Haced una hecatombe de pacotilla

Eremita

Eremita

Uno debe pasar el duelo de «perder» a sus seres queridos con la elegancia irreprochable que se supone en las personas bien educadas, y como la deficiente educación formal que recibí no me lo permite, no así la de la vida, encarnada en un ser que llamo Madre, debo admitir qué, llegados a este punto, no sé muy bien llevar este dolor sin gritar dentro de mí con la furia de los locos, o de los eremitas hastiados de tanta penuria, sin más fe que la supuesta a tales ancianos todos alejados, como yo mismo del mundanal devenir, y por tanto aceptar, que si lloro delante de vosotros, no es grato para mí ni ha de parecer ante testigos sino otra cosa que la desesperación de la que hacer un canto íntimo, y sin embargo compartido a través de estas letras.

Debo aprender a vivir ya en esta cueva de negrura impenetrable, si quiero despertar mañana. Sería tan fácil desparecer, pero no debo, ni puedo. A lo lejos imagino un navío, surca el mar que a tantos tragó, por ser padre de reveses furibundos, pues así se las gasta el malhumor divino y quisquilloso de seres que llevamos dentro, no es, por tanto, el agua quien nos mata, es nuestra tendencia a dejarnos ahogar por nuestras propias lágrimas, bien sé que sin sal, el agua solo es el caldo de la vida, y por ello, dejemos que cada dios haga su trabajo.

Nunca más pondré el pie en una playa que desde aquí diviso y que sólo me trae los restos de un pecio aún por sucumbir al hundimiento final, se llaman recuerdos, no los quiero, ahí los dejaré para alimento de gaviotas, que no han de ser ellas menos que los lindos frailecillos que no comen precisamente algas, y entre éstas últimas haré una gran hoguera si se secan alguna vez con el combustible de mi olvido, tal que arda como lo hacen los viejos muebles de madera victoriana, ellos no menos bellos, y sin embargo tan “demodés” como yo mismo. En sus volutas y torneados perfiles descubre el alma los vericuetos del afiche que se encarama como nadie ante uno, sí, el espejo, atroz diciente de lo que no sabemos ignorar, a nuestra vera, ya de perfil, ya de frente, él pulido exclamatorio de voz queda, y en él yo, fatigado, no, casi muerto, no cesa de recordarme la muerte de lo que fue una vez una vida.

Hoy es sólo su testamento sin cumplir, por ser éste prolijo en oquedades que aún pensaba iluso en completar con la mejor de mis voluntades. Las más puras por no haber sido siquiera perturbadas por algo todavía, como el neonato que se supone participa de nuestros deseos más sinceros, así, con todo por delante, lo bello o lo terrible, así imaginaba yo llenar los días que nos quedaban juntos, y de tal manera, sin pensar en las noches, ellas siempre prestas a la traición, llegó una, solamente una y todo fue este naufragio de vaivenes inverosímiles de poder narrarlos.

De retamas de saldo y de salitre se llenó aquella noche con sucias palabras la parte menos ingrata de cuanto hasta entonces yo creía. Y yo profesaba inusitadamente con fe inverosímil, no de converso, peor aún, de traidor, perjuro de mí mismo. ¿Pero quien no es alguna vez impío? Si ese fue mi pecado, lo confieso, fue por debilidad, la misma que hoy no sabe salir de esta rayuela de grafías desdibujadas por el mirar absurdo de no verlo, ni ahora ni entonces. Nunca supe hacer feliz sin perderme en ese trayecto preñado de deserciones sobre mi propia sustancia, que ni mejor ni era, ni otra, tenía yo, no heredé nunca la desidia de no hacer posible las mentiras que uno se cuenta para no perderse del todo. No lo hice con mala fe, lo juro, pero hoy ya no concibo peor error, ni más infausta cautela o imprudencia.

Con las manos voy acechando una forma de sortilegio que me permita llegar al otro lado de la playa, los escollos son míos, las arenas, las palabras negras que destilo en cada línea, y voy y vengo, y ya no veo el cielo, desde esta gruta en la que me encuentro, me hallareis si unas huellas de barro seco quedan aún la deslizarme fuera, alguna vez, sólo alguna ocasión de respirar algo que no sea mi hedor de culpa sin más peste que la misma del héroe que no podía soportar la ausencia de su amado. Y no hay versos que me consuelen, hasta la hojarasca arde con pobres ceremonias de chispas y pavesas que al ir a morir contra los muros de vuestra indiferencia, la tuya y la de mi hijo, parecieran escribir una sola palabra «FIN».

Haced una hecatombe de pacotilla cuando mis huesos ya amarillos, ya pálidos, ya secos del todo, os sirvan para haceros mondadientes de justificativas rémoras de excusas y de recuerdos infames, de no poder ser ya otra cosa, Tú, la Sirena y el pequeño tritón, ya desenmascarado, hacedme este último favor a quien desde aquí ya sólo espera el postrer desquite, serviros de almuerzo y desearos buen provecho. Bien sé que mi pobre cuerpo, y mucho más mi alma, no son más que el fruto de mi estólida miseria, acre y magro alimento, pues…

Saludos, anónimo Lector.

Una respuesta a “Haced una hecatombe de pacotilla

Comente, que algo queda

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s