Madre de mi amor inmerecido

mirar

Miro a mi madre postrada en la cama de este hospital, uno como tantos otros repositorios de la vida moderna, donde alojarse en tiempos de islas antaño alejadas. Alzo la vista y la constelación de Orión, el eterno cazador, persigue su propia condenación. Veo a mi madre e intento imaginar esa bacteria que la está debilitando y me pregunto si en su idiocia los microbios cazan porque son así por castigo divino, o tal vez sea todo un efecto de su minúscula sustancia. O tal vez pertenezcan al reino del azar más aciago para el ser humano. Son tantos años con ellos que se nos olvida que están ahí…

Miro y Venus ha girado alejándose el lucero, pareciera no querer asistir a este espectáculo. Y así se alejan mis mejores deseos tenuemente disimulados, y se apodera de mí el temor. El miedo de lo que uno sabe que puede suceder. Es el pavor, no a lo desconocido, lo he visto ya tantas veces que se diría que he estado ya allí, en los momentos que no quiero nombrarme, y sin embargo ya he vivido.

Mi madre duerme, reposa, descansa, mi ser se agita ante tanta quietud incomprensible.

Llegada cierta edad, la vida nos presenta su lado amargo, es la hiel del precio por estar vivos; en el caso de mi madre, al poco de nacer, la misma vida se apagó en su madre, su padre y un hermano que apenas viviría un día saludando al sol, decía pues, a los cuatro años, mi madre, que ahora descansa, no tenía más familia sus dos abuelas a quienes, también la vida se llevaría pronto, segando de tal modo un futuro distinto. A los doce años calló en manos de una cierta persona que la trataría como a un remedo de la cenicienta, pero esta arpía no contaba con que un día llegaría el príncipe más pobretón del Reino y la enamoró con su dos ojos azules, poca cosa si se medita, y las pipas para el cine: mis hermanos y yo somos el fruto de unos pobres desgraciados. Y si por si acaso esto que he narrado no conmueve, mi madre, quien ahora dormita alejada de todo pensamiento, vio morir a uno de sus hijos a los doce años de edad con quien compartía cuarto conmigo.

Sí, la vida no es fácil. Mi madre huelga decirlo, dejó de creer. Dios perdona, mi madre NO se lo perdonó, nunca. Y el Dios de los reproches continuos ahora guarda silencio y calla. Como suele suceder, desde entonces: nada nuevo desde la cruz y sus reliquias.

Escribo esto mientras espío la duermevela de mi madre, mi Santa Madre, cada uno tiene su santoral particular y en el mío por supuesto lo preside mi Madre, con su delgadez momentánea y su dormir suave, con sus gestos de modestia, con su corazón de par en par abierto al dolor ajeno, con sus manos maltratadas por la artritis de tanto trabajo ímprobo e ignorado por quien siempre sabe más que nuestro propio cuerpo, con su alma suspendida en un gotero ¡Cómo odio tanto nombre ridículo para algo que es transparente!. El Mal, no el mal de la enfermedad, el mal de lo injusto.

SÍ: la vida ha sido muy injusta con mi madre, pero ella en su bondad sin cuento no la sintió nunca como tal. Aguantar y aguantar, día tras otro, mes tras mes, años sin fin, todo lo asumía entre lágrimas secas y llantos quedos, hasta que nosotros su hijos renovaron cierta sonrisa en la doblez de sus ojos, pero nunca la vi gritar al Cielo, ese cielo lleno de inmortales dibujos animados por el rotar de esta bola de tierra y agua. La tierra que pisó mi madre, descalza y otras veces, con suerte, con unas zapatillas raídas para todo un año, y el agua del río donde alquilaba para una de sus abuelas los cajones infectos para lavar la ropa, aquellos años de miseria, moral y cotidiana.

Ya entonces querían tomarla por tonta. Es lo que tiene ser buena, los demás, indefectiblemente, te toman por tierra abonada al abuso y la iniquidad, para desdicha de mi madre, que de buena es pura ingenuidad. No se equivoque el lector, cuando algo se ha interpuesto en la felicidad de sus hijos, mi madre, que todavía duerme removió cielo y tierra, y todos los falsos suelos de formica lustrosamente oficinista por nosotros, para nosotros, y su carácter afable se mostraba como un relámpago tintineante, mostrando así que incluso la rosa más ladina nada tiene que hacer contra el pétreo cactus de la voluntad materna.

El amor es la suma de lo bello, pero el precio es casi siempre desorbitado. Cosa esta para pensar.

Esa bacteria que anida su colon como las vistas pesadas, pretende acabar con lo único que hace soportable mi vida: ¿irrisorio, verdad?

Mi madre, quien acaba de abrir los ojos para enseguida cerrarlos de nuevo, me ha mirado, una pausa en su volar por el éter donde miles de estrellas me parece que quisieran esperarla para ofrecerle amorosa compañía ¡No queridas, todavía no!

Necesito de su amor incondicional como necesitado estoy del saber que nunca, sin ella, volveré a ser quien fui, gracias a ella. Soy tan suyo como Ella es mía, cierto, es cierto lo que piensan algunos indigentes al cariño, nunca se rompió el cordón, no por pereza o comodidad, sino por compasión: mi madre siempre supo que yo, precisamente yo iba a ser quien más la necesitara. Como así ha sido. Ese cordón hoy se balancea en un delirio de circo maldito…por algo siempre odié el circo y su abalorios en forma de fetiches.

Fui un niño débil, enfermizo y llorón. Hoy lloro por mi madre y ella llora sin lágrimas por todos sus hijos, su marido, sus nietos, sus soles orbitando en torno de ella cada vez que la ven. El círculo se cierra. ¿Qué sería del mundo sin las lágrimas de las madres? Un erial. Ellas riegan lo bueno y puro que los demás hollamos con nuestra indolencia, parsimonia, por no pararnos a pensar que nada tiene sentido… como es mi caso. Sin mi madre todo será gris, el negro lo reservo para mi última noche en este mundo. Solo, como temo sin miedo.
Mientras el amor de mi madre alimente mis recuerdos el color del mundo se tornará grisáceo, ceniciento, nunca mejor aplicado, como estas nieblas matutinas tan acordes con mi estado en estos días. Y al fin, el Negro, ese llegará como siempre nos llega la postrera pátina.

Los ojos de mi madre reposan sobre sí, avisándome, pero miro a lo alto, tras la ventana y es entonces cuando comprendo que el mundo es indiferente al color de una mirada por la que cambiaría todo, mi triste cuerpo y mi alma derrotada. No hay sacrificio posible. Todo lo es. Y nada es nunca suficiente para aplacar la soberbia de la naturaleza, la humana, pero hoy la humildad no está de moda. La humildad de mi madre, su buen talante, son cosas que ella porta con la natural destreza de una abeja recolectora, volar para las demás, mientras duerme, el cansancio de tantas idas y venidas le están pasando factura y ella nunca quiso dejar deudas. Por todo hay que pagar, hasta por la bondad, por supuesto. Sobre lo malo, ya no estoy tan seguro. Azar y misterio, decía una vez, que todo así en la vida es. Puro azar.

Mientras duermes, tú, mi madre adorada, el alma que me habita como la mía misma, no es capaz de hacerlo, alejada de mi cuerpo, por culpa de la insensatez de querer ser como tú, qué digo, parecido a ti, se desperdigan los recuerdos entre la sábana que te arropa, trasunto de mis brazos de mis labios mientras parces descansar, lucho contra la imaginación atroz que nos hace humanos, esa condena que nos hace conocer las variables con que la enfermedad juega con tu vida como si el maldito circo te iluminara, esperando la señal que ponga fin a tanto vulgar jolgorio.

Los días, cada día más se alargan, mis fuerzas no menguan, se aquilatan y escribo. Siempre quise que estuvieras orgulloso de mí. Como yo lo estoy, en la inmensidad de mi pobre ser, de ti. No me ciega el amor, lo hace tu luz. Allí, en el cielo, un día serás de nuevo trazas de estrellas, como hoy, que no ceniza infecunda, y esa será la falsa manera humana de soportarnos en la mentira, pues… El Amor, el verdadero, vence a la Muerte.

Y lo hace por mor de nuestra necesitada voluntad.

Saludos, Anónimo Lector.

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