Texto del cuento «La desgracia de no…»


 Texto del cuento que da título a la colección de los mismos.

La desgracia de no ser Tú

«Yo no soy el que soy» Yago. Otelo, Acto I,i

William Shakespeare

Mientras esperaba la decisión de sus superiores su garganta se cerraba con la misma presión que sentía en la centrifugadora, el Sísifo, como lo llamaban entre bromas, aplastaba a los aspirantes en los tiempos heroicos con la fuerza de varios planetas en un vals infernal. Nada audible hubiera escapado de ella de haber sido obligado a confesar sus pensamientos. Así imaginaba Paul Tressor al primer astronauta víctima de la decisión de que sería el segundo ser humano en pisar la Luna. Era una de esas situaciones donde un hombre se enfrenta a sí mismo y al mundo, el lugar que ocuparemos en la historia no depende más que de factores como la suerte o la oportunidad, pero desde su punto de vista  Paul Tressor no encontraba justificación alguna para aceptar bondadosamente que las cosas son como son, detrás de todo se escondía para él, como creía que le pasó a Aldrin, un hado juguetón que se divertía trastabillando los títulos, los honores, los puestos y las escalas, y con ello la fama, no por ser esta algo importante, sólo porque la gloria de ser el segundo era sencillamente insufrible. Ni era gloria ni nada digno de ser parangonado con tal cosa y sobre todo recordado, como asumir ser bueno, necesario, pero no el ineludible para ser el primero.

— ¿sigues con ese cuento sobre la envidia? Preguntó Felicity Blonde a su prometido dejando caer en su tono un deje de sopor discretamente meditado.

— no es sobre la envidia, bueno, non solum…

—…sed etiam, si supieras la de veces que usas esa muletilla percibirías que no se ajusta a la verdad, no a la simple verdad. Felicity se acostumbró pronto a ser la perfecta incitación al análisis del yo de su novio eterno, se conocían desde primaria, y a pesar del tiempo que hacía de ello, no tenía una conciencia perfecta de cómo había llegado Paul a obsesionarse por algunas cuestiones, se culpaba de no haber vigilado lo suficiente su creación.

Felicity Blonde tenía otras preocupaciones en esos días previos a una boda, las mismas que se derivan de los preparativos de la ceremonia, la recepción y el viaje obligado a Hawai sin la ayuda de un novio que se pasaba las horas muertas repasando viejos libros en las bibliotecas públicas donde no le tenían mucho aprecio.

La envidia es el segundo motor del mundo, el primero es el orgullo, y su mejor bastardía, la devoción. Paul escribía cosas así en el margen de su cuaderno, no era la primera vez que garabateaba la misma idea con sutiles diferencias léxicas, las anotaba para no perder el discurso principal. Gracias al pecado fraternal, José cumplía con el plan, para el destino de Moisés y el malogrado Datán.  Paul decía odiar los aforismos, los escribía con la intención de desarrollarlos más adelante, creía que el dogma debe ser ejemplificado por la parábola. En realidad la envidia es la fuente, «corregir», de ella nace toda soberbia, la que conduce a la rebelión y a la traición. Dios envidia la libertad del hombre.

Felicity era práctica, pensaba en el provecho que podía sacarse de los estudios de Paul, divisaba ya en su cuenta corriente los beneficios de un libro de autoayuda basado en la percepción de la envidia, la terapia apropiada y el best seller que se escondía detrás de la paciencia rigurosa, del esfuerzo y la atabillada mente de su novio, calculaba, y mientras tanto, disimulaba.

— ¿Paul? Es Will, nos pregunta si podremos asistir a la ceremonia de los Premios, ha reservado dos invitaciones

— sí, sí, coméntale lo mucho que ardemos en deseos de verle consagrado como el mago en que se ha convertido…

— shsss, que te va a oír, — Claro, Will, envíame las invitaciones, o mejor, pasaré por tu despacho para comentarlo, sí, nosotros también, nos vemos. — Paul, eso no ha sido muy apropiado, cualquiera diría que estás infectado por tu investigación

— ¿lo estoy?, Will es el ejemplo de cómo disfrazar la envidia con una emulación sincera, es más, para él todo su trabajo es un homenaje

— tampoco es para tanto, esto es cómo una cadena, me recordáis a dos hamsters en una rueda, le acusas de lo mismo que te aqueja, para ya, por favor, yo confío en ti, lo sabes

Era Paul quien no confiaba en el amigo Will Godman, no le faltaban motivos, comprendía como miraba a Felicity, y aún sin contar en que su más que discutible sapiencia estaba lejos de los cánones de cualquier universidad europea daría por sentado en alguien de semejante posición.

Will Godman acababa de publicar el estudio titulado «El Heróstrato moderno: Globalidad y presencia».

En la agonía perfecta de nuestra íntima guerra contra el mundo, nos consume la Envidia, lentamente, hasta que el rescoldo de lo que fuimos termina arrastrado por el polvo de la historia. Paul anotaba ajeno en apariencia a las maniobras de su prometida, las de Will, las ignoraba.

— Paul, cielo, debemos salir ya, si no queremos llegar tarde, porfavorrr, démonos prisa…

Camino de la ceremonia donde se entregaría el premio, Paul veía la zona de su cara de la que se sentía más orgulloso, sus ojos, en el espejo retrovisor del taxi que les acercaría al evento social, nunca había aprendido a conducir, este hecho tan raro para sus contemporáneos no era sino una excentricidad calculada, Felicity comprobaba su peinado en el reflejo empañado del cristal de la ventanilla y el mejicano que se ganaba la tarjeta verde sin apenas dormir meditaba en español en los hijos allá en el pueblucho donde esperaban los dólares y las cartas de su padre, cada uno guardaba silencio escondiendo motivos y razones entre las miradas que evitaban cruzar.

Tras un discurso complaciente con el auditorio, agasajados todos más en su mediocridad que en los méritos contrastados, una ensalada de miradas y aplausos determinados por un censo convenido y misterioso se diluyó por la sala de columnas donde Will Godman podía por fin acomodarse a la sombra de la pareja de amigos para los que había ensayado la mejor de su estirada modestia.

— Felicity, Paul, me enorgullece poder contar con vosotros en esta noche, realmente no conozco a nadie más allá del claustro

— escúchate, Will, el micrófono está apagado…

— Paul, no seas mordaz…esta noche, te lo ruego

—…es en estas ocasiones cuando los amigos — Will realmente no prestaba atención a Paul — nos son más necesarios, Felicity, una vez más, añades a tu nombre un punto de realidad, estás esplendida, debe ser el compromiso

—sí, debe ser, pero dinos Will, ¿de dónde ha salido toda esta gente?

—mi agente, un ser prodigioso, maneja la relaciones públicas como si yo fuera la Martha Stewart de la antropología social — Las aletas de la nariz de Will se hincharon, Paul detectaba este tic marcándolo como siempre, futilidad vanidosa.

—ciertamente, debe ser un genio, has pasado de ser critico literario a antropólogo, y social, debe tener la flor de Puck— Paul bebió de su copa, necesitaba más alcohol ante la pantomima de Will — pero si lo piensas bien, en tus manos sería un peligro, ¿no crees?

Will se tragó los ojos de Felicity, mientras de soslayo alcanzaba una copa de vino — Realmente sería una bendición poseer esa flor, pero no, el negocio editorial, al que deberías prestar atención, si bien es misterioso, no lo es tanto como para hacer del agua, vino —Levantó la copa y brindó en solitario por una Felicity que clavaba las uñas en el antebrazo de su novio. Todo hombre empequeñecía ante el predio de Casanova, un campo tan ancho como estéril, abonado siempre para el ejercicio de la comparación entre hechos y prodigios.

Un hombrecillo de pelo negro y gafas Buster Keaton que se columpiaban sobre unas orejas enormes, apareció a sus espaldas, se empinó sobre sus talones para susurrar unas palabras a Will, quien se disculpó besando la mano de la prometida de Paul, a ella le pareció que clavaba los labios en el anillo, sobrio y sencillo, que ella hasta ese momento consideraba suficiente y no dejó de frotarlo, torpemente, durante la media hora que aún permanecieron allí. Esperando con el aplauso, como Próspero, la indulgencia de los hechizados.

Aquella noche, Paul regresó al insomnio de sus años en el campus, las horas que el sueño no gastaba, las invertía en velar la foto desde la que una Felicity sonriente le vigilaba en Central Park, con las aguas de The Pond al fondo, al tiempo que colmaba los blancos de los libros con reflexiones que creía originales, o casi, la juventud de carácter le impedían discernirlo. Los celos, a diferencia del método de Galileo no necesita de la verificación, las consecuencias de una hipótesis son las mismas pruebas de nuestras sospechas. La aprensión a no dejar de elucubrar durante la vigilia forzosa le arrastraba al desvarío, terminaba por morderse las uñas por pares y en ordenada secuencia, debía entonces limárselas para esconder el vicio pueril a Felicity, nunca aceptaría los reproches sobre sus manías, no tenía defensa para ellas.

Unos días antes de la boda, Felicity inspeccionó las manos de Paul, reservó una cita con su manicura y allí le envió. Asqueado por los vapores de la acetona, en medio de las distante mirada de geóloga de la esteticista sobre las capas de queratina maltratadas se vio frente al cuerpo de su prometida en el tálamo prefabricado de la empalagosa luna de miel. Comprendió que una vez casados su propio cuerpo ya no sería suyo y entonces temió por su alma. Siempre había sido demasiado condescendiente con la curiosidad de Felicity, su exigua resistencia se resolvía bajo el pudor, y como buen protestante, el humor era una costosa gesta en las contadas ocasiones en que era acorralado por las evidencias. La voluntad de su futura esposa asomaba por la pendiente como el horizonte donde se estrellaba la vaga idea que tenía del mañana.

— OH, realmente cansados, Will, gracias por llamar, no te preocupes, en serio, no era necesario, el vuelo de regreso ha sido demencial, pero te agradezco siempre tu interés, Paul también te envía su afecto—  Shsss, Paul, no seas niño, deja de ponerme caras— Una vez instalados, serás el primero en la lista, sí, vale, nosotros también

— el cancerbero ataca de nuevo, Felicity, tanta prontitud debería alarmarte

— no seas así, sabes que se siente culpable por no haber podido asistir a la boda, no deja de sorprenderme esta costumbre tuya, no te sobran los amigos precisamente

— realmente me sorprendió su ausencia, en su escala debes ocupar un elevado puesto

—no podía eludir un compromiso como el Congreso, ser miembro de la comisión le ha desbordado

— tanta piedad es la que me desborda a mí

Paul cada vez mas a menudo dejaba aparcadas las buenas maneras y el nombre de Will bastaba para encender la bombilla de la discordia, como entre Edison y Tesla. Siempre defendemos a Bruto, y condenamos a Casio.

Desde el mismo día en que llegaron al aeropuerto de Honolulu, una vez alojados en el hotel y después de probar la cena, Paul comenzó a sentir fuertes dolores de estómago, se quedaba lívido por momentos, se petrificaba su rostro y perdía la capacidad de la visión, asustando a Felicity, hasta el último día, la dolencia estomacal fue intermitente como el humor cambiante que soportaba su esposa sin darle mayor importancia, todo se debía a una mezcla de los nervios de recién casado con una comida excesivamente especiada. Planeó que una buena purga atajaría los males de Paul una vez en la seguridad de su apartamento, el XIII, de un remozado edificio en TriBeCa, regalo del cariñoso, como ausente, padre de Felicity.

Un dios sin nombre, celoso como ninguno antes, invadió la mente de un pastor obsesionado con la grandeza ajena, el resto es una larga historia para disfrazar aquel principio. Paul retomó su trabajo, mientras su mujer desaparecía horas alegando la caza del complemento perfecto para algún rincón vació de buen gusto, un grabado antiguo o una lámina victoriana solían aparecer de entre los pliegues del bolso de Felicity, para todos sus conocidos era una señal inequívoca de ansiedad e insatisfacción, para todos excepto para Paul. La diferencia entre Tersites y Odiseo no radicaba en la areté, sólo en el humor de Homero para agradar a su auditorio.

Gladys Nix, la mejor amiga y compañera que Felicity guardaba de la infancia, confidente ideal, discreta y encantadora, tenía un sexto sentido para aparecer cuando no la necesitaban, y hacerse agradecer su presencia, no dejaba de ser algo misterioso a juicio de Paul, pero nunca pensó en ella demasiado. No siempre María e Isabel se habían odiado.

— Pasa Gladys, Felicity no está, ¿en que puedo ayudarte?, — Paul no entendía qué hacía a esas horas levantada Gladys.

— Muac, tienes que tomar más el sol y arreglarte el pelo— se separó de Paul para comprobar los posibles efectos de sus consejos— Sí, ¿Felicity? Ah, si, ya sé, pero no he venido por ella, es a ti a quien quería ver— Se sentó en el sofá del salón, se quitó los guantes de cuero y calmando la doblez de la tapicería, dijo— ven, Paul, siéntate a mi lado…

Aquella misma noche Paul sintió que los brazos de Felicity deseaban algo más que una cómoda sensación de posesión, las marcas que aparecieron al día siguiente eran los indicios de un cambio que la obsesión de Paul no advirtió, entre la visita de Gladys y la imagen de Will en el televisor, no apreció el alcance de sus problemas, de haberle pinchado alguien, no hubiera sangrado. Me siento como Nixon, pero no deseo que lo ejecute un hombre del común, a mi particular Kennedy debería vencerle sin ayuda.

Tras el divorcio, Felicity esperó un tiempo, prudencial en apariencia y cruel en realidad, para anunciar mediante una presentación en público del brazo de Will, su nueva situación sentimental. Su estado de felicidad se alojaba en el prominente bulto de su vientre, el niño que nacería a tiempo, se llamaría Anthony. Paul se encontró con un apartamento en el que no se sentía a gusto, mucho espacio libre en su agenda y aquí y allá clareaban en las paredes y los estantes los vacíos que no sabía cómo llenar ni con qué reponer, algún color de los conocidos dejó de ser visible y el sonido de su voz sin el eco de Feliciy le asustaba por lo que cada vez hablaba menos. Hades no podía dejar de pensar en la fortuna de sus hermanos, y a despecho de la propia diosa y su juguetes, decidió que Perséfone sería suya.

— ¿Y bien? Después de la boda con Will, ¿qué?— Gladys como una marquesa amiga, despejaba en los preámbulos toda su curiosidad— La maternidad no debería ser un problema

— no entra en mis planes casarme con Will, Gladys, creo que así estamos bien, al menos en lo que a mi respecta, y Anthony, es mi…responsabilidad— Felicity sabía calmar la sed de Gladys— ¿pedimos ya? Para mí un Ginger Ale

— yo tomaré un Margot, si, no me mires así, Eflty, no tengo mayor responsabilidad más allá de la mera compañía con mi hígado— el camarero se hubiera reído de haber entendido mejor el acento entre los sobreagudos de Gladys, nervioso buscó a alguien que le sacara de su ignorancia ¿Margot?

— está bien, yo cuidare de mi progenie y tú de tu hígado, seguro que ambos nos darán alegrías inmensas en la vida

Gladys dio un sorbo largo al Margarita, un carmín humedecido brilló al decir—Pobre Paul, no lo vio venir, ¿lo ves? Tanta universidad y es como un topillo de las praderas

— si lo dices por la ceguera, ven perfectamente, Gladys

— no Eflty, cielo, lo digo por la monogamia

Felicity conocía la naturaleza de los topos de las praderas, cuyo predicamento entre los psiquiatras infantiles le resultaba cómico, — En fin, no creo que los topos sean modelo de nada, y al Señor Topo no le fue tan mal

— no te imaginaba tan severa — Gladys llamó con un gesto al camarero, Felicity miró su reloj.

— es cierto, no lo soy, pero debo pensar en Anthony

— ¿es eso lo qué te dices cada día, Eflty?

¿No es el ruiseñor un lamento? Otra víctima de la fecundidad de Níobe, como sus hijos, infortunios quebrados de su orgullo.

Paul Tressor nunca se permitió dudar de su paternidad, pero no lo demostró, nada creía que pudiera hacer, y ya no sabía cómo actuar para no alejar más la voluntad de su exmujer, comprobó con resignada paciencia la inutilidad de la ley, y esperó. Una mañana soleada, sentado en un banco de Central Park, devolvió una pelota distraída a un niño poco diestro, la madre del pequeño lo miró con desconfianza y Paul no entendió, la mujer tomó por la fuerza la pechera del niño y lo arrastró lejos, hasta perderse tras un recodo, los ojos del desorientado niño le siguieron hasta desaparecer. Pobre Psique no debió escuchar a sus hermanas. Pero de no haberlo hecho, ¿qué esperar? Sólo amor. Nunca lo es todo.

Esperando con el aplauso, como Próspero, la indulgencia de los hechizados.

Will Godman llegado el día, creyó tener casi todo a lo que podía aspirar a merecer. Los libros, los guiones y su puesto en la Universidad aguardándole.  Estaba Felicity, y lo más parecido a la paternidad de la que se sabía incapaz. Dentro de su hábitat, podía decir de sí que los focos de la donna mobile como llamaba a la fortuna, le iluminaban sin moverse en apariencia. Se dejó crecer el pelo y siempre vestía con chaleco, los encargaba a medida a un sastre llamado Talesse, quien también le asesoraba sobre el vestuario para cada ocasión, era la viva imagen del triunfador, y nunca tuvo un sueño, o no creyó haberlo seguido. ¡Alejandro! Cuánta admiración, resumida, Napoleón debía, como tantos antes de él, respirar hondo antes de pronunciar su nombre, le acompañaba secretamente un mechón de su cabello, lo acariciaba guardado el pecho.

Paul persistía en excusarse ante todo aquel que cada vez menos le escuchaba, en que su trabajo no estaba terminado, para ello, decía, serían necesarias dos vidas, alguno, incluso, lo llegaba a considerar, pero entre los viejos conocidos, con los que cruzaba alguna consulta casual, apuntaban a su régimen de vida eremita la inconsistencia de los argumentos para dilatar la publicación, nadie le había visto por los pasillos en meses, o años, para algunos debía haberse mudado o simplemente no recordaban haberle conocido.  Su único amigo Julian Grey, había dejado de interesarse por él, ocupado como estaba en la que luego sería su gran novela, La Verdad de Paz Guerra. Para Paul el trabajo devoto era una esperanza continua de futuras recompensas. Hacía tantos años que servía a su padre sin haber desobedecido jamás ni una sola de sus órdenes que no recordaba tener hermano alguno.

— ¿Crees qué Paul se dejará ayudar? Recuerda lo testarudo que puede llegar a ser

—confío en ello, Felicity, es por su bien, y por el nuestro, creo que esta sombra no te ha permitido, en todos estos años ser realmente feliz

— Will, en esos años han pasado muchas cosas, que ahora esté enfermo no le disculpa, y sin embargo, quiero poder ayudarle

— se ha equivocado, es cierto, pero es el escaso éxito de sus logros su destino más trágico

— no hables así de él, no es un personaje de una de tus obras. — Felicity se giró sobre si misma, escondía sus ojos a Will, sintió la cercanía del aliento de Will en su nuca, era por ahí por donde se sabía más débil, solamente él había sido capaz de rendirla, pero sólo tenía otro punto de referencia. — Es cierto, no lo es, pero Paul cree que sí, no sé de donde saca que él ha inspirado mi personaje del Shyless, es absurdo…

— solamente yo lo sabría a ciencia cierta de ser así, ¿no crees? — A Will le pareció estar delante de una mantis religiosa, sintió miedo de Felicity, se sacudió la sensación acercándose a ella y estrechándola entre sus brazos, como una defensa instintiva e improvisada.

 

«En el Pabellón donde estaba encerrado me privaron de todo medio de escritura, es casi lo único que recuerdo del mar en calma chicha en que me vi sumido los meses que permanecí en él. Nada parecía que me fuera a llevar a la costa de este lado del buen sentido. Tu visita me ha hecho mucho bien, Felicity. ¿Recuerdas el lago?»

Paul

— El médico es de la opinión de que la medicación contra el delirio no será efectiva sin una vigilancia precisa.

Picasso no se sobrepuso a la impresión que le causó la Dance de Matisse, su respuesta en las Señoritas, no le proporcionaron la valentía suficiente para mostrarlas, sin la confianza del dinero. El apartamento tenía el olor a humedad estancada, el humo de tantos cigarrillos había festoneado las esquinas de los huecos, estampa de la Felicity anterior, y el aire insalubre pegado al papel pintado costó a la Señora Ferras semanas de aplicación de las mejores técnicas al servicio del hogar perfecto. Su contrato decía velar en todos los aspectos por el Señor Tressor y sin especificaciones al respecto, Ann-Jane Ferras, con su fuerte acento británico de innata eficacia hicieron de la vida de Paul una continuación de los horarios ferroviarios de las Islas. El fin era traerlo de vuelta de Ávalon, aunque Will decía haberla encontrado en Boston. La Señora Ferras, iba y venía de un lado para otro canturreando tácitamente hermosas melodías pseudoceltas cuando creía estar sola debido al mutismo de Paul, era el único desliz, pero estaban solos, una foto de Anthony la hacía suspirar por motivos que sólo ella conocía y nadie los molestaría en meses, su cheque llegaba puntualmente y seguirían así, sin visitas ni injerencias. Paul se negaba a salir de casa, era la única batalla ganada a la derrota. Comía con desgana las galletas en forma de lazo con tropezones de azúcar que la Señora Ferras horneaba cada dos días, mojándolas en una infusión, mientras miraba por la ventana o la pared, dependiendo del lugar al que se inclinara. Augusto, pasaba largas horas observando el busto de César, acariciaba cada perfil cincelado con los dedos que nos parecen tener los ojos como creían los filósofos antiguos y demuestran las pequeñas criaturas que se arrastran palpando el suelo. Bajo los pies del pobre y del poderoso cada uno estima para su consuelo que entre el podio labrado y la vasta tierra, sólo median el capricho de una estrella, contra esta idea luchaba Octavio César Augusto cada día.

— Señora Blonde, Señor Godman, tomen asiento por favor

— Señorita Heathlocker, Puedo preguntar…

— disculpe, Señora Blonde, me gustaría que abordáramos este asunto desde el punto de vista de las soluciones, las preguntas han sido ya formuladas

— lo comprendemos Señorita Heathlocker…

— me temo que no hay tiempo para otro experimento— La Directora Heathlocker levantó por fin la cabeza mas allá del campo de visión de sus lentes de cerca, sujetas a una cadena de oro, única joya que se permitía, nadie recordaba cuando llegó al cargo pero no sería difícil deducirlo de su imagen, anclada en los sesenta para deducirlo, pensó Will— Me alegra que hayan accedido a esta reunión, ambos, no es un detalle menor…

— ¿cree realmente que el problema es de Anthony?

— lo creemos, créame, para ello tenemos al mejor conjunto de psicopedagogos del estado, el problema de Anthony, no es tal, es su peculiaridad, digamos que, su extravagancia empieza a pasarle factura

—”extravagancia”, “peculiaridad”, si ha empezado a dar muestras de bipolaridad, no creo que debamos perdernos en eufemismos— Will conocía demasiado bien el mundillo académico desde dentro como para no conocer el juego y las reglas de todo aquello

— su obsesión, aceptemos este término, por su origen, sus dos padres, así lo manifiesta, le provoca mantener una conducta, como poco, errática, disculpen mi franqueza— Felicity se levantó y su espalda fue lo último que vio la señorita Heathlocker, Will aún se quedaría varios minutos más, le obligaba su educación, la cortesía profesional y la curiosidad

A sus casi trece años Anthony había sorprendido a su madre con la noticia de su deseo de adoptar el apellido de su padre, por tanto quería llamarse Anthony Tressor.  Adujo entre su natural elección por quien aseguraba era su progenitor, el hecho de que la misma Felicity llevaba el apellido de su madre, la desconocida abuela de Anthony. Además, le resultaba intolerable llamarse Anthony Blonde, se decía que era una broma de mal gusto, su tez oscura y su cabello negro le hacían objeto de mofa en el colegio, había heredado los rasgos deslucidos de un espiral olvidada, y por ello prescindía del sol en todo circunstancia.

Los años de Instituto pasaron por la vida de Anthony en la crisálida comprada por la posición de sus padres en la comunidad, en ella el mundo le llegó traslucido y emborronado, nadie le dio importancia ni echó en falta los amigos posibles, ni las muchachas con nombres dichos con tímida reverencia, y un buen día, él se negó a pensar en la Universidad y así lo hizo saber. Escondido tras su diagnóstico, las visitas al terapeuta tranquilizaban a su madre y complacían a Will al pensar en la factura como un impuesto del que era imposible sustraerse.

Saulo, contaba a quien quisiera escucharle, su caída del caballo, no fue su primera mentira. Anthony en su decimoctavo cumpleaños, se dirigía a casa de su padre Paul ilusionado, su madre no podía impedírselo ideando pretextos para espaciar las visitas y su mayoría de edad a la europea le había concedido una confianza inesperada. Su padre Paul, como el lo llamaba había insistido por teléfono en que llegara sólo. El muchacho había alcanzado contra todo pronóstico la constitución de un hombre y su pelo rapado al estilo militar le endurecían las facciones, para Felicity sería su niño más allá de todo, para Paul, casi el perfecto desconocido. Su ignorancia en torno a su hijo la suplía con el entusiasmo del misterio, rellenaba con fantasías los huecos y de ese modo eludía la realidad, pero todo esto pasaba por su mente a la velocidad de la medicación y por tanto olvidaba las intenciones, malograba sus esperanzas y los fines, quedaban siempre fuera de sus primeras intenciones las contadas ocasiones en que había hablado con Anthony personalmente.

Si la sola razón nos gobernase,

La suprema riqueza consistiera

En ser el hombre igual y moderado; —Anthony escuchaba paciente las lecturas en voz alta de su padre, sabía que no debía interrumpirle, Paul elegía siempre un fragmento con especial esmero para su hijo, y al joven le proporcionaba horas de meditación inestable sobre aquellas ¡Esfuerzos vanos! pues la muchedumbre

De los hombres que van tras la grandeza

Llenó todo el camino de peligros;

Si llegan a encumbrarse, los derroca

De ordinario la envidia, como un rayo,

En los horrores de una muerte infame. —Paul, siguió leyendo para sí mismo, bebió de una infusión que siempre tenía a mano, estaba fría y dulce, sospechaba que contenía algo más que no identificaba pero era ya tal la costumbre por la misma que a penas si pensaba en ella como en algo distinto a una variedad de plantas destiladas, continuó unos versos más adelanteDebe, por tanto, el ánimo prudente

Anteponer la quieta servidumbre

A la ambición del trono soberano.

Paul se cansaba a cada rato, parecía fuerte y en aceptable forma, pero su mirada tendía al horizonte tras las ventanas que las cortinas interrumpían dependiendo de las horas del día, ni siquiera el tráfico ocasional podía impedir la espaciada sumisión al sueño, luchaba contra ello para poder disfrutar las visitas de Anthony.

— ¿puedo? ¿Lucrecio?, no sé quién es, pero me gustaría llevármelo, si te parece bien, claro

— es para ti, hijo, lo he buscado y por suerte aún estaba por aquí, junto a La Peste, no imagino porqué se hacían compañía— La idea de inocular un poco de juicio en Anthony le mantenía al borde de la sensatez.

— Padre me gustaría que saliéramos a pasear juntos algún día, la Señora Ferras dice que no sales nunca del apartamento

— Anthony, el mundo no me ha querido nunca, déjame al menos no incomodarlo, la gente es…— Paul se interrumpió con el miedo de asustar al muchacho, al pensar en él no hubiese podido decir qué edad tenía exactamente, no sabía cómo hablarle ni qué cosas callar sin reconocer la lejanía entre ambos.

— Will dice que la gente es la más sutil manifestación del Diablo

— ¿y a quién crees que está citando…? — Paul guardó silencio durante el tiempo en que Anthony aún permanecería en la habitación, el muchacho creyó haber desatado el mutismo de su padre, intentó convencerse, en su próxima visita lo haría mejor.

Anthony culpaba a Will y a su madre del estado de Paul, no distinguía el grado de responsabilidad de cada uno, y se encontraba incapaz de conocer los detalles del pasado por sus propios medios y el único que hubiera podido ayudarle era a quien menos se atrevía a preguntar. Gladys, que en otro tiempo hubiera sido una oyente inteligente hacía tiempo que no se dejaba ver por casa y en medio de sus compañeros tenía ese aire que le concedían por raro y ahorrase así la costumbre incómoda e ingrata de buscar el atajo que aprovechaban para los demás, Anthony los despreciaba por sencillos, a todos ellos por igual. Es el amor a nosotros mismos el que asiste de amor a los otros, Voltaire no siempre tenía razón.

Will buscó un trabajo entre sus conocidos para su ahijado, como dejaba que le llamaran a espaldas de Felicity, y encontró un puesto de ayudante para éste en la Biblioteca Pública de la ciudad, tuvo para ello que pedir algún favor, el cual ya se había pagado de antemano, el azar en él rara vez tenía trabajo. Anthony pronto se dio cuenta que sus labor era mecánica y muy alejada de las maravillosas oportunidades que los libros brindan a quien a ellos se acerca en palabras de un Will satisfechamente ufano por los contactos de alcances inopinados.

¿Qué Dios, qué hijo de Dios es aquel, cuyo padre no puede salvarlo del más infame suplicio y que no puede él salvarse a sí mismo? Celso debió ofender gravemente el orgullo de Orígenes, su admiración como un digno oponente se trasluce en su cita extensa del discurso. Paul repasaba sus cuadernos condenados por él mismo con la asistente mirada de la señora Ferras, que juzgaba que el estudio no podía hacerle mal si este se dosificaba, de igual forma que el paseo, la siesta, la comida y las pautas de medicación, aquella inglesa sin pasaporte, consiguió que Paul pusiera un pie en la calle un día aprovechando un indicio de buen humor o resignada entrega. La petición de Anthony había ablandado su máscara y encarecido su determinación. Todos, dice el poeta, por boca de Antonio, actuaron contra César, por envidia, todos menos Bruto, ¡Ay de los reinos que mueren sin heredero, pero, Ay de aquellos que tienen varios!

Cuando Shyless en el Laberinto se llevó al cine, Anthony deseó en un primer impulso que su padre le acompañara y no habían comenzado los títulos de crédito antes de que saliera huyendo de la sala, la indignación y la rabia confusa de sus pies le acercaron al apartamento de su padre. Felicity y Will se hallaban en Los Ángeles y el joven se había negado a acompañarles, se excusó poniendo al sol por en medio, y dijo no. La luz en el apartamento le animó a llamar al timbre, la voz de la señora Ferras le amedrentó al recordarle que no debía andar a esas horas vagabundeando, pero le dejaría subir si prometía no interrumpir el descanso de su padre.

— ¿quieres un chocolate caliente? El chocolate no despeja la angustia, pero la endulza

— no gracias, Señora Ferras, per-dó-neme, he estado en—en el cine y, y sa-sa-lí— Anthony tartamudeaba en ocasiones y fingía con un inhalador, la palabra asma se desprendía sola.

— Tranquilízate, niño, tu padre duerme, o eso quiere hacer creer, en cualquier caso, no debemos importunarle, la rutina lo es todo cuando…— prefirió no continuar y la Señora Ferras, volvió a sentirse como un personaje secundario, necesario pero prescindible.

— Mamá quiere trasladarse a la costa oeste, pero no me iré con ellos, necesito saber la verdad, no debió dejar nunca que se hiciera esa horrible película, los odio, a mi madre y a Will, los odio— comenzó a llorar, con la calma de un enfado pasajero, la paciente Señora Ferras no tuvo más remedio que ofrecerle un pañuelo, dejó que simplemente se acabara el chocolate y con él su llanto y esa ira que ella juzgaba fruto de la edad.

— esa película… te ha alterado, deberías dormir aquí, sí, eso es lo que haremos

Al regresar del cuarto destinado al niño que fue Anthony, comprobó que el sueño cubría los ojos del muchacho — un sofá cómodo es un aliado imponderable, murmuró arropándolo con una manta de crochet. Anthony dormiría albergado por aquellos intrincados nudos y la esperanza de hablar con su padre a la mañana siguiente sin las murallas de un pasado del que desconocía la argamasa y el peso de las piedras inclinadas a la ruina.

La Señora Ferras buscó el libro de Will, y lo escondió en su mesilla de noche, no quería que nadie supiera que estaba al tanto del folletín pretencioso en el que se basaba la producción. Antes de guardarlo repasó mentalmente los retales del argumento diciéndose a sí misma que sólo lo hacía para ayudar en la posible al muchacho. Una vez que el silencio tras la puerta de su habitación había ocupado toda la casa, la Señora Ferras sacó de nuevo el ejemplar que brillaba reclamando sobre sí la escasa luz de la lamparilla, en la portada un rostro angelical sostenía una carta de la que goteaban unas décimas de sangre. Odiseo, el de cabellos rojos, asesino del inventor del alfabeto para impedir el registro de sus maldades. Pobre Palamedes.

Padre e hijo conversaron sin mención alguna a la fuga del telémaco sobresaltado de repente por el sonido del teléfono, los murmullos de la Señora Ferras dieron cumplida cuenta sin molestias y Anthony notó como su pelo era despejado por las caricias paternas, una lágrima escapaba así de la atención hundiendo aún más al muchacho en el silencio. Venid, hijas, auxiliadme en el llanto.

— ¿Cuándo te hiciste hombre?, qué ciego estoy…— Paul, como un espíritu con hambre y sed redimido del hechizo por la indulgencia de quien espera el relato de su tránsito se abrazó en el lecho de los brazos de su hijo. Algún día yo también comprendería a Pablo y a Mozart.

Felicity miraba arrepentida por encima de sí, al fondo de la cabina, aquí arriba no cambia nada, se dijo sabiendo que el error de dejar a Anthony sin vigilancia acabaría por costarle un disgusto y una discusión con Paul, se mentía al no reconocer que hacía años que quien fuera su marido perdió la capacidad para tal cosa y con ello se negaba a ver el presente como era. Will por razones que sólo a él parecíanle importantes permaneció en aquel lado del país que tanto comenzaba a gustarle. ¿Quién no apetecería la gloria de un Robespierre sin su fama y su final. Debí insistir en que no abandonara los estudios, ahora no se preocuparía más que por el pasado de los puritanos, Felicty sentía que con los años perdía su velada facultad de imponer su voluntad. Saber que Anthony había dejado de ver a su psicoanalista no la cogió desprevenida del todo, las razones del abandono sí la preocuparon y rogó por un regreso a aquella paz en la casa donde cada uno de todos ellos eran los silenciosos engranajes de un reloj al que la sola obstinación de Felicity daba cuerda, ahora escuchaba ascendente y alarmante su tictac sin recordar donde se hallaba.

Anthony esperó el regreso de su madre dando vueltas a una canica que siempre llevaba consigo, la giraba oculta en algún bolsillo donde la guardaba de las miradas infecciosas como él las calificaba y se concentraba ya en su superficie ya en su color, mientras el tiempo no se demoraba tan deprisa como los reflejos cambiantes de la esfera de cristal le hacían creer al imaginarla.  No sospechó del Metalobos, regalo de Medea. Observó la limpieza generalizada y la pulcritud en su entorno, el servicio anónimo era una imposición del edificio cuyo objetivo era la ausencia de lazos que recordaran a sus habitantes el predio alcanzado por talentos no tan evidentes como los corales de domingo entonaban en el amor a Dios. Desde pequeño descolocaba las jerarquías de los escasos objetos que por expreso deseo de Will enriquecían la mirada del visitante, y siempre reaparecían en su sitio original, ninguna de sus artimañas consiguió nunca la menor dislocación en aquel esqueleto de afiches que sostenían el disciplinado hieratismo de una vida perfecta. Sólo aumentó la hilera de fotos con Will y amigos en alguna ceremonia u ocasión celebrada, cada año formaban un anillo más en el tronco invisible del hogar. Parecía que nada entrara ni abandonara el interregno de las paredes con sus ventanales siempre vestidos. Los libros, nunca rebasaron el espacio destinado a ellos en las estanterías de nogal negro del despacho de Will. Eran sencillamente sustituidos y nadie excepto Anthony los añoraba. En un momento, mirando los volúmenes que pronto echaría en falta, los titubeos pasaron como los caballos en la meta del Saratoga, sin poder adivinar el orden de llegada y esperó a que uno de ellos se alzara por sí sólo al triunfo de su atención, ¿qué sentía exactamente por su Padre, por aquel Paul tan deshecho? ¿por su madre, tan artificialmente compuesta y cómo dejar de sentir por Will tales desbarajustes? ¿qué haría con ellos o sin ellos a partir de ahora? Dédalo, callaba, cargado con el saco donde Talos muerto goteaba.

Anthony anunció a su madre su deseo de mudarse a vivir con su padre con la intención de cuidar de él a su regreso. Felicity consintió con una única condición, la Señora Ferras se quedaría con ellos, especialmente ahora en que los viajes al otro lado del país me obligarán a no saber de vosotros, pensó mientras accedía besando en la mejilla al hijo que partía en su particular nave, de camino a las costas de una tierra de la que no sabes nada.

Gladys vivía en los aeropuertos según sus eternas quejas, y si bien nadie sabía a qué se dedicaba exactamente, aparecía regularmente en las páginas dedicadas a la moda y la gente chic representando el papel de una clase de mujer que se erigía en modelo de tantas otras.

— Querida, tenemos que vernos, y sí, es imperativo, nada de disculpas, ni marido ni hijos, ni— Gladys se dejó en el tintero de sus intenciones al exmarido que hubiera añadido de estar hablando con otra conocida o amiga.

— he perdido a Anthony, se ha ido— Felicity estaba ya bebiendo de su copa que tenía el color transparente del agua, pero la densidad contradecía esta impresión, mientras Gladys se despojaba pausadamente de sus guantes, su echarpe de lana de cabra tibetana y gafas de Carey, y metía en el bolso una agenda enfundada y extraía una pitillera de platino.

— vaya, si lo sé me visto de negro, es el color de los cuervos, ya sabes, los que traen malas noticias, pero te me has adelantado, como siempre

— no es para bromear, no tengo síndrome de nido vacío si es eso lo que insinúas, es algo más complicado

— ya imagino, tanto drama por un niño que ya tiene edad para volar solo

— es el nido al que ha decidido mudarse, tú lo debes recordar mejor que yo

— comprendo querida, pero estoy como tú, no he tenido valor para presentarme por allí, ni siquiera con la más naif de mis excusas tontas…— Gladys no dejaba de maquinar posibles explicaciones ante el menor imprevisto o deriva de la conversación donde pudiera estar implicada ya fuera en el pasado, — ¿cómo hacerlo sin descubrirme?, si tú supieras, Elfty, pero supongo que entonces no me pareció tan grave— o el futuro, el hoy nunca sabía cómo acabaría, de ahí que a la larga casi siempre tuviera que responder por los impulsos que nunca se molestó en averiguar a qué obedecían.

— ¿qué hice mal, Gladys, qué? — Se quedó mirando la copa, o sus uñas, o el aire entre ellas y el vaso de vodka, en realidad miraba como cualquier busto romano del MET lo hacía, hacia sí mismo, otro de los muchos lugares donde nunca llevó a Anthony, — me niego a llamarle Thony

— nunca habías hecho un drama de tu maternidad, no se alista en los marines, regresa a su casa, si bien se mira— Gladys arrastró el deje de mundanidad que tan natural le salía en medio de los eventos sociales, pero espió la reacción de su amiga, ambas compartían los inicios de unos minúsculos desfiladeros en las llanuras despejadas de su juventud.

— antes o después tenía que suceder, no se puede luchar contra un mito — Felicity tomó entre sus manos el chal de Gladys, y creyó que tenía el aroma de los niños, esa suavidad del aire que jamás se frunce o se disipa del recuerdo.

— te sienta muy bien con ese color de pelo, y refresca, ven, póntelo así, perfecto, simplemente perfecto — las dos amigas se miraban con los ojos del pasado, no tenían otros más amables para esos momentos. Se separaron como María e Isabel, cada una en un taxi con direcciones opuestas.

La estación trajo demasiado pronto el frío, como adivinó Gladys, las siguientes trajeron más frío y nieve o lluvia, y con ellas el tiempo necesario para que Anthony revisara y ordenara los cuadernos y archivos de su padre, decidido a sacarlos de su sueño, con la pericia adquirida en la Biblioteca, logró un corpus que fue puliendo con la ayuda de las escasas fuerzas que menguaban en el débil cuerpo de Paul por medio de sus pocas anotaciones verbales. Frente al primer tomo de un futuro libro, no sabía que título podía ser el más adecuado, puesto que no tenía muy claro en qué género literario encajaba aquella mezcla de tratado, ensayo personalísimo, crítica literaria a ratos o digresiones históricas, en definitiva, era una rareza solo hilada por el íntimo devenir del interés de Paul. Sus fantasmas y fracasos, ahora, en las manos de su hijo, no contaron con la mirada de quien hubiera podido arrojar luz sobre los mismos. Como siempre.

O weiter, stiller Friede!

So tief im Abendrot,

wie sind wir wandermüde-

ist dies etwa der Tod?

IM ABENDROT

(Joseph von Eichendorff)

En el ocaso

Oh, extensa y silenciosa paz,

tan profunda en el crepúsculo

qué fatigados estamos de andar.

¿Será esta, entonces, la muerte?

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