De mi Madre… esa última estrofa,

Amor

Hoy mi querido Lector anónimo, amable visitante de esta mi pequeña bitácora que desde hace ya mucho tomó el zarandeo de la deriva de un mar embravecido por esta vida que me sacude a poco rato, con la galerna propia de las desgracias que por domésticas no dejan de ser el clima y el tropos que mejor describe mis idas y venidas por estas entradas, a cada cual más íntima como criptica, pero no obscura para quienes saben «leer mis letras», como dice mi amiga Ana, no lo es, no les resulta una vomitorio deambulatorio por donde asoman todas mis últimos lugares llenos de escarmientos de los que no aprendo nada, cosas de escribir sobre uno, buscando la expiación, y encontrando sólo desconcierto y vana vanidad.

La tempestad no amaina, y mis ramales sinápticos, sobreviven, pero antes de ayer, esta estúpida vida del sueño de los idiotas y canto de los locos egregios, como diría aquel genio de Albión, se tornó más injusta que todavía sigo en un ajetreo del que no sé cómo salir, a tumbos caminan mis pensamientos y bandazos emocionales desde las palabras, hoy ya un tanto remotas en su marco, pero gravadas a fuego infernal en mi corazón, calígrafo terminal de mis rarezas volitivas, y clavó mis pies, por no poder crucificar como sería lo debido, esta suerte del verdadero dolor que una noticia, un diagnóstico sobre el ser que más quiero, necesito y amo sin reservas en este mundo, mi Madre querida, recibió, como llegan las tormentas, sin avisar, como suele ser la vida moderna, bajo unos fluorescentes, en una salita abarrotada de afiches de alquimistas, con ese color verde pálido y sucio, pero que quieres ser consolador e higiénico y que Ella, mi Madre, escuchó sin mucha atención y yo recibí como una respuesta a todas las preguntas; sí, en efecto, era la inopinada demonstración matemática que no quería ver, y sin embargo ahí estaba, delante de mí en forma, ya lo he dicho, de un diagnóstico atroz sin paliativos a los que sobornar con las perlas ácidas de las excusas que ingeniamos todos en tales momentos.

La vida está llena de malas noticias, está en su propia avance, como una daga afiladísima, ésta en particular atravesó mi corazón, evitando los huesos de las falsas esperanzas, hasta llegar al mismo, que en ese momento epifánico determinó tomar el control, aún herido de muerte, mi corazón derrotado en apariencia se reveló como la única de mis consistencias entre tantas entretelas que determinó asumirse como mi motor perpetuo, pues esa otra, tan alabada y endeble, mi conciencia, se desdibujó, huyendo cobardemente a las regiones del tópico y como jamás soporté tales deserciones, apreté mi pecho, no para contener la herida, sólo en un intento para soportar definitivamente el futuro, su dolor venidero y mi papel en todo este nuevo acto de la tragedia intermitente que supone luchar contra el coro siempre tan optimista, ya por tradición, ya pesimista, por natura del poeta, y saber que los finales, como ya lo conocían cuando el mármol más bello cubrió la Acrópolis, que todos los espectadores, prevemos como niños en un juego cotidiano, el Final, esa última estrofa, que nunca se esconde ni se retrasa, aunque lo parezca.

Ese es el verdadero frontispicio de mis palabras, saber cómo acaba todo y aún así…

Mi Madre, todas las Madres, todas las mujeres con todos su hijos, todas las Madres que en el mundo han sido, son hoy mi propia madre. En ella se replica la maldad con la que la mundana avaricia con la que se comporta la Vida, y sus malditas tonterías evolutivas, es hoy la Madre de todos nosotros.

Quien crea que exagero es que no ha conocido el Amor. EL Verdadero, no el postizo que practicamos artificiosamente por la inercia del aquél, el materno, que nunca es suficiente, y en cambio colma y calma y nos descansa en su regazo, ese colosal saber cómo consolarnos, cuando la vida y sus secuaces mentiras nos emboban.

¿Exagero? No lo dude el Lector, pero habría qué conocer este mi lector anónimo a mi Madre, y ella sabría resolver, no ya las dudas, sino la certezas de la fe en este axioma, que todos deberíamos ejercer sin fisuras, sin desaliento, sin descanso: Madre no hay más que una, y ellas lo saben, que a nosotros se nos olvida tan alegremente… He caído en el tópico, vulgar de lo popular, y ¿saben qué? Que me importa una higa. Soy el hijo de pobres, y no me avergüenzo. Y todo por tener la Madre que tengo.

Mi Madre, fue privada en su más tierna infancia de padre, madre, o hermanos, huérfana absoluta de tales protecciones, andamios de su misma niñez, sostenes ante la angustia de tantas injusticas y descalabros, y el sufrimiento acechante… así se las gasta esta vida que llamamos existencia, de ahí que sienta por sus hijos y nuestro padre, un amor más allá de toda razón juiciosa, además, esa misma cosa que llamamos biografía, le privó en un accidente, curiosa forma de llamar a la desventura más infame, de la vida de mi hermano José Luis, tenía sólo 12 años, cuando le fue arrebatado, a Ella, y todos nosotros… Aquello pasó hace ya tantos años…Nunca, desde aquel día malhadado, fue la misma, y miraba al Cielo, y decidió qué no había Dios, no podía existir, reconvino, un ser destinado al parecer a hacerla sufrir tanto, tanto, tanto…

Ahora, hoy comprendo, pásmese el Lector, las guerras y otras atrocidades, si a ellas se iba para defender el hogar en el que las madres esperaban pacientemente desquiciadas el regreso de los hijos combatientes, hoy mismo partiría yo a una contienda, formando parte de una mesnada de pretéritos soldaditos sin aplomo, pues me conozco, a defender en batalla a mi Madre, pero mi combate, es hoy otro muy distinto, la Enfermedad, ese mal tan de nuestras sociedades de falacias argumentales, me convoca con el sonido de las trompetas barrocas y la tierna cadencia de un coro polifónico, cursi de nuevo, pero no dude el Lector al leer estas nimiedades, ya llevo toda mi panoplia conmigo y me dispongo a ir al frente, y no regresar, allí batallaré con la única pero la más grande de las enseñanzas de mi Madre: El Amor.

Con él, no he de vencer, pero al menos, sabré que al lado de mi Madre y la refriega de su misma vida, (la de todos nosotros, mis hermanos y mi padre) de hoy en adelante…con el Amor, canto de nuevo, todo si no se reduce al enemigo invisible, al menos, se resiste y eso, querido Anónimo lector, no es poca cosa.

Hoy el mañana es obscuro, pero siempre lo ha sido. Cosas de no estar en lo alto de pirámides ni templos, pero en la base de todo monumento se inscribió la enseñanza primera de mi Madre: «EL AMOR VENCE A LA MUERTE», su ejemplo así me lo demostró, y desde entonces, aprendí en qué consistía la Vida. Nada más y nada menos.

Saludos, Anónimo Lector.

Coda: Siento de veras parecer tan melodramático, pero qué se le va a hacer. Así son «las cosas»

Texto de esta maravillosa canción

Es la última rosa del verano,
que solitaria queda floreciendo;
Todas sus adorables compañeras
Han marchitado y se han ido;
No hay flor de su linaje,
No hay capullo cercano,
Que reflejen su rubor,
O devuelvan suspiro por suspiro.

No dejaré que tú, solitaria!
Languidezcas en el tallo;
Ya que las adorables duermen,
Ve tú a dormir con ellas.
Así yo esparciré, suavemente,
Tus hojas sobre el lecho,
Donde tus compañeras de jardín,
Yacen sin perfume y muertas.

Tan pronto como pueda seguirte,
Cuando las amistades decaigan,
Y desde el círculo brillante del amor,
Las gemas caigan alejadas.
Cuando los corazones sinceros yazcan marchitos,
Y los bondadosos hayan volado,
¡Oh! ¿Quién habitaría
Este mundo sombrío en soledad?

Una respuesta a “De mi Madre… esa última estrofa,

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