cielo, y si acaso un poco por mi levedad y algo más por mi impericia, caí enfrente del escollo de rocas argentinas que parapetaban los esqueletos que allí se amontonaban, como panoplias de efímeras contiendas, deslavazados los óseos ingredientes de otrora cuerpos que saludaban la mañana con plegarias y despedían la noche con otras no menos piadosas jaculatorias a los dioses siempre celosos de sus prerrogativas, comprendía que eran los predecesores, de mi ya preclaro destino, ser alimento de las madres putativas de gaviotas marinas como de otras aves menos melindrosas en lo que al nutricio sustento se refiere, que el peor desliz de la divina inclemencia dejó transitar por aquel mundo hoy ya olvidado; no por mí todavía, pues allí estaba esperando como anclado en las estrecheces de aquel minúsculo golfo de perfidia sin nombre en el que del cielo aciago había yo descendido.

El canto de la única sirena superviviente me enajenaba, clavado se diría, en aquella estreches de osario macilento e impedía el mecer siquiera de mis cabellos, por el rigor de sus notas y el horror de mis atenazados miembros, sentía que el fin estaba próximo, sin calcular que ella tenía reservada otra recepción menos directa ni sutil que la que ya imaginaba yo por los cantos de anteriores sacrificios que escuché en boca de marineros tan impíos como yo en apariencia por mor de no escuchar atentamente, o por la fatalidad de no saber con quién había tropezado.

No quería devorarme tan enseguida como su instinto la exigía e impelíale a saciarse nada más llegaran las reservas, debía antes hacer de mí uno de sus escasos solaces en aquella isla aborrecida que no por no señalada en papiros cruciformes en su urdimbre, no eran ignotas en los puertos de donde, de vez en cuando, las naves de proas azurinas se acababan tropezando, merced a vientos obligados por las Moiras juguetonas de un ajedrez impertérrito, conducía a las naos por los inmediatos oleajes que tenían como único sortilegio allegarlas a las costas de las aves humanoides cantoras. Ya sólo residía una de cuyo nombre es necesidad no mencionar no fuera, por algún atroz embrujo, que se despierte de nuevo.

Atado me sentí por correas o maromas de telúricas ponzoñas trenzadas por arte de las abominables mañas, y así delante de su faz comprendía mi fin y rogaba sin despegar los labios violáceos a todas las deidades de las que alguna vez tuve noticias perentorias que acabaran ellas, transitorias pero eternas alguna vez, con mi vida; y fuera mi cuerpo silencioso ya comida del festín añadido a aquellos otros montones de huesos impecables en su amarillo pestilente de los que en el suelo se separaban acaso unos hollejos, antaño pieles y cueros sin distinguir animal o humanidad en sus hedores ni géneros, siendo yo ya de uno de ellos, tal era la visión de aquel museo inopinado ante mi testa en hinojos, creyendo que no así, de esta guisa de implorante era una forma de solicitar la rapidez de aquella inmolación de mis propias carnes y calcídicos resortes.

No contaba mi inexperiencia con los ardides de quienes tienen al amparo de su parca naturaleza de ambigüedad moral y carnal, mixturas de indolencias y contrariedades formales, que se aburren como seres inicuos, a todos ellos les sucede, y de su aparente flema de tintes iridiscentes como sus plumas no muy limpias, la sirena se dedicó a limpiarse los dientes que lucían mocedad en el eje de su cara de Koré, esculpida con la industria de los muertos cinceles y corrosivas piedras, tal que se aproximaba y ya no cantaba como lo hiciera para atraerme ¿para qué?, allí me tenía, y yo rezaba, sin mucha convicción.

Si bien no hacía otra cosa que mirarme con sus ojos lábiles de palpitaciones de doncella combinada en atroz suerte, y con su atención descendían mis temores, y se alzaban las inicuas proposiciones en sus parpadeos, no quería alimentarse, parecía insinuar, ahíta ya de tantos restos infortunados, y se diría que su plan era harto diferente del que se canta en dáctilos llanos en el que sucumbieron los que aquel día eran las cerros hasta donde alcanza la vista un osario mondo de toda humanidad.

Quería desposarse con la vaga intención de escapar a tan sanguinaria y esplendentemente mediterránea soledad…En el otoño apacible, deseaba ser de nuevo parte corpórea completa y uniforme de sus viejas aspiraciones, y para ello ya estaba columbrando maneras y modos de conseguirlo, en su artificio melódico adivinaba yo, que empezaba a comprender su elección, una jaculatoria de miserable egolatría de mascota etérea hostigada y aburrida por la molicie perpetua de alimentarse entre esquistos pétreos de tanto empeño como el que extendían sus artimañas arteras, con la carne de sus pobres nautas arribados a las costas, nunca bien explicadas por aedos displicentes.

En mi ensoñación concupiscente para ella y mortal para mis adentros, sabía que sólo eran violones orquestados para argüir su defensa perentoria de no ser más que fábula, no más que una más de las jácaras medioevales y corruptas por tanto, ofrecía yo, entonces, mi osambre descarnada para que me soltara y ella oponía su testarudez de mito incierto y vagamente me revolvía yo entre las cuerdas de una jaula meritoria de sus hazañas antiguas y mis pobres arrojos como suerte de querella final ante ella, la Sirena, la última de su horripilante estirpe, prosapia de inefable recuerdo.

Todo ardid acaba por salir de la cueva que lo ejecuta vocalmente, y desperté. Salí al fragor de las chicharras recién nacidas de la solitud invernal y grité con las escasísimas fuerzas que atesoraban mis pulsos un sordo anuncio, no lamento sino juramento. «NO. No» repetía en cantinela de oración postrera…«Nunca más, me dije».

Me miré al bruñido solaz infernal de un espejo improvisado en el cristal de mi ventana y dije sin más recuerdo que la sal y la hiel en mi garganta, «Ya me devorasteis una vez, mi querida Señora». Opuse así la cruda verdad a su antigua igualmente culinaria costumbre…

Salí al patio y exhalé un quedo rumor, plegaría última de mi tormento, fútil traba a su jerga de gran sicofanta: «adiós, adiós, Sirena, y yo que te hubiese perdonado todo, (¿todo me dije?), todo menos la traición…» y fue entonces cuando un hada benigna roció mi frente con la lluvia salvífica de la escancia feérica de las mejores despedidas, lágrimas de reptilíneas sendas, me dije, pero lágrimas purificadoras, al fin y al cabo.

Saludos, Anónimo lector.

Pero no todo es Luz

ExLibris

Yo, que de puro esperpento voy camino de Colono, como me gusta decir no sin cierta ironía, pues nadie me acompaña, me despeño por las laderas erosionadas que encajonan una solitaria senda y de las que ya no intento escapar en un burdo escalar exiguo, y de ahí que siga dando tumbos de un lado a otro de este cañón improvisado, por el que persigo mis huellas, pues no es la primera vez que transito este pasaje, que recuerdo como parte de una vaga como recurrente estación penitenciaria, de las que uno se impone, como remedo, o castigo, al saberse de nuevo en la encrucijada que sólo posee una única dirección. Curiosa manera tiene la vida de indicarme, no ya la flecha del tiempo, sino el arcabuzazo que ha de lanzarme de sopetón, a poco que me descuide, al siguiente jalón en el camino, y sobre él, una palabra escrita que no seré capaz de descifrar, pues dado mi carácter no estoy dotado para las adivinanzas.

Me hallo, salvando las distancias de los versos y los siglos como aquel héroe que bajó a los infiernos, sin más valor que la intención del mito, buscando, me encuentro, persigo las marcas por donde transitó mi hijo, único ser que ahora me embarga con su destino prematuramente aciago, por fuerzas ajenas al mismo y en manos de una deidad venida a tan a menos que no la reconocen quienes un día compartieron con ella alabanzas de mediocridad deliciosa, como suele ser la hipocresía de quienes habitaron los etéreos festines a los que tan aficionados eran aquellos, sus compañeros de otros días celestes y hoy son parte del atrezo de su fatal arrogancia.

Mi hijo va por delante sin rumbo ni acomodo, laborando en juegos de fútil materia, no es una culpa propia, adherida como una costra por voluntad de quien se cree más grande que su misma carne, se ha adueñado por completo de su esencia, arrojando mi heredad al tártaro de la locura pues se jacta de poseer la verdad, ella, La Sirena, en medio de los hoscos riscos que no la soportan, intenta borrar los atajos, por los que ha conducido a mi hijo, nuestro hijo, mal que le pese, sus pasos son, sin embargo, lucecillas que como astros de débil apariencia, esconden el fulgor de galaxias enteras en ésta mi busca, sólo cabe comprender que la distancia no es más que una forma de tiempo, juego fatal del que ni siquiera ella puede burlarse.

Ella construye laberintos lejos del mar, y quiere encerrar en él mismo su vergüenza, allí donde yo no pueda encontrar a nuestro fruto, pero no hay cenotafio fingido de cristal y oropeles de falsa bondad que alcancen con sus maravillas de quincalla ebria de relumbrones y astutas falacias, velarme a mi vista el amor que no puedo evitar, que no sé esquivar y que no consigo encerrar en ninguna caja, torre ni velero sin rumbo; no, no cejaré, pero el Tritón seducido va de campaña con su madre, a los lugares donde creen ambos que yo no merezco ver, !Ay!, si fuera tan sencillo.

Bien sé, por razones que la vida se ha encargado en demostrarme en procederes de burlonas semejanzas que nadie puede escapar, ni los dioses, ni los hombres, huir de sí mismos, ni los odios impenetrables ni las pasiones afectadas duran eternamente, de ahí que sigamos siendo una especia tenaz, terca y pueril, somos todos hijos de nuestros actos, y por ello, antes o después, expiaremos íntegros por ellos. Si alguna vez escucháis de alguien que no lo hizo, esperad sin prisas, sólo una mirada veraz puede sondear el corazón, esa entraña que custodia como le sucedería a Pandora, la posibilidad de salvarnos y sin embargo, su humana esencia, nos condenó a todos por igual a seguir intentando encerrar de nuevo, la maldición que nos persigue. Necios de nosotros, en los cuentos hallamos una luz de la bujía que nos ciega, de saber mirarla sin excusas.

Pero no todo es Luz.

Saludos, anónimo Lector.

Haced una hecatombe de pacotilla

Eremita

Eremita

Uno debe pasar el duelo de «perder» a sus seres queridos con la elegancia irreprochable que se supone en las personas bien educadas, y como la deficiente educación formal que recibí no me lo permite, no así la de la vida, encarnada en un ser que llamo Madre, debo admitir qué, llegados a este punto, no sé muy bien llevar este dolor sin gritar dentro de mí con la furia de los locos, o de los eremitas hastiados de tanta penuria, sin más fe que la supuesta a tales ancianos todos alejados, como yo mismo del mundanal devenir, y por tanto aceptar, que si lloro delante de vosotros, no es grato para mí ni ha de parecer ante testigos sino otra cosa que la desesperación de la que hacer un canto íntimo, y sin embargo compartido a través de estas letras.

Debo aprender a vivir ya en esta cueva de negrura impenetrable, si quiero despertar mañana. Sería tan fácil desparecer, pero no debo, ni puedo. A lo lejos imagino un navío, surca el mar que a tantos tragó, por ser padre de reveses furibundos, pues así se las gasta el malhumor divino y quisquilloso de seres que llevamos dentro, no es, por tanto, el agua quien nos mata, es nuestra tendencia a dejarnos ahogar por nuestras propias lágrimas, bien sé que sin sal, el agua solo es el caldo de la vida, y por ello, dejemos que cada dios haga su trabajo.

Nunca más pondré el pie en una playa que desde aquí diviso y que sólo me trae los restos de un pecio aún por sucumbir al hundimiento final, se llaman recuerdos, no los quiero, ahí los dejaré para alimento de gaviotas, que no han de ser ellas menos que los lindos frailecillos que no comen precisamente algas, y entre éstas últimas haré una gran hoguera si se secan alguna vez con el combustible de mi olvido, tal que arda como lo hacen los viejos muebles de madera victoriana, ellos no menos bellos, y sin embargo tan “demodés” como yo mismo. En sus volutas y torneados perfiles descubre el alma los vericuetos del afiche que se encarama como nadie ante uno, sí, el espejo, atroz diciente de lo que no sabemos ignorar, a nuestra vera, ya de perfil, ya de frente, él pulido exclamatorio de voz queda, y en él yo, fatigado, no, casi muerto, no cesa de recordarme la muerte de lo que fue una vez una vida.

Hoy es sólo su testamento sin cumplir, por ser éste prolijo en oquedades que aún pensaba iluso en completar con la mejor de mis voluntades. Las más puras por no haber sido siquiera perturbadas por algo todavía, como el neonato que se supone participa de nuestros deseos más sinceros, así, con todo por delante, lo bello o lo terrible, así imaginaba yo llenar los días que nos quedaban juntos, y de tal manera, sin pensar en las noches, ellas siempre prestas a la traición, llegó una, solamente una y todo fue este naufragio de vaivenes inverosímiles de poder narrarlos.

De retamas de saldo y de salitre se llenó aquella noche con sucias palabras la parte menos ingrata de cuanto hasta entonces yo creía. Y yo profesaba inusitadamente con fe inverosímil, no de converso, peor aún, de traidor, perjuro de mí mismo. ¿Pero quien no es alguna vez impío? Si ese fue mi pecado, lo confieso, fue por debilidad, la misma que hoy no sabe salir de esta rayuela de grafías desdibujadas por el mirar absurdo de no verlo, ni ahora ni entonces. Nunca supe hacer feliz sin perderme en ese trayecto preñado de deserciones sobre mi propia sustancia, que ni mejor ni era, ni otra, tenía yo, no heredé nunca la desidia de no hacer posible las mentiras que uno se cuenta para no perderse del todo. No lo hice con mala fe, lo juro, pero hoy ya no concibo peor error, ni más infausta cautela o imprudencia.

Con las manos voy acechando una forma de sortilegio que me permita llegar al otro lado de la playa, los escollos son míos, las arenas, las palabras negras que destilo en cada línea, y voy y vengo, y ya no veo el cielo, desde esta gruta en la que me encuentro, me hallareis si unas huellas de barro seco quedan aún la deslizarme fuera, alguna vez, sólo alguna ocasión de respirar algo que no sea mi hedor de culpa sin más peste que la misma del héroe que no podía soportar la ausencia de su amado. Y no hay versos que me consuelen, hasta la hojarasca arde con pobres ceremonias de chispas y pavesas que al ir a morir contra los muros de vuestra indiferencia, la tuya y la de mi hijo, parecieran escribir una sola palabra «FIN».

Haced una hecatombe de pacotilla cuando mis huesos ya amarillos, ya pálidos, ya secos del todo, os sirvan para haceros mondadientes de justificativas rémoras de excusas y de recuerdos infames, de no poder ser ya otra cosa, Tú, la Sirena y el pequeño tritón, ya desenmascarado, hacedme este último favor a quien desde aquí ya sólo espera el postrer desquite, serviros de almuerzo y desearos buen provecho. Bien sé que mi pobre cuerpo, y mucho más mi alma, no son más que el fruto de mi estólida miseria, acre y magro alimento, pues…

Saludos, anónimo Lector.

Camino de Colono.

Edipo en Colono y su falso monumento

Edipo en Colono y su falso monumento

Dada la merma de voluntad que cada día se despeña de mis precipicios, ya cantos de río extravagantes, terrones y derrumbes de piedras más o menos colosales, ya aluvión de las luvias en tromba de mis ojos, ya guijarros de corazón desmenuzado, llegará el momento preciso en que sólo quede arriba, en le pie del mismo acantilado donde fui uno más entre vosotros nada más que la sombra, y ella cobarde, no se arrojará en pos del cuerpo que fue suyo.

NO la juzgo por ello, algo debería quedar ante los ojos ciegos que tampoco han de reconocerla, pero me reconforta que ese último tañido de campana en forma de fantasma se quede en esta tierra para poder contemplar por mí, ya muerto a toda acción o idea, cuanto pude haber hecho; y que desde lo alto, ya cayendo, ya en mi ensordecido descenso, sin gritos ni alaridos, siempre tan enojosos al oído ajeno, acabaré por olvidar, debo seguir hacia el fondo de la sima, donde sólo me esperan los restos únicamente míos de mis días perdidos y de mis moches aciagas.

Cuando se cuenta que el héroe tiene valor se miente, no lo tiene, mero préstamo de dioses que por su propio interés jugaban con ellos como en aquella partida de ajedrez de una película tan vieja como mis recuerdos, por vicio de ser más dios que el resto de su familia y rencillas que ya ellos mismos habían olvidado. Bien es sabido que los hombres, pero especialmente los héroes, no eran más que juguetes y siempre acaban rotos, especialmente si los trágicos se dedicaban a servirse de ellos para la moral pública que se les suponía a sus contemporáneos en honor del Dios que embriaga y nos regaló el Teatro hasta hoy. En manos de los comediógrafos, ya se sabe de la irreverencia ática, y nadie estaba a salvo de una buena lección de humildad. Ni el mismo Sócrates.

Siento por «Edipo en Colono»…De Sófocles. un extraño amor…(Que no voy a resumir decidido a evitar la farragosidad)

Especialmente al llegar a este punto

«CORIFEO. -¿Cómo? ¿Acaso con divino auxilio y sin fatiga murió el infeliz? »

Y el mensajero responde[—]
« ¡Oh hijas! Ya no tenéis padre desde hoy, pues ha muerto todo lo mío; y en adelante no llevaréis ya esa trabajosa vida por mi sustento. Cuán dura ha sido, en verdad, lo sé, hijas; pero una sola palabra paga todos esos sufrimientos, porque no es posible que tengáis de otro más afectuoso amor que el que habéis tenido de este hombre, privadas del cual viviréis en adelante».

!AH! El amor…

Pero hoy sé que moriré de esta manera como sigue narrando el mensajero dando noticia de la muerte de Edipo.:
[—] «De qué manera haya muerto aquél, ninguno de los mortales puede decirlo, excepto el rey Teseo; pues ni le mató ningún encendido rayo del dios, ni marina tempestad que se desatara en aquellos momentos, sino que, o se lo llevó algún enviado de los dioses, o la escalera que conduce al Hades se le abrió benévolamente desde la tierra para que pasara sin dolor. Ese hombre, pues, ni debe ser llorado, ni ha muerto sufriendo los dolores de la enfermedad, sino que ha de ser admirado, si hay entre los mortales alguien digno de admiración. Y si os parece que no hablo cuerdamente, no estoy dispuesto a satisfacer a quienes me crean falto de sentido.»

Debo decir en descargo del mensajero y del mismo Sófocles que tanta benevolencia…no sería de buen tono condenar más aún al pobre Ciego.

Y aún lo más aterrador, no habrá mi valiente Antígona ni apocada Ismena que acudan al fondo de la sima, a desmembrar mis huesos de su carne maldita y alzar la pira perentoria en el abismo donde pronto he de cumplir con mis yerros, no el incesto, cosas de los helenos macabros, sino más bien la ceguera a lo evidente. La oscuridad me llegó a conocerla, y hasta hoy, voy en busca y de camino de Colono, allí tal vez, se me sea concedida la muerte que necesito, fría, solitaria y sencilla, desparecer sin nada, ni a nadie a quien pudiera molestar, ni hacerse el ofendido. No se molesten los cuervos.
Como Edipo nadie conocerá jamás mi tumba. Ni mi hijo, de seguir así el trascurso de esta mi insustancial tragedia.

Saludos, anónimo Lector.

1 Nota: Edipo en Colono (gr. Οἰδίπους ἐπὶ Κολωνῷ, Oidipus epi Kolonoi, escrita no mucho antes de su muerte en el 406/405 a. C., y llevada a escena en el 401 por su nieto Sófocles el Joven.

De la crueldad gratuita

Crueldad Gratuita

Crueldad Gratuita

No comprendo, ni lo haré jamás, la crueldad gratuita; si existe un pecado como tal, esta debería ser elevada al primer puesto de la lista de daños que podemos hacer a los demás. Ni siquiera la venganza, o la traición, dantesca versión de lo más abyecto, pueden competir con esta forma de hacer padecer a los demás un maltrato que lejos de compensar una ofensa real o imaginaria, sólo pretende la maldad por la pura vileza de quien la perpetra.

La crueldad gratuita es síntoma de enfermedad, y grave, pero de malestar moral, no de locura insana, que también, a veces, de lo contrario no cabe explicación en su ejecución firme, seguras de no ser descubiertas tales personas como lo que son: Simplemente malvadas, perversas y en definitiva, malas. Malas Personas.

Ser mala persona no es un oprobio para las mismas, carentes de todo freno moral, su ética consiste en el más puro de los egoísmos, aquel que todo lo justifica. Y ademas lo disfrutan. Y se autoconvencen de que son así porque no pueden ser de otra manera, consustancial a la mezquindad es la falta de conciencia de la misma.

Se jactan en silencio secreto de sus iniquidades y nunca muestran arrepentimiento, pues su manera de sopesar la realidad consiste en que los demás se merecen sus despreciables juicios y acciones, y ansían con todo su ser vencer en su inopinada mente de infelices eternos; no, la bondad no la descubren y cuando la presienten, la atacan con toda la panoplia de las que no andan faltos. Ser malo es un entrenamiento perpetuo…Disimulan mientras se ven en lo alto de su pirámide imaginaria, faraones de lo obvio, sus crímenes son la sangre de su víctimas que a cada peldaño cae desde arriba, y al pie de su monstruosa carencia de remordimiento, sopesan con orgullo febril el monto final de su envilecimiento sonriendo, como hienas, que no lloran, pero bien saben ejecutar danzas macabras, para más honra de las malas personas, cuyo único decoro es su misma máscara, no saben hacer más que el mal y gratuito, para ellos el mundo siempre está de saldo y ellos saben cómo sacar provecho de los inocentes.

Si se cruza con alguno de estos seres, los descubrirá de inmediato si les preguntan por el amor… Para los crueles gratuitos es su coartada favorita y donde mejor se realizan, en sus patrañas de dulces mentiras: todo el mal lo despejan con la excusa del «amor», no lo sienten, ni lo padecen, pero se aprovechan de quien sí lo siente, y así duermen en absoluta tranquilidad, pues no hay día en que no practiquen su juego más dilecto, y que no es otro que «quererte».

Y cuando dejan de hacerlo, «quererte», o eso que entienden como tal, entonces date por muerto.

Saludos, Anónimo Lector.

Coda: Para la Sirena que nunca leerá este texto, ¿a quién si no estaría dedicado?