Dionisio Villegas Gómez, In memoriam

Lirios malvas tus labios

Lirios malvas tus labios

[…] Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis. […]
Del «Dies Irae»
De Tomás de Celano. (1200-1260)

Hoy hará diecisiete años que te fuiste. Los mismos que tenía yo cuando te conocí y casi los mismos que nos separaban en nuestras edades de entonces, yo, un niño a punto de cumplir los dieciocho y tú los treintaisiete, un hombre con toda la vida por delante, qué, sin embargo, se truncaría aquella mañana de Agosto, del último año del siglo XX, tu siglo; el que no conociste no es el mío tampoco, sin tu presencia el tiempo sólo fue un transcurrir de tenues molestias y vagos sentires, la vida, la verdadera, se quedó en aquella habitación de la planta novena de un hospital donde fuiste a terminar tu existencia y a extirpar lo que quedaba de felicidad y esperanza en la mía. Tú eras mi vida. Bien sé que esto es un tópico, bien sé que sólo algunos lo ven en mis ojos, incapaces de sonreír como lo hacían ante tu sola presencia.

Escucho el adagio final de la última de Mahler, la Novena, no podía ser de otra manera mientras esto escribo. ¿Recuerdas la primera vez que vimos juntos «Muerte en Venecia»? ¡Cómo me enfadé con Tadzio…! Mientras que tú comprendías al pobre de Aschenbach como yo no puedo hacer ni hoy mismo. Contado así todo resulta previsible, pero eran años de escasos estímulos para los raros, tan extraño era yo para los demás como lo era mi amor por quien me dio la bienvenida al mundo de mis pueriles sueños: «Mi Diono, mi amor, mi bien, mi vida entera…», palabras, las ultimas que me escuchaste…y hechos.

No te llevó la cólera, tan de tu gusto hubiese sido, pero la peste, hoy tan en boca de todos de una hepatitis C, tan nueva entonces, te arrancó del mundo, de su brisa azarosa y de mi lado infantilmente nulo de entendimiento al dolor que me aguardaba. Un trasplante fue siempre una falsa promesa, en tu caso, al menos.

Recuerdo aquel tubo infecto conectado a tu cuerpo que terminaba en una bombona caleidoscópica en su contenido, y en el transcurrir de los días, fue mutando del amarillo al verde negruzco, betún de néctar mefítico, señal inequívoca del final… Durante aquel mes de agonía, de la de ambos, la de tu cuerpo y mente y la de mi insólita venidera verdad, sólo te he querido a ti como quien se sabe ya huérfano del amor habido y por haber, así, el cambio de aquellos tus humores, saliendo de aquel cuerpo que había sido tan mío como tuyo me iba marcando el siguiente paso de la Muerte, avanzando, sin pausa, morosa y testaruda, fiel ella misma a su condena, llevarse al amado para que alguien escriba ñoños textos como este.

Llegó. Como si las parcas no se hubieran cebado ya contigo lo suficiente, el momento tan temido por tu conciencia, en el que tu mente abandonó tu cuerpo antes de que éste se rindiera por agotamiento. Ya no me reconocías, pero yo, en mi inopia, te hablaba y recitaba mi salmodia particular. «Diono, mi amor, mi bien mi vida entera» y cuando intuí el momento final, esas cosas se saben por la caridad de la vida, que en aquella mañana me concedió la sabia premonición de que morirías en mis brazos de niño, (era aún tan niño para despedirme…) Te cogí la cabeza amorosa, y al sostenerla con la ternura de no querer despeinarte, tontos gestos aquellos, por última vez sólo acerté a añadir: «Diono, si aún me escuchas, si me ves… hazme una señal… Diono estoy aquí…»

Todo fue inútil, tus pupilas enmarcadas en dos óvalos del color de la cera barata, tu cuerpo de cuarentaicinco kilos y tu mente de sabio sin límites se habían ido, y sólo quedaba aquel organismo desvaído, famélica hechura final, con el tono albo del ya cercano sudario, que de haber sido posible hubiera cambiado por el mío si hubiese de servirte para resistir.

Entró alguien y me apartó, mis lágrimas aún mojaban tu rostro, pero no hubo milagro, ni un beso final del mismo diablo podría haber hecho por mí lo que Dios padre no hizo por su hijo, al fin y al cabo lo dejó morir.

Pasó en breve las rigoristas escenas de máquinas y enfermeras para certificar lo ya evidente. Salí a la terraza de la habitación y miré hacia abajo, de arrojarme caería sobre algún coche, pero mi madre todavía vivía y vive aún, ¿Si yo moría quién te recordaría? Y no podía hacerle aquello a mi madre, bendita ella, entre todas las mujeres que habré de conocer.

Muerte, en aquella habitación la muerte sacó a la vida a empellones, pero tuve la gracia infinita de que luego de tales acontecimientos me dejaran estar una hora contigo. No tuve la suerte de aquellas “otras cinco”…pero no me quejo, sabía bien que todo después sería recordarte, mi eterna nostalgia, el dolor del regreso a tu forma, pero antes de que te alejaran de mí, vi la paz por fin en tus facciones, apenas unas horas antes eran unas muecas, máscaras del acto final en el teatro al pie de la Acrópolis, rictus en suma, de dolor ignoto para quien no lo ha visto, y un color malva, de lirio raro se apoderó de tus labios, aquellos que me decían en griego antiguo “Emá ta Paidiká”, aquellos labios que habían abierto con su conjuro de amor, la espita que la ignominia de los demás impedían que fuera cuanto fui al final para ti: Tú, ya lo eras todo desde el mismo instante en que te vi, me miraste de soslayo y una sonrisa de anhelo pleno anidó en mi alma, y prosperó hasta aquella mañana de Agosto y aún lo hace. Tu ser colma mi simulacro ingenioso de estar vivo, respiro, como y duermo, pero también sueño, y cuando tú me llegas en el onírico trance, despierto con la paz de saber que mientras viva, no hay copla trágica que cante nuestro amor. Mi grave neuma e incierto se resigna con la contingencia juguetonamente cruel hasta el próximo sueño.

Soy tristeza mal disimulada. Soy una sombra, soy una pantomima, pero soy quien te quiso y esa será por siempre nuestro triunfo.

Fiel a tus ordenes, pedí la incineración, veo desde aquí el columbario doméstico donde te guardo y sé que junto a ti se hallan las cenizas de un ejemplar de la Ilíada, eso fue idea mía, extravagante como todas las que se precipitan en el registro de la pena anunciada, quise que te acompañaran los versos en hexámetros dactílicos, que tanto amaste, de tu bendito Homero; contigo reposan, como si de un postrero homenaje a la manera de un déspota caprichoso se hubiese ejecutado en un día caluroso al pie de una colina, aquella donde reposaremos juntos, algún día. Aún no he elegido el libro para mi propio crematorio, pero ya me inclino por la Odisea, ya por el «De Rerum Natura», de Lucrecio, que tanto disfrutabas…

Gustav Mahler, nuestro viejo amigo…numen familiar de nuestro hogar, sigue en mi cabeza y entre tegumentos de mielina seca y cerúlea como tu cuerpo aquella mañana, se apodera de mí para recordarme, (cómo si hiciera falta), que el amor vence a la muerte, única certeza para éste, mi lóbrego, pensar, que mientras yo viva tu vivirás, es «la fama familiar», que no hay cenotafio de mármol ni de versos que albergue cuanto de tu bondad obtuve, de los momentos eternos que en tu cuerpo libaba como sólo la fértil naturaleza nos embebía con su fuerza suprema de aferrar el instante del amor que no conoce su fin, aún en la agorera suerte de una enfermedad y el destino fiero e inexorable en su catástrofe.

Te libré de verme después, sin quererlo, de mi derrumbe, nuestra casa desolada, nuestros miles de libros enjaulados en una biblioteca aún por gestionar, en suma, de mis desatinos, de mis errores, y de la ignominia del mundo par quien nadie consideraba un viudo…sobre todo aquella que ya sabes “por nuestros sueños”, el mío cuando tú te regresas…ya sabes de quién hablo, que no merece ya ni una brizna de memoria, y en ese no haber sido testigo de algo que jamás se hubiese producido de estar todavía sobre esta tierra de yermos placeres y fecundos ahogos tristes, pero la vida se acabó con tu suerte, la mía, y por ende, nada de lo sucedido responde a ningún plan.

Dicen: «La vida sigue», será para ellos, el resto, la mía ya no es vida, es una imitación de algo que muy lejanamente se aproxima a la que compartía contigo, y su recuerdo son los clavos de un madero que arderá conmigo en forma de caja de poco lustre, como siempre me enseñaste, la modestia es enemiga de la petulancia, y ésta amiga de la nadería. Fue tanto lo que aprendí de las acciones de tus obras, y por encima de todo de tus silencios, sí, de ellos, elocuentes como sólo tu bonhomía inmensa era capaz de desplegarse ante mi verborrea, que bien sabías bordear y encauzar, y todo para hacer de este triste ser un ser mejor. «Aspiración ática», me decía entre suspiros cuando separaba mis labios de los tuyos.

Amarte ha sido mi redención como ser humano, cuidar de ti tras el aséptico diagnóstico fue mi tarea hercúlea, (de seis meses a siete años) pero, qué no hubiese hecho yo entonces, mi hígado, y mi alma hubiera vendido al enemigo de Dios para salvarte, no pude, no supe, no estaba escrito que fuéramos felices hasta la mutua muerte, como lo son los libros cuando han sido leídos muchas veces y siempre hasta el final. Este epílogo dura ya tanto…que no tengo vísceras indemnes.

No escribo para consolarme, no hay nada de ello ya hoy en día, la enajenación de mi existencia desde entonces es una condena por no saber decir NO. Pero Tú bien me conoces, y ¿cómo decir NO a una vida por nacer? Mi hijo conoce nuestra historia someramente. Debía saberla por mí, era mi obligación y mi labor como aquel individuo que modelaste, la Verdad es siempre el mejor camino, sus espinas son parte de la rosa.

Quiero terminar con unos versos de nuestro común amigo Aníbal, quien ya comparte contigo la eternidad si bien por distintos motivos y ¡oh!, falsas certezas, por otros pábulos y ambos plenos de justicia.

HIMNO DEL DESOLADO.
«Llegados a este punto hemos tomado
—se suman otras voces—
la decisión de naufragar»

Aníbal Núñez, De su poemario «Cuarzo» (Impreso).

Dionisio Villegas Gómez, profesor y lingüista, dejó este mundo el veintiséis de agosto de 1999, con tan sólo cuarentainueve años, a las doce y cuarto de la mañana. Sus cenizas aún vigilan cuanto escribo, y a veces noto que se abruman detrás del mármol travertino que las guarda, sonrojándose; él siempre fue un adalid de la sobriedad, por mi impericia para la misma, pero nunca fui capaz de imitarla, “mea culpa”. Fue un sabio y erudito para quien le conoció, pero nunca aspiró a la Gloria, y esa, fue su gran honra, y su victoria sobre tanta estulticia como le rodeó siempre.

Murió en el mismo hospital donde yo había nacido una treintena de años antes, él, que vino de las tierras más literarias que este terruño ha conocido, de una Mancha imaginada por el más Grande entre los grandes, Diono no le avergonzaría, a fe mía y del Destino, que juega con nosotros… vino, pues, a fallecer a una tierra que nada provee sin imposturas: «No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza», en palabras del inmortal Cervantes que me vienen al poco seso que me queda impune…

Durante catorce años, cuento con los dedos los escasos días en que no le vi despertar a mi lado, ese es mi auténtico castigo, el absurdo imposible de renovar tan vieja y venturosa costumbre.

Saludos, anónimo Lector.

Coda que no puede ser otra:

Una respuesta a “Dionisio Villegas Gómez, In memoriam

  1. Con los ojos húmedos y el alma encogida, así he acabado al leerte.

    Siempre te digo que tus mejores palabras salen cuando desnudas tu alma, y hoy me reafirmo en esa idea.

    Un besuco enorme y un abrazo más enorme aún, querido Orsini!

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