La Pasión según la Séptima izq.

Réquiem sin paz ni nada parecido:

Un largo pasillo conducía a las habitaciones, en medio, los controles y las salas de custodia, cellas impostadas para ropas, enseres, y de la farmacopea que tan dadivosamente acostumbran a regalar en dichas plantas; la luz de los fluorescentes lo aplana todo, no hay sombras para nosotros, pacientes perdidos unos en sí mismos u otros vencidos por la vida, alguno casi imperceptible de tanta mismidad silenciosa, pero todos como fantasmagorías sin rumbo aparente, del comedor a la cama o a la caja tonta, inválidos sin sostenes ni recursos caritativos para soportar tanta luz hasta la noche venidera, negro ámbito de una calma y sopor inducido con sabor a zumo de fruto insípido y sin embargo agradecido por ser la frontera de un día ya consumado. La venidera aurora traerá de nuevo añil y rosa si las nubes del cavilar lo permiten y aconsejan, fraguando en sus dedos de nuevo la espera.

Al pasear en dicho túnel cercado por sendas puertas, los pies se arrastran sin más murmullo que el leve toque de las batas azuladas todas, sin cinturón, cosidas con esparadrapo ignífugo o cosa parecida, las miradas al frente que como horizonte tienen una angosta longitud, van y vienen y con ellas, los pensamientos o sus remedos con el sutil baile que cercan las mismas miradas fosforescentes que evitan unas pordioseras fotografías de paisajes de hotel mezquino en exquisiteces decorativas, metopas de saldo se diría, tan es así que nadie recuerda nada más que una pintura a goterones y una pasamanos maldecido por la desidia con que se ajustan unas manos incapaces de hacer de ellas más que hacerse acreedoras de las grageas místicas y unas gotas bebibles, que cada día anuncian más una caminata sin final, al doblegar el espacio donde un celoso celador cancerbero impide todo asomo de huida por una puerta que carece del anuncio dantesco tan propio de tal lugar, y debería. “Abandonad toda esperanza…”

Vestidos de marino desteñido, con pijamas escabrosos que la lotería del día proporciona y se ajustan a los cuerpos con menos acierto que una baraja de tarot en manos de una zíngara de feria, son todos ellos a rayas de infame recuerdo que cubren la molicie de unos administradores inanes para una zona olvidada del hospital que pronto será derruido como un templo desfasado y con él la idea que anida en la suerte de todos los que pasaron por allí, “soy inocente…”, como si la soflama más propia de cárceles abyectas que de cuidados higiénicos, retumba sordamente al cruzarse en el pasillo hollado por cientos de pisadas de tanto desorden y sin embargo, cada encrucijada ocular es una igual a otra que el pasado podría afirmar, sentenciando como siempre que todo fluye y sólo el pasillo permanece.

De cuando en cuando mirar por la ventana que tapia un lienzo de hierro oxidado con celosía de rombos tamizando la vista del mundo que espera al otro lado, a la espalda las camas militarmente dispuestas y tan viejas que seguro que Job durmió en alguna de ellas descansando en su particular lucha con la deidad de tan mal carácter como dudoso fue su lúdico énfasis contra el Mal. Es en esos tálamos de blancas y raídas sábanas donde nadie tiene más paz que el atropello sanguíneo que sumerge el cuerpo en un estado de espectrograma latente hasta el toque de diana de una auxiliar con aires de grandeza y alguna que, más compasiva pero no por ello menos eficaz.

Ducharse, abluciones obligadas, cambiar de harapos y esperar la primera toma del día, cada comida es una ristra de pastillas, viandas de poco lustre y que marcan como un reloj de sol amenazador al carecer de sombra la marcha de la jornada, engullir y esperar visita, después de una simulada siesta, afortunados los menos, obsequiados con ellas, los más por desgracia o tal vez no, miran al visitante con indiferencia bovina, una niebla cubre la propia soledad de un rebaño sin más cencerro que el propio respirar, bufando sin miramiento la intromisión de ciertas miradas compasivas, nunca solicitadas y aún menos agradecidas.

De día en día la entrevista con el demiurgo clínico…señor y dueño de tu destino futuro, próximo e incierto como la misma hilatura que teje una Moira voluble. Por sus carpetas amarillas pasan toda la especie de patologías que el ciudadano Hipócrates no imaginaba más que como maldición o fortuna de los dioses caprichosos que envidian y aman con funestas consecuencias, tan cierto en aquellos tiempos como en estos. Ninguna habla de la infelicidad, ésta no es una dolencia mensurable, ni es campo del que se ocupe nadie, salvo los magos modernos con micro colgante como aretes serpentiformes columpiados en los labios parlanchines.

“Liebster Gott, wenn werd ich sterben?”, ¡Oh Dios! ¿Cuándo llegará mi última hora?… Saliendo y preguntándote algo parecido, pero por boca y gracia de Bach suena mejor, y más cuando la Semana Santa te sorprende con los lazos como pólipos del calendario inexorable con la luna llena por llegar.

Mi última hora “aquí”… un adverbio puede ser tan amplio o fugaz que nada lo puede medir en la hazaña de saberlo de ser ello posible, sisífica latencia de los días allí trasegados en un pasadizo, dédalo del misterio incognoscible del alma y sus vericuetos de dúctil miel y agraz salvia mezcladas en un solo almirez con una molienda cuyo resultado es la receta perfecta para la catástrofe. No hay quejas al respecto, el docto que se sienta frente a ti sabedor de que ya ha inoculado su caballo de Troya y sólo le cabe esperar a los pérfidos Aqueos microscópicos asaltando tu cerebro para su premeditada victoria. Un torrente de corpusculares adminículos alquímicos se vierte rauda por los entresijos de toda mente convulsa que debe ser domeñada como un vulgar riachuelo rebelde con murallones de falsas esperanzas que son compartidas por la ciencia contemporánea de la etiología fantástica que en su vano intento nada puede jurar, sin hacer mayor sacrificio que nuestras vísceras hediondas en la postrera jornada. Fecha y firma. Nada más se reclama.

Poco importa cómo hemos acabado allí, un secreto ostracon contaría las veces, se impone entonces la vulgar cotidianeidad y el tabaco de estraperlo se convierte en el elixir eleusino tan preciado que no son pocos los mendicantes del mismo. La ahogada batahola por conservarlo es una contienda continua con enfermeras y auxiliares, unas piadosas y otras convertidas en Circes capaces de trasnmutarnos en cerdos repulsivos por un vicio indispensablemente necesario para soportar los días como el tedio nebuloso que todo lo traspira, desde las horas eternas a los minutos de humo clandestino que con tanta celeridad se consume, proscrito casi todo en tal lugar y la peregrina prohibición atormenta a quien llega con una manía que en nada puede evitar. Ni quiere.

Este año, pues, me llegó la Semana Santa allí, con un número, con una bata y una pulsera, sin poder ejercer un rito anual, la Pasión de Bach, en recogido sacramento, en una escucha devota y mistérica, que cada año ejecuto desde que la descubrí. Rememorando su música sin adjetivo inventado para calificarla, pasé el Jueves Santo, y lloraba secamente, “Mache dich, mein Herze, rein,/Ich will Jesum selbst begraben”. Purifícate, corazón mío,/yo mismo quiero enterrar a Jesús…canta el bajo en su número 75…y yo rogaba enterrar mi dolor con aquel galileo sin otra suerte que estar a merced de un Padre algo particular para los asuntos mortales y divinos. El hado del que no se puede escapar alcanza a los hijos de los dioses y nosotros pobres perecederos pedazos de carne sanguinolenta tampoco.

A nadie importa mi dolor, tal vez me importe el de los demás, pero por tímida poquedad evito exponerlo, cosas de la paradoja de la vida en común y los muchos años que ya he sobrepasado, no me han dado paz pero si algo de prudencia. Todos llevamos un Minos juez de muertos en vida en el fondo de un resquicio moral que se impone en la nimiedad de no pedir permiso para emitir sentencias. Invitamos a cortar el nudo con alejandrina autosuficiencia a todos cuantos nos cruzamos por el albur irresponsable de la vida, y seguimos adelante, cosa sorprendente si se piensa desde el silencio. “Felices, son tus ojos / que se cierran al fin”. Son los últimos verso de la Pasión que tanto amo, quisiera cerrar los ojos y los labios, para siempre, sólo escuchar…un latido, vestido de azul o con el capirote de cuyos ecos llegaban aquellos días a orillas del Tormes, sin ninfa que lo ampare, y así como un Tersites ingeniado con remiendos de todas mis partes innobles, escuchar el único augurio posible: la Muerte, sin paciencia, todo lo alcanza.

La Psique que me conformará allí donde los huesos se convierten polvo y cenizas, vagará por la planta, la Séptima Izq., como un recuerdo espectral de que en estos días conocí a otros vagabundos del mundo como yo, perdidos de un rebaño que avanza inexorable hacia otras plantas, otras vidas que nada envidian sino la suerte del mito, pero Eros no se presentará a la cita del hipogeo vital donde los himeneos siempre quedan aplazados. No hay más.

Estoy fuera y nunca me he sentido menos encontrado.

“Wer wird die Seele doch”/ ¿Dónde descansará mi cuerpo?

No lo sé, y poco debe importar, si por piedad algo he aprendido en este tránsito.

Saludos, anónimo Lector.

Citas de:«¡Oh Dios! ¿Cuándo llegará mi última hora? BWV. 8» De J. S. Bach y de la «Pasión según San Mateo, BWV 244. »

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Todos somos, pues, Epítomes.

Mache dich, mein Herze, rein,

Hoy no voy a aburrirles con mis lloros. Lo prometo. O lo intentaré, pero no prometo en verdad nada, ya saben, el viento sopla donde quiere.

Un año más cumpliendo los ritos que uno se impone a sí mismo me obligo a escuchar alguna versión de la Pasión según San Mateo, su BWV 244. Este año le ha tocado a Herreweghe, y por azares de la vida, la muerte este año tampoco me ha dejado de lado, al final reclamó a quien ya era Suya; sí, somos más muerte que vida, así lo atestiguan las generaciones que yacen en la memoria no sólo de nuestros genes, sepultos, incinerados o simplemente perdidos en toda la extensión de la impudicia, si no la otra, la verdadera Memoria, ya que quien más quien menos, tiene muertos que recordar. Si ya lo sé, perogrulladas, pero si busca el lector gnoseología de la mismísima Muerte, no la encontrará aquí. Más que nada por mi bendita, santa por humana, ignorancia.

«Algunos dicen en cambio que Hermes, de acuerdo con la voluntad de Zeus, sustrajo a Helena y la llevó a Egipto, entregándosela a Proteo, el rey de los egipcios, para que la custodiase, y que Alejandro [Paris]se presentó en Troya con una imagen de Helena hecha a base de nubes»

Apolodoro, «Epítomes»

Siempre me fascinó pensar que casi nadie se diera cuenta de esta defensa de Helena, como para hacerla más popular en el Mundo Antiguo, o en su defecto, de la candidez del autor de esta suerte de justificación para la insondable por ser algo desproporcionado el asunto de estar diez años a las puertas de Ilión, La Troya de toda la vida, y todo por la tal Helena, que debía ser muy bella…

En realidad todo estos males, y “cóleras funestas”, se derivaban de la Diosa Eris, Diosa de la Discordia y una boda, manzana mediante, y desde siempre es sabido que las nupcias no son ocasiones felices salvo para los amigos del buen vino y del yantar no menos provechoso, ya que los helenos tenían dioses para todo, y para cada tribulación humana o de la Natura con la que parecían llevarse a regañadientes continuo, de ahí el mito y luego los Sócrates y Platones, y todos los demás, en fin, que ellos eran así.

Es curioso que otra vez una manzana fuera causa de tanta prosapia literaria en una boda, la de Peleo y Tetis, los papás de Aquiles. Al final las manzanas están por todas partes en la Historia de los humanos, en bodas, descubrimientos y jardines añorados. Centauros y Lapitas, o sus simulacros.

Pero como soy dado al pensamiento especular, veo como de cualquier pozo surge el agua de la reflexiva petulancia, y así coligo yo que todos somos Helenas en este mundo de las idas y venidas, de las ideas y las cosas. Tenemos a un «apolodoro» en cada rincón que nos salva, nos perdona y nos justifica, se llama “Yo”, y él escribe por nosotros estas cosillas, todo sea por la supervivencia de la especie; o tal vez sea peor, y todos seamos epítomes.

Ya les doy la definición de la wiki y así se ahorran el link: «Un epítome (del griego ἐπιτομή epitome) es el resumen o sumario de una obra extensa, que describe lo fundamental o lo más importante. La importancia de los epítomes para la historiografía actual radica en que en muchas ocasiones permiten conocer un esbozo del contenido de obras perdidas».

Somos pues, sumarios de los millones de sudarios anteriores que cubrieron la faz de la tierra “filantróphica” que nos cubrirá a todos. Pero en lo referente a que gracias a nosotros se nos permite conocer mejor el contenido de tales mortajas, dudo mucho que así fuera, sea o pudiera ser. No aprendemos nada. De haberlo hecho, no necesitaríamos, precisamente, rebuscar en resúmenes varios, escarbar en palimpsestos, ni descifrar Rosettas, o discos de Faistos, aún por desplegarse a nuestro entendimiento. Seríamos dioses de nosotros mismos, pero si el viento sopla desde siempre es para precisamente hacernos olvidar que hubo antes gentes que también un día se dijeron en silencio las mismas cuestiones que hoy se pregunta un adolescente sin serlo ya o el anciano a las puertas del tártaro de las residencias modernas. Siempre hubo alguien antes, y eso de la evolución sirve para saber cómo se formó el ojo, cámara no muy buena, por cierto, pero es lo que hay, mientras que para saber, lo que viene siendo “saber”, debemos comenzar desde cero. Tabula rasa, tal vez exagere, no, seguro que lo cumplo, como consumo la edad que me viene dada, y gracias, por serlo, es decir, otorgada, pues no creo merecerla, en verdad.

Si se detiene uno a pensarlo es lo justo y necesario, debemos aprender y aprehender el Mundo por entero en cada nueva vida, tenemos derecho a conocer como nuevo el Dolor por la Muerte y el Amor por la Vida, resumen sencillo de cada gesto, de cada acto, de cada pensamiento. Y si no es dolo ni simpatía, nada nos salva, ni el orgullo arbitrario ni la penitencia inconsistente que todos sacamos a pasear en estos días, de altanería revestida de ambas formas de la pedantería moderna con que nos revestimos todos, unos bajo capirotes, y otros bajo las sombrillas de un dudoso gusto ambos.

Todos somos, pues, Epítomes. Y es una suerte inmensa, qué, así sea.

Saludos anónimo Lector, les dejo con uno de los momentos más bellos, a mi juicio y el de Dios, o eso creo yo, de esta Pasión de Bach, Recitativo y Aria. Les dejo el texto de ambos. La versión habla por sí misma.

NUM. 74 RECITATIVO (Bajo)
Al atardecer, cuando refrescó,
se hizo patente el pecado de Adán.
Al atardecer, el Salvador lo redimió.
Al atardecer volvió la paloma
trayendo una rama de olivo
en el pico.
¡Oh, hermosa hora!
¡Oh, atardecer!
Ya está hecha la paz con Dios,
pues Jesús ha soportado ya su cruz.
Su cuerpo descansa al fin.
Alma bienamada,
ruega, ve y pide
que te entreguen
a Jesús muerto.
¡Oh provechoso,
oh preciado regalo!

NUM. 75 ARIA (Bajo)
Purifícate, corazón mío,
yo mismo quiero enterrar a Jesús.
Pues Él hallará en mí por siempre
dulce reposo.
¡Mundo, aparta,
deja que Jesús penetre en mí!