Madre

La vida es un misterio. Un largo camino desconocido e incierto hacia el misterio. Donde lo desconocido es velado. Como debe ser.
El único misterio, lo inefable por incapacidad para ser dicho…pues el mañana cambia en cada avance del presente.

Nunca sabemos cuándo se acabará lo que más amamos y no es la nuestra, nuestra vida, si caso de ser así, por mucho que lo deseemos. Nos debemos a las anteriores. La larga lista de los que nos precedieron. Cada uno en un siglo con sus penurias y sus breves momentos de paz. Siglos y eones de tiempo sufriendo… en medio de una relativa paz… hasta que el mal nos asalta. Silencioso y con sigilo. Y tal vez no sea el Mal. Sólo la vida exasperante…Esperando la prueba de la verdad. El bien no existe, solo su ausencia momentánea la definimos por su reverso.

La vida es una cosa sin significado. Nada parece avalarla y sin embargo existe. Desde el gusano hasta la ballena, todos estamos hechos de lo mismo, carne y una simple fuerza… electrodos pausados de apariencia insignificante sin aparente sentido, que determinan cada acto, cada gesto, cada tontería, a las que nos sometemos. La vida es más grande que nuestros genes, por mucho que nos moleste. Se impone. Se adapta y nosotros con ellos. Nada muda, todo cambia, paradojas, sólo que no lo vemos. No tenemos tiempo. Somos tiempo malgastado. La mayor de las ocasiones ociosas desparramados o elevándonos al Himalaya, o bajando al sismo, cosas sin sentido. Tanto da, una u otra cosa.

Mi madre ha muerto y yo sigo vivo. Cruel hado que me atormenta. ¿Debemos sobrevivir? Tal vez… No se lo deseo a nadie, pero no lo esperaba. Tragedia…eso que los griegos también sabían describir.

Me lamento, pero en silencio. Camino, y respiro… es lo que uno hace cuando la vida no te deja escapar. Y así me quedan muchos años…me temo.

Mi madre ha muerto. Es sólo una frase. Es lo que tiene el lenguaje. Podemos decir sandeces y cosas terribles. Sólo depende de quien lo diga o de quien escuche. Hoy sólo sé que hablo yo, nadie escucha. Ni falta que hace, me digo. Su cuerpo se deshace en un ataúd que no quiero imaginar… ni con los versos de Miguel Hernández…

Mi madre ha muero, pero vive en mi…. Siempre vivirá en mí. Mientras me quede un suspiro que anhele el aire y embriague mi agonía, vivirá en mí, sólo sea porque ella era mi vida más allá de la muerte, esa cosa natural y nimia si se considera detenidamente. Mi madre era la vida, con sus esfuerzos ímprobos, sus carencias y sus milagros. Era el ejemplo a seguir cada instante. Sólo quienes la conocieron lo saben, y yo la conocía como sólo un hijo amantísimo sabe. Su misterio era ser como era. Natural y sencilla, demasiado sencilla, sólo conocía el amor…incapaz siempre de ser cruel de la manera más ominosa, la gratuita… Era una mujer libre.

Sencilla, como lo son las tardes zurciendo calcetines. Pura como lo son las mañanas trabajando para el resto de la familia. Después de trabajar todo el día fuera de casa. Y discreta. Como lo son los silencios que nunca importunan. Franca cuando no tenía más remedio, pero caritativa ante lo errores de los demás. Amaba a sus hijos. Amaba a sus nietos. Amaba la vida, que para ella ni fue grata hasta que alguien la rescató, no era romántica, sólo práctica, esa forma de ser que no pide, sólo espera. Digamos que era una mujer sin sueños, cada día era un regalo… viendo cómo íbamos creciendo… y le dábamos nietos. Y cada día era un uno más. Un vivir para recordar a toda su familia, su único tesoro. Huérfana y sola, ¿qué más podía esperar?

La vida se le fue…de un suspiro a la agonía, sedada, sin darse cuenta. Pero yo estaba allí, viéndolo. Y con ella se fue lo más puro y sencillo que pude alguna vez albergar. Ella era no sólo mi madre, era mi otra vida, la vida de antes, su memoria vive en mí, y eso se lo debo a muchas tardes escuchando historias, sus historias… que tanto me embaucaban… como hoy lo siguen haciendo.

Un día, hace muchos años, una persona me dijo: “Quien hable mal de tu madre, ten por seguro que no es buena persona”, se me quedo grabado como lo hacen las cosas que nunca sabes porque las recuerdas, el tiempo me dio la razón, y a aquella persona, también, bondadosa que me lo avisó.

Nunca supe por completo el misterio de mi madre. Lo intuyo, pero se me escapa su alcance, ella era tan buena persona como yo nunca lo llegaré a ser. Quisiera ser como ella. Pero nunca lo seré. Ese es mi castigo, y mi aspiración baldía.

Madre, mi madre, su sola presencia anuncia mis días de desdichas, mis temores, sin ella sólo camino, no avanzo. Pero ella está ahí, esperándome. Cada noche la recuerdo… en nuestras cosas íntimas, y me acuerdo, sobre todo recuerdo, sobre todo no quiero olvidar…
Ella fue y es lo más bello que tuve ocasión de conocer. No exagero. Así es. Ella era y es mí ser. Nací de su vientre como un pequeño ser sin sentido, debilucho y enfermo, y ella me aseguró una vida, la que tengo, mejor o peor, pero gracias a ella sé que su vida nunca fue una tierra desolada, sus hijos así lo hemos decidido. Soy joven para perder a una madre, pero no para recordarla. Mientras viva ella vivirá en mí, pues no sabría vivir sin su recuerdo, su hálito detrás de mi neuma, su mohín ante mis errores y sobre todo no sabría vivir sin ella. La muerte no es el último misterio, lo es el olvido. Eso nunca me sucederá, mamá, yo no te olvidaré nunca.

Hace mucho que no escribía… pero qué decir. Nada. Sólo que te quiero. Como sólo tú sabes que te quiero.
Mi madre, me enseñó la gran lección de esta vida: “El amor vence a la muerte”
Y es verdad.
Saludos, Anónimo Lector.

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