El dolor del que no hablamos

El dolor del que no hablo es aquel del que todos seremos víctimas y ejecutantes ante nuestra conciencia. Miro a la Muerte de tú a tú. Somos viejos amigos. Ella se desvela por hacerme sentir vivo y yo la fascino con mi indecisión, pero ella siempre vuelve, nunca tiene bastante, jamás se aparta de mi lado, se ha hecho con el tiempo compañera de suertes y venturas…las suyas, pues orgullosa como es, no deja de recordarme que es muy superior a mí. Lo es, pero no tanto como el Amor, al pobre le tiene manía, celos se diría, e intenta convencerme de que «ella» es inocente, sólo cumple su labor, y yo la niego, con sordina de corazón y melismas de fatuo dubitar, pero le sirvo té con canela desde hace mucho, tanto tiempo que ni Ella ni yo recordamos.

Hoy quiere recordarme su esencia, arrancarme un trozo más de mi carne ya hedionda por su tenacidad y la he vuelto a servir té… No le ha gustado la confianza con la que me desenvuelvo ante Ella. ¡Ay!, bien la conozco, sólo aparece para hacerse la importante, y en sus gesto de gata ladina se delata y me decepciona, pero Ella, la Muerte siempre hasta hoy mismo, es un mañana por venir, y aun así, se divierte entreteniéndome, fugaz y estólidamente se acerca y se sienta.

La espió fingiéndome ocupado…y lo estoy. Sacudo el morral de las cosas cotidianas y la miro sin saber muy bien a qué se debe su querencia por mi familia, y luego recuerdo que Ella es así con todos los demás. O casi todos.

Ella adopta la forma menos apropiada, naciendo cada vez como si tuviera excusas, aunque nunca se pronuncia. Cuando se toma su té, sé por la costumbre, que no ha venido a pasar el rato. Es tan paciente como yo, y no se esfuerza sólo por designios del más allá, es por esa cosa baladí de la naturaleza de la Vida, de la que forma parte, pero a la «vida» no le hacemos el caso necesario, y así nos va.

Hoy se ha sentado de nuevo y bebe con lentitud… Yo voy y vengo sin hacerle mucho caso, la huelo desde hace mucho, agraz perfume de colores sin coordinar, y mientras ella sorbe su té, rezo por mi madre, a quien no puedo ver por las normas de la UVI, pero a quien, por mucho que Ella se empeñe no apartará de mi ser. Ambos hemos acordado no hablar del dolor, Ella por su interés y yo por no darle más pábulo al mismo. El silencio nos une, pues. Después, ya veremos, será mi turno.

Saludos, Anónimo Lector.

….bien sé

Doy la lata, una vez más, pues bien sé que apenas llegan mis palabras más allá de un puñado de amigos, imprescindibles y tan escasos que son las perlas de una corona imaginaria si de pasar por noble se tratara. Si por nobleza se entiende un cierto carácter despojado de su historia, es aún cosa más escasa tropezarse con ella en estos días, para mí, llenos de «ruido y de furia», si se me permite la cita. No vivimos para los ideales, vivimos a pesar de ellos. La noche es la única cosa segura en los tiempos decadentes que doquier se suceden en tonterías tales como la receta de cocina definitiva o del último latigazo en eso que denominamos redes sociales, que más parecen autismo embaucador que comunión o intercambio, con todo mis respetos para cualquier patología.

Estamos tan solos como al nacer, desnudos en manos de un extraño, con el llanto por saludo y una caricia no siempre asegurada. Estamos tan solos que imaginamos no estarlo, vano engaño. Lloramos por los demás, cuando deberíamos derramar nuestro llanto por nuestra molicie, nuestra pereza, nuestra alergia a la sencilla aspiración, no ya de cambiar, si no de ser, siempre se puede ser de otra manera, pero es tanta la ceguera ante los destellos que caminamos sobre sendas de espinas como ramos en aquel domingo, vamos en un jamelgo llamado satisfacción. Los ecos de todo esto resuenan hasta aquí, donde escribo con la esperanza de volverme sordo.

Veo el inmenso hormiguero donde se afanan mis contemporáneos y me siento encerrado en una gota de rocío que acabará conmigo. Veo el mundo deformado y mientras cae la tarde y yo con ella, comprendo que todo es un inmenso juego de líquida imperfección, mutable y ladina, de lábil sustancia y superficie enajenada de razón. En realidad no veo nada, el sol ciega en su estela mi costumbre de abandonarme sobre lo escrito, y comprendo cuánto merezco el dolor. Nadie cree merecerlo, yo he llegado a ganármelo. Y no es culpa de nadie, sólo mía. Cuando el dolor me ahogue, seguiré vivo. Sin más. Envuelto en esta gota de rocío ambarino al borde del mar que nunca llegó a seducirme, por muy poético que resulte, y a quien nadie temió tanto como los griegos, pues a ellos vuelvo en mi nostalgia, nunca mejor dicho, aspirando el dolor tal cual, el dolor de estar vivo con mis muertos por racimo en una cesta de mimbres invisibles.
Nadie habla ya de pecados. Nos creemos mejores que los que hoyan con sus huesos la niebla terrosa por donde pisamos. Ósea telaraña donde ser, por no ser de otra manera. Somos el fruto de los pecados anteriores, pero nunca miramos este suelo, esta tierra y ese barro de donde nacen las culpas, pues no somos inocentes, ya sabemos cómo se crece el mal, cómo se nutre con nuestra indiferencia y sin embargo, preferimos vivir, comprensible, y no hacemos otra cosa que dejarnos llevar hacia el otoño sin civilizar por pura costumbre.

Nadie se detiene ante mí, nadie se para a gritarme con horrísono eco: «Culpable», nadie se percata si queda en mí algo de humanidad, algo diferente al simio tramposo que soy. No me envidian ni los dioses ni los hombres, me envidia aquel «yo» que un día fue y sin rencor, pero con terquedad, me recuerda cada día la aspiración que fui. Fracasado, me regodeo con impertinencia ajena, pero asumida, ¿a quién voy a mentir? En medio de la multitud, callo, y ni siquiera soy capaz de escuchar el latido extraño que anima mis deseos, mis vergüenzas, mis pecados, ellos siguen ahí, conmigo, con la parte que vive entre vosotros, jugando al fingimiento de ser como se espera de los demás, simulacros, guiñoles sin hilos y sin alma, manejados por manos huesudas carentes de amor que no de intención.

Me he ganado mi dolor. Es mío, por obra y gracia de mi estupidez. Y con mi dolor, viene la gracia espuria, ésta sí, de saber que siempre pude haber hecho y dicho algo diferente, algo sin más interés que poder imaginar que siempre todo puede ser distinto. Pudo serlo, y yo no lo supe cambiar. Con mi dolor, sigo andando. No hay mayor castigo que saber lo que pudo haber sido.
Saludos, anónimo lector.

Días aciagos

Llegan los días aciagos, sin prisa, rumorosos y se instalan en medio de la cotidianeidad, y ésta se quiebra con los gestos de lo inesperado. Surgen de la nada imprevista, se acomodan en la mecedora de incomodas posturas y sólo nos queda observar cómo a cada instante las cosas en apariencia permanecen y sin embargo, un mutar de lentitud tenue, acompasado en cada gesto desapercibido lo va transformando todo.

Nada volverá a ser igual, y no por los acontecimientos que transcurren en apariencia uno tras otro, haciendo de cada uno de ellos un paso más hacia el abismo, no son esos aspectos del suceder de los elementos accidentales y su tiempo los que nos sacuden, nos arrastran sin pausas y sin requiebros, todo está en calma, y sin embargo todo avanza hacia el inexorable final. Uno que siempre es el principio de lo otro. Lo que no sabemos imaginar, intuir tal vez, pero sin la seguridad de saber cómo seremos después del acto supremo de lo inefable.

Sentado o de pie, mirando por la ventana intento figurarme en ese tiempo inapelable a mis deseos de volver a una infancia más segura o al menos cierta. Un lugar y un estado del alma donde el amor era una mueca en medio de la vuelta al cole, mi madre me recibía, mis hermanos remoloneaban y yo con sólo verla sabía que estaba de nuevo en casa, el territorio donde nadie podía abusar de mi inocencia. Ella cuando estaba, no siempre podía recibirnos, sacudía la modorra del aburrimiento y con sus manos iba y venía para que al menos todo pareciera en orden y en ese sosiego de tenernos a todos bajo su manto. Ella sabía que nada dura para siempre. Lo sabía cómo hoy yo lo sé. He heredado de ella su saber de no sabernos eternos. Lo efímero de todo. Salvo su amor. Ese es eterno, al menos mientras me quede un soplo de aire sucio y mugriento en las aletas llenas de mocos infantiles, que a mi padre resultaban tan molestos. Pero él era así, sus hijos debíamos ser espejos de pulcritud, aquella que él mismo no conocería nunca en sus años de niño.

Hoy una nota discordante se ha instalado en este concierto de vibrantes acordes seriales, se diría; hoy, la enfermedad se ha cebado con la música del momento continuo, hoy resuena en mi oído la última nota inextinguible.

Cuando nada vuelva a ser como fue, en la estúpida vida tornadiza, ¿sabré reconocerme?, al capricho de ningún dios jamás me sometí, y sim embargo, empiezo a pensar en ellos como lo que son, excusas de cobardes. Sin mi madre, nada es, no es que nada será, es que nada habrá, nada; sin ella, sólo mi muerte tendrá sentido, no por compartir destino, por ser una vez más, el niño que de su mano iba al mercado y volvíamos cargados con las viandas de la semana. Un tiempo en que ambos éramos uno. Ella fortaleza y yo su sombra, ella mi alma y mi yo; yo, su hijo debilucho, de su mano, siempre de su mano. Cundo ésta, su mano, me falte, entonces, sé que estaré de sobra en este mundo. Sin ella…

Saludos, anónimo Lector.

Adiós, no, hasta siempre, maestro…perdóneme el atrevimiento.

arteaga

Hoy ha muerto José Luis Pérez de Arteaga
Un Dios, copio la entrada de su aniversario, treinta años de un Mundo:

https://pforsini.wordpress.com/2014/12/19/el-mundo-de-j-l-perez-de-arteaga/

No puedo añadir nada, fue mi compañero desde que fui niño….
Saludos, anónimo Lector.
El dolor es una cuestión de conocimiento.

Madre de mi amor inmerecido

mirar

Miro a mi madre postrada en la cama de este hospital, uno como tantos otros repositorios de la vida moderna, donde alojarse en tiempos de islas antaño alejadas. Alzo la vista y la constelación de Orión, el eterno cazador, persigue su propia condenación. Veo a mi madre e intento imaginar esa bacteria que la está debilitando y me pregunto si en su idiocia los microbios cazan porque son así por castigo divino, o tal vez sea todo un efecto de su minúscula sustancia. O tal vez pertenezcan al reino del azar más aciago para el ser humano. Son tantos años con ellos que se nos olvida que están ahí…

Miro y Venus ha girado alejándose el lucero, pareciera no querer asistir a este espectáculo. Y así se alejan mis mejores deseos tenuemente disimulados, y se apodera de mí el temor. El miedo de lo que uno sabe que puede suceder. Es el pavor, no a lo desconocido, lo he visto ya tantas veces que se diría que he estado ya allí, en los momentos que no quiero nombrarme, y sin embargo ya he vivido.

Mi madre duerme, reposa, descansa, mi ser se agita ante tanta quietud incomprensible.

Llegada cierta edad, la vida nos presenta su lado amargo, es la hiel del precio por estar vivos; en el caso de mi madre, al poco de nacer, la misma vida se apagó en su madre, su padre y un hermano que apenas viviría un día saludando al sol, decía pues, a los cuatro años, mi madre, que ahora descansa, no tenía más familia sus dos abuelas a quienes, también la vida se llevaría pronto, segando de tal modo un futuro distinto. A los doce años calló en manos de una cierta persona que la trataría como a un remedo de la cenicienta, pero esta arpía no contaba con que un día llegaría el príncipe más pobretón del Reino y la enamoró con su dos ojos azules, poca cosa si se medita, y las pipas para el cine: mis hermanos y yo somos el fruto de unos pobres desgraciados. Y si por si acaso esto que he narrado no conmueve, mi madre, quien ahora dormita alejada de todo pensamiento, vio morir a uno de sus hijos a los doce años de edad con quien compartía cuarto conmigo.

Sí, la vida no es fácil. Mi madre huelga decirlo, dejó de creer. Dios perdona, mi madre NO se lo perdonó, nunca. Y el Dios de los reproches continuos ahora guarda silencio y calla. Como suele suceder, desde entonces: nada nuevo desde la cruz y sus reliquias.

Escribo esto mientras espío la duermevela de mi madre, mi Santa Madre, cada uno tiene su santoral particular y en el mío por supuesto lo preside mi Madre, con su delgadez momentánea y su dormir suave, con sus gestos de modestia, con su corazón de par en par abierto al dolor ajeno, con sus manos maltratadas por la artritis de tanto trabajo ímprobo e ignorado por quien siempre sabe más que nuestro propio cuerpo, con su alma suspendida en un gotero ¡Cómo odio tanto nombre ridículo para algo que es transparente!. El Mal, no el mal de la enfermedad, el mal de lo injusto.

SÍ: la vida ha sido muy injusta con mi madre, pero ella en su bondad sin cuento no la sintió nunca como tal. Aguantar y aguantar, día tras otro, mes tras mes, años sin fin, todo lo asumía entre lágrimas secas y llantos quedos, hasta que nosotros su hijos renovaron cierta sonrisa en la doblez de sus ojos, pero nunca la vi gritar al Cielo, ese cielo lleno de inmortales dibujos animados por el rotar de esta bola de tierra y agua. La tierra que pisó mi madre, descalza y otras veces, con suerte, con unas zapatillas raídas para todo un año, y el agua del río donde alquilaba para una de sus abuelas los cajones infectos para lavar la ropa, aquellos años de miseria, moral y cotidiana.

Ya entonces querían tomarla por tonta. Es lo que tiene ser buena, los demás, indefectiblemente, te toman por tierra abonada al abuso y la iniquidad, para desdicha de mi madre, que de buena es pura ingenuidad. No se equivoque el lector, cuando algo se ha interpuesto en la felicidad de sus hijos, mi madre, que todavía duerme removió cielo y tierra, y todos los falsos suelos de formica lustrosamente oficinista por nosotros, para nosotros, y su carácter afable se mostraba como un relámpago tintineante, mostrando así que incluso la rosa más ladina nada tiene que hacer contra el pétreo cactus de la voluntad materna.

El amor es la suma de lo bello, pero el precio es casi siempre desorbitado. Cosa esta para pensar.

Esa bacteria que anida su colon como las vistas pesadas, pretende acabar con lo único que hace soportable mi vida: ¿irrisorio, verdad?

Mi madre, quien acaba de abrir los ojos para enseguida cerrarlos de nuevo, me ha mirado, una pausa en su volar por el éter donde miles de estrellas me parece que quisieran esperarla para ofrecerle amorosa compañía ¡No queridas, todavía no!

Necesito de su amor incondicional como necesitado estoy del saber que nunca, sin ella, volveré a ser quien fui, gracias a ella. Soy tan suyo como Ella es mía, cierto, es cierto lo que piensan algunos indigentes al cariño, nunca se rompió el cordón, no por pereza o comodidad, sino por compasión: mi madre siempre supo que yo, precisamente yo iba a ser quien más la necesitara. Como así ha sido. Ese cordón hoy se balancea en un delirio de circo maldito…por algo siempre odié el circo y su abalorios en forma de fetiches.

Fui un niño débil, enfermizo y llorón. Hoy lloro por mi madre y ella llora sin lágrimas por todos sus hijos, su marido, sus nietos, sus soles orbitando en torno de ella cada vez que la ven. El círculo se cierra. ¿Qué sería del mundo sin las lágrimas de las madres? Un erial. Ellas riegan lo bueno y puro que los demás hollamos con nuestra indolencia, parsimonia, por no pararnos a pensar que nada tiene sentido… como es mi caso. Sin mi madre todo será gris, el negro lo reservo para mi última noche en este mundo. Solo, como temo sin miedo.
Mientras el amor de mi madre alimente mis recuerdos el color del mundo se tornará grisáceo, ceniciento, nunca mejor aplicado, como estas nieblas matutinas tan acordes con mi estado en estos días. Y al fin, el Negro, ese llegará como siempre nos llega la postrera pátina.

Los ojos de mi madre reposan sobre sí, avisándome, pero miro a lo alto, tras la ventana y es entonces cuando comprendo que el mundo es indiferente al color de una mirada por la que cambiaría todo, mi triste cuerpo y mi alma derrotada. No hay sacrificio posible. Todo lo es. Y nada es nunca suficiente para aplacar la soberbia de la naturaleza, la humana, pero hoy la humildad no está de moda. La humildad de mi madre, su buen talante, son cosas que ella porta con la natural destreza de una abeja recolectora, volar para las demás, mientras duerme, el cansancio de tantas idas y venidas le están pasando factura y ella nunca quiso dejar deudas. Por todo hay que pagar, hasta por la bondad, por supuesto. Sobre lo malo, ya no estoy tan seguro. Azar y misterio, decía una vez, que todo así en la vida es. Puro azar.

Mientras duermes, tú, mi madre adorada, el alma que me habita como la mía misma, no es capaz de hacerlo, alejada de mi cuerpo, por culpa de la insensatez de querer ser como tú, qué digo, parecido a ti, se desperdigan los recuerdos entre la sábana que te arropa, trasunto de mis brazos de mis labios mientras parces descansar, lucho contra la imaginación atroz que nos hace humanos, esa condena que nos hace conocer las variables con que la enfermedad juega con tu vida como si el maldito circo te iluminara, esperando la señal que ponga fin a tanto vulgar jolgorio.

Los días, cada día más se alargan, mis fuerzas no menguan, se aquilatan y escribo. Siempre quise que estuvieras orgulloso de mí. Como yo lo estoy, en la inmensidad de mi pobre ser, de ti. No me ciega el amor, lo hace tu luz. Allí, en el cielo, un día serás de nuevo trazas de estrellas, como hoy, que no ceniza infecunda, y esa será la falsa manera humana de soportarnos en la mentira, pues… El Amor, el verdadero, vence a la Muerte.

Y lo hace por mor de nuestra necesitada voluntad.

Saludos, Anónimo Lector.

un plato frío

y-que

¿Y qué?… si te quise
¿te quise acaso…?
Te soportaba, como se espera
que pasen los días…uno tras otro,
callado para que acabara todo.
Como así fue,
la lluvia, tan necesaria,
cesó cuando se agotó mi llanto quedo.
Con un “nombre” terminaste
con aquel sufrirte.
E intestaste, fiel a tu entender, mentirme:
cómo si mi conciencia hubiese nacido ayer.
Qué poco me conocías,
aun presumiendo de ello.
Bien por él. “Tan bueno…” lo disculpaste:
comételo, entero, como devoraste
lo bueno y puro que quedaba en mí.
Y tú creías, necia,
que lo nuestro era profundo…

Pues NO. Era vulgar,
tanto como una sopa de sobre.
Pobre de quien te sorba hoy en día,
su mundo será un plato de fideos de cera.
Nuestro mundo era tu mentira
alimenticia alucinada de quien
no se soporta ni a sí misma.
Espejo deforme del saberse sola,
y sin nada más que ofrecer que un óvulo…
Infortunado, también él…
a quien ni siquiera sabes entretejer apenas,
entre tus manos vacías.
Esas que usas para beberte
el infinito que no te tolera,
creyendo ver en el fondo de la pinta,
una faz que te consuele de tu maldad.
Reina, te creías, en mis brazos
que nunca fueron tuyos
y eso te llevó a la playa de la ira,
de dónde nunca saldrás.
Ociosa hasta para eso…
la culpa siempre será mía…
¿Verdad?

¿Y qué?… si te quise
Si nunca lo hice….
pero todos sabemos disimular,
incluso el amor, años,
década y media de rehuir tu iris
que pudiera descubrir la verdad.
Agotador fue, pero no tanto como para morir.
¿Y qué si no me amaste?
Si nunca lo esperé, no nací tan tonto,
sí estúpido, innegablemente,
y sobre todo bueno, ingenuo se diría,
algo que jamás leíste en mis labios,
tus runas de hiel te lo impedían.

¿Y qué si no me amaste?
Si no sabías más que beberte
tu propia indulgencia y fantasías…
¿Y qué si todo fue mentira?
A tu lado todo lo era, como lo son
los sabores envasados: Sal y glutamato.
Eras un dolor constante,
pero no tanto como para matarse por ti,
como tanto te hubiese gustado, a ti y a tu madre
Eras molestia cotidiana,
tanto lo fuiste que dejé un día de verme.
Para sólo verte en tu decadencia…
Y en ella me arrastrabas.

¿Y qué?… si te quise
Errores de años y cobardía,
que otros llaman lealtad.
¿Y qué?… si te quise
“Si ya estoy muerto para el mundo”

Vivo, aunque te duela en tu orgullo,
aunque quisieras llevar flores a mi tumba,
de plástico, claro…y parco.
Maldice hoy estos restos del plato que se sirve frío,
yo ya ni me molesto en hacerlo…
Nunca supiste cocinar,
ni siquiera una mal disimulada felicidad,
sin estar llena del licor del sol de RA…
ese que te hace sentir viva,
y te engañas cada día, recuerda,
que te conozco, porque te padecí…
embebida de orgullo, soberbia,
y sobre todo más allá de toda cordura,
al final todo sale, hasta el mal
acaba por aburrirse
y salió a tomar el sol en tu mohín,
de peluquería de saldo.

Una vez se te escapó:
“eres mi mejor amante”.
Tu única verdad, el amor,
el tuyo fue siempre egoísmo
…y yo, nunca, nunca fui tuyo.
Pero eso ya lo sabes,
como sabes que nadie
será nunca de nadie, mientras
haya quien como yo,
deje mi alma en manos ajenas y vacías.

¿Y qué?… si te quise

¿Y qué si me amaste?

¿ Y qué…?

JFC, Diciembre, 2016

Saludos, Anónimo Lector.

Dionisio Villegas Gómez, In memoriam

Lirios malvas tus labios

Lirios malvas tus labios

[…] Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis. […]
Del «Dies Irae»
De Tomás de Celano. (1200-1260)

Hoy hará diecisiete años que te fuiste. Los mismos que tenía yo cuando te conocí y casi los mismos que nos separaban en nuestras edades de entonces, yo, un niño a punto de cumplir los dieciocho y tú los treintaisiete, un hombre con toda la vida por delante, qué, sin embargo, se truncaría aquella mañana de Agosto, del último año del siglo XX, tu siglo; el que no conociste no es el mío tampoco, sin tu presencia el tiempo sólo fue un transcurrir de tenues molestias y vagos sentires, la vida, la verdadera, se quedó en aquella habitación de la planta novena de un hospital donde fuiste a terminar tu existencia y a extirpar lo que quedaba de felicidad y esperanza en la mía. Tú eras mi vida. Bien sé que esto es un tópico, bien sé que sólo algunos lo ven en mis ojos, incapaces de sonreír como lo hacían ante tu sola presencia.

Escucho el adagio final de la última de Mahler, la Novena, no podía ser de otra manera mientras esto escribo. ¿Recuerdas la primera vez que vimos juntos «Muerte en Venecia»? ¡Cómo me enfadé con Tadzio…! Mientras que tú comprendías al pobre de Aschenbach como yo no puedo hacer ni hoy mismo. Contado así todo resulta previsible, pero eran años de escasos estímulos para los raros, tan extraño era yo para los demás como lo era mi amor por quien me dio la bienvenida al mundo de mis pueriles sueños: «Mi Diono, mi amor, mi bien, mi vida entera…», palabras, las ultimas que me escuchaste…y hechos.

No te llevó la cólera, tan de tu gusto hubiese sido, pero la peste, hoy tan en boca de todos de una hepatitis C, tan nueva entonces, te arrancó del mundo, de su brisa azarosa y de mi lado infantilmente nulo de entendimiento al dolor que me aguardaba. Un trasplante fue siempre una falsa promesa, en tu caso, al menos.

Recuerdo aquel tubo infecto conectado a tu cuerpo que terminaba en una bombona caleidoscópica en su contenido, y en el transcurrir de los días, fue mutando del amarillo al verde negruzco, betún de néctar mefítico, señal inequívoca del final… Durante aquel mes de agonía, de la de ambos, la de tu cuerpo y mente y la de mi insólita venidera verdad, sólo te he querido a ti como quien se sabe ya huérfano del amor habido y por haber, así, el cambio de aquellos tus humores, saliendo de aquel cuerpo que había sido tan mío como tuyo me iba marcando el siguiente paso de la Muerte, avanzando, sin pausa, morosa y testaruda, fiel ella misma a su condena, llevarse al amado para que alguien escriba ñoños textos como este.

Llegó. Como si las parcas no se hubieran cebado ya contigo lo suficiente, el momento tan temido por tu conciencia, en el que tu mente abandonó tu cuerpo antes de que éste se rindiera por agotamiento. Ya no me reconocías, pero yo, en mi inopia, te hablaba y recitaba mi salmodia particular. «Diono, mi amor, mi bien mi vida entera» y cuando intuí el momento final, esas cosas se saben por la caridad de la vida, que en aquella mañana me concedió la sabia premonición de que morirías en mis brazos de niño, (era aún tan niño para despedirme…) Te cogí la cabeza amorosa, y al sostenerla con la ternura de no querer despeinarte, tontos gestos aquellos, por última vez sólo acerté a añadir: «Diono, si aún me escuchas, si me ves… hazme una señal… Diono estoy aquí…»

Todo fue inútil, tus pupilas enmarcadas en dos óvalos del color de la cera barata, tu cuerpo de cuarentaicinco kilos y tu mente de sabio sin límites se habían ido, y sólo quedaba aquel organismo desvaído, famélica hechura final, con el tono albo del ya cercano sudario, que de haber sido posible hubiera cambiado por el mío si hubiese de servirte para resistir.

Entró alguien y me apartó, mis lágrimas aún mojaban tu rostro, pero no hubo milagro, ni un beso final del mismo diablo podría haber hecho por mí lo que Dios padre no hizo por su hijo, al fin y al cabo lo dejó morir.

Pasó en breve las rigoristas escenas de máquinas y enfermeras para certificar lo ya evidente. Salí a la terraza de la habitación y miré hacia abajo, de arrojarme caería sobre algún coche, pero mi madre todavía vivía y vive aún, ¿Si yo moría quién te recordaría? Y no podía hacerle aquello a mi madre, bendita ella, entre todas las mujeres que habré de conocer.

Muerte, en aquella habitación la muerte sacó a la vida a empellones, pero tuve la gracia infinita de que luego de tales acontecimientos me dejaran estar una hora contigo. No tuve la suerte de aquellas “otras cinco”…pero no me quejo, sabía bien que todo después sería recordarte, mi eterna nostalgia, el dolor del regreso a tu forma, pero antes de que te alejaran de mí, vi la paz por fin en tus facciones, apenas unas horas antes eran unas muecas, máscaras del acto final en el teatro al pie de la Acrópolis, rictus en suma, de dolor ignoto para quien no lo ha visto, y un color malva, de lirio raro se apoderó de tus labios, aquellos que me decían en griego antiguo “Emá ta Paidiká”, aquellos labios que habían abierto con su conjuro de amor, la espita que la ignominia de los demás impedían que fuera cuanto fui al final para ti: Tú, ya lo eras todo desde el mismo instante en que te vi, me miraste de soslayo y una sonrisa de anhelo pleno anidó en mi alma, y prosperó hasta aquella mañana de Agosto y aún lo hace. Tu ser colma mi simulacro ingenioso de estar vivo, respiro, como y duermo, pero también sueño, y cuando tú me llegas en el onírico trance, despierto con la paz de saber que mientras viva, no hay copla trágica que cante nuestro amor. Mi grave neuma e incierto se resigna con la contingencia juguetonamente cruel hasta el próximo sueño.

Soy tristeza mal disimulada. Soy una sombra, soy una pantomima, pero soy quien te quiso y esa será por siempre nuestro triunfo.

Fiel a tus ordenes, pedí la incineración, veo desde aquí el columbario doméstico donde te guardo y sé que junto a ti se hallan las cenizas de un ejemplar de la Ilíada, eso fue idea mía, extravagante como todas las que se precipitan en el registro de la pena anunciada, quise que te acompañaran los versos en hexámetros dactílicos, que tanto amaste, de tu bendito Homero; contigo reposan, como si de un postrero homenaje a la manera de un déspota caprichoso se hubiese ejecutado en un día caluroso al pie de una colina, aquella donde reposaremos juntos, algún día. Aún no he elegido el libro para mi propio crematorio, pero ya me inclino por la Odisea, ya por el «De Rerum Natura», de Lucrecio, que tanto disfrutabas…

Gustav Mahler, nuestro viejo amigo…numen familiar de nuestro hogar, sigue en mi cabeza y entre tegumentos de mielina seca y cerúlea como tu cuerpo aquella mañana, se apodera de mí para recordarme, (cómo si hiciera falta), que el amor vence a la muerte, única certeza para éste, mi lóbrego, pensar, que mientras yo viva tu vivirás, es «la fama familiar», que no hay cenotafio de mármol ni de versos que albergue cuanto de tu bondad obtuve, de los momentos eternos que en tu cuerpo libaba como sólo la fértil naturaleza nos embebía con su fuerza suprema de aferrar el instante del amor que no conoce su fin, aún en la agorera suerte de una enfermedad y el destino fiero e inexorable en su catástrofe.

Te libré de verme después, sin quererlo, de mi derrumbe, nuestra casa desolada, nuestros miles de libros enjaulados en una biblioteca aún por gestionar, en suma, de mis desatinos, de mis errores, y de la ignominia del mundo par quien nadie consideraba un viudo…sobre todo aquella que ya sabes “por nuestros sueños”, el mío cuando tú te regresas…ya sabes de quién hablo, que no merece ya ni una brizna de memoria, y en ese no haber sido testigo de algo que jamás se hubiese producido de estar todavía sobre esta tierra de yermos placeres y fecundos ahogos tristes, pero la vida se acabó con tu suerte, la mía, y por ende, nada de lo sucedido responde a ningún plan.

Dicen: «La vida sigue», será para ellos, el resto, la mía ya no es vida, es una imitación de algo que muy lejanamente se aproxima a la que compartía contigo, y su recuerdo son los clavos de un madero que arderá conmigo en forma de caja de poco lustre, como siempre me enseñaste, la modestia es enemiga de la petulancia, y ésta amiga de la nadería. Fue tanto lo que aprendí de las acciones de tus obras, y por encima de todo de tus silencios, sí, de ellos, elocuentes como sólo tu bonhomía inmensa era capaz de desplegarse ante mi verborrea, que bien sabías bordear y encauzar, y todo para hacer de este triste ser un ser mejor. «Aspiración ática», me decía entre suspiros cuando separaba mis labios de los tuyos.

Amarte ha sido mi redención como ser humano, cuidar de ti tras el aséptico diagnóstico fue mi tarea hercúlea, (de seis meses a siete años) pero, qué no hubiese hecho yo entonces, mi hígado, y mi alma hubiera vendido al enemigo de Dios para salvarte, no pude, no supe, no estaba escrito que fuéramos felices hasta la mutua muerte, como lo son los libros cuando han sido leídos muchas veces y siempre hasta el final. Este epílogo dura ya tanto…que no tengo vísceras indemnes.

No escribo para consolarme, no hay nada de ello ya hoy en día, la enajenación de mi existencia desde entonces es una condena por no saber decir NO. Pero Tú bien me conoces, y ¿cómo decir NO a una vida por nacer? Mi hijo conoce nuestra historia someramente. Debía saberla por mí, era mi obligación y mi labor como aquel individuo que modelaste, la Verdad es siempre el mejor camino, sus espinas son parte de la rosa.

Quiero terminar con unos versos de nuestro común amigo Aníbal, quien ya comparte contigo la eternidad si bien por distintos motivos y ¡oh!, falsas certezas, por otros pábulos y ambos plenos de justicia.

HIMNO DEL DESOLADO.
«Llegados a este punto hemos tomado
—se suman otras voces—
la decisión de naufragar»

Aníbal Núñez, De su poemario «Cuarzo» (Impreso).

Dionisio Villegas Gómez, profesor y lingüista, dejó este mundo el veintiséis de agosto de 1999, con tan sólo cuarentainueve años, a las doce y cuarto de la mañana. Sus cenizas aún vigilan cuanto escribo, y a veces noto que se abruman detrás del mármol travertino que las guarda, sonrojándose; él siempre fue un adalid de la sobriedad, por mi impericia para la misma, pero nunca fui capaz de imitarla, “mea culpa”. Fue un sabio y erudito para quien le conoció, pero nunca aspiró a la Gloria, y esa, fue su gran honra, y su victoria sobre tanta estulticia como le rodeó siempre.

Murió en el mismo hospital donde yo había nacido una treintena de años antes, él, que vino de las tierras más literarias que este terruño ha conocido, de una Mancha imaginada por el más Grande entre los grandes, Diono no le avergonzaría, a fe mía y del Destino, que juega con nosotros… vino, pues, a fallecer a una tierra que nada provee sin imposturas: «No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza», en palabras del inmortal Cervantes que me vienen al poco seso que me queda impune…

Durante catorce años, cuento con los dedos los escasos días en que no le vi despertar a mi lado, ese es mi auténtico castigo, el absurdo imposible de renovar tan vieja y venturosa costumbre.

Saludos, anónimo Lector.

Coda que no puede ser otra: