El dolor del que no hablamos

El dolor del que no hablo es aquel del que todos seremos víctimas y ejecutantes ante nuestra conciencia. Miro a la Muerte de tú a tú. Somos viejos amigos. Ella se desvela por hacerme sentir vivo y yo la fascino con mi indecisión, pero ella siempre vuelve, nunca tiene bastante, jamás se aparta de mi lado, se ha hecho con el tiempo compañera de suertes y venturas…las suyas, pues orgullosa como es, no deja de recordarme que es muy superior a mí. Lo es, pero no tanto como el Amor, al pobre le tiene manía, celos se diría, e intenta convencerme de que «ella» es inocente, sólo cumple su labor, y yo la niego, con sordina de corazón y melismas de fatuo dubitar, pero le sirvo té con canela desde hace mucho, tanto tiempo que ni Ella ni yo recordamos.

Hoy quiere recordarme su esencia, arrancarme un trozo más de mi carne ya hedionda por su tenacidad y la he vuelto a servir té… No le ha gustado la confianza con la que me desenvuelvo ante Ella. ¡Ay!, bien la conozco, sólo aparece para hacerse la importante, y en sus gesto de gata ladina se delata y me decepciona, pero Ella, la Muerte siempre hasta hoy mismo, es un mañana por venir, y aun así, se divierte entreteniéndome, fugaz y estólidamente se acerca y se sienta.

La espió fingiéndome ocupado…y lo estoy. Sacudo el morral de las cosas cotidianas y la miro sin saber muy bien a qué se debe su querencia por mi familia, y luego recuerdo que Ella es así con todos los demás. O casi todos.

Ella adopta la forma menos apropiada, naciendo cada vez como si tuviera excusas, aunque nunca se pronuncia. Cuando se toma su té, sé por la costumbre, que no ha venido a pasar el rato. Es tan paciente como yo, y no se esfuerza sólo por designios del más allá, es por esa cosa baladí de la naturaleza de la Vida, de la que forma parte, pero a la «vida» no le hacemos el caso necesario, y así nos va.

Hoy se ha sentado de nuevo y bebe con lentitud… Yo voy y vengo sin hacerle mucho caso, la huelo desde hace mucho, agraz perfume de colores sin coordinar, y mientras ella sorbe su té, rezo por mi madre, a quien no puedo ver por las normas de la UVI, pero a quien, por mucho que Ella se empeñe no apartará de mi ser. Ambos hemos acordado no hablar del dolor, Ella por su interés y yo por no darle más pábulo al mismo. El silencio nos une, pues. Después, ya veremos, será mi turno.

Saludos, Anónimo Lector.

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