….bien sé

Doy la lata, una vez más, pues bien sé que apenas llegan mis palabras más allá de un puñado de amigos, imprescindibles y tan escasos que son las perlas de una corona imaginaria si de pasar por noble se tratara. Si por nobleza se entiende un cierto carácter despojado de su historia, es aún cosa más escasa tropezarse con ella en estos días, para mí, llenos de «ruido y de furia», si se me permite la cita. No vivimos para los ideales, vivimos a pesar de ellos. La noche es la única cosa segura en los tiempos decadentes que doquier se suceden en tonterías tales como la receta de cocina definitiva o del último latigazo en eso que denominamos redes sociales, que más parecen autismo embaucador que comunión o intercambio, con todo mis respetos para cualquier patología.

Estamos tan solos como al nacer, desnudos en manos de un extraño, con el llanto por saludo y una caricia no siempre asegurada. Estamos tan solos que imaginamos no estarlo, vano engaño. Lloramos por los demás, cuando deberíamos derramar nuestro llanto por nuestra molicie, nuestra pereza, nuestra alergia a la sencilla aspiración, no ya de cambiar, si no de ser, siempre se puede ser de otra manera, pero es tanta la ceguera ante los destellos que caminamos sobre sendas de espinas como ramos en aquel domingo, vamos en un jamelgo llamado satisfacción. Los ecos de todo esto resuenan hasta aquí, donde escribo con la esperanza de volverme sordo.

Veo el inmenso hormiguero donde se afanan mis contemporáneos y me siento encerrado en una gota de rocío que acabará conmigo. Veo el mundo deformado y mientras cae la tarde y yo con ella, comprendo que todo es un inmenso juego de líquida imperfección, mutable y ladina, de lábil sustancia y superficie enajenada de razón. En realidad no veo nada, el sol ciega en su estela mi costumbre de abandonarme sobre lo escrito, y comprendo cuánto merezco el dolor. Nadie cree merecerlo, yo he llegado a ganármelo. Y no es culpa de nadie, sólo mía. Cuando el dolor me ahogue, seguiré vivo. Sin más. Envuelto en esta gota de rocío ambarino al borde del mar que nunca llegó a seducirme, por muy poético que resulte, y a quien nadie temió tanto como los griegos, pues a ellos vuelvo en mi nostalgia, nunca mejor dicho, aspirando el dolor tal cual, el dolor de estar vivo con mis muertos por racimo en una cesta de mimbres invisibles.
Nadie habla ya de pecados. Nos creemos mejores que los que hoyan con sus huesos la niebla terrosa por donde pisamos. Ósea telaraña donde ser, por no ser de otra manera. Somos el fruto de los pecados anteriores, pero nunca miramos este suelo, esta tierra y ese barro de donde nacen las culpas, pues no somos inocentes, ya sabemos cómo se crece el mal, cómo se nutre con nuestra indiferencia y sin embargo, preferimos vivir, comprensible, y no hacemos otra cosa que dejarnos llevar hacia el otoño sin civilizar por pura costumbre.

Nadie se detiene ante mí, nadie se para a gritarme con horrísono eco: «Culpable», nadie se percata si queda en mí algo de humanidad, algo diferente al simio tramposo que soy. No me envidian ni los dioses ni los hombres, me envidia aquel «yo» que un día fue y sin rencor, pero con terquedad, me recuerda cada día la aspiración que fui. Fracasado, me regodeo con impertinencia ajena, pero asumida, ¿a quién voy a mentir? En medio de la multitud, callo, y ni siquiera soy capaz de escuchar el latido extraño que anima mis deseos, mis vergüenzas, mis pecados, ellos siguen ahí, conmigo, con la parte que vive entre vosotros, jugando al fingimiento de ser como se espera de los demás, simulacros, guiñoles sin hilos y sin alma, manejados por manos huesudas carentes de amor que no de intención.

Me he ganado mi dolor. Es mío, por obra y gracia de mi estupidez. Y con mi dolor, viene la gracia espuria, ésta sí, de saber que siempre pude haber hecho y dicho algo diferente, algo sin más interés que poder imaginar que siempre todo puede ser distinto. Pudo serlo, y yo no lo supe cambiar. Con mi dolor, sigo andando. No hay mayor castigo que saber lo que pudo haber sido.
Saludos, anónimo lector.

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