Un final alternativo. En memoria de los adolescentes frustrados.

Demian

Demian

[…]Llegué a mi destino. Era de noche, estaba completamente consciente; unos momentos antes había sentido poderosamente el deseo y la atracción. Ambas sensaciones persistían recónditas después de haberlas acallado tanto tiempo. Ahora me encontraba en una sala tumbado en el suelo, y pensé que era allí de donde me habían llamado. Miré a mí alrededor; junto a mi colchoneta había otra y un hombre sobre ella.

Se irguió un poco y me miró. Llevaba el estigma en la frente. Era Max Demian. No podía ser de otra manera, él tenía que estar allí.
No pude hablar; tampoco él pudo, o quizá no quiso. Sólo me miraba atentamente. Sobre su rostro daba la luz de un farol que pendía en la pared sobre su cabeza. Me sonrío. Su gesto renovó los sentimientos que horas antes pugnaban dentro, la esperanza de la sugestión, aquel deseo tan puro como atenazante.

Estuvo un largo rato mirándome con fijeza a los ojos. Lentamente acercó su rostro al mío, hasta que casi nos tocamos.
—¡Sinclair! —dijo con un hilo de voz. Y aquella voz sonaba de un modo tan concisamente nuestro que sólo tenía energía para sus palabras.
Le hice un gesto con los ojos, para darle a entender que le oía. Tímidamente, igual a cuando nos conocimos. Sonrió otra vez, casi con compasión.

—¡Sinclair, pequeño! —dijo sonriendo.
—¡Sinclair, pequeño! —dijo sonriendo. ¿Era piedad o camaradería del amante que no quiere revelarse?
Su boca estaba ahora muy cerca de la mía. Cuantas veces había sido así y yo, ciego y sordo, y sobre todo ni niño ni hombre, no había sabido aspirar su voz como hubiera sido mi avidez de lo absoluto. Continuó hablando muy bajo. Fiel al momento que no quería terminarse en el punzante palpitar de mi corazón.

—¿Te acuerdas todavía de Franz Kromer? —preguntó. Todo quedaba tan lejos aquella noche encantada. Y no era de aquel monstruo de quien deseaba oír su recuerdo, parte de un antiguo mundo tan remoto y muerto.
Le hice una señal, sonriendo también. No sabía ni quería hablar, él debía saberlo y actuar en consecuencia.

—¡Pequeño Sinclair, escucha! Voy a tener que marcharme. Quizá vuelvas a necesitarme un día, contra Kromer o contra otro. Si me llamas, ya no acudiré tan toscamente a caballo o en tren. Tendrás que escuchar en tu interior y notarás que estoy dentro de ti, ¿comprendes? Pero volveré, ahora me reclama este siglo idiota… Calló y se levantó. Yo sabía que le costaba continuar…¡Otra cosa! Frau Eva me dijo que si alguna vez te iba mal, te diera el beso que ella me dio para ti… ¡Cierra los ojos, Sinclair!

Cerré obediente los ojos y sentí un beso leve sobre mis labios, en los que seguía teniendo un poco de sangre, que parecía no querer desaparecer nunca. Comprendí entonces que mi pueril amor por Frau Eva sólo había sido un reflejo en el lago, tranquilo, donde en su fondo se agitaba mi verdadero amor por Demian. Sólo a él se lo debía y merecía. Comprendí, aquella noche, derrotado, que Frau Eva sólo me bendecía, conocedora de las batallas que me esperaban y que, nada eran, comparadas con las del asedio de donde me trajeron.

Si un día la llamé, a su madre, con nuestro intensamente titánico proceder, supe después del beso de Demian, aquel cálido beso sobre la sangre del mundo, mi mundo, que ella, Frau Eva fue mi subterfugio. Para ella un juego, sin malicia. Siempre lo fue, pero nadie me acusaría por ello.

Entonces me dormí.
Por la mañana me despertaron para curarme. Cuando estuve despierto del todo, me volví rápidamente hacia el colchón vecino. Sobre él yacía un hombre extraño al que nunca había visto.
La cura fue muy dolorosa. Todo lo que me sucedió desde aquel día fue doloroso. Pero, a veces, cuando encuentro la clave y desciendo a mi interior, donde descansan, en un oscuro espejo, nuestro lago, las imágenes del destino, no tengo más que inclinarme sobre el negro espejo para ver mi propia imagen, que ahora se asemeja totalmente a él, mi amigo y guía.

Cuando me sentía más solo recordaba el primer sueño donde Demían aparecía, aquel que me impresionó profundamente— todo lo que había sufrido bajo Kromer con angustia y repulsión lo sufría a gusto bajo Demian, con un sentimiento mezcla de placer y temor—. Recordando, así desde aquella noche tan lejana siempre, tanto la mía como su expresión, milenaria cual los árboles, o las estrellas: miro al cielo: Todavía le espero. Sólo él unirá mi parte divina y la otra, la que el demonio nunca dejará de poseer sobre mí…

Saludos, anónimo Lector.

Dedicado a todos nosotros que no entendimos, por la naturaleza de la literatura, que a veces el autor acaba un libro sin tener en cuenta a quién, curiosamente, somos los más propicios como proclives, a entenderlo y no olvidarlo.

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