Madre de mi amor inmerecido

mirar

Miro a mi madre postrada en la cama de este hospital, uno como tantos otros repositorios de la vida moderna, donde alojarse en tiempos de islas antaño alejadas. Alzo la vista y la constelación de Orión, el eterno cazador, persigue su propia condenación. Veo a mi madre e intento imaginar esa bacteria que la está debilitando y me pregunto si en su idiocia los microbios cazan porque son así por castigo divino, o tal vez sea todo un efecto de su minúscula sustancia. O tal vez pertenezcan al reino del azar más aciago para el ser humano. Son tantos años con ellos que se nos olvida que están ahí…

Miro y Venus ha girado alejándose el lucero, pareciera no querer asistir a este espectáculo. Y así se alejan mis mejores deseos tenuemente disimulados, y se apodera de mí el temor. El miedo de lo que uno sabe que puede suceder. Es el pavor, no a lo desconocido, lo he visto ya tantas veces que se diría que he estado ya allí, en los momentos que no quiero nombrarme, y sin embargo ya he vivido.

Mi madre duerme, reposa, descansa, mi ser se agita ante tanta quietud incomprensible.

Llegada cierta edad, la vida nos presenta su lado amargo, es la hiel del precio por estar vivos; en el caso de mi madre, al poco de nacer, la misma vida se apagó en su madre, su padre y un hermano que apenas viviría un día saludando al sol, decía pues, a los cuatro años, mi madre, que ahora descansa, no tenía más familia sus dos abuelas a quienes, también la vida se llevaría pronto, segando de tal modo un futuro distinto. A los doce años calló en manos de una cierta persona que la trataría como a un remedo de la cenicienta, pero esta arpía no contaba con que un día llegaría el príncipe más pobretón del Reino y la enamoró con su dos ojos azules, poca cosa si se medita, y las pipas para el cine: mis hermanos y yo somos el fruto de unos pobres desgraciados. Y si por si acaso esto que he narrado no conmueve, mi madre, quien ahora dormita alejada de todo pensamiento, vio morir a uno de sus hijos a los doce años de edad con quien compartía cuarto conmigo.

Sí, la vida no es fácil. Mi madre huelga decirlo, dejó de creer. Dios perdona, mi madre NO se lo perdonó, nunca. Y el Dios de los reproches continuos ahora guarda silencio y calla. Como suele suceder, desde entonces: nada nuevo desde la cruz y sus reliquias.

Escribo esto mientras espío la duermevela de mi madre, mi Santa Madre, cada uno tiene su santoral particular y en el mío por supuesto lo preside mi Madre, con su delgadez momentánea y su dormir suave, con sus gestos de modestia, con su corazón de par en par abierto al dolor ajeno, con sus manos maltratadas por la artritis de tanto trabajo ímprobo e ignorado por quien siempre sabe más que nuestro propio cuerpo, con su alma suspendida en un gotero ¡Cómo odio tanto nombre ridículo para algo que es transparente!. El Mal, no el mal de la enfermedad, el mal de lo injusto.

SÍ: la vida ha sido muy injusta con mi madre, pero ella en su bondad sin cuento no la sintió nunca como tal. Aguantar y aguantar, día tras otro, mes tras mes, años sin fin, todo lo asumía entre lágrimas secas y llantos quedos, hasta que nosotros su hijos renovaron cierta sonrisa en la doblez de sus ojos, pero nunca la vi gritar al Cielo, ese cielo lleno de inmortales dibujos animados por el rotar de esta bola de tierra y agua. La tierra que pisó mi madre, descalza y otras veces, con suerte, con unas zapatillas raídas para todo un año, y el agua del río donde alquilaba para una de sus abuelas los cajones infectos para lavar la ropa, aquellos años de miseria, moral y cotidiana.

Ya entonces querían tomarla por tonta. Es lo que tiene ser buena, los demás, indefectiblemente, te toman por tierra abonada al abuso y la iniquidad, para desdicha de mi madre, que de buena es pura ingenuidad. No se equivoque el lector, cuando algo se ha interpuesto en la felicidad de sus hijos, mi madre, que todavía duerme removió cielo y tierra, y todos los falsos suelos de formica lustrosamente oficinista por nosotros, para nosotros, y su carácter afable se mostraba como un relámpago tintineante, mostrando así que incluso la rosa más ladina nada tiene que hacer contra el pétreo cactus de la voluntad materna.

El amor es la suma de lo bello, pero el precio es casi siempre desorbitado. Cosa esta para pensar.

Esa bacteria que anida su colon como las vistas pesadas, pretende acabar con lo único que hace soportable mi vida: ¿irrisorio, verdad?

Mi madre, quien acaba de abrir los ojos para enseguida cerrarlos de nuevo, me ha mirado, una pausa en su volar por el éter donde miles de estrellas me parece que quisieran esperarla para ofrecerle amorosa compañía ¡No queridas, todavía no!

Necesito de su amor incondicional como necesitado estoy del saber que nunca, sin ella, volveré a ser quien fui, gracias a ella. Soy tan suyo como Ella es mía, cierto, es cierto lo que piensan algunos indigentes al cariño, nunca se rompió el cordón, no por pereza o comodidad, sino por compasión: mi madre siempre supo que yo, precisamente yo iba a ser quien más la necesitara. Como así ha sido. Ese cordón hoy se balancea en un delirio de circo maldito…por algo siempre odié el circo y su abalorios en forma de fetiches.

Fui un niño débil, enfermizo y llorón. Hoy lloro por mi madre y ella llora sin lágrimas por todos sus hijos, su marido, sus nietos, sus soles orbitando en torno de ella cada vez que la ven. El círculo se cierra. ¿Qué sería del mundo sin las lágrimas de las madres? Un erial. Ellas riegan lo bueno y puro que los demás hollamos con nuestra indolencia, parsimonia, por no pararnos a pensar que nada tiene sentido… como es mi caso. Sin mi madre todo será gris, el negro lo reservo para mi última noche en este mundo. Solo, como temo sin miedo.
Mientras el amor de mi madre alimente mis recuerdos el color del mundo se tornará grisáceo, ceniciento, nunca mejor aplicado, como estas nieblas matutinas tan acordes con mi estado en estos días. Y al fin, el Negro, ese llegará como siempre nos llega la postrera pátina.

Los ojos de mi madre reposan sobre sí, avisándome, pero miro a lo alto, tras la ventana y es entonces cuando comprendo que el mundo es indiferente al color de una mirada por la que cambiaría todo, mi triste cuerpo y mi alma derrotada. No hay sacrificio posible. Todo lo es. Y nada es nunca suficiente para aplacar la soberbia de la naturaleza, la humana, pero hoy la humildad no está de moda. La humildad de mi madre, su buen talante, son cosas que ella porta con la natural destreza de una abeja recolectora, volar para las demás, mientras duerme, el cansancio de tantas idas y venidas le están pasando factura y ella nunca quiso dejar deudas. Por todo hay que pagar, hasta por la bondad, por supuesto. Sobre lo malo, ya no estoy tan seguro. Azar y misterio, decía una vez, que todo así en la vida es. Puro azar.

Mientras duermes, tú, mi madre adorada, el alma que me habita como la mía misma, no es capaz de hacerlo, alejada de mi cuerpo, por culpa de la insensatez de querer ser como tú, qué digo, parecido a ti, se desperdigan los recuerdos entre la sábana que te arropa, trasunto de mis brazos de mis labios mientras parces descansar, lucho contra la imaginación atroz que nos hace humanos, esa condena que nos hace conocer las variables con que la enfermedad juega con tu vida como si el maldito circo te iluminara, esperando la señal que ponga fin a tanto vulgar jolgorio.

Los días, cada día más se alargan, mis fuerzas no menguan, se aquilatan y escribo. Siempre quise que estuvieras orgulloso de mí. Como yo lo estoy, en la inmensidad de mi pobre ser, de ti. No me ciega el amor, lo hace tu luz. Allí, en el cielo, un día serás de nuevo trazas de estrellas, como hoy, que no ceniza infecunda, y esa será la falsa manera humana de soportarnos en la mentira, pues… El Amor, el verdadero, vence a la Muerte.

Y lo hace por mor de nuestra necesitada voluntad.

Saludos, Anónimo Lector.

un plato frío

y-que

¿Y qué?… si te quise
¿te quise acaso…?
Te soportaba, como se espera
que pasen los días…uno tras otro,
callado para que acabara todo.
Como así fue,
la lluvia, tan necesaria,
cesó cuando se agotó mi llanto quedo.
Con un “nombre” terminaste
con aquel sufrirte.
E intestaste, fiel a tu entender, mentirme:
cómo si mi conciencia hubiese nacido ayer.
Qué poco me conocías,
aun presumiendo de ello.
Bien por él. “Tan bueno…” lo disculpaste:
comételo, entero, como devoraste
lo bueno y puro que quedaba en mí.
Y tú creías, necia,
que lo nuestro era profundo…

Pues NO. Era vulgar,
tanto como una sopa de sobre.
Pobre de quien te sorba hoy en día,
su mundo será un plato de fideos de cera.
Nuestro mundo era tu mentira
alimenticia alucinada de quien
no se soporta ni a sí misma.
Espejo deforme del saberse sola,
y sin nada más que ofrecer que un óvulo…
Infortunado, también él…
a quien ni siquiera sabes entretejer apenas,
entre tus manos vacías.
Esas que usas para beberte
el infinito que no te tolera,
creyendo ver en el fondo de la pinta,
una faz que te consuele de tu maldad.
Reina, te creías, en mis brazos
que nunca fueron tuyos
y eso te llevó a la playa de la ira,
de dónde nunca saldrás.
Ociosa hasta para eso…
la culpa siempre será mía…
¿Verdad?

¿Y qué?… si te quise
Si nunca lo hice….
pero todos sabemos disimular,
incluso el amor, años,
década y media de rehuir tu iris
que pudiera descubrir la verdad.
Agotador fue, pero no tanto como para morir.
¿Y qué si no me amaste?
Si nunca lo esperé, no nací tan tonto,
sí estúpido, innegablemente,
y sobre todo bueno, ingenuo se diría,
algo que jamás leíste en mis labios,
tus runas de hiel te lo impedían.

¿Y qué si no me amaste?
Si no sabías más que beberte
tu propia indulgencia y fantasías…
¿Y qué si todo fue mentira?
A tu lado todo lo era, como lo son
los sabores envasados: Sal y glutamato.
Eras un dolor constante,
pero no tanto como para matarse por ti,
como tanto te hubiese gustado, a ti y a tu madre
Eras molestia cotidiana,
tanto lo fuiste que dejé un día de verme.
Para sólo verte en tu decadencia…
Y en ella me arrastrabas.

¿Y qué?… si te quise
Errores de años y cobardía,
que otros llaman lealtad.
¿Y qué?… si te quise
“Si ya estoy muerto para el mundo”

Vivo, aunque te duela en tu orgullo,
aunque quisieras llevar flores a mi tumba,
de plástico, claro…y parco.
Maldice hoy estos restos del plato que se sirve frío,
yo ya ni me molesto en hacerlo…
Nunca supiste cocinar,
ni siquiera una mal disimulada felicidad,
sin estar llena del licor del sol de RA…
ese que te hace sentir viva,
y te engañas cada día, recuerda,
que te conozco, porque te padecí…
embebida de orgullo, soberbia,
y sobre todo más allá de toda cordura,
al final todo sale, hasta el mal
acaba por aburrirse
y salió a tomar el sol en tu mohín,
de peluquería de saldo.

Una vez se te escapó:
“eres mi mejor amante”.
Tu única verdad, el amor,
el tuyo fue siempre egoísmo
…y yo, nunca, nunca fui tuyo.
Pero eso ya lo sabes,
como sabes que nadie
será nunca de nadie, mientras
haya quien como yo,
deje mi alma en manos ajenas y vacías.

¿Y qué?… si te quise

¿Y qué si me amaste?

¿ Y qué…?

JFC, Diciembre, 2016

Saludos, Anónimo Lector.

Rosa, rosae

rosa,rosae

rosa,rosae

La defensa de la rosa
no es su espina,
por mucho que te duela
ni el aroma de su perfume
que tanto te enloquece
ni sus estriadas hojas
a tus ojos inadvertidas
ni sus colores inventados
en todas las gamas del ingenio
fruto del tedio y la molicie.

De la rosa, su defensa
es su ausencia de saberse bella,
deja pues, tranquila, la tijera,
si la cicatriz que la erosiona
del calor ya padecido,
la salva, a su prematura hermosura
nace perfecta, deja que muera
como tú no evitarás hacerlo.

Es el dictado de la rosa su defensa
mientras un enamorado la celebre,
la enuncie sin comprenderla;
ningún sostén de alabastro,
cristal o simple y pobre barro
la haría más bella, ni nadie,
ni la enamorada en su falsa certeza,
pues si la isla sagrada la recuerda,
no visites con ella en el ojal
santuario alguno ya arruinado
que mancille así tu poca honra.

Burdeles de pétalos son tus fines,
si con ellas quieres alfombrar tu gracia
no serán las rosas tus flores,
lo son tus crueles intenciones,
y no hay honores que perdonen
tus asesinas manos cuando llores,
al verte marchita y rodeada
de tus propios y recurrentes errores.

Natalia Antirogrés

Saludos, Anónimo lector.

Un mugido en la noche

Morille

Las vacas han retomado el lamento de su mugido. Inextinguibles, día y noche se las oye sufrir. Sus terneros han partido ayer pero ellas no lo comprenden. Hace ya un año que las escuché desde este retiro obligado que también termina para mí. Marcho a una nueva aventura, otra más, son tantas que ya no las cuento. Siempre me consideré un cobarde. Por ello, debía ir cargado con un exceso de equipaje que, sin embargo, mengua con los años. Al contrario que la mayoría de las personas de mi edad, alcanzo con un sólo vistazo el total de mis pertenencias, ya he pagado, pues, el paso por el fielato de la vida. ¿Dónde están hoy los terneros? En los estantes donde acaban los hijos de nuestro alimento, y si lo pienso, se me revuelven las tripas, pero algo hay qué comer, y como la moral, algo debe ser elegido.

No hay una palabra que, por desgracia, describa a un padre que haya perdido un hijo, hay una rara orfandad para tal circunstancia en el Español, tan fecundo para otras cosas. Pero yo no lo elegí, él sí, cada día. Y cada uno de ellos mujo como la vacas enfrente del otro lado del regato.

Triste alegato: sordo y ciego bramo lanzando a la medianoche mis condolencias por las desesperadas reses, jamás debe uno burlarse del dolor ajeno una vez conocido, y del ignoto aún menos. No me fío por tanto, ya, de ninguna sonrisa.

En Morille, en intempestivas noches de estrellas sin fin aparente, puro artificio del parco sentido, como lo es la dimensión del sufrir del otro. Silencio, sólo cabe callar y escuchar atento, por educación, el mugir ajeno.

¡Qué Atenea Boudeia nos guarde!

Saludos, anónimo lector.

Coda:
[…]EDIPO. -Hija mía, ¿se ha ido ya el extranjero?

ANTÍGONA. -Sí, padre; y tanto, que puedes decir tranquilamente cuanto quieras, que sola estoy a tu lado. […]

De Edipo en Colono. Tragedia griega de Sófocles, escrita no mucho antes de su muerte en el 406/405 a. C., y llevada a escena en el 401 por su nieto Sófocles el Joven.

Recomendación

Dedicado a Carmen, ella sabe el porqué.

Dionisio Villegas Gómez, In memoriam

Lirios malvas tus labios

Lirios malvas tus labios

[…] Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis. […]
Del «Dies Irae»
De Tomás de Celano. (1200-1260)

Hoy hará diecisiete años que te fuiste. Los mismos que tenía yo cuando te conocí y casi los mismos que nos separaban en nuestras edades de entonces, yo, un niño a punto de cumplir los dieciocho y tú los treintaisiete, un hombre con toda la vida por delante, qué, sin embargo, se truncaría aquella mañana de Agosto, del último año del siglo XX, tu siglo; el que no conociste no es el mío tampoco, sin tu presencia el tiempo sólo fue un transcurrir de tenues molestias y vagos sentires, la vida, la verdadera, se quedó en aquella habitación de la planta novena de un hospital donde fuiste a terminar tu existencia y a extirpar lo que quedaba de felicidad y esperanza en la mía. Tú eras mi vida. Bien sé que esto es un tópico, bien sé que sólo algunos lo ven en mis ojos, incapaces de sonreír como lo hacían ante tu sola presencia.

Escucho el adagio final de la última de Mahler, la Novena, no podía ser de otra manera mientras esto escribo. ¿Recuerdas la primera vez que vimos juntos «Muerte en Venecia»? ¡Cómo me enfadé con Tadzio…! Mientras que tú comprendías al pobre de Aschenbach como yo no puedo hacer ni hoy mismo. Contado así todo resulta previsible, pero eran años de escasos estímulos para los raros, tan extraño era yo para los demás como lo era mi amor por quien me dio la bienvenida al mundo de mis pueriles sueños: «Mi Diono, mi amor, mi bien, mi vida entera…», palabras, las ultimas que me escuchaste…y hechos.

No te llevó la cólera, tan de tu gusto hubiese sido, pero la peste, hoy tan en boca de todos de una hepatitis C, tan nueva entonces, te arrancó del mundo, de su brisa azarosa y de mi lado infantilmente nulo de entendimiento al dolor que me aguardaba. Un trasplante fue siempre una falsa promesa, en tu caso, al menos.

Recuerdo aquel tubo infecto conectado a tu cuerpo que terminaba en una bombona caleidoscópica en su contenido, y en el transcurrir de los días, fue mutando del amarillo al verde negruzco, betún de néctar mefítico, señal inequívoca del final… Durante aquel mes de agonía, de la de ambos, la de tu cuerpo y mente y la de mi insólita venidera verdad, sólo te he querido a ti como quien se sabe ya huérfano del amor habido y por haber, así, el cambio de aquellos tus humores, saliendo de aquel cuerpo que había sido tan mío como tuyo me iba marcando el siguiente paso de la Muerte, avanzando, sin pausa, morosa y testaruda, fiel ella misma a su condena, llevarse al amado para que alguien escriba ñoños textos como este.

Llegó. Como si las parcas no se hubieran cebado ya contigo lo suficiente, el momento tan temido por tu conciencia, en el que tu mente abandonó tu cuerpo antes de que éste se rindiera por agotamiento. Ya no me reconocías, pero yo, en mi inopia, te hablaba y recitaba mi salmodia particular. «Diono, mi amor, mi bien mi vida entera» y cuando intuí el momento final, esas cosas se saben por la caridad de la vida, que en aquella mañana me concedió la sabia premonición de que morirías en mis brazos de niño, (era aún tan niño para despedirme…) Te cogí la cabeza amorosa, y al sostenerla con la ternura de no querer despeinarte, tontos gestos aquellos, por última vez sólo acerté a añadir: «Diono, si aún me escuchas, si me ves… hazme una señal… Diono estoy aquí…»

Todo fue inútil, tus pupilas enmarcadas en dos óvalos del color de la cera barata, tu cuerpo de cuarentaicinco kilos y tu mente de sabio sin límites se habían ido, y sólo quedaba aquel organismo desvaído, famélica hechura final, con el tono albo del ya cercano sudario, que de haber sido posible hubiera cambiado por el mío si hubiese de servirte para resistir.

Entró alguien y me apartó, mis lágrimas aún mojaban tu rostro, pero no hubo milagro, ni un beso final del mismo diablo podría haber hecho por mí lo que Dios padre no hizo por su hijo, al fin y al cabo lo dejó morir.

Pasó en breve las rigoristas escenas de máquinas y enfermeras para certificar lo ya evidente. Salí a la terraza de la habitación y miré hacia abajo, de arrojarme caería sobre algún coche, pero mi madre todavía vivía y vive aún, ¿Si yo moría quién te recordaría? Y no podía hacerle aquello a mi madre, bendita ella, entre todas las mujeres que habré de conocer.

Muerte, en aquella habitación la muerte sacó a la vida a empellones, pero tuve la gracia infinita de que luego de tales acontecimientos me dejaran estar una hora contigo. No tuve la suerte de aquellas “otras cinco”…pero no me quejo, sabía bien que todo después sería recordarte, mi eterna nostalgia, el dolor del regreso a tu forma, pero antes de que te alejaran de mí, vi la paz por fin en tus facciones, apenas unas horas antes eran unas muecas, máscaras del acto final en el teatro al pie de la Acrópolis, rictus en suma, de dolor ignoto para quien no lo ha visto, y un color malva, de lirio raro se apoderó de tus labios, aquellos que me decían en griego antiguo “Emá ta Paidiká”, aquellos labios que habían abierto con su conjuro de amor, la espita que la ignominia de los demás impedían que fuera cuanto fui al final para ti: Tú, ya lo eras todo desde el mismo instante en que te vi, me miraste de soslayo y una sonrisa de anhelo pleno anidó en mi alma, y prosperó hasta aquella mañana de Agosto y aún lo hace. Tu ser colma mi simulacro ingenioso de estar vivo, respiro, como y duermo, pero también sueño, y cuando tú me llegas en el onírico trance, despierto con la paz de saber que mientras viva, no hay copla trágica que cante nuestro amor. Mi grave neuma e incierto se resigna con la contingencia juguetonamente cruel hasta el próximo sueño.

Soy tristeza mal disimulada. Soy una sombra, soy una pantomima, pero soy quien te quiso y esa será por siempre nuestro triunfo.

Fiel a tus ordenes, pedí la incineración, veo desde aquí el columbario doméstico donde te guardo y sé que junto a ti se hallan las cenizas de un ejemplar de la Ilíada, eso fue idea mía, extravagante como todas las que se precipitan en el registro de la pena anunciada, quise que te acompañaran los versos en hexámetros dactílicos, que tanto amaste, de tu bendito Homero; contigo reposan, como si de un postrero homenaje a la manera de un déspota caprichoso se hubiese ejecutado en un día caluroso al pie de una colina, aquella donde reposaremos juntos, algún día. Aún no he elegido el libro para mi propio crematorio, pero ya me inclino por la Odisea, ya por el «De Rerum Natura», de Lucrecio, que tanto disfrutabas…

Gustav Mahler, nuestro viejo amigo…numen familiar de nuestro hogar, sigue en mi cabeza y entre tegumentos de mielina seca y cerúlea como tu cuerpo aquella mañana, se apodera de mí para recordarme, (cómo si hiciera falta), que el amor vence a la muerte, única certeza para éste, mi lóbrego, pensar, que mientras yo viva tu vivirás, es «la fama familiar», que no hay cenotafio de mármol ni de versos que albergue cuanto de tu bondad obtuve, de los momentos eternos que en tu cuerpo libaba como sólo la fértil naturaleza nos embebía con su fuerza suprema de aferrar el instante del amor que no conoce su fin, aún en la agorera suerte de una enfermedad y el destino fiero e inexorable en su catástrofe.

Te libré de verme después, sin quererlo, de mi derrumbe, nuestra casa desolada, nuestros miles de libros enjaulados en una biblioteca aún por gestionar, en suma, de mis desatinos, de mis errores, y de la ignominia del mundo par quien nadie consideraba un viudo…sobre todo aquella que ya sabes “por nuestros sueños”, el mío cuando tú te regresas…ya sabes de quién hablo, que no merece ya ni una brizna de memoria, y en ese no haber sido testigo de algo que jamás se hubiese producido de estar todavía sobre esta tierra de yermos placeres y fecundos ahogos tristes, pero la vida se acabó con tu suerte, la mía, y por ende, nada de lo sucedido responde a ningún plan.

Dicen: «La vida sigue», será para ellos, el resto, la mía ya no es vida, es una imitación de algo que muy lejanamente se aproxima a la que compartía contigo, y su recuerdo son los clavos de un madero que arderá conmigo en forma de caja de poco lustre, como siempre me enseñaste, la modestia es enemiga de la petulancia, y ésta amiga de la nadería. Fue tanto lo que aprendí de las acciones de tus obras, y por encima de todo de tus silencios, sí, de ellos, elocuentes como sólo tu bonhomía inmensa era capaz de desplegarse ante mi verborrea, que bien sabías bordear y encauzar, y todo para hacer de este triste ser un ser mejor. «Aspiración ática», me decía entre suspiros cuando separaba mis labios de los tuyos.

Amarte ha sido mi redención como ser humano, cuidar de ti tras el aséptico diagnóstico fue mi tarea hercúlea, (de seis meses a siete años) pero, qué no hubiese hecho yo entonces, mi hígado, y mi alma hubiera vendido al enemigo de Dios para salvarte, no pude, no supe, no estaba escrito que fuéramos felices hasta la mutua muerte, como lo son los libros cuando han sido leídos muchas veces y siempre hasta el final. Este epílogo dura ya tanto…que no tengo vísceras indemnes.

No escribo para consolarme, no hay nada de ello ya hoy en día, la enajenación de mi existencia desde entonces es una condena por no saber decir NO. Pero Tú bien me conoces, y ¿cómo decir NO a una vida por nacer? Mi hijo conoce nuestra historia someramente. Debía saberla por mí, era mi obligación y mi labor como aquel individuo que modelaste, la Verdad es siempre el mejor camino, sus espinas son parte de la rosa.

Quiero terminar con unos versos de nuestro común amigo Aníbal, quien ya comparte contigo la eternidad si bien por distintos motivos y ¡oh!, falsas certezas, por otros pábulos y ambos plenos de justicia.

HIMNO DEL DESOLADO.
«Llegados a este punto hemos tomado
—se suman otras voces—
la decisión de naufragar»

Aníbal Núñez, De su poemario «Cuarzo» (Impreso).

Dionisio Villegas Gómez, profesor y lingüista, dejó este mundo el veintiséis de agosto de 1999, con tan sólo cuarentainueve años, a las doce y cuarto de la mañana. Sus cenizas aún vigilan cuanto escribo, y a veces noto que se abruman detrás del mármol travertino que las guarda, sonrojándose; él siempre fue un adalid de la sobriedad, por mi impericia para la misma, pero nunca fui capaz de imitarla, “mea culpa”. Fue un sabio y erudito para quien le conoció, pero nunca aspiró a la Gloria, y esa, fue su gran honra, y su victoria sobre tanta estulticia como le rodeó siempre.

Murió en el mismo hospital donde yo había nacido una treintena de años antes, él, que vino de las tierras más literarias que este terruño ha conocido, de una Mancha imaginada por el más Grande entre los grandes, Diono no le avergonzaría, a fe mía y del Destino, que juega con nosotros… vino, pues, a fallecer a una tierra que nada provee sin imposturas: «No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza», en palabras del inmortal Cervantes que me vienen al poco seso que me queda impune…

Durante catorce años, cuento con los dedos los escasos días en que no le vi despertar a mi lado, ese es mi auténtico castigo, el absurdo imposible de renovar tan vieja y venturosa costumbre.

Saludos, anónimo Lector.

Coda que no puede ser otra:

Un final alternativo. En memoria de los adolescentes frustrados.

Demian

Demian

[…]Llegué a mi destino. Era de noche, estaba completamente consciente; unos momentos antes había sentido poderosamente el deseo y la atracción. Ambas sensaciones persistían recónditas después de haberlas acallado tanto tiempo. Ahora me encontraba en una sala tumbado en el suelo, y pensé que era allí de donde me habían llamado. Miré a mí alrededor; junto a mi colchoneta había otra y un hombre sobre ella.

Se irguió un poco y me miró. Llevaba el estigma en la frente. Era Max Demian. No podía ser de otra manera, él tenía que estar allí.
No pude hablar; tampoco él pudo, o quizá no quiso. Sólo me miraba atentamente. Sobre su rostro daba la luz de un farol que pendía en la pared sobre su cabeza. Me sonrío. Su gesto renovó los sentimientos que horas antes pugnaban dentro, la esperanza de la sugestión, aquel deseo tan puro como atenazante.

Estuvo un largo rato mirándome con fijeza a los ojos. Lentamente acercó su rostro al mío, hasta que casi nos tocamos.
—¡Sinclair! —dijo con un hilo de voz. Y aquella voz sonaba de un modo tan concisamente nuestro que sólo tenía energía para sus palabras.
Le hice un gesto con los ojos, para darle a entender que le oía. Tímidamente, igual a cuando nos conocimos. Sonrió otra vez, casi con compasión.

—¡Sinclair, pequeño! —dijo sonriendo.
—¡Sinclair, pequeño! —dijo sonriendo. ¿Era piedad o camaradería del amante que no quiere revelarse?
Su boca estaba ahora muy cerca de la mía. Cuantas veces había sido así y yo, ciego y sordo, y sobre todo ni niño ni hombre, no había sabido aspirar su voz como hubiera sido mi avidez de lo absoluto. Continuó hablando muy bajo. Fiel al momento que no quería terminarse en el punzante palpitar de mi corazón.

—¿Te acuerdas todavía de Franz Kromer? —preguntó. Todo quedaba tan lejos aquella noche encantada. Y no era de aquel monstruo de quien deseaba oír su recuerdo, parte de un antiguo mundo tan remoto y muerto.
Le hice una señal, sonriendo también. No sabía ni quería hablar, él debía saberlo y actuar en consecuencia.

—¡Pequeño Sinclair, escucha! Voy a tener que marcharme. Quizá vuelvas a necesitarme un día, contra Kromer o contra otro. Si me llamas, ya no acudiré tan toscamente a caballo o en tren. Tendrás que escuchar en tu interior y notarás que estoy dentro de ti, ¿comprendes? Pero volveré, ahora me reclama este siglo idiota… Calló y se levantó. Yo sabía que le costaba continuar…¡Otra cosa! Frau Eva me dijo que si alguna vez te iba mal, te diera el beso que ella me dio para ti… ¡Cierra los ojos, Sinclair!

Cerré obediente los ojos y sentí un beso leve sobre mis labios, en los que seguía teniendo un poco de sangre, que parecía no querer desaparecer nunca. Comprendí entonces que mi pueril amor por Frau Eva sólo había sido un reflejo en el lago, tranquilo, donde en su fondo se agitaba mi verdadero amor por Demian. Sólo a él se lo debía y merecía. Comprendí, aquella noche, derrotado, que Frau Eva sólo me bendecía, conocedora de las batallas que me esperaban y que, nada eran, comparadas con las del asedio de donde me trajeron.

Si un día la llamé, a su madre, con nuestro intensamente titánico proceder, supe después del beso de Demian, aquel cálido beso sobre la sangre del mundo, mi mundo, que ella, Frau Eva fue mi subterfugio. Para ella un juego, sin malicia. Siempre lo fue, pero nadie me acusaría por ello.

Entonces me dormí.
Por la mañana me despertaron para curarme. Cuando estuve despierto del todo, me volví rápidamente hacia el colchón vecino. Sobre él yacía un hombre extraño al que nunca había visto.
La cura fue muy dolorosa. Todo lo que me sucedió desde aquel día fue doloroso. Pero, a veces, cuando encuentro la clave y desciendo a mi interior, donde descansan, en un oscuro espejo, nuestro lago, las imágenes del destino, no tengo más que inclinarme sobre el negro espejo para ver mi propia imagen, que ahora se asemeja totalmente a él, mi amigo y guía.

Cuando me sentía más solo recordaba el primer sueño donde Demían aparecía, aquel que me impresionó profundamente— todo lo que había sufrido bajo Kromer con angustia y repulsión lo sufría a gusto bajo Demian, con un sentimiento mezcla de placer y temor—. Recordando, así desde aquella noche tan lejana siempre, tanto la mía como su expresión, milenaria cual los árboles, o las estrellas: miro al cielo: Todavía le espero. Sólo él unirá mi parte divina y la otra, la que el demonio nunca dejará de poseer sobre mí…

Saludos, anónimo Lector.

Dedicado a todos nosotros que no entendimos, por la naturaleza de la literatura, que a veces el autor acaba un libro sin tener en cuenta a quién, curiosamente, somos los más propicios como proclives, a entenderlo y no olvidarlo.

De la Fama familiar: Hambre, pudor y yerros

Fama y Fortuna

Preámbulo:
(…) se dio a la estampa el Amadís, que Bernardo Tasso leyó ante la corte de Urbino y en el que se han señalado alusiones a Vicino Orsini y a su Sacro Bosque, porque mi fama y la de mi invención aumentaban con el tiempo (…)
M. Mujica Laínez. «Bomarzo».

Ya he sobrepasado la mitad de mi vida, Dante bien lo sabía, o tal vez creyó vivir un tiempo que bien sabemos no se concluyó. Y sin embargo trasegar es parte de mi todavía. «Il Sommo Poeta» venció a la muerte con su magna Obra. Los humanos somos así, jalonamos la vida con nombres de algunos seres excepcionales, bien por su contribución al espíritu humano en el saber, la ciencia, la fe o a la belleza. La «belleza» de saberse ser único y de la Creación incesante de la vida. Esta última es una manera de englobar todo lo anterior. Pero también su antagonista, el Mal, y su supuesta atracción tiene su cupo entre los nombres y efemérides de un calendario tan extenso como lo es la evolución humana.

Los anónimos millones de seres, hoy osario de ceniza y polvo sin cuento, que han hollado el barro y sus charcos de anodina existencia tienen sus «santos», ya sea la simple familia o aquellos que de algún modo hicieron vibrar su alma con un libro, una batalla, una puesta de sol de aceites y pigmentos, o tal vez por necesaria una sencilla y amable acción de amistad, igualmente desconocido e ignoto gesto para el resto de nosotros.

Los hijos son siempre una cosa aparte, como las madres, y los padres, sí, ellos, que contra toda estúpida corrección también son trascendentales. ¿Se nos olvida por descuido? Lo dudo. Todos seremos parte del recuerdo breve, en términos cósmicos, recordados por alguien a quien «dimos la vida». Aún sin saber el nombre, el hecho es que cada cual tiene su santoral de recuerdos privado. «Pues, o no se debe tener hijos, o hay que fatigarse para criarlos y educarlos. Me parece que tú eliges lo más cómodo». Platón, en su «Critón», para añadir un compungido Critón: «Se debe elegir lo que elegiría un hombre bueno y decidido, sobre todo cuando se ha dicho durante toda la vida que se ocupa uno de la virtud». Qué no de la Fama, añado yo.

No obstante el mundo muta y muta, y tal vez para siempre, como lo es la rueda de la Fama, o los que creen aspirar a la misma hoy en día en su Fortuna como pretexto.

En el pasado obsesionaba a ciertos y cientos de personajes, como ahora, la Fama y la Gloria póstuma. La Fama no es sólo mieles, también hieles. Bien lo saben los hijos putativos del aforismo de Warhol de obligado y tedioso recuerdo. Nuestro extraordinario Jorge Manrique reproduce en sus coplas los trazos que conducen a la Gloria, o la Fama, en suma, otorgando al poema elegíaco del poeta una curiosa inversión de su objetivo, al final, como es bien sabido el que pasó a la Gloria literaria fue el hijo. No es lugar aquí para desglosar la historia de la Fama, esa “tercera vida…” el pie quebrado del caminar de mi ignorancia me lo impide. Y ya se sabe que doctores tiene la universidad y la red estará llena de tales marcas. Por tanto no me interesa aquí desglosar como ha mutado la «trazabilidad», permítaseme el palabro, de cómo ha se alterado, o mejor dicho, se ha ampliado ese subirse a la Gloria, como en la, para mí admirable, obra teatral de Víctor Ruiz Iriarte. Cita obligada: «Napoleón.—(Allá, en el fondo, como hablando a la tierra desde la gran balconada) ¡Mundo del siglo xx! ¿Qué gente es la tuya que entre tantos millones de seres no logras enviarnos a la Gloria un solo hombre todos los días? ¿Qué humanidad habéis formado tan ruin y tan poco ambiciosa?»

No quiero destripar la obra, pero debemos recordar que el “actor” que llega a la Gloria, a continuación… no fue, desde luego, Marlon Brando por su pésima actuación de Napoleón.

Es de suponer que hoy en día la Gloria estará actualizada, de premios nobel, de gente de la farándula fina, de deportistas, científicos… de estos lo cuestiono seriamente, o tal vez no, y la Gloria sólo admita a aquellos que han pasado el tamiz de algún siglo que otro, por si caso, de lo contrario estaría tan abarrotada que no habría espacio para tanto «famoso» como este siglo y el pasado han dado a una lista interminable. Y aquí surge una pregunta muy pertinente: ¿imaginamos a Hitler ascendiendo, toda vez qué, es alguien a quien se cita en cualquier discusión de Internet…? Tal vez haya dos «Glorias», la Infamia, donde también pernocta de por vida Eróstrato, por quemar el templo de Artemisa, maravilla del mundo antiguo. Durante siglos se contaba que estaba prohibido siquiera hacer mención a su nombre, como vemos sirvió de poco, bueno, para hacer citas culteranas sí.

Todo se ordenaría si el Chambelán de la Gloria esperara al cumplimiento de los versos del famoso himno Dies irae: Quantus tremor est futurus,/quando iudex est venturus,/cuncta stricte discussurus! Atribuido a un amigo de San Francisco de Asís, Tomás de Celano. Es un himno engañoso: Huic ergo parce, Deus./Pie Iesu Domine,/dona eis requiem. A ése, pues, perdónalo, oh Dios./Señor de piedad, Jesús,/concédeles el descanso». Siempre queda la esperanza, pues.

Recuerdo ahora la petulancia exagerada del escritor Terenci Moix, quien tituló uno de sus programas de televisión…«Más estrellas que en el cielo», si bien el nombre era el conocido lema de la Metro Goldwyn Mayer, estudios a todas luces pomposo, y que siendo uno de los grandes “Majors” de Hollywood habrá de proveer, a buen seguro, de “Estrellas” al firmamento de la Gloria, si bien prefiero las de verdad. Por muy lejanas con sus insignificantes luces titilando ante mis miopes ojos. Cosas de la distancia, la misma que separa al famoso de hoy al de antaño. Por el programa pasaron casi todos los fetiches vivos aún en aquellos días del escritor, si bien, yo recuerdo con más ahínco la colección de peluquines del renovado Terenci, eran un prodigio de naturalidad en medio de tanta miel, melaza y azucarados como melifluos interrogatorios a tanta estrella del “Star System” tan particular del autor de «No digas que fue un sueño».

«Todos me recordarán a través de ese mozo insolente. Napoleón ya es Robert Lorry». Se queja el verdadero Napoleón en la obra de Iriarte, y tiene toda la razón, el mundo prefiere la película al libro, y por encima de todo, a la verdad. La simple verdad, desiderátum imposible ni siquiera a la luz de tanta estrella, nuclear esfera, como habitan en su fulgor alrededor del centro de neutra Vía Láctea.

«No hay cosa que incite más las vanas ambiciones que el resonar de la fama ajena». Dice B. Gracián en su «Arte de la Prudencia». Hoy en día el mundo está lleno de estrellas que caminan entre los mortales, que «son inspiradoras», como dicen los anglosajones de personajes como Lady Di, que en paz, y tal vez en la Gloria descanse, la Princesa del pueblo, oxímoron de ornitorrinco donde los haya.

Debe de ser así en la Commonwealth of Nations, no en la Piel de toro, la nuestra, nuestra princesa de la plebe, sólo inspira un chirriar de pandereta. Por algo dicen por allí esto: «Work hard in SILENCE, let SUCCESS make the NOISE» (Trabaja duro en SILENCIO, y deja que el ÉXITO haga todo el RUIDO). No dudo del trabajo ímprobo de Lady Di para soportar a la familia real que fueron sus «parents-in-law». De ahí que largara cuando se libró de ellos lo que aún no estaba en los escritos, pero ese gesto la reconcilió con su grey, cosas de la vida actual. Hacer de un fracaso un éxito, que recuerda Gracián. El ruido se lo hicimos nosotros todos desde aquel día aciago de Agosto para ella. No para la Gloria.

Vivimos tiempos donde todo es inspirador. Un “buenismo de élite moralista” se ha impuesto a la paciencia de hacer bien las cosas. Acallar la conciencia participando en “algo más grande” que nosotros mismos, hormiguitas del día a día tedioso como insípido. Todos podemos ser anónimos satisfechos con ser miembro de una ONG, esos Montes de Piedad tan actuales que dan certificados de calidad por un módico precio.

«Dependen las cosas de las circunstancias, y el que sube hoy, baja mañana, y no pasará vergüenza si no hace escándalo en un caso ni en el otro. Necio y fracasado es quien de vanidad se llena» Gracias, Gracián, de nuevo. Y ya, si de «redes sociales» hablamos, no hay aforismos todavía para describir la vida de las «efímeras» (Ephemeroptera opinionum) que emergen en el ocaso y por la mañana han muerto o viceversa; «Por eso, son pocos los Sénecas, y un solo Apolo ha logrado la fama». Baltasar nos dice, again. Lo de ser Trending Topic es hambre para hoy y ansia para mañana. Tendencia de un famélico pozo indesbordable de trinos de corto alcance y menor trascendencia.

Dato curioso: «La civilización del espectáculo», de Mario Vargas Llosa sólo menciona unas escasísimas ocasiones las palabras “Gloria” y “Fama”. Es lícito preguntarse el motivo, en alguien tan preocupado por «la caca de elefante en los Museos». Escandalizado por algo nada original a estas alturas por otro lado. (Hablaba así en 1997…) Y siendo él mismo una “gloria” de las letras. Pero no todos son Petrarca, ni en la emulación ni en la envidia, motor perpetuo de tanta aspiración banal.

(CCXCIII) Del Cancionero de Petrarca.
En la muerte de Laura.

(…)Y sólo en aquel tiempo era querella
con que templaba el corazón mi canto
de cualquier modo, sin buscar la fama.
Busqué llorar, no gloria hacer del llanto;
y hoy que querría gozar tal gloria, ella
mudo y cansado así, tras sí me llama.

Recomiendo caramente la obra de Iriarte. Es breve y curiosa, «llena de encanto». Y además, no hay que esperar al soporífero Godot para entenderla.

Coda: CESARE
Goda pur or l’Egitto
in più tranquillo stato
la prima libertà. Cesare brama,
dall’uno all’altro polo
ch’il gran nome roman
spanda la fama.
JULIO CÉSAR EN EGIPTO

Saludos, anónimo Lector.

Obsequio: Carmina Burana [ O Fortuna ~ Fortune plango vulnera ]

http://www.kareol.es/obras/cancionesorff/carminaburana/texto.htm