Paquita

Paquita

Paquita

Nunca tuve armario, nunca una cueva donde llorar a solas, siempre consiguieron que mi dolor fuera público, y todo porque me llamaban “paquita.” Y al hacerlo, lloriquear sin medida delante de ellos, confirmaba su desprecio. Les otorgaba el poder sobre mi dolor.

Era tan evidente que era cómo era, que su saña siempre me acompañó. Me lo llamaban los niños y niñas de mi edad, sus hermanos mayores y sus padres, vecinos y desconocidos, maestros y hasta los que se decían amigos, no había piedad, porque nunca creyeron que un niño la mereciera, “un niño como yo”.

Les era odioso, un ser destinado a la mofa y al escarnio. Pero hoy todavía sigo pensando que algo merecía de aquel sufrimiento, pues no sabía esconderme, ¿cómo negar ni lo que yo mismo sabía que debía ocultar o disimular? Y mi inopia de niño les enfurecía aún más, mientras yo iba de un lugar a otro con mi pluma, y mis gestos febriles de ave rendida…Una marica como tantas otras. Y cuando me violaron, él consiguió que durante muchos años creyera que me lo merecía, es el triunfo de la violación, pero estoy vivo. Cuando volvieron a violarme, ya me pareció normal…pero estoy vivo.

La vida luego fue saberse en la continua peregrinación del propio perdón y tal vez, por eso, y por el amor de mi familia, y escasas amigas, fallé al intentar acabar con mis lágrimas de niño, con tantas pastillas cómo la desesperación consigue reunir… pero estoy vivo. Hoy siguen siendo, familia y amigas, las muletas necesarias para ello.

Conocí el amor verdadero y su pérdida. Mi amor murió en la mitad de su propia vida, y creí morir yo también. No pasó así, contra toda idea, sólo dejé mi alma allí, con él. Fue la vida, que nunca es como pensamos. Hasta tengo un hijo, vaya… si la vida es azar al albur de los demás, no siempre uno es dueño de su dolor, ni de su dicha. Ahora que su madre y mi hijo me han abandonado, también pienso que me lo merezco. Las buenas intenciones no siempre quedan impunes. Y sigo vivo.

Pero hoy, tras la matanza de Orlando, ya no estoy tan vivo. Un poco de mí ha muerto. Mi alma es aún menos que nada ante este espanto… Porque siempre ha habido persecución de aquellos que como yo, no sabían ser de otra manera, pero morir como reses en un sacrifico en el altar del odio, morir bajo las balas, otra vez, como si no hubiese la Historia sido ya suficiente en su rencor inexplicable, morir mientras sonríes, mientras giras un brazo en busca de un poco de silencio atronador en medio del miedo que nos aguarda fuera… morir como si lo mereciéramos, así no debe morir nadie. Todos fuimos niños, perseguidos. Y aún lo somos.

Hoy “paquita” se revela dentro de mí, y resurge, rasgando la linfa del tiempo pues nunca dejó de estar ahí, agazapada, en su mudez, para no molestar a los demás, y lo hace para recordarme que no encajo, que sólo se nos tolera, y que como tantos otros, hombres y mujeres o quien sea, cómo sean, siempre hemos sido, en nuestra tozudez inopinada aquellos a quien se puede matar, no sólo con balas… también con esa falsa piedad que nos dice cómo debemos “ser” para encajar.

No hay mayor pecado que no ser cómo eres, yo mismo me he negado tantas veces… para no molestar, pero si eso merece la muerte, ya lo dije una vez: “Matadme, si no sabéis hacer otra cosa, pero no me arrebatéis mi ser, quién quiero ser y sobre todo lo que puedo llegar a ser. Nunca se sabe:
… y ese es el verdadero peligro.

Sigo vivo. ¿Será un castigo?

Descansen en la paz del amor las víctimas del Club Pulse y todas las anteriores, todas….víctimas del odio sin compasión alguna por la diferencia o simplemente un triste movimiento de muñeca, así de estúpidas son sus “razones”. Y si detrás está cualquier religión, los subterfugios de siempre, allá ellos con su cielo o su paraíso, unos de palabras y hechos los otros, allí no estaremos nosotros. Para no molestar, una vez más.

Saludos, anónimo Lector.

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