por fin los lirios

LIrios

LIrios

Hoy por fin los lirios del jardín, los tres que han florecido se han abierto al mundo que acabará con ellos, no duele saberlo, mientras estén en su breve esplendor, es la vida y su ciclo de hermosura y decadencia, tan corrientes como nuestra propia existencia y su relato.

Hoy la pureza que acompaña a la flor de reyes y Vírgenes, que es en sí heráldica y trasunto de tantas ideas excelsas, me han saludado, sabían ya que yo las esperaba, entre las rosas pomposas, los lirios sobresalen y sin embargo no resultan altivos. Sólo dicen, aquí estamos para ti, y para quien quiera advertirnos.

Soy consciente de que la sirena nunca ha de leer esto, apenas mostró interés por cuanto escribo y de hacerlo alguna vez, más bien fue, por un descuido de su egolatría al intentar averiguar dónde pudiera aparecer ella, la vanidad vigilante. Solo hendía sus ojos en los lugares en que se sabía dueña de su artificial petulancia, y miraba casi siempre desde el fondo cóncavo de un vaso, para sentenciar con sordina bagatelas de su ignorancia y creerse a salvo de sí misma.

Esos lirios me han traído de vuelta un sentimiento que crece cada día más dentro de mi alma, un reconciliación con mi propia vida, aquella existencia, restituida, cuando tarareo a solas el famoso madrigal de Monteverdi, «Sì dolce è’l tormento»:

E l’empia ch’adoro / Y la impía que adoro
Mi nieghi ristoro / me niega el consuelo
Di buona mercè: / de su misericordia:
Tra doglia infinita, / En el dolor infinito,
Tra speme tradita / en la esperanza traicionada
Vivrà la mia fè. / vivirá mi fe.

Hoy, ya no adoro a nadie, más que a aquel que sí se lo mereció en vida, mi Diono, mi amor mi bien, mi vida entera. Ya conté la historia en otras entradas, someramente, una vida así no se narra en tres entradas de un blog…

Impía lo fue, es lo que es una burda traición, y lo es cuando no hay bebida mefítica suficiente para ahogar tales acciones, bien lo sabe ella, tan a fiel sus rutinas, pero ya no me duele. Y su perjurio ya ni me pellizca, o cada vez más es una mera, nimia, molestia, porque dentro de mí renace la certeza, algo que ella debería saber de conocer cómo acaba el Madrigal, le diría, «abandona toda esperanza», por no salir de mi adorada Italia…

La renovada honradez es un desprendimiento de las postillas de sal que encostraban mi corazón. Una suerte de salitre que bañaba doquier mi pobre sustancia privándome del recuerdo de mi Amado, y que ella fue administrando con sabia proporción de arpía, medio hermana de ellas era, y melifluas constancias de chantajes imperceptibles, sólo apercibidas tan luego de su lejanía. Esa distancia es la que me limpia cada noche. Y así, mi piel se sacude de las escamas vítreas del color de la profanación con la que siempre quiso subyugar aquella parte de mi alma que nunca pudo someter, por eso sus denodados intentos de cubrirla con su agraz verborrea cotidiana, banalmente mortal para quienes hemos oído el sistro ancestral y la siringa en forma de haces de rubios melismas en ático antiguo.

Uno no olvida que el eco del aulós, desde un atrio marmóreo bendecido por el amor del sol benéfico nunca podrá competir con el risco desde donde ella moraba cuando me tropecé con su ser, mitad de mitad engañosa, timo de tales seres, pues ni ella sabía cómo presentarse sin descubrirse, y en mi ceguera, causada por un dolor que a ella siempre enfureció, caí de bruces, tan débil como necio me hallaba.

A cada costra purulenta de su recuerdo putrefacto, que cae, una luz de pura inocencia se alza ante mí. Cuantos días más, pasen y mueran, acabaré por comprobar que mi corazón está recubierto de la luminosidad del alabastro de un kurós, arañado de su pintura, despojado de su polícromo reflejo, y sin embargo egregio, aún mutilado, para dar paso a la desnuda esencia de la belleza, aspiración qué tanto hizo mi Diono por insuflar en mí, y que pocos entienden como una de esas manías como cualquier otra.

Pues hoy como nuca, me doy cuenta de que vivir con la sirena era sucumbir a la molicie de lo vulgar…cobardía de un alma sin rumbo, pero hoy regreso de esa mesa camilla donde ella ejecutaba sus rituales, literalmente, de parca de medio pelo ¡Cómo odiaba aquellos velorios!

En el altar de mi conciencia de ágata cornalina, se posarán los pétalos níveos y sedosos de los lirios que han esperado a que las rosas presuntuosas comenzaran a envejecer para salir al mundo, como lo son ya los recuerdos, y una corona de alba numinosidad, ejecutará el último sortilegio del que seré víctima de nuevo, y esta vez tan rendido, sumiso por devoción, como a mis diecisiete años: Mi Amor por Diono, Mi Dios, y su constante como inefable recuerdo.

Saludos, Anónimo Lector.

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