…el milagro cotidiano.

Pecado

Siempre he creído, firmemente, y en contra de toda moderna evidencia que todo, desde el menor gesto inapropiado hacia el prójimo o la más excelsa de las muestras para con ellos, tienen en esta desabrida vida una dimensión moral. Una especie de proyección que cada noche uno debe colegir en la bataola con la que todos batallamos cada noche, en ese instante impreciso y corriente que es cerrar los ojos y al socaire del sueño cercano, nos obliga, o debiera a hacerlo al preguntarnos, qué mal, cuántos daños gratuitos, en qué no estuvimos en la medida de lo justo o cómo pudimos decir aquella grosería, sin inmutarnos, en fin, aquellos, inmensos o nimios gestos que tuvimos para con los demás, cuya única culpa fue tropezarse con nuestra conciencia aplazada.

Debe lo anterior sonar a eso que una vez todos los niños de mi generación conocimos como «examen de conciencia» y así es. No le dé más vueltas el lector, pues es eso y no otra cosa. Hoy en día es un desusado ejercicio que sólo deben practicar mendicantes de santidad y ocasionales testigos de su propia índole humana aspirante eterna a ser mejores, esa creencia tan griega de la «paideia» socrática.

Cada vez que no estuve bien, que no fui bueno, que me dejé llevar por el río de la invisible monotonía de la nueva moral, un escalofrío me recorre la espalda y de no ser por el cansancio, no dormiría más allá de unos breves momentos, los justos para levantarme corriendo a la ventana y gritar, pidiendo y rogando un perdón escuálido que bien sé no alcanzaré en esta vida.

Cada vez que no estuve de parte del débil pesaroso, que me ausenté del lado de lo correcto y naturalmente compasivo, en forma de cobarde idiocia, todas y cada una de esas ocasiones fueron, luego de recordarlas, motivos de dolor, espinas de coronas de sal crédula, como lo es no poder obedecer aquellos designios a los que la verdadera bondad obliga y en esos móviles instantes se perpetua la culpa, para arrollarme de nuevo, años después, como si en verdad, el mal se grabara en piedra y ésta cayera des de un alto cúmulo cada noche sobre mi frente incorpórea, hecha como todas de la testarudez del olvido utilitario; pero la mía, para mi desgracia es de cristal, y refleja y soporta cada una de todas aquellas ocasiones en que, humildemente, no fui bueno.

No es una aspiración a ser mejor que los demás, es la sensación inocente de saber que uno puede ser mejor, siempre, sin muletas éticas ni coartadas impertinentes que llevarse a la boca sin los dientes de la excusa, esa bagatela de oropel tan útil hoy en día. ¡Cómo aceptamos ser como somos! Sin imaginarnos distintos, diferentes, y sin embargo, si no excelentes, al menos no tan sumamente necios. Somos melodías de una canción eterna, de la que la humanidad conoce desde siempre sus notas, pero que cada época ejecuta de maneras tan harto distintas que se diría que van de la monodia honorable a la polífona miseria insensible, tras el escudo de la dodecafonía mezquina de ser tantos los cantantes…y en ellos, arroparnos, para desapercibidos, seguir fingiendo.

La vida trascurre entre ser y elegir ser, Lázaro de Tormes o aquel otro, el Lázaro evangélico, con la renovada concurrencia de ser mejor, por la gracia de lo humano, no por redivivo, cosa de dioses sin mayor importancia, sino por esa inopinada virtud de la encrucijada de poder elegir nuevamente. Y en este tiempo dadivado, la correcta. Ese, y no otro, es el milagro cotidiano.

No quiero seguir con esta perorata, a todas luces, desfasada e impertinente para con los demás, no es a ellos a quienes se dirige, en estas horas de tránsito y a la espera de cosas que por ser muy íntimas, a nadie más que a mí me importunan.
Perdóneme el lector haberle traído hasta aquí.

Solamente una cosilla más, una, sin importancia:

Hoy todo es una sempiterna disculpa en el humor. Ya no hay más maldad que la ajena. Cada uno se consuela en que no somos malos, sólo «graciosos». Y esa es una lástima aquiescencia a la que yo, personal y tontamente, no encuentro ni puñetera gracia.

Saludos, anónimo Lector.

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