Quince años no son nada y los son todo

Hoy mi hijo cumple 15 años, yo me fui de mi casa con diecisiete. Eran otros tiempos. Hace ya tanto que no sé nada de él que se diría que es un tiempo inmenso, al menos para mí. Me pregunto si es un castigo. Me rindo a la evidencia, debe serlo, la condena… por dejar libertad a los demás, a su madre, ciertamente, que es quien lo alejó de mi lado.

Llantos los justos. Quejas las mínimas. Lamentos, todos.
Todos somos seres morales con conciencia. ¿Fue culpa mía? Sí. La culpa de no negarme a mí mismo que las cosas nunca son como uno quiere y que los demás siempre hicieron conmigo cuanto les vino en gana. Pero con la culpa no se come, como siempre dijo mi santa madre.

Sólo soy uno más, un padre sin hijo por la voluntad de la inmisericordia. Yo nunca lo hubiera permitido de ser yo el otro, la otra en este caso. Pero la otra es hoy ley. Ley que no discuto, pues depende de la voluntad de mi hijo verme. Sé que algunos pensarán que algo habré hecho para que mi hijo no me quiera ver. Tal vez, tal vez el amor es la causa. El amor de verdad, no el puro capricho. El amor de la obligación de ir al colegio, ¿ cosa nimia?…cosa que a su madre le es ajena y ya son cinco años sin que el niño esté escolarizado. En nombre de un…enfermo imaginario y un apelativo de madre por definir…

Pero es culpa mía ¿verdad?…Sí, es mi culpa desear para mi hijo el universo y su misterio, desearle un mundo más rico, más pleno, más intrincado…como lo es el Cosmos en su llana inmensidad… de saber, no de videojuegos…solamente. Soy culpable, de haber querido lo mejor para mi hijo. Lo demás, excusas de sirena enajenada y lo está en sentido literal, a las pruebas me remito.

Hijo mío: Cuando despiertes, será tarde, para ti, no lo olvides. Tu madre ya ha vivido su vida, la tuya está por nacer…todavía. Como la mía muere sin ti un poco cada día.

Saludos, anónimo Lector.

Coda:https://www.youtube.com/watch?v=uzHMuKhR85M

José Luis Pérez de Arteaga, in memoriam.

ferrier

Yo que, de humano tengo poco, lo necesario de ángel, la pluma… y de diablo un breve adminículo comparativamente gótico no soy quien para hablar de seres de otro mundo. No encuentro explicación ni consuelo para la nostalgia. Ella no sucede cuando regresamos doloridos y fatigados del viaje, nos acompaña como lo hace el aire que infla las neumas que nos llenan los pulmones de este aire viciado y nauseabundo.

La muerte de un ser al que admiras es muy “pop” si de repuestas desmesuradas hablamos, ¡Cómo añoramos ya la vida acabada!

Reconozco que la muerte de José Luis Pérez de Arteaga me afectado en tanto en cuanto era a quien sólo su voz y su imagen, esta menos, soy de radio, llenó tantas tardes de sábado y domingo que pareciérame inmortal, Y lo es. Hoy es un mito. Una constante aplicada, especialmente, a aquella que narra las acciones de los dioses o héroes de la Antigüedad, paráfrasis de un mundo que se acaba. Pérez de Arteaga no era de este mundo, y sim embargo lo conocía como pocos. A caballo entre el saber y el saber estar y sobre todo saber de lo que se habla, cosa hoy ruinmente escasa, revestida de verborrea banal. Él imperaba sobre la mediocridad.

No, él era de la época de los estardantes florentinos, los cortinajes de Versalles y de los tugurios de Londres, de mayólica germánica y de templos de madera lustrosa y algo vulgar, pues de todo podía saber y situarnos en el ambiente que en sus palabras eran ese punto de sal que endulza el postre. Y una voluta de humo podía sugerir una cava de Jazz parisina sesentera como nadie jamás describiría él en sus vericuetos, que siempre tenían aire de fábula, porque conocía la condición humana, como pocos. NUNCA juzgaba la vida ajena, sólo la narraba. Infolios como escollos en la playa de su sabiduría.

Son muchos quienes ya sabemos que una parte imprescindible de Radio Clásica no volverá. NUNCA.

No volverá a Ítaca, no llegó, porque nuca la buscó. Pero el camino, junto a sus venturas e insatisfacciones por no haber llegado, son hoy y lo serán por los siglos, pocos, nada dura, tendremos en Pérez de Arteaga el eco de su voz, sus coletilla siempre acertadas y que no volverán de viva voz, pero gracias a la nostalgia, resonarán en nosotros como la mejor de las maneras de sentir, de apreciar y de conocer un Mundo, no sólo el De la Fonografía, el suyo. El que nos regalaba siempre. Misterio y enigma, y eso no se paga con óculos al barquero. José Luis vivirá como los héroes, esculpido en pórfido en nuestros corazones. Al menos en el mío…

Saludos, Anónimo Lector

Un mugido en la noche

Morille

Las vacas han retomado el lamento de su mugido. Inextinguibles, día y noche se las oye sufrir. Sus terneros han partido ayer pero ellas no lo comprenden. Hace ya un año que las escuché desde este retiro obligado que también termina para mí. Marcho a una nueva aventura, otra más, son tantas que ya no las cuento. Siempre me consideré un cobarde. Por ello, debía ir cargado con un exceso de equipaje que, sin embargo, mengua con los años. Al contrario que la mayoría de las personas de mi edad, alcanzo con un sólo vistazo el total de mis pertenencias, ya he pagado, pues, el paso por el fielato de la vida. ¿Dónde están hoy los terneros? En los estantes donde acaban los hijos de nuestro alimento, y si lo pienso, se me revuelven las tripas, pero algo hay qué comer, y como la moral, algo debe ser elegido.

No hay una palabra que, por desgracia, describa a un padre que haya perdido un hijo, hay una rara orfandad para tal circunstancia en el Español, tan fecundo para otras cosas. Pero yo no lo elegí, él sí, cada día. Y cada uno de ellos mujo como la vacas enfrente del otro lado del regato.

Triste alegato: sordo y ciego bramo lanzando a la medianoche mis condolencias por las desesperadas reses, jamás debe uno burlarse del dolor ajeno una vez conocido, y del ignoto aún menos. No me fío por tanto, ya, de ninguna sonrisa.

En Morille, en intempestivas noches de estrellas sin fin aparente, puro artificio del parco sentido, como lo es la dimensión del sufrir del otro. Silencio, sólo cabe callar y escuchar atento, por educación, el mugir ajeno.

¡Qué Atenea Boudeia nos guarde!

Saludos, anónimo lector.

Coda:
[…]EDIPO. -Hija mía, ¿se ha ido ya el extranjero?

ANTÍGONA. -Sí, padre; y tanto, que puedes decir tranquilamente cuanto quieras, que sola estoy a tu lado. […]

De Edipo en Colono. Tragedia griega de Sófocles, escrita no mucho antes de su muerte en el 406/405 a. C., y llevada a escena en el 401 por su nieto Sófocles el Joven.

Recomendación

Dedicado a Carmen, ella sabe el porqué.

Dionisio Villegas Gómez, In memoriam

Lirios malvas tus labios

Lirios malvas tus labios

[…] Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis. […]
Del «Dies Irae»
De Tomás de Celano. (1200-1260)

Hoy hará diecisiete años que te fuiste. Los mismos que tenía yo cuando te conocí y casi los mismos que nos separaban en nuestras edades de entonces, yo, un niño a punto de cumplir los dieciocho y tú los treintaisiete, un hombre con toda la vida por delante, qué, sin embargo, se truncaría aquella mañana de Agosto, del último año del siglo XX, tu siglo; el que no conociste no es el mío tampoco, sin tu presencia el tiempo sólo fue un transcurrir de tenues molestias y vagos sentires, la vida, la verdadera, se quedó en aquella habitación de la planta novena de un hospital donde fuiste a terminar tu existencia y a extirpar lo que quedaba de felicidad y esperanza en la mía. Tú eras mi vida. Bien sé que esto es un tópico, bien sé que sólo algunos lo ven en mis ojos, incapaces de sonreír como lo hacían ante tu sola presencia.

Escucho el adagio final de la última de Mahler, la Novena, no podía ser de otra manera mientras esto escribo. ¿Recuerdas la primera vez que vimos juntos «Muerte en Venecia»? ¡Cómo me enfadé con Tadzio…! Mientras que tú comprendías al pobre de Aschenbach como yo no puedo hacer ni hoy mismo. Contado así todo resulta previsible, pero eran años de escasos estímulos para los raros, tan extraño era yo para los demás como lo era mi amor por quien me dio la bienvenida al mundo de mis pueriles sueños: «Mi Diono, mi amor, mi bien, mi vida entera…», palabras, las ultimas que me escuchaste…y hechos.

No te llevó la cólera, tan de tu gusto hubiese sido, pero la peste, hoy tan en boca de todos de una hepatitis C, tan nueva entonces, te arrancó del mundo, de su brisa azarosa y de mi lado infantilmente nulo de entendimiento al dolor que me aguardaba. Un trasplante fue siempre una falsa promesa, en tu caso, al menos.

Recuerdo aquel tubo infecto conectado a tu cuerpo que terminaba en una bombona caleidoscópica en su contenido, y en el transcurrir de los días, fue mutando del amarillo al verde negruzco, betún de néctar mefítico, señal inequívoca del final… Durante aquel mes de agonía, de la de ambos, la de tu cuerpo y mente y la de mi insólita venidera verdad, sólo te he querido a ti como quien se sabe ya huérfano del amor habido y por haber, así, el cambio de aquellos tus humores, saliendo de aquel cuerpo que había sido tan mío como tuyo me iba marcando el siguiente paso de la Muerte, avanzando, sin pausa, morosa y testaruda, fiel ella misma a su condena, llevarse al amado para que alguien escriba ñoños textos como este.

Llegó. Como si las parcas no se hubieran cebado ya contigo lo suficiente, el momento tan temido por tu conciencia, en el que tu mente abandonó tu cuerpo antes de que éste se rindiera por agotamiento. Ya no me reconocías, pero yo, en mi inopia, te hablaba y recitaba mi salmodia particular. «Diono, mi amor, mi bien mi vida entera» y cuando intuí el momento final, esas cosas se saben por la caridad de la vida, que en aquella mañana me concedió la sabia premonición de que morirías en mis brazos de niño, (era aún tan niño para despedirme…) Te cogí la cabeza amorosa, y al sostenerla con la ternura de no querer despeinarte, tontos gestos aquellos, por última vez sólo acerté a añadir: «Diono, si aún me escuchas, si me ves… hazme una señal… Diono estoy aquí…»

Todo fue inútil, tus pupilas enmarcadas en dos óvalos del color de la cera barata, tu cuerpo de cuarentaicinco kilos y tu mente de sabio sin límites se habían ido, y sólo quedaba aquel organismo desvaído, famélica hechura final, con el tono albo del ya cercano sudario, que de haber sido posible hubiera cambiado por el mío si hubiese de servirte para resistir.

Entró alguien y me apartó, mis lágrimas aún mojaban tu rostro, pero no hubo milagro, ni un beso final del mismo diablo podría haber hecho por mí lo que Dios padre no hizo por su hijo, al fin y al cabo lo dejó morir.

Pasó en breve las rigoristas escenas de máquinas y enfermeras para certificar lo ya evidente. Salí a la terraza de la habitación y miré hacia abajo, de arrojarme caería sobre algún coche, pero mi madre todavía vivía y vive aún, ¿Si yo moría quién te recordaría? Y no podía hacerle aquello a mi madre, bendita ella, entre todas las mujeres que habré de conocer.

Muerte, en aquella habitación la muerte sacó a la vida a empellones, pero tuve la gracia infinita de que luego de tales acontecimientos me dejaran estar una hora contigo. No tuve la suerte de aquellas “otras cinco”…pero no me quejo, sabía bien que todo después sería recordarte, mi eterna nostalgia, el dolor del regreso a tu forma, pero antes de que te alejaran de mí, vi la paz por fin en tus facciones, apenas unas horas antes eran unas muecas, máscaras del acto final en el teatro al pie de la Acrópolis, rictus en suma, de dolor ignoto para quien no lo ha visto, y un color malva, de lirio raro se apoderó de tus labios, aquellos que me decían en griego antiguo “Emá ta Paidiká”, aquellos labios que habían abierto con su conjuro de amor, la espita que la ignominia de los demás impedían que fuera cuanto fui al final para ti: Tú, ya lo eras todo desde el mismo instante en que te vi, me miraste de soslayo y una sonrisa de anhelo pleno anidó en mi alma, y prosperó hasta aquella mañana de Agosto y aún lo hace. Tu ser colma mi simulacro ingenioso de estar vivo, respiro, como y duermo, pero también sueño, y cuando tú me llegas en el onírico trance, despierto con la paz de saber que mientras viva, no hay copla trágica que cante nuestro amor. Mi grave neuma e incierto se resigna con la contingencia juguetonamente cruel hasta el próximo sueño.

Soy tristeza mal disimulada. Soy una sombra, soy una pantomima, pero soy quien te quiso y esa será por siempre nuestro triunfo.

Fiel a tus ordenes, pedí la incineración, veo desde aquí el columbario doméstico donde te guardo y sé que junto a ti se hallan las cenizas de un ejemplar de la Ilíada, eso fue idea mía, extravagante como todas las que se precipitan en el registro de la pena anunciada, quise que te acompañaran los versos en hexámetros dactílicos, que tanto amaste, de tu bendito Homero; contigo reposan, como si de un postrero homenaje a la manera de un déspota caprichoso se hubiese ejecutado en un día caluroso al pie de una colina, aquella donde reposaremos juntos, algún día. Aún no he elegido el libro para mi propio crematorio, pero ya me inclino por la Odisea, ya por el «De Rerum Natura», de Lucrecio, que tanto disfrutabas…

Gustav Mahler, nuestro viejo amigo…numen familiar de nuestro hogar, sigue en mi cabeza y entre tegumentos de mielina seca y cerúlea como tu cuerpo aquella mañana, se apodera de mí para recordarme, (cómo si hiciera falta), que el amor vence a la muerte, única certeza para éste, mi lóbrego, pensar, que mientras yo viva tu vivirás, es «la fama familiar», que no hay cenotafio de mármol ni de versos que albergue cuanto de tu bondad obtuve, de los momentos eternos que en tu cuerpo libaba como sólo la fértil naturaleza nos embebía con su fuerza suprema de aferrar el instante del amor que no conoce su fin, aún en la agorera suerte de una enfermedad y el destino fiero e inexorable en su catástrofe.

Te libré de verme después, sin quererlo, de mi derrumbe, nuestra casa desolada, nuestros miles de libros enjaulados en una biblioteca aún por gestionar, en suma, de mis desatinos, de mis errores, y de la ignominia del mundo par quien nadie consideraba un viudo…sobre todo aquella que ya sabes “por nuestros sueños”, el mío cuando tú te regresas…ya sabes de quién hablo, que no merece ya ni una brizna de memoria, y en ese no haber sido testigo de algo que jamás se hubiese producido de estar todavía sobre esta tierra de yermos placeres y fecundos ahogos tristes, pero la vida se acabó con tu suerte, la mía, y por ende, nada de lo sucedido responde a ningún plan.

Dicen: «La vida sigue», será para ellos, el resto, la mía ya no es vida, es una imitación de algo que muy lejanamente se aproxima a la que compartía contigo, y su recuerdo son los clavos de un madero que arderá conmigo en forma de caja de poco lustre, como siempre me enseñaste, la modestia es enemiga de la petulancia, y ésta amiga de la nadería. Fue tanto lo que aprendí de las acciones de tus obras, y por encima de todo de tus silencios, sí, de ellos, elocuentes como sólo tu bonhomía inmensa era capaz de desplegarse ante mi verborrea, que bien sabías bordear y encauzar, y todo para hacer de este triste ser un ser mejor. «Aspiración ática», me decía entre suspiros cuando separaba mis labios de los tuyos.

Amarte ha sido mi redención como ser humano, cuidar de ti tras el aséptico diagnóstico fue mi tarea hercúlea, (de seis meses a siete años) pero, qué no hubiese hecho yo entonces, mi hígado, y mi alma hubiera vendido al enemigo de Dios para salvarte, no pude, no supe, no estaba escrito que fuéramos felices hasta la mutua muerte, como lo son los libros cuando han sido leídos muchas veces y siempre hasta el final. Este epílogo dura ya tanto…que no tengo vísceras indemnes.

No escribo para consolarme, no hay nada de ello ya hoy en día, la enajenación de mi existencia desde entonces es una condena por no saber decir NO. Pero Tú bien me conoces, y ¿cómo decir NO a una vida por nacer? Mi hijo conoce nuestra historia someramente. Debía saberla por mí, era mi obligación y mi labor como aquel individuo que modelaste, la Verdad es siempre el mejor camino, sus espinas son parte de la rosa.

Quiero terminar con unos versos de nuestro común amigo Aníbal, quien ya comparte contigo la eternidad si bien por distintos motivos y ¡oh!, falsas certezas, por otros pábulos y ambos plenos de justicia.

HIMNO DEL DESOLADO.
«Llegados a este punto hemos tomado
—se suman otras voces—
la decisión de naufragar»

Aníbal Núñez, De su poemario «Cuarzo» (Impreso).

Dionisio Villegas Gómez, profesor y lingüista, dejó este mundo el veintiséis de agosto de 1999, con tan sólo cuarentainueve años, a las doce y cuarto de la mañana. Sus cenizas aún vigilan cuanto escribo, y a veces noto que se abruman detrás del mármol travertino que las guarda, sonrojándose; él siempre fue un adalid de la sobriedad, por mi impericia para la misma, pero nunca fui capaz de imitarla, “mea culpa”. Fue un sabio y erudito para quien le conoció, pero nunca aspiró a la Gloria, y esa, fue su gran honra, y su victoria sobre tanta estulticia como le rodeó siempre.

Murió en el mismo hospital donde yo había nacido una treintena de años antes, él, que vino de las tierras más literarias que este terruño ha conocido, de una Mancha imaginada por el más Grande entre los grandes, Diono no le avergonzaría, a fe mía y del Destino, que juega con nosotros… vino, pues, a fallecer a una tierra que nada provee sin imposturas: «No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza», en palabras del inmortal Cervantes que me vienen al poco seso que me queda impune…

Durante catorce años, cuento con los dedos los escasos días en que no le vi despertar a mi lado, ese es mi auténtico castigo, el absurdo imposible de renovar tan vieja y venturosa costumbre.

Saludos, anónimo Lector.

Coda que no puede ser otra:

Ich bin der Welt abhanden gekommen

Abandonado

Siempre he pensado que todo está ya dicho, y mejor… Por eso creo que esta es la mejor versión de este Lied de Mahler. De sus Rückert-Lieder. El tercero (16 de agosto de 1901).

Ich bin der Welt abhanden gekommen

Inconmensurable en la voz del barítono alemán, acompañado, por L. Bernstein al piano…en 1968. Sublime.

Sólo así puedo expresar cómo me siento.
Saludos, anónimo Lector.

Textos:

Ich bin der Welt abhanden gekommen,
Mit der ich sonst viele Zeit verdorben,
Sie hat so lange nichts von mir vernommen,
Sie mag wohl glauben, ich sei gestorben!

Es ist mir auch gar nichts daran gelegen,
Ob sie mich für gestorben hält,
Ich kann auch gar nichts sagen dagegen,
Denn wirklich bin ich gestorben der Welt.

Ich bin gestorben dem Weltgetümmel,
Und ruh’ in einem stillen Gebiet!
Ich leb’ allein in meinem Himmel,
In meinem Lieben, in meinem Lied!

He abandonado el mundo
en el que malgasté mucho tiempo,
hace tanto que no se habla de mí
¡que muy bien pueden creer que he muerto!

Y muy poco me importa
que me crean muerto;
no puedo decir nada en contra
pues ciertamente estoy muerto para el mundo.

¡Estoy muerto para el bullicioso mundo
y reposo en un lugar tranquilo!
¡Vivo solo en mi cielo,
en mi amor, en mi canción!

Escarchas de mis días y de mis noches

1908 AD Boy from Loray Mill

Hoy han regresado las escarchas tapizando cada dilatación extendida que todo ser anclado a la tierra con la persistencia qué según la especie y su aforo en medio de los campos se le fue otorgada, cosas de la evolución y su contienda en el discurrir de la supervivencia.

No sabía que la misma también se hospedaría en las partes de mi corazón desnudo al clima imperante, pues estando ya gélido de necesidad, no debería presentar esta veladura de helada condensación con la que me he despertado, apenas si siento el trémolo calor que lo sostiene. Pero nada puede uno contra el tiempo de las parábolas, cuentos más imaginativos han cantando los malos poetas antes de este mismo homicidio escriturado en el envés ventral de la menguada hoja o de los pecíolos ínfimos que hoy sujetan a despecho de las espinas la flor de mis ojos escondidos en el lacrimal seco que entre mis terminales se alojan.

No he de regar el suelo ni florecer en el campo de los bizarros agros que las letras jalonan granjeando nuevas imágenes de mi estado. Sólo me secaré los mocos de mi decadencia en espiral.

Pronto la escarcha se volverá a su casa primordial, ya al cielo bajo circundante, o a la la tierra amorosa que todo lo sostiene, cuando el sol más pacífico del invierno se asome pidiendo permiso como un «valet» en la corte del Rey Sol, en medio de camarillas nunca del todo inocentes.

Sublimada se retirará con la delicadeza de lo sabio. Y de nuevo el milagro de lo breve se ejecutará ante mis ojos, y no me daré cuenta del nuevo verdor mortecino, asomado y reconquistando la flora sin fauna esquiva que me habrá de devolver el paisaje que desde esta lacónica ventana me paga cada día con el asombro de la rueda de la vida, en la que ya no participo.

Más que rueda es un vals del que ignoro tanto la música como el compás, y no por falta de escucha, más que nada por desmemoria y una incapacidad para la melodía de la floresta que de puro recato, no osa importunar y mucho menos asustarme, tal es la cautela de mi visión desde la ventana de la cocina mientras tomo café, otro regalo de la Tierra a sus derrotados responsables de su esquilme inagotable.

Una vez de nuevo, sin estridencias, la maleza en torno al caudal seco del Zurguén, zarzas de leyendas de monstruos conversos aliñados en poemas de siglos, cuando más que arroyo era recurso apacible, de tizianesca simulación, do los orates y bardos apostados cantaban sus églogas inacabadas por imperfectas y pastoriles por la moda, esa maleza de rastrojos a punto de rebosarlo todo, con infames plantíos invadiendo las orillas apacibles serán otra vez el paisanaje que me regurgita la pura verdad; ya nada fue como antes, no hay figuras con horizontes que ni en ectoplasmas desvelados en juegos florales pudieran acudir en los fastos que ellos mimos dejaron en infolios, sabedores de su inicua capacidad de trascendencia, pues cómo saber qué perdura entre las “verduras y las eras”…

Somos, así, como palimpsestos de eras, épocas y circunstancias raspados a búsqueda de la última noticia, la más vulgar, aquella que por impuesta, contra todo sentido de la compostura, nos exhiben en la vitrina acristalada para escarnio, pues bien sé yo que el original escrito era su verdad, como es hoy la mía o su remedo, y sin embargo, me cuesta tanto recordar que las primeras palabras escritas en el nuevo pergamino eran asientos contables de un negocio preñado de fútiles promesas, y sin embargo tan llenas de indulgencia en su infantil bondad y volatilidad en sus frases de obsoletos rebozos.

Acabo de echar una última ojeada a las riveras desmoronadas del Zurguén y ya no luce más que la opaca vegetación informe que recubre sus desprendidos terraplenes, los que le encaminaban, otrora, a la patria chica del Lazarillo de Tormes, y al vencerme su recuerdo, me invade la elucubración de que él, al menos pudo contar su historia, en las voces a las que yo sólo puedo apelar en un arranque de mediocridad, pero, es evidente que uno no es quien fue, ni quien será, unicamente este hoy en permafrost doméstico, y por tanto, sepultado en la tierra, como los hongos más insípidos han esperado el guano que tal vez acabe por darme la suficiente fuerza, y las esporas que tal vez un día canten en el viento aquel aria de despedida que todo tenor reclama con el afán de su vida imaginada, aquella de Cavaradossi « Ese tiempo ha acabado… ¡y voy a morir desesperado! ¡Y jamás he amado tanto la vida! » pero mi alma, tan ñoña, reclama siempre un último Lied, uno no deja sus afanes y manías tan buenamente…aquel de Mahler…

4. He abandonado el mundo

He abandonado el mundo
en el que malgasté mucho tiempo,
hace tanto que no se habla de mí
¡que muy bien pueden creer que he muerto!

Y muy poco me importa
que me crean muerto;
no puedo decir nada en contra
pues ciertamente estoy muerto para el mundo.

¡Estoy muerto para el bullicioso mundo
y reposo en un lugar tranquilo!
¡Vivo solo en mi cielo,
en mi amor, en mi canción!

Con Abbado, y Kožená, cómo no.

Saludos, Anónimo Lector.

Créditos. Y Notas.

CANCIONES DE RÜCKERT (1901/02)
(Rückertlieder)
Música de Gustav Mahler (1860 – 1911)
Texto de Friedrich Rückert (1788 – 1866)

De la imagen: Lewis Hine, Boy from Loray Mill. “Been at it right smart two years.” Location: Gastonia, North
http://www.museumsyndicate.com/item.php?item=28328

Novenario: Hoy niebla y Mahler.

Andante comodo

Hoy más que nunca siento un amor inusitado por aquel ser que se desangró en cada gesto por la tierra tras los pasos de una verdadera pasión por ser el último demiurgo de los signos arbitrarios y antagonista inocente con voz propia y hechizante como pocas del nuevo sentir o tal vez del ultimo verdaderamente digno de ser llamado de tal modo a pesar de uno mismo, de sí mismo, y siendo testigo de todos los mundos verosímiles pero improbables; titánico infeliz nos legó su misma vida en uno recompuesto de sus retazos, de pequeñas manías y de finitos acabados sortilegios, los sublimes, escasos para todos y los obligados por la rudeza de lo cotidiano. En todo ser se recrea el cosmos, pero pocos son lo suficientemente humildes para dar el paso siguiente: asumirlo y recrearlo, como él así lo comprobó…

Aquel mundo que se resquebrajaba en su propia alma acabaría por ser la antesala de este, sordo y ciego, poco después de las luchas inmemoriales que fueron y serán signo y marca de oprobio por los siglos y que aún perdura su sinrazón, por mucha modernidad que se nos suponga hoy en esta vorágine de prisa por saber y no menos aún la genuina, la de olvidar, para volver a ver lo visto y ya olvidado, variación maldita que se antoja éxito en espiral de conchas vacías ya de toda gravedad, y de seres vivos que las escuchen.

Profeta infausto de sí mismo y de todos nosotros a poco que uno aguce no ya sólo el oído, sino de su nervadura más íntima; incomprensible fue para mí durante tanto tiempo no del todo superado, que no amado, pues el entendimiento no oscurece la pasión, pero amarle, le amé con fervor religioso, devoto y bisoño… Fue, no en vano parte de mi limitada educación sentimental, (¿cómo dejar de amarle?) la verdadera por ser la más secreta y de ahí que aún tenga por ella, la música de aquel hombre muerto ya para su resurrección continua en lo más recóndito de mi alma… pero el amor verdadero, ya se sabe, no es ciencia y de ella debe servirse aquel al que como yo, le falta el impulso necesario para ser hijo huérfano de la inteligencia para el verdadero elogio que no acabara en panegírico fatuo. Pero ahora que lo pienso, ¿quién soy yo para hablar del pobre Gustav… ?

Arúspice que no reveló entrañas ajenas sino las propias, descarnadas sin caer en el escabroso espectáculo de la miseria gratuita, sin más misterios que los mismos que por el mundo han caminado desde que la luz nació para dar forma a las cosas que no la poseen, ni la tendrán nunca, no hay nada de palabrería en su capacidad para enardecernos, para encender antorchas de filigranas en el éter, atizando con el guante de una damisela, lejana ya su utilidad, fruslerías que falseadas simplemente se hacen pertinentes.

Y así lo ejecutaba todo, con la misma temeridad de un prometeo sin más misión que acompañar a quien le escuchase, sin más. Sin sapiencia peregrina, sin orgullo, o no más del necesario para saberse un átomo de una molécula todavía por descubrir: el misterio de la creación. Insondable y perennemente sin notas de aviso de su llegada. Inopinado enigma eterno, que los humanos jamás desentrañaremos.
Pero quién es capaz como por milagroso ensalmo de acercarse a ella, a la absoluta creación, no de la nada, ni a Dios mismo le fue posible siendo Él ya el todo, a la otra, la humana, con la tierra y el fuego, agua de barro primigenio y por tanto eco aéreo del mismo acorde que hizo a ese Dios Verbo y que Gustav demostraría ser casi mudo en tan manso remanso, ese eónico tiempo por colmarse, si el Hombre no hace resonar su verdadero clamor, una garganta sesgada por la herida de lo puro, y la la vez de la tragedia de saberse efímera en este pequeño universo de acomodaticia idiocia.

En su dolor escucho el mío, cada día, cada año, cada década, cada instante que respiro resuenan en mi alma su notas inmortales, y son, al día de hoy, con permiso de mis otras debilidades, mi mejor, por mi fervor incongruente y necio, como casi única, compañía.

En su alegría… no me quedan fuerzas, pero tampoco las eludo, bien sé que detrás de la misma expiaba nuestros errores, y son ya tantos, por incorregibles y privativos de los optimistas.

Hay una patria para todos los exiliados de la belleza y en ella se aguarda el final de los tiempos, esperar otra cosa es ya una estúpida aspiración del moderno presentimiento de que todo tenga sentido, cuando ya sabemos de lo baladí del destino de cualquier humano, al fin solos. Pero íntegros en la secreta premisa de no dejar de ser lo que nos hace humanos.

La esperanza de estar equivocados en ese asaz caprichoso hado accidental que todo lo rige, salvo la Muerte, fiel seguidora de la misma vida que malgastamos torpemente en el pecado más atroz, nuestras propias mentiras.

Él, (mi pobre Gustav) ya forma parte de la más bella aspiración, el Absoluto en potencia al que el hombre debe aspirar, y no siendo el único, o no el más elocuente o diáfano, es de los que mejor suenan, ya en la radio, ya en disco, ya en el alma, y si me apuran, en los conciertos a los que nunca asistí… cosas de nacer a destiempo y en el lugar equivocado.

Saludos, anónimo Lector.

Recomendaciones.