Todo ardid acaba por salir de la cueva

sirenida

En el sueño arribé a la playa cayendo desde el brumoso cielo, y si acaso un poco por mi levedad y algo más por mi impericia, caí enfrente del escollo de rocas argentinas que parapetaban los esqueletos que allí se amontonaban, como panoplias de efímeras contiendas, deslavazados los óseos ingredientes de otrora cuerpos que saludaban la mañana con plegarias y despedían la noche con otras no menos piadosas jaculatorias a los dioses siempre celosos de sus prerrogativas, comprendía que eran los predecesores, de mi ya preclaro destino, ser alimento de las madres putativas de gaviotas marinas como de otras aves menos melindrosas en lo que al nutricio sustento se refiere, que el peor desliz de la divina inclemencia dejó transitar por aquel mundo hoy ya olvidado; no por mí todavía, pues allí estaba esperando como anclado en las estrecheces de aquel minúsculo golfo de perfidia sin nombre en el que del cielo aciago había yo descendido.

El canto de la única sirena superviviente me enajenaba, clavado se diría, en aquella estreches de osario macilento e impedía el mecer siquiera de mis cabellos, por el rigor de sus notas y el horror de mis atenazados miembros, sentía que el fin estaba próximo, sin calcular que ella tenía reservada otra recepción menos directa ni sutil que la que ya imaginaba yo por los cantos de anteriores sacrificios que escuché en boca de marineros tan impíos como yo en apariencia por mor de no escuchar atentamente, o por la fatalidad de no saber con quién había tropezado.

No quería devorarme tan enseguida como su instinto la exigía e impelíale a saciarse nada más llegaran las reservas, debía antes hacer de mí uno de sus escasos solaces en aquella isla aborrecida que no por no señalada en papiros cruciformes en su urdimbre, no eran ignotas en los puertos de donde, de vez en cuando, las naves de proas azurinas se acababan tropezando, merced a vientos obligados por las Moiras juguetonas de un ajedrez impertérrito, conducía a las naos por los inmediatos oleajes que tenían como único sortilegio allegarlas a las costas de las aves humanoides cantoras. Ya sólo residía una de cuyo nombre es necesidad no mencionar no fuera, por algún atroz embrujo, que se despierte de nuevo.

Atado me sentí por correas o maromas de telúricas ponzoñas trenzadas por arte de las abominables mañas, y así delante de su faz comprendía mi fin y rogaba sin despegar los labios violáceos a todas las deidades de las que alguna vez tuve noticias perentorias que acabaran ellas, transitorias pero eternas alguna vez, con mi vida; y fuera mi cuerpo silencioso ya comida del festín añadido a aquellos otros montones de huesos impecables en su amarillo pestilente de los que en el suelo se separaban acaso unos hollejos, antaño pieles y cueros sin distinguir animal o humanidad en sus hedores ni géneros, siendo yo ya de uno de ellos, tal era la visión de aquel museo inopinado ante mi testa en hinojos, creyendo que no así, de esta guisa de implorante era una forma de solicitar la rapidez de aquella inmolación de mis propias carnes y calcídicos resortes.

No contaba mi inexperiencia con los ardides de quienes tienen al amparo de su parca naturaleza de ambigüedad moral y carnal, mixturas de indolencias y contrariedades formales, que se aburren como seres inicuos, a todos ellos les sucede, y de su aparente flema de tintes iridiscentes como sus plumas no muy limpias, la sirena se dedicó a limpiarse los dientes que lucían mocedad en el eje de su cara de Koré, esculpida con la industria de los muertos cinceles y corrosivas piedras, tal que se aproximaba y ya no cantaba como lo hiciera para atraerme ¿para qué?, allí me tenía, y yo rezaba, sin mucha convicción.

Si bien no hacía otra cosa que mirarme con sus ojos lábiles de palpitaciones de doncella combinada en atroz suerte, y con su atención descendían mis temores, y se alzaban las inicuas proposiciones en sus parpadeos, no quería alimentarse, parecía insinuar, ahíta ya de tantos restos infortunados, y se diría que su plan era harto diferente del que se canta en dáctilos llanos en el que sucumbieron los que aquel día eran las cerros hasta donde alcanza la vista un osario mondo de toda humanidad.

Quería desposarse con la vaga intención de escapar a tan sanguinaria y esplendentemente mediterránea soledad…En el otoño apacible, deseaba ser de nuevo parte corpórea completa y uniforme de sus viejas aspiraciones, y para ello ya estaba columbrando maneras y modos de conseguirlo, en su artificio melódico adivinaba yo, que empezaba a comprender su elección, una jaculatoria de miserable egolatría de mascota etérea hostigada y aburrida por la molicie perpetua de alimentarse entre esquistos pétreos de tanto empeño como el que extendían sus artimañas arteras, con la carne de sus pobres nautas arribados a las costas, nunca bien explicadas por aedos displicentes.

En mi ensoñación concupiscente para ella y mortal para mis adentros, sabía que sólo eran violones orquestados para argüir su defensa perentoria de no ser más que fábula, no más que una más de las jácaras medioevales y corruptas por tanto, ofrecía yo, entonces, mi osambre descarnada para que me soltara y ella oponía su testarudez de mito incierto y vagamente me revolvía yo entre las cuerdas de una jaula meritoria de sus hazañas antiguas y mis pobres arrojos como suerte de querella final ante ella, la Sirena, la última de su horripilante estirpe, prosapia de inefable recuerdo.

Todo ardid acaba por salir de la cueva que lo ejecuta vocalmente, y desperté. Salí al fragor de las chicharras recién nacidas de la solitud invernal y grité con las escasísimas fuerzas que atesoraban mis pulsos un sordo anuncio, no lamento sino juramento. «NO. No» repetía en cantinela de oración postrera…«Nunca más, me dije».

Me miré al bruñido solaz infernal de un espejo improvisado en el cristal de mi ventana y dije sin más recuerdo que la sal y la hiel en mi garganta, «Ya me devorasteis una vez, mi querida Señora». Opuse así la cruda verdad a su antigua igualmente culinaria costumbre…

Salí al patio y exhalé un quedo rumor, plegaría última de mi tormento, fútil traba a su jerga de gran sicofanta: «adiós, adiós, Sirena, y yo que te hubiese perdonado todo, (¿todo me dije?), todo menos la traición…» y fue entonces cuando un hada benigna roció mi frente con la lluvia salvífica de la escancia feérica de las mejores despedidas, lágrimas de reptilíneas sendas, me dije, pero lágrimas purificadoras, al fin y al cabo.

Saludos, Anónimo lector.

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