Quizá

Quizá…

Quizá la vida si sea un breve sufrimiento
cumplida ya su parte vendrá el sedimento,
y tan gárrula estela dejamos los pobres necios
que no se harta nadie de hincarnos desprecios,
sentir bajo su aliento inertes nuestros hombros,
sobre las losas dejan sus graciosos escombros,
borrando nuestras huellas se ceban con orgullo
gruñéndonos su ira, en un sordo murmullo
no ven en el espejo en qué nos convertimos
mortales todos, muertos, es todo cuanto fuimos.

Saludos, anónimo Lector.
JFC Abril 2008
Coda:https://www.youtube.com/watch?v=a8I9hlLa6cY

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Quiero morir

Quiero morir de vez en cuando
para discernir de una vez
por todas qué es la vida…
un ánimo sustanciado,
una regla sin codas
o una vulgar huida
hacia la muerte….
Con la suerte siempre al acecho
entre lo soñado y lo hecho…
Quiero morir de vez en cuando
Tan sólo sea para seguir cantando
Sin voz ni sueños, sin otra cosa
que mis pequeños dones ineptos de sentido
lágrimas sin tiempo,
tiempo ya perdido
cómo sé ya qué es cuánto fui y nunca seré.
Quiero morir de una vez por todas…
a solas no es más pues,
que seguir las modas.
Quiero morir en serio, no me queda,
ya, misterio que reconocer…la nada y su reverso.

Saludos , anónimo Lector.

Madre

La vida es un misterio. Un largo camino desconocido e incierto hacia el misterio. Donde lo desconocido es velado. Como debe ser.
El único misterio, lo inefable por incapacidad para ser dicho…pues el mañana cambia en cada avance del presente.

Nunca sabemos cuándo se acabará lo que más amamos y no es la nuestra, nuestra vida, si caso de ser así, por mucho que lo deseemos. Nos debemos a las anteriores. La larga lista de los que nos precedieron. Cada uno en un siglo con sus penurias y sus breves momentos de paz. Siglos y eones de tiempo sufriendo… en medio de una relativa paz… hasta que el mal nos asalta. Silencioso y con sigilo. Y tal vez no sea el Mal. Sólo la vida exasperante…Esperando la prueba de la verdad. El bien no existe, solo su ausencia momentánea la definimos por su reverso.

La vida es una cosa sin significado. Nada parece avalarla y sin embargo existe. Desde el gusano hasta la ballena, todos estamos hechos de lo mismo, carne y una simple fuerza… electrodos pausados de apariencia insignificante sin aparente sentido, que determinan cada acto, cada gesto, cada tontería, a las que nos sometemos. La vida es más grande que nuestros genes, por mucho que nos moleste. Se impone. Se adapta y nosotros con ellos. Nada muda, todo cambia, paradojas, sólo que no lo vemos. No tenemos tiempo. Somos tiempo malgastado. La mayor de las ocasiones ociosas desparramados o elevándonos al Himalaya, o bajando al sismo, cosas sin sentido. Tanto da, una u otra cosa.

Mi madre ha muerto y yo sigo vivo. Cruel hado que me atormenta. ¿Debemos sobrevivir? Tal vez… No se lo deseo a nadie, pero no lo esperaba. Tragedia…eso que los griegos también sabían describir.

Me lamento, pero en silencio. Camino, y respiro… es lo que uno hace cuando la vida no te deja escapar. Y así me quedan muchos años…me temo.

Mi madre ha muerto. Es sólo una frase. Es lo que tiene el lenguaje. Podemos decir sandeces y cosas terribles. Sólo depende de quien lo diga o de quien escuche. Hoy sólo sé que hablo yo, nadie escucha. Ni falta que hace, me digo. Su cuerpo se deshace en un ataúd que no quiero imaginar… ni con los versos de Miguel Hernández…

Mi madre ha muero, pero vive en mi…. Siempre vivirá en mí. Mientras me quede un suspiro que anhele el aire y embriague mi agonía, vivirá en mí, sólo sea porque ella era mi vida más allá de la muerte, esa cosa natural y nimia si se considera detenidamente. Mi madre era la vida, con sus esfuerzos ímprobos, sus carencias y sus milagros. Era el ejemplo a seguir cada instante. Sólo quienes la conocieron lo saben, y yo la conocía como sólo un hijo amantísimo sabe. Su misterio era ser como era. Natural y sencilla, demasiado sencilla, sólo conocía el amor…incapaz siempre de ser cruel de la manera más ominosa, la gratuita… Era una mujer libre.

Sencilla, como lo son las tardes zurciendo calcetines. Pura como lo son las mañanas trabajando para el resto de la familia. Después de trabajar todo el día fuera de casa. Y discreta. Como lo son los silencios que nunca importunan. Franca cuando no tenía más remedio, pero caritativa ante lo errores de los demás. Amaba a sus hijos. Amaba a sus nietos. Amaba la vida, que para ella ni fue grata hasta que alguien la rescató, no era romántica, sólo práctica, esa forma de ser que no pide, sólo espera. Digamos que era una mujer sin sueños, cada día era un regalo… viendo cómo íbamos creciendo… y le dábamos nietos. Y cada día era un uno más. Un vivir para recordar a toda su familia, su único tesoro. Huérfana y sola, ¿qué más podía esperar?

La vida se le fue…de un suspiro a la agonía, sedada, sin darse cuenta. Pero yo estaba allí, viéndolo. Y con ella se fue lo más puro y sencillo que pude alguna vez albergar. Ella era no sólo mi madre, era mi otra vida, la vida de antes, su memoria vive en mí, y eso se lo debo a muchas tardes escuchando historias, sus historias… que tanto me embaucaban… como hoy lo siguen haciendo.

Un día, hace muchos años, una persona me dijo: “Quien hable mal de tu madre, ten por seguro que no es buena persona”, se me quedo grabado como lo hacen las cosas que nunca sabes porque las recuerdas, el tiempo me dio la razón, y a aquella persona, también, bondadosa que me lo avisó.

Nunca supe por completo el misterio de mi madre. Lo intuyo, pero se me escapa su alcance, ella era tan buena persona como yo nunca lo llegaré a ser. Quisiera ser como ella. Pero nunca lo seré. Ese es mi castigo, y mi aspiración baldía.

Madre, mi madre, su sola presencia anuncia mis días de desdichas, mis temores, sin ella sólo camino, no avanzo. Pero ella está ahí, esperándome. Cada noche la recuerdo… en nuestras cosas íntimas, y me acuerdo, sobre todo recuerdo, sobre todo no quiero olvidar…
Ella fue y es lo más bello que tuve ocasión de conocer. No exagero. Así es. Ella era y es mí ser. Nací de su vientre como un pequeño ser sin sentido, debilucho y enfermo, y ella me aseguró una vida, la que tengo, mejor o peor, pero gracias a ella sé que su vida nunca fue una tierra desolada, sus hijos así lo hemos decidido. Soy joven para perder a una madre, pero no para recordarla. Mientras viva ella vivirá en mí, pues no sabría vivir sin su recuerdo, su hálito detrás de mi neuma, su mohín ante mis errores y sobre todo no sabría vivir sin ella. La muerte no es el último misterio, lo es el olvido. Eso nunca me sucederá, mamá, yo no te olvidaré nunca.

Hace mucho que no escribía… pero qué decir. Nada. Sólo que te quiero. Como sólo tú sabes que te quiero.
Mi madre, me enseñó la gran lección de esta vida: “El amor vence a la muerte”
Y es verdad.
Saludos, Anónimo Lector.

El dolor del que no hablamos

El dolor del que no hablo es aquel del que todos seremos víctimas y ejecutantes ante nuestra conciencia. Miro a la Muerte de tú a tú. Somos viejos amigos. Ella se desvela por hacerme sentir vivo y yo la fascino con mi indecisión, pero ella siempre vuelve, nunca tiene bastante, jamás se aparta de mi lado, se ha hecho con el tiempo compañera de suertes y venturas…las suyas, pues orgullosa como es, no deja de recordarme que es muy superior a mí. Lo es, pero no tanto como el Amor, al pobre le tiene manía, celos se diría, e intenta convencerme de que «ella» es inocente, sólo cumple su labor, y yo la niego, con sordina de corazón y melismas de fatuo dubitar, pero le sirvo té con canela desde hace mucho, tanto tiempo que ni Ella ni yo recordamos.

Hoy quiere recordarme su esencia, arrancarme un trozo más de mi carne ya hedionda por su tenacidad y la he vuelto a servir té… No le ha gustado la confianza con la que me desenvuelvo ante Ella. ¡Ay!, bien la conozco, sólo aparece para hacerse la importante, y en sus gesto de gata ladina se delata y me decepciona, pero Ella, la Muerte siempre hasta hoy mismo, es un mañana por venir, y aun así, se divierte entreteniéndome, fugaz y estólidamente se acerca y se sienta.

La espió fingiéndome ocupado…y lo estoy. Sacudo el morral de las cosas cotidianas y la miro sin saber muy bien a qué se debe su querencia por mi familia, y luego recuerdo que Ella es así con todos los demás. O casi todos.

Ella adopta la forma menos apropiada, naciendo cada vez como si tuviera excusas, aunque nunca se pronuncia. Cuando se toma su té, sé por la costumbre, que no ha venido a pasar el rato. Es tan paciente como yo, y no se esfuerza sólo por designios del más allá, es por esa cosa baladí de la naturaleza de la Vida, de la que forma parte, pero a la «vida» no le hacemos el caso necesario, y así nos va.

Hoy se ha sentado de nuevo y bebe con lentitud… Yo voy y vengo sin hacerle mucho caso, la huelo desde hace mucho, agraz perfume de colores sin coordinar, y mientras ella sorbe su té, rezo por mi madre, a quien no puedo ver por las normas de la UVI, pero a quien, por mucho que Ella se empeñe no apartará de mi ser. Ambos hemos acordado no hablar del dolor, Ella por su interés y yo por no darle más pábulo al mismo. El silencio nos une, pues. Después, ya veremos, será mi turno.

Saludos, Anónimo Lector.

….bien sé

Doy la lata, una vez más, pues bien sé que apenas llegan mis palabras más allá de un puñado de amigos, imprescindibles y tan escasos que son las perlas de una corona imaginaria si de pasar por noble se tratara. Si por nobleza se entiende un cierto carácter despojado de su historia, es aún cosa más escasa tropezarse con ella en estos días, para mí, llenos de «ruido y de furia», si se me permite la cita. No vivimos para los ideales, vivimos a pesar de ellos. La noche es la única cosa segura en los tiempos decadentes que doquier se suceden en tonterías tales como la receta de cocina definitiva o del último latigazo en eso que denominamos redes sociales, que más parecen autismo embaucador que comunión o intercambio, con todo mis respetos para cualquier patología.

Estamos tan solos como al nacer, desnudos en manos de un extraño, con el llanto por saludo y una caricia no siempre asegurada. Estamos tan solos que imaginamos no estarlo, vano engaño. Lloramos por los demás, cuando deberíamos derramar nuestro llanto por nuestra molicie, nuestra pereza, nuestra alergia a la sencilla aspiración, no ya de cambiar, si no de ser, siempre se puede ser de otra manera, pero es tanta la ceguera ante los destellos que caminamos sobre sendas de espinas como ramos en aquel domingo, vamos en un jamelgo llamado satisfacción. Los ecos de todo esto resuenan hasta aquí, donde escribo con la esperanza de volverme sordo.

Veo el inmenso hormiguero donde se afanan mis contemporáneos y me siento encerrado en una gota de rocío que acabará conmigo. Veo el mundo deformado y mientras cae la tarde y yo con ella, comprendo que todo es un inmenso juego de líquida imperfección, mutable y ladina, de lábil sustancia y superficie enajenada de razón. En realidad no veo nada, el sol ciega en su estela mi costumbre de abandonarme sobre lo escrito, y comprendo cuánto merezco el dolor. Nadie cree merecerlo, yo he llegado a ganármelo. Y no es culpa de nadie, sólo mía. Cuando el dolor me ahogue, seguiré vivo. Sin más. Envuelto en esta gota de rocío ambarino al borde del mar que nunca llegó a seducirme, por muy poético que resulte, y a quien nadie temió tanto como los griegos, pues a ellos vuelvo en mi nostalgia, nunca mejor dicho, aspirando el dolor tal cual, el dolor de estar vivo con mis muertos por racimo en una cesta de mimbres invisibles.
Nadie habla ya de pecados. Nos creemos mejores que los que hoyan con sus huesos la niebla terrosa por donde pisamos. Ósea telaraña donde ser, por no ser de otra manera. Somos el fruto de los pecados anteriores, pero nunca miramos este suelo, esta tierra y ese barro de donde nacen las culpas, pues no somos inocentes, ya sabemos cómo se crece el mal, cómo se nutre con nuestra indiferencia y sin embargo, preferimos vivir, comprensible, y no hacemos otra cosa que dejarnos llevar hacia el otoño sin civilizar por pura costumbre.

Nadie se detiene ante mí, nadie se para a gritarme con horrísono eco: «Culpable», nadie se percata si queda en mí algo de humanidad, algo diferente al simio tramposo que soy. No me envidian ni los dioses ni los hombres, me envidia aquel «yo» que un día fue y sin rencor, pero con terquedad, me recuerda cada día la aspiración que fui. Fracasado, me regodeo con impertinencia ajena, pero asumida, ¿a quién voy a mentir? En medio de la multitud, callo, y ni siquiera soy capaz de escuchar el latido extraño que anima mis deseos, mis vergüenzas, mis pecados, ellos siguen ahí, conmigo, con la parte que vive entre vosotros, jugando al fingimiento de ser como se espera de los demás, simulacros, guiñoles sin hilos y sin alma, manejados por manos huesudas carentes de amor que no de intención.

Me he ganado mi dolor. Es mío, por obra y gracia de mi estupidez. Y con mi dolor, viene la gracia espuria, ésta sí, de saber que siempre pude haber hecho y dicho algo diferente, algo sin más interés que poder imaginar que siempre todo puede ser distinto. Pudo serlo, y yo no lo supe cambiar. Con mi dolor, sigo andando. No hay mayor castigo que saber lo que pudo haber sido.
Saludos, anónimo lector.

Días aciagos

Llegan los días aciagos, sin prisa, rumorosos y se instalan en medio de la cotidianeidad, y ésta se quiebra con los gestos de lo inesperado. Surgen de la nada imprevista, se acomodan en la mecedora de incomodas posturas y sólo nos queda observar cómo a cada instante las cosas en apariencia permanecen y sin embargo, un mutar de lentitud tenue, acompasado en cada gesto desapercibido lo va transformando todo.

Nada volverá a ser igual, y no por los acontecimientos que transcurren en apariencia uno tras otro, haciendo de cada uno de ellos un paso más hacia el abismo, no son esos aspectos del suceder de los elementos accidentales y su tiempo los que nos sacuden, nos arrastran sin pausas y sin requiebros, todo está en calma, y sin embargo todo avanza hacia el inexorable final. Uno que siempre es el principio de lo otro. Lo que no sabemos imaginar, intuir tal vez, pero sin la seguridad de saber cómo seremos después del acto supremo de lo inefable.

Sentado o de pie, mirando por la ventana intento figurarme en ese tiempo inapelable a mis deseos de volver a una infancia más segura o al menos cierta. Un lugar y un estado del alma donde el amor era una mueca en medio de la vuelta al cole, mi madre me recibía, mis hermanos remoloneaban y yo con sólo verla sabía que estaba de nuevo en casa, el territorio donde nadie podía abusar de mi inocencia. Ella cuando estaba, no siempre podía recibirnos, sacudía la modorra del aburrimiento y con sus manos iba y venía para que al menos todo pareciera en orden y en ese sosiego de tenernos a todos bajo su manto. Ella sabía que nada dura para siempre. Lo sabía cómo hoy yo lo sé. He heredado de ella su saber de no sabernos eternos. Lo efímero de todo. Salvo su amor. Ese es eterno, al menos mientras me quede un soplo de aire sucio y mugriento en las aletas llenas de mocos infantiles, que a mi padre resultaban tan molestos. Pero él era así, sus hijos debíamos ser espejos de pulcritud, aquella que él mismo no conocería nunca en sus años de niño.

Hoy una nota discordante se ha instalado en este concierto de vibrantes acordes seriales, se diría; hoy, la enfermedad se ha cebado con la música del momento continuo, hoy resuena en mi oído la última nota inextinguible.

Cuando nada vuelva a ser como fue, en la estúpida vida tornadiza, ¿sabré reconocerme?, al capricho de ningún dios jamás me sometí, y sim embargo, empiezo a pensar en ellos como lo que son, excusas de cobardes. Sin mi madre, nada es, no es que nada será, es que nada habrá, nada; sin ella, sólo mi muerte tendrá sentido, no por compartir destino, por ser una vez más, el niño que de su mano iba al mercado y volvíamos cargados con las viandas de la semana. Un tiempo en que ambos éramos uno. Ella fortaleza y yo su sombra, ella mi alma y mi yo; yo, su hijo debilucho, de su mano, siempre de su mano. Cundo ésta, su mano, me falte, entonces, sé que estaré de sobra en este mundo. Sin ella…

Saludos, anónimo Lector.

Adiós, no, hasta siempre, maestro…perdóneme el atrevimiento.

arteaga

Hoy ha muerto José Luis Pérez de Arteaga
Un Dios, copio la entrada de su aniversario, treinta años de un Mundo:

https://pforsini.wordpress.com/2014/12/19/el-mundo-de-j-l-perez-de-arteaga/

No puedo añadir nada, fue mi compañero desde que fui niño….
Saludos, anónimo Lector.
El dolor es una cuestión de conocimiento.