De los letraheridos

Del saber

Del saber

Mi Cuerpo ha decidido rebelarse con un vulgar cólico que ya me dura un mes, de ahí mi ausencia en este mi blog, el dolor es agudamente crónico y ha de alegrar a quien no siendo ya más que un recuerdo cada día más lejano, me ha tumbado en cama, entre retortijones de estómago con hernia ortográfica; mi cuerpo siempre ha ido por libre, no así mi conciencia, esa, siempre está alerta. Vigía de mis noches y guardiana de mis días.

Ya hablé una vez de la resiliencia, ese concepto que tan de moda se ha puesto entre aquellos que tan a menudo nos intentan convencer de que la vida puede ser soportable, incluso en el dolor, y al hacerlo suelen cobrar peculios de dudosa legalidad, pero la palabrería es muy rentable, el ejemplo más evidente por omnipresente, la política, por supuesto.

En un país «sin gobierno» y con atentados en los lugares vecinales del arrabal de la propia memoria es fútil que yo hable del dolor, pero cómo si yo pudiera aportar algo más a la geopolítica, alguien que a duras penas se tolera, y cuyo cuerpo demuestra que si bien el viento sopla donde quiere, no es menos cierto que el siroco puede matar de melancolía. En una playa semivacía.

Huir del presente para recordar que un tiempo fugaz puede compensar toda una vida. Desertar del hoy, aciago e ingrato como la salud y el ánimo de leopardianas reminiscencias, con quien coincido en ese mal tolerarse mutuo con el padre, pero no es de recibo contarlo en detalle. Querer no es un formula de suma cero nunca.

«Los más grandes doctos no son los más grandes sabios», dice Montaigne en su ensayo sobre la pedantería, citando, creo que a Cicerón, a ella misma pues tan aficionado soy y me duele reconocerlo. Según quien me lea o quien me escuche, bien sabe que no es más que una pose de defensa, y algo de impostura, de lo que deduzco que uno no es más que su miseria verbal.

Vivimos rodeados de doctos, de todólogos que pontifican en prensa radio y eso que se ha dado en llamar las famosas redes sociales, y dudo mucho que le Señor de Montaigne escribiera en ellas, más que nada por ser refugio de gracietas y de aún más dudosas aseveraciones que más pareciera que no saber callarse a tiempo es una «enfermedad viral» en estos tiempos de global estupidez. «Pero no sucede así; el alma, en efecto, se ensancha a medida que se llena». No imaginaba Montaigne al decir esto que hoy en día el alma se llena de memes y de bulos, de chistosas vulgaridades de escaso precio, y aun así, todo el mundo se cree tan en posesión de la verdad en ciento cuarenta caracteres, que da miedo cerval no saberse en el meollo de tales negocios, pues se padece el ostracismo de no estar donde está todo el mundo de los doctos, si no eclesiásticos, muy dados, y sin medida a sermonear a todo a quien le sigue.

Esa necesidad de ser en el virtual éter que se fagocita en cada momento a sí mismo, ya que nada dura lo que quisieran los creadores de gloria mundana, de ser seguido, de contar con quinientos amigos, de ser en la red alguien, nos ha hecho a todos los raros misántropos una mera excusa insultante de manera que no somos nadie. Pero eso no es malo.

«Habría que preguntar quién sabe mejor, no quién sabe más». Nos repite el buen francés. Hoy en día, escuchando y leyendo a todos esos que se pronuncian sobre lo divino y lo terrenal, esos que creen saber más, mucho más, pero no mejor, y cuando dudan recurren al humor, ¡Ay! ese recurso tan mal avenido con la prudencia. Ellos saben de lo que hablo.

Al escribir esto estoy cometiendo el mismo pecado que me espanta, soy consciente de tal discordante recurso, pero como casi nadie lee cuanto escribo, poco o nada es del alcance de la crítica merecida por no saber callarme. Desde aquí pido perdón por la contradicción de regurgitar cuanto se me pasa por la cabeza de rastrojos ajenos que tengo por abono.

Por ello intento llenar el alma con residuos de bonazas merecedoras de mi gratitud, y leo a quien ya saben. Y muchos que no cito. Mientras mi estómago me lo permita, y no me dé más que disgustos, y es tal la empresa que nunca acabaré por decidir si leer al más docto, o al más sabio, pues a veces, y sobre todo hoy en día, se confunden y mezclan que uno debe andar vigilante, por si los tábanos del caos salen de la probeta del experimento de tantas líneas que sin gafas, me parecen escritas con las seis patas del díptero salpicando el papel o la pantalla con sus huellas de chinescas finuras.

Montaigne también se decía así mismo: «¿No es esto mismo lo que hago yo en la mayor parte de esta composición?»

Y una curiosidad más: «Mi lengua vulgar perigordina llama de manera muy graciosa letro-ferits a esos sabihondos, como si dijéramos «letraheridos», a quienes las letras han dado un martillazo, como se suele decir». Ya saben de dónde sale esa expresión que tanto éxito tuvo en su momento.

«Cualquier otra ciencia es dañina para quien carece de la ciencia de la bondad». Perdonemos la alusión a la formación de las mujeres a Montaigne…y esa alusión a Turquía como la mejor nación en su época. Si el pobre de Montaigne se despertara hoy se volvía a su crepuscular morada, curado de espanto. Y tal vez sin decir palabra. Y todo por bondad.

Saludos, anónimo Lector.

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