Rosa, rosae

rosa,rosae

rosa,rosae

La defensa de la rosa
no es su espina,
por mucho que te duela
ni el aroma de su perfume
que tanto te enloquece
ni sus estriadas hojas
a tus ojos inadvertidas
ni sus colores inventados
en todas las gamas del ingenio
fruto del tedio y la molicie.

De la rosa, su defensa
es su ausencia de saberse bella,
deja pues, tranquila, la tijera,
si la cicatriz que la erosiona
del calor ya padecido,
la salva, a su prematura hermosura
nace perfecta, deja que muera
como tú no evitarás hacerlo.

Es el dictado de la rosa su defensa
mientras un enamorado la celebre,
la enuncie sin comprenderla;
ningún sostén de alabastro,
cristal o simple y pobre barro
la haría más bella, ni nadie,
ni la enamorada en su falsa certeza,
pues si la isla sagrada la recuerda,
no visites con ella en el ojal
santuario alguno ya arruinado
que mancille así tu poca honra.

Burdeles de pétalos son tus fines,
si con ellas quieres alfombrar tu gracia
no serán las rosas tus flores,
lo son tus crueles intenciones,
y no hay honores que perdonen
tus asesinas manos cuando llores,
al verte marchita y rodeada
de tus propios y recurrentes errores.

Natalia Antirogrés

Saludos, Anónimo lector.

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