Otro mañana cualquiera

Meditación

Meditación

Mañana acabará por concluir un ciclo, el último hasta ahora, de mi vida que ha durado catorce años. De pensarlo con detenido pasmo, me doy cuenta de que mi periplo por este lar de hollados pasos se ha dividido en ciclos de extremos casi exactos en sus tiempos, catorce, desconozco el sortilegio que me ha traído y llevado mis andanzas y cuitas en tales secciones, arbitrarias en principio pero de igual duración en sus alcances.

Mañana un ser ajeno a mi historia actuará de hierofante de una ceremonia contenciosa en la que la vida me ha emplazado, y deberá decidir sobre el resto de mis día, pero será breve, así lo espero y de ahí en adelante brotarán de nuevo los próximos catorce años. Los definitivos de vivirlos todos ellos. Después de ello una muerte en un rincón, recordando a todos los rostros, los conocidos y los peregrinos extraños que salvaron el vado del camino en los cruces inevitables de cuanto me sucedió en medio del aire opaco y pacato de tantos días nebulosos, y la respiración oculta de mis neumas siempre desapercibidos para los demás, ellos y vosotros tan seguros de conocerme, de saber quién soy, de qué pie cojeaba en mi edípica andadura turbada y el valor de los hoplitas antiguos como recóndito apego en el segundo ciclo de mis catorces años…les será una más de mis rarezas.

No saldré, vivo de ésta nueva coyuntura, no con la anterior forma, anodina ya de por sí, seré entonces una cosa informe, guañil y atizada y desde mañana llevaré una existencia gris, de lutos intangibles por lo perdido, gasas de tules infames con las que gesticular quedamente, pues no otra cosa mi imaginación prevé.

Si Dios no lo remedia, mañana, seré uno más de una estadística, esa manera de desvirtuar la realidad con de las montañas de porcentajes inasibles y baladís, como columnas de maderas de los viejos tiempos, sustento de tesoros, en que los persas quemaron la casa de Atenea, y de allí al mármol, un traspaso rápido, y hoy las ruinas de aquella Acrópolis nos dicta como acaban los guarismos y sus materiales, cambian los modos, pero no las intenciones.

Ahora veo mis estratos en el corte trasversal al que hoy someto a la memoria, entre capa y capa, el sabor agridulce separa las tortas como en una montaña de crepes, de tortas finas o groseras, se entremezclan los amargos quites de quienes se empeñaron en que mi particular corte geológico se muestra ante mí, visión de sedimentos perfectamente alineados. Y que ya apenas distingo por mi astigmática presbicia ya galopante. Pero es su presencia distribuida en firme latitudes de mi retentiva, la que hoy aguza mi sentido del tiempo, malgastado.

Angostas secciones o débiles finuras lineales se refuerzan para señalarme un día más de secreta indagación. Entre los catorce, entre la tríada, se alojan divididas ellas, y mientras no quiero reparar en las felices, ejercicio vacuo a estas alturas de estos días, sólo reclaman a mi esmero de maniático y disciplinado método de abatir cualquier lección que de ellas pudiera aprovecharse.

Volveré a ser de nuevo el niño asustado e indefenso, ante la inmensidad de los desiertos, de lo aún por edificar, añadir más capas de arenas y motivos de maleza a mi trasiego por el mundo. Un nuevo niño con recuerdos de viejo. Un viejo con piernas y brazos de crío, extremo éste que mis cabos acabados en miembros inarticulados, me atenazan una contingencia, hoy mismo, la esperanza de volver a levantarme. Estoy tan cansado, tanto como lo pueden estar los peces fosilizados a la espera de su descubrimiento, tal vez sólo sea aburrimiento y no me decida a reconocerlo.

Y no habrá ámbar que me soslaye de la caja en un museo, ataúd de cartón, que de no ser por su mala fama, tampoco es un mal fin, caja, ficha, y a dormir el sueño de los fríos afiches olvidados.

Al final, seré una de las miles de «ostracas» carbonizadas que un paleógrafo acabará descifrando con un mensaje dirigido tanto a los dioses como a los hombres: «¿por qué?», enclaustrada en barro y descolorida, aguardaré silencioso a que me encuentren, en el último cajón de un museo provinciano de una región remota, como la que hoy siente mis pisadas sin rumbo.

Ayer llovía, y hoy volverá a hacerlo, el regato que pasa por delante de este mi hogar transitorio, bajaba con un caudal inusitado para esta época del año, las aguas sucias de limo de antiquísimos sedimentos, rasgos de otrora naturaleza lugareña, tierras llenas de historias de guerreros valientes, de doncellas enclaustradas y de pastores y arrieros al cuidado del ganado de un Hermes enmascarado, de duendes y hadas desolados, de brujas simplonas e incautas y de herejes impertérritos al sacrificio, me brindaron los recuerdos térreos de ya el polvo de sus emolientes lodos, y al verlos pasar diluidos ante mi ventana, recé para ser pronto uno de ellos, una grano desgarrado más, el más endeble y resoluto mezclado en la pavorosa corriente que lleva a la mar… Al Mar, como aquellos diez mil huyendo, para terminar peor que cuanto su empresa prometía: «¡Thalassa, Thalassa!», me oí musitar, y recordé lo afectado que puedo llegar a ser.

Pero la esperanza es más fuerte que mis inclinaciones, y eso, sin duda es lo terrible, por necio y simple, por estar o ser, en suma, seguir vivo, y todo por ser éste, un hábito social y mundano, es decir, de lo más vulgar.

Saludos, anónimo Lector.

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