-«¿Eres Tú, Satán?»

Ella,

Ella,

-«¿Eres Tú, Satán?»

La pregunta zahirió el aire en la habitación durante el mismo tiempo en que su respiración moría entre sus labios, para reaparecer de manera entrecortada de nuevo.

Al otro lado de la exigua habitación le había parecido escuchar el movimiento natural de una puerta, unos pasos afelpados y unos alígeros frufrús (y un intenso olor picante a Opium, de Yves Saint Laurent, el original, intenso y dulzón) pero no obtuvo respuesta… se cubrió con la escuálida manta que le acompañaba desde hacía meses en que ya dormía únicamente con las mismas ropas que le custodiaban desde que Ella satisfecha, anunció: no volvería nunca más.

Espió una réplica, que no obtuvo, decidió darse la vuelta, y aguardó…

Su cruda laxitud le impedía moverse, sólo fuera para recuperar la posición en la que aún el calor de su cuerpo había protegido a sus endebles miembros del frío de las sombras, de aquellas, sus noches enlutadas en que esperaba la entrevista, sabía que alguien vendría a la final de aquella prórroga en la sima pétrea como el somier cochambroso y sólo deseaba no acabar aterido de nuevo por un mal despertar, mostrando, así, la peor de sus efigies en la hora final.

Cuando ya el espejismo somnoliento dejó brevemente de inquietar en su envite traspuesto, se apaciguó y volvía a caer en la duermevela:

– «Soy yo Cariño…»

Bisbiseó no una voz que de gutural asemejó ser un silbido de un viento frugal que hollaría el aposento contiguo en su breve sortilegio.

Supo entonces que su primera apreciación era la correcta. Con tan sólo oír aquella falsa admonición.

Y esperó a que la estancia se abriera de nuevo y así manifestar, no ya su temor, sino certificar que nunca estuvo equivocado.

Se sentó en medio de la manta arremolinada para esperar la entrada de quien ya sabía venía con forma de mujer a recobrar lo que era suyo, y esperó, paciente y humilde a que la máscara de albayalde no osara penetrar de sus sospechas al cuartucho pero se oyó decir esto, antes de morir, o eso presumo.

– «Te esperaba, Satán, pero debo admitir que en contra de mis inclinaciones vienes vestida de mujerzuela de mercado y calles periféricas de mala nota, el mismo jaez que hoy yo mismo padezco y que son tan idénticas a donde te encontré. Pero siempre fui proclive a la salvación de los demás por obra de mi insensata piedad».

Saludos, Anónimo Lector.

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