…tumbado al abandono de la noche

Llanto

Llanto

Palabras. ¿A qué usarlas? ¿Para qué me han de servir, cuando ninguna me valga ya de mero pretexto de un código que a poco que lo piense, sin las mismas, sólo es silencio recurrente?

Sin ellas, las muletas del pensamiento menos racional, me encuentro con mis propias mermas de la más lábil de las maneras en que se entretiene mi cordura, disimulando la locura acechante que quiere excusas de etimologías incapaces de ser falseadas en la extensa memoria que se niega a socorrerme en medio no ya del silencio, sino de algo más oscuro, la nada disfrazada de pensares que acaban rimando en pesares, necia afluencia de concomitancias que rechazo, por mor de no caer de nuevo en la ramplona cursi e insulsa de las estancias que mis días enumeran, uno tras otro, cuando todo queda quieto, y mi voz interior surge ahogada, y quisiera pisotear tanta expresión innecesaria.

Me veo a tientas, tumbado al abandono de la noche, vagando de un lado a otro de los hemisferios que se pelean sin mi consentimiento, y les hago callar, de nada sirve, ellos siguen en esa perpetua contienda que mi estómago y las menos nobles de mis vísceras se encargan de recordarme que sigo estando vivo, y maldigo la sangre que alimenta a tamañas naderías, y a veces pareciera que pienso con el sombrío páncreas, o de ese hígado infausto como maestro de ceremonias, y por momentos, recuerdo que mi cuerpo acabará siendo alimento de larvas y de tubérculos, o de savia de ciprés, o sólo ceniza y polvo que el viento bendito llevará al final del mundo; no imagino mejor feudo de dioses abandonados y exiliados donde ellos pisoteen mis restos acres, cuyos simulacros en tiempos lejanos me dieron forma humana, y que hoy no hay espejo que restituir, así de nebulosa es ya la vista que mis miopes ojos se recrean en devolverme, toda vez que por casualidad algún cristalino reflejo en mí se recrea, una imagen apenas esbozada, me es devuelta con la crueldad de lo ordinario.

Cuando ya nada sea como hoy lo que fue, es decir este hoy que nunca acaba, ¿qué palabras podrían indicarme que algún día será mañana, y con ello, todo será ya perfecto por acabado, no por ser formas de lo ya logrado y conseguido? Si ya no aspiro a nada, si me han arrancado a mi hijo, ¿qué decir o esperar? Si ya no espero nada, ¿qué vendrá?

«Si ya», tanto condicional es la espera de la misma muerte, a qué seguir llorando, cuando mi seca garganta reclama una voz que nadie atiende. Ya no queda nada por decir, el llanto tampoco esgrime en su veloz arranque y más aún final certero, ¿qué decir con palabras grandilocuentes o lágrimas vulgares? NADA.

Y sin embargo… No puedo dejar de escribir. Pero nadie es perfecto.

Saludos, Anónimo Lector.

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