«Diono, mi bien, mi amor, mi vida entera», In Memoriam

Memento Mori

Memento Mori

«De pronto, como si lo impulsara un recuerdo, bruscamente, hizo girar el busto y miró hacia la orilla por encima del hombro. El contemplador estaba allí, sentado en el mismo sitio donde por primera vez la mirada de aquellos ojos de ensueño se había cruzado con la suya. Su cabeza, apoyada en el respaldo de la silla, seguía ansiosamente los movimientos del caminante. En un instante dado se levantó para encontrar la mirada, pero cayó de bruces, de modo que sus ojos tenían que mirar de abajo arriba, mientras su rostro tomaba la expresión cansada, dulcemente desfallecida, de un adormecimiento profundo. Sin embargo, le parecía que, desde lejos, el pálido y amable mancebo le sonreía y le saludaba».

Este fragmento es el penúltimo párrafo del final de «La Muerte en Venecia»

«Sonreía» Siempre juzgué a Tadzio de una manera harto cruel. Cosas de haber vivido cosas parecidas pero con final tan dispar que siendo paralelos los asuntos de la historia del mancebo polaco y la mía propia y la de mi particular Aschenbach, nunca concebí que sólo sonriera. Todo al fin se reducía a una sonrisa final, con el sol de espaldas y la luz del desgraciado enamorado cegándole ya en pos de una muerte irremisible. ¿El triunfo de la vida y la belleza? Tonterías.

Consideraba que el bellísimo, aunque ello fuera en gustos, Tadzio se imponía sólo por su belleza y de ahí su comportamiento, mientras que yo debía jugar con unas cartas de cuya naturaleza, no ostentaban precisamente las mismas ni en la beldad ni el misterio, sólo tenía mi parca inteligencia y mi bondad para con el amor que como un último aviso, tan prematuro sin embargo, arremetía en el bancal de mis diecisiete años, en los ojos de un profesor que al contrario que Tadzio, era él, en su madurez, quien me sonreía. Y yo no podía permitirme impavidez, ni indiferencia; será que la vida es a la literatura el simulacro efectista que siempre nos seduce con sus finales ya trágicos, ya melifluos.

De poder escribir aquella mi historia se titularía «La Muerte en Salamanca», pero sería tan diferente que carecería de la supuesta elevada profundidad a medio camino que Mann no se atrevió a declarar por escrito, no obstante no es un juicio éste de crítico literario, tan sólo las apreciaciones del recuerdo personal de una vida que si bien tiene concomitancias reales con la novela de Mann, el final no pudo ser más heterogéneo, en los hechos y en su coda, que aún perdura en mi corazón.

De los catorce años que compartí mi vida con mi profesor, mi Dios, como me gusta llamarlo después de tantos años, siete, la mitad de la virtud, los pasé cuidando de su supervivencia, aquejado de una enfermedad que acabaría con él y conmigo, nunca me separé de su lado. Y en todos los momentos en que el desfallecimiento parecía vencerme, con tan sólo recordar su primera sonrisa, todo se volvía afán, esfuerzo renovado y el empeño de conseguir un día más, una semana, un mes, una década que no pudo ser, en definitiva, lograr contra toda lógica que sobreviviera para ambos, así de egoísta es el amor que yo sentía, pues bien sabía que sin él, mi vida sería lo que después fue, una contienda absurda contra el recuerdo inmarcesible de su amor y nuestra vida en común.

Me olvidé de mí mismo para ser su sombra sanitaria a jornada completa, su secretario de su memoria sin descanso, su Erómeno, con mi pobre vello facial que rasuraba a conciencia y él mi Erastes, contra todo pronóstico que no se fijaba en tamañas simplezas. Éramos dos y uno, y lo sabíamos. Cosas de su sabiduría y de mi eterno aprendizaje a su lado, a la umbría de su espíritu libre de majestad magnánima.

Luchaba contra el mundo, no eran años de paz de corrección política y bramé en tantas ocasiones contra la maledicencia, la falta de vergüenza y la falta de piedad que se me secaron los neumas que inspirarían tiempo después estas palabras, pero nada podía vencer el amor que me levantaba cada día de la cama, y mientras colocaba un espejo en sus labios, ante su sopor de aparente desfallecimiento fatal, al ver o imaginar el vapor del hálito que tanto necesitaba comprobar…. Retornaba yo a vivir, por él y para él.

Cuando ya el final, el despojo de su última minucia de consciencia, cuando ya no me reconocía, cuando ya no era más que un cuerpo desterrando del mismo por un tubo los más reveladores desechos que los seres humanos dejamos embotellados para el propio escarnio del testigo, yo le hablaba, en la inconsciencia de que pudiera escucharme, por un milagro de los dioses que compañeros suyos, ya le habían abandonado. «Diono, mi bien, mi amor, mi vida entera», repetía en íntima oración y ulterior plegaria a media voz, en la estúpida esperanza de que él supiera que aún estaba allí, a su lado como siempre.

Hoy sé que él lo sabía, mi insistencia era producto de mi dolor, pero no imaginaba ni contaba con que mi Dios, siempre confió en que su Tadzio doméstico, jamás le abandonaría, y no lo he hecho. Conservo sus cenizas, fue incinerado con un ejemplar del «La Ilíada», cosas de la intimidad de sobrada explicación…Y el mármol Travertino que es su centinela de la vista de los demás es la mejor forma que tengo de seguir con nuestro juego, no es gran cosa, pero lo imagino leyendo, midiendo y buscando formas de los dialectos “arqueológicos”, ya eolio, ya jónico, de la obra de Homero, por enésima vez en sus hexámetros dactílicos…que de memoria se sabía.

Y es que hoy no hablo de otra cosa que de la «memoria», la mejor de casi todas las que tengo. Y de no serlo, hoy quiero que lo sea.

Saludos, anónimo Lector.

Coda: Son muchas las muertes a las que he asistido, pero el relato de las mismas sería farragoso, y uno no debe abusar, nunca si es posible, de la paciencia del anónimo Lector.

2 Respuestas a “«Diono, mi bien, mi amor, mi vida entera», In Memoriam

  1. Para los que sabemos leer lo que has puesto, solo nos cabe sentir en la distancia tu estremecimiento y tu añoranza. Y todo el amor que se intuye en cada línea, en cada coma, en cada letra…

    Un besuco y un abrazo enormes, querido Orsini.

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