De la decrepitud.

Decrepitud

Decrepitud

Decrepitud- Dice su segunda acepción 2ª, pero no del RAE:
“Estado de extrema decadencia o deterioro de una cosa”. Para los latinos era el sonido seco que hace una cosa al romperse (crepare) con el sufijo de-, significaría en apariencia lo contrario pero hoy sabemos todos a los que nos referimos cuando usamos tal término.

No suelo desde hace años mirarme al espejo estando como Dios trae al mundo a los Hombres, humanidad desnuda en estado larvario se diría, de tenue imprecisión morfológica, así lo comprobé cuando asistí en el parto de mi único hijo. Al verlo pensé en la «Metamorfosis» de Kafka y en que me correspondía invertir el proceso; hoy aún después de tanto tiempo no sé si lo he conseguido, pues era su alma imperceptible la que debía en primer lugar reconducir por los caminos de la «areté» clásica. Es al día de hoy, reitero, que dudo seriamente haberlo conseguido, pero como en todo, no contaba con la influencia astral de su madre y el efecto de marea sobre nuestro pequeño satélite, y en tal mecanismo de la física gravitatoria, que hace sufrir tensiones en los más recóndito de aquel ser nacido para la vida, cosas de no saber prever la realidad. Su vida, de la que me han apartado por imperativos de la moderna forma de entender la libertad, es hoy una mirada al cielo en mi registro cotidiano, buscando la estrella que lo ampare.

Cuando por azares de la medicina, tuve que mostrar mi cuerpo no hace mucho, observe aterrorizado cómo había llegado a mí la decrepitud de la que hablo al inicio de esta fábula sobre el desvío que ha tomado mi constitución corporal, y con mirada desahuciada ante lo que vi, no pude dejar de reparar en los kilos que me han redondeado, yo que era famoso por mi extrema delgadez, ya hace años que dejé de ser lo más parecido a un Kuros arcaico y he pasado a ser parte de la maldita estadística del sobrepeso. Bajo la piel de mis piernas asoman unas arbóreas ramificaciones tan azules que avisan de nuevos trombos, mi abdomen ensanchado, pareciera que un buen día tomará la decisión de escapar e iniciar la vuelta al mundo en globo de ochenta jornadas o tal vez se eleve al confín menos denso de la capa de los gases sin aire que son hoy mis propios desvíos y que suelen llamar ionosfera, y que debe acoger las señales de este texto si lo enviara por radio…

Mis hombros cada vez ceden más al peso de mis pecados, no otra cosa nos encorva, si acaso la soledad, y la cifosis es hoy la parábola de mi deambular por territorios donde la memoria en su tránsito y erguida ha sido ya vencida. Mi rostro se asemeja a una máscara de piel de cabra hinchada con el propósito de surtir de escaso reflejos o emociones a quienes me miran con asombro si hace años que no me ven, cosa no muy rara, dado que rehúyo el contacto con los humanos, pero nadie está a salvo del pasado… Menos mal que nunca he sido partidario de hacerme fotos, registros que hoy serían la prueba más cruel de que todo es una sempiterna caída hacia el fango viscoso de las carnes y los humores que ni el mismo Dante hubiese sospechado con tropezarse; provisto de la decadencia de los viáticos originales que nos fueron dados al nacer, hoy soy una cosa que respira, fuma y actúa, come y bebe, metaboliza, en definitiva, su destino sin asimilarlo y se esconde tras las palabras, nunca bien explicadas ni exégetas de las verdaderas huellas de este hundimiento.

Mis cabellos ralean y se tiñen de blanco sin ton ni son, y del mismo modo mis escasos vellos faciales han tomado la nieve sucia como modelo para salir a las puertas de mi mentón, precisamente aquel que se ve en primer lugar cuando he dejado de rasurarlo por la pereza de la edad.

Mis dedos artríticos toman ya rumbos fugitivos. Tantos como son la escritura misma de mis quejas, no otra cosa pareciera esto, y sin embargo no puedo evitar registrar que un día fui normal, a ojos de unos pocos bello y a la mirada del resto raro, pero ello no ve en menoscabo de cuanto digo, pues nadie sospechaba que mis costillas flotantes nacieron al susto de la vida demasiado separadas de sus compañeras y yo siempre me guardé de mostrarlas, huelga explicar que odio playas y piscinas donde pareciera que es obligatorio despreciar el pudor que siempre me atenazó como lo hizo la imprudencia de no verme como realmente era… pero el Amor nos trasmuta en estatuas de mármol panatenáico a los ojos del Amado, y eso, sí que nos apacigua de temores infantiles y de complejos adolescentes. Para bien y para los males que la madurez se encarga de no asomar prontamente para no molestarnos acuciosa.

Nunca he practicado mas gimnasia que el trabajo, luego no debería quejarme, pero no lo hago realmente, en mi cuerpo y su titubear constante, como si nunca hubiese decidido acabar en un carácter justificable a su propia historia se ha desparramado por los caminos menos amables a los ojos de los demás, pero ellos por suerte no tienen que sufrir su visión como yo podría hacer cada día, y que no concibo como hábito ante el espejo: ese invento del ángel caído y de la luz, no siempre tan buena como nos hacen pensar su cualidades a priori.

A cada poco voy notando que mis ojos perdieron un poco más de agudeza, nunca la tuvieron por completo, y me asusta pensar que lo mismo hacen las circunvoluciones de mis sesos y creo estar cada día más dominado por el sistema límbico más arcaico, siguiendo más abajo…Volver a ser reptil, dejando que el tronco cerebral y sus dominios acabe por dominarme del todo…y dormitar la sol, esperando tener suficiente calor para ir al río…abrir la boca y sentir esa calma sustitutiva en mis dientes y escamosas partes encajadas, o correr cual lagartija a esconderme de los dragoneas persecuciones de los pies de cuanto pueda aplastarme.

Ser tan pronto una ruina sin haber cumplido el medio siglo es la parábola perfecta de cuanto soy y será; la medicación me ha sufragado en mis temblores, en mis dudas, en mis conspicuos sustos y parcas alegrías, dolores que sufro sin pensar en ellos, pues narcotizado como ellos me tienen, cada pastillita es un recurso según la farmacopea modernísima, paseo por la linde del muladar ya tan cercano en el tiempo que me queda por vivir, tan sólo ya no me detiene nada en el avance inexorable pues mi cuerpo ha decidido tomar su particular rumbo, y a mí con él.

Mi alma no se resiste, pues ella, la más menuda entre las tantas que se pueden obtener en el mercado de la gracia milagrosa se halla pegada al miserable despojo que la contiene, no por fe, no por ser incapaz de rebelarse, sólo por la piedad que un día, mi triste cuerpo, como un destello lejano, me otorgó al ceder al Amor que me hizo Hombre.

Saludos, anónimo Lector.

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