….las estrellas eternas, también son fugitivas,

las estrellas eternas, también son fugitivas,

las estrellas eternas,
también son fugitivas,

«Fluyen, fluyen olas odiosas,
infaustas, adoradas,
las olas de la mutación:»

No es que pase del mundo, es que el mundo pasa de mí. No es que no me interese cuanto sucede, es que a nadie le importa lo que yo piense, es más, no me importa ni a mí mismo, convencido como estoy de que si alguna vez me dejo llevar por las noticias y de ahí extraer alguna conclusión es producto de la efímera persistencia idiociática de que a veces es necesario opinar.

No veo en esos momentos lo simple de mi actitud… pues inmerso en la vaguedad de la verdad noticiada, uno se siente parte del grupo, del gentío, y al final de una masa que pasa a mi lado sin percibir que el mal, el oprobio o la felicidad o sus simulacros, no son cosas que uno pueda describir, ni acaso juzgar. Pero hablamos, escribimos y nunca antes como hoy pareciera que es una obligación dar una versión del mundo en «tiempo real», curiosa expresión, y por esto, pasarte el día entre «trinos y likes» que se van sepultando a cada día transcurrido formando una pirámide cuya base será la multitud de sentencias ayer en la cima y hoy basamento de argumentos ya baldíos, ya pasados y fenecidos en el estrépito sordo de tantos razonamientos, ya fueran chistes, gracietas o burlescos memes pobremente hilvanados. Pero nadie se resiste el ingenio.

Cómo si con ello se fuera a solucionar algo. Debe ser creencia común que en un estado de opinión como lo es la democracia, la opinión pública de la misma, en tiempos como estos, es un arma, cargada de no se sabe muy bien qué tipo de munición, pues las palabras matan, como bien saben los condenados, no sólo sustentan la gloria o el infierno, en ellas, y en sus usos, asistimos, pues, al gran festival de la famosa opinión Pública.

Ya desde tiempos inmemoriales, las ostracas o las inscripciones entre los muros de un foro de una Pompeya como tantas hubo, nos indican esa necesidad de dejar constancia del ser en el estuve aquí o simplemente, escribir una maledicencia sobre aquella dama que nos burló con sus velos levemente revueltos…

Comunicarnos, ¡AH¡ ese gran mantra, como gustan decir hoy los gurús…otra pertinaz bobada de palabras.

«Sabedlo, aquellas estrellas,
las estrellas eternas,
también son fugitivas,
y emulan, abovedadas,
el fulgurante relámpago
y el vuelo de la luciérnaga.»
Decía Emerson abriendo en Ilusiones, como los versos que inician esta entrada, en su último capítulo de The Conduct of Life, estos versos, mejor o peor traducidos.

Tendemos a pensar que hay hecho y noticias “estrellas” y otros ingenuamente “luciérnagas”, pero ambas son luces, mortales, la del astro que vive a millones de años Luz y el bichito que perdura un verano, si lo consigue; en mí, ambas, hoy son iguales, dramas que debo deshilvanar dentro de mi propio ocaso. Voy apagándome sin remedio mientras pienso:

Vendrán tiempos de paleólogos del esto del internet y acabarán por desechar casi todo. Y si no, al tiempo.

Saludos, Anónimo Lector.

Coda: «Este libro lo halle entre los papeles de mí padre Miron, los cuales pasaron a mí a su muerte. Supongo que debe de ser la obra de mi abuelo Alexias, que murió repentinamente mientras cazaba, cuando yo era aún niño y tenía cincuenta y cinco años. Lo he atado tal como estaba, pues no he conseguido hallar más. Si mi abuelo llegó a terminarlo, no lo sé.

ALEXIAS, hijo de Miron, ifiarca de la caballería ateniense para el divino Alejandro, rey de Macedonia, jefe supremo de todos los helenos.»

Mary Renault, Alexias de Atenas, Del original «The last of the wine», 1956.

Este es uno de los finales de uno de los libros que por razones que no vienen al caso más me gustaron en su momento, y todavía lo hacen.

Al final, la ficción es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

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