De cerámicos y columbarios

cipres

Quien me conoce bien, que no son tantos como a muchos gustaría presumir, saben que me encantan los cementerios. Siento por los campos santos una sana emoción. No es por tanto un gusto macabro ni «emolítico», ni una pasión de goticismo desbordado, nada más lejos de mi sentir por esos témenos sagrados para quien no cree en la otra vida, pero encuentra en las manifestaciones de lo sepulcral, el terreno abonado tanto para para las más elevadas reflexiones como las más ridículas de las sentencias, que bien escuchan los cipreses, pues casi nada tienen los muy altivos para entretenerse, y como no hay necrópolis sin estas coníferas que sea digno de ser llamado propiamente como tal, pues a ellos dedico estas palabras.

Cuando era un niño acompañaba a mi madre a hacer una ronda casi semanal por las tumbas de parientes, y recuerdo con fervor cómo conseguimos dar con la tumba de mi abuela materna, después de muchas pesquisas en el registro del San Carlos Borromeo, pues este es el nombre del cementerio local, (muy de cardenal, como debe ser) conseguimos dar con el lugar dónde, según el párroco, los restos óseos no fueron sacados y arrojados a la temible fosa común, por ser mi abuela prima de los nuevos dueños de la sepultura, con lo que al menos, tuvimos desde entonces una importante cita con aquel trozo de tierra en el que reposaban, seguramente a los pies de los nuevos moradores, lo que quedaba de mi abuela. La sepultura de mi abuelo materno, por desgracia, nunca logramos hallarla.

Cosas de ser una niña huérfana a quien nadie dio explicaciones, como lo fue mi madre a los cuatro años, sola, sin hermanos, y en manos de una abuela con poca memoria o mucho tacto para los secretos. Ella también moriría pronto. Y así mi madre paso de parientes a familiares hasta dar con una tía que le dio una vida de cenicienta digna de un buen libro sobre la maldad humana.

Íbamos, pues mi madre y yo por todas «las casas de reposo eterno», como dicen los cursis como yo, y las fregábamos y limpiábamos de flores secas, ajadas y maltrechas, ya fueran de plástico o de tela barata; las menos, eran las frescas, no eran tiempos de dispendio, y sólo por los Santos, el cementerio lucía tan impropio como lo es desde un tiempo ya largo para acá, esos jardines de Babilonia en que se han convertido los campos santos en estos modernos tiempos.

Desde el cielo católico deben creer que no nos gusta como huelen los cementerios, pero no hay incienso contra el mal gusto, y así, cada festividad del uno de Noviembre, el horror de lo abigarrado hasta extremos inimaginables se apodera de todo sepulcro con familia viva, las que ya no tienen a nadie para ser recordados con flores no sienten envidia, en su adustez, dejadez y soledad, miran altivamente, como diciendo, no estamos abandonados, sólo que somos los más viejos del lugar y eso siempre es un grado, esa veteranía les dignifica, aunque sólo sea por llevar allí más tiempo que los recién llegados, y con ellos la parafernalia de la que ya he mencionado como la guerra de las flores y los “ramos” y los “centros” y todo cuanto los chinos del Asia lejana son capaces de hacer con paciencia de tales gentes. Rosas con lágrimas, semejando estar recién bañadas por el rocío… si eso no es para asombro, que venga San Carlos y me lo explique.

Mi hermano José Luis murió ahogado cuando sólo tenía doce años. Mi madre, a quien la vida le había despojado de padres y hermanos estuvo tres meses en cama, sólo se levantaba un día a la semana para visitar el lugar donde reposaba aquella caja de madera, aquel sarcófago donde mi hermano se uniría con la tierra de la que Dios nos hizo, según el relato para pastores con mucho tiempo libre. Mi madre se enfadó de tal manera con Dios que desde entonces es una atea militante, no sé si por deducción positiva o por comprender la injusticia del destino, que de ser consentido por la divinidad, esta misma, no merece el perdón ni de mi madre ni el mío.

Cada semana hacíamos el ritual de visitar a mi hermano, comprar un ramo de claveles blancos nos reconfortaba con esa triste manera que tenemos los necesitados de hacer lo posible sin comprender del todo los efectos del dolor que nunca ha de acabar, ¿cómo podía dejar allí solo a mi hermano, mi madre, a la Carne de su entrañas, cuya vida entera eran y son sus hijos? Para mí, fue siempre un misterio y un padecimiento secreto que mi madre escondía con la sabia muestra de resignación que poco a poco debía ir pergeñando, sólo fuera por no hacernos sufrir más a mi padre y al resto de mis hermanos, aunque yo sabía, con una sola mirada a los ojos de mi madre su cólera con la vida y con el mundo de aquel dios del que apostataba. Desde entonces una niebla irisada de neón lechoso cubre las pupilas de mi madre, y su mirada se pliega bajo dos imperceptibles acentos graves y asimétricos, es el resto del dolor que no cesa, que no del rayo poético, con quien comparto horóscopo, que no inspiración, y mira que lo intento.

Con los años mi madre y yo hemos vuelto al cementerio, pero ya no es más que un recuerdo de aquellos primeros años, este, por ejemplo, hemos cambiado la lápida, y vuelto a poner el nombre, hasta las tumbas deben ser cuidadas de los elementos, monumentos fugaces que la intemperie maltrata como lacera el propio discurrir de la vida el daño, que no acaba, pero no mata, aunque si concluya con las ilusiones, y las esperanzas de que la vida tenga sentido, algún sentido, no el de vivir simplemente, pues eso es cosa de animales, y felices ellos, por ello mismo.

Me gustan los cementerios porque imagino al leer los nombres de tantos desconocidos sus vidas y sus esplendores, sus infortunios y sus secuelas. Las tumbas son engañosas por naturaleza. Hace no mucho volví a visitar una de las tumbas con más empaque decimonónico del cementerio. El escultor de la efigie en bajorrelieve de una señora de la que omitiré su nombre por respeto, la retrató con una adustez que asusta. Sus pupilas helenísticas parecen mirar la tierra que circunda el mausoleo con reminiscencias de película de serie B de Terror barato, pero ella nunca lo vio, y esa fue su condena, pues asemeja ser una mala harpía, cuando lo justo hubiera sido una cierta neutralidad por ser lo apropiado y piadoso, por caridad, sobre todo si pagó el viudo tamaña tropelía, o si la consintió, ya podemos imaginar quien se vengó de quién no podía remediar ya nada. Ella inspiró un personaje de mi primera novela. Aunque esto sólo me importe a mí.

Hay otras muchas tumbas, por supuesto, con nombres pasados de moda, con efigies maltratadas, con fotos desvaídas, cruces oxidadas, y enlucidos desconchados, las hay incluso que no tienen nada más que dos clavos cruzados y recuerdo de un mojón con un número, postrero jalón que enmarca el silencio del olvido. Y luego están los nichos, a esos los rehúyo. De todas ellas escucho cuentos e historias, no siempre las entiendo, dada mi escasa pericia para poner por escrito los ecos de tantas vidas como imagina el ensueño hablando todas a la vez confundiéndose las narraciones en una maraña tan intrincada como un arcano génesis y apocalipsis simultáneos.

Los muertos nos hablan. Ya lo narré en otra entrada. Siempre lo han hecho, y los cerámicos, se hallen donde se encuentren, son la mejor conversación que una persona decente puede tener, el oído se agudiza sin el rumor de la retama seca, sin las ráfagas de hojarascas medrosas de la naturaleza humana y sus espectáculos de la ligera manera como la que paseamos nuestra calamitosa existencia.

Algún día alguien se parará en un columbario, si se topase con mis cenizas, espero no se pregunte nada, intentaré estar calladito, pero no prometo nada.

Saludos, anónimo Lector.

2 Respuestas a “De cerámicos y columbarios

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