¿Por qué corres, Ulises?

Runner

Veo a la gente correr y me pregunto a dónde van, con esas prendas abigarradas o comedidas, según el día…
Es de suponer que ellos lo saben. Yo no. Pero yo no corro. Yo vago. Ahórrese pues el juego de palabras el lector, de vagabundear hablo, voy por mi senda. Simplemente me llevan, carezco de determinación interna por la que debieran regirse mis movimientos. De hecho mi cuerpo va y viene, nunca le vi correr, ni en el colegio ya tan lejano pude soportarlo, ni le sometí a tal voluntad perpleja, salvo las vulgaridades a evitar, me complace ser puntual, pero se mecen mis piernas frenándome en las decisiones más terribles; las de los demás. Los otros.

Es de suponer que todos esos restantes que el mundo soporta bajo las pisadas al trote, a quienes veo correr cada día, inasequibles al buen gusto y la periferia desconocida, ya en su frío, ya su calor a rachas de telediario, insanos ambos, y me arrodean, o tal vez lo haga yo sorteándoles, saben pues, llegar, y me resulta obscuro imaginar esa vuelta sin sentido. Volver al momento en que ya calzados decídanse, prestos, a correr, como si ello fuera una nueva forma de rezo o de piedad de mensajero equívoco. Y es mucho el antojo derivado de ello, el presumir que conozcan la meta de sus maratones de mercadillo, sabiendo como sé yo que la final sólo está la Luz.
No el túnel, no. La luz de una lamparilla de noche, ya sea hospital, ya faro de vehículo, o el fogonazo del desastre… Pero ella es la que nos despide a todos en nuestra mísera vida, menesterosa más bien, aun no siendo más que apreciaciones de mi quieta mirada.

Y los veo correr a cualquier hora, dispersando sus correrías saludabilísimas, doquier les lleven los afiches atléticos, creo que así llaman a sus vestimentas.

Me miro los pies, ellos obedientes, quietos, tal vez se pregunten por qué no les solicito nada. ¿Para qué? Llevan conmigo tanto tiempo que bien se diría que ellos dos saben mejor que yo a donde deben dirigirse.

Adónde siempre lo han hecho. A donde el amor me llevó y hoy a donde el abandono me sujeta sin contemplaciones. Hoy, el cementerio. Mañana, a no tardar, irán solos. Tan lejos del Centro, nunca supe obligarles a tamaña majadería. Caminos ollados por los que ya son espalda a la primera mirada de curiosidad…

Mis extremidades, siempre regresan a los mismos sitios, pero mi lengua continuamente rebusca nuevos lugares donde escarbar sondeando el silencio.
Al fin y al cabo, las palabras son los lugares más inhóspitos. Y siéndolo, quizá, no, seguro que son el mejor paisaje que nos quede por desenmascarar.

Palabras como marcas de un plano que en la manía de asentarse inmóviles dentro de su ordenación alfabética se erigen, por mor del salto inadvertido, que no de la carrera lineal, acabarán por indicarme el mapa del tesoro que bien sabe uno que no es más que una cábala infinita, que un día en su laberinto, encontraré el Centro. Para sentarme a esperar, en medio de muertas exclamaciones que a lo lejos emiten mis días ya pasados, en medio del sordo estrépito de las pisadas de tanto Runner…ellos a los suyo y yo rendido, en medio de un dédalo hecho de salmuera rancia y silencio espeso de puro mascado con la laringe acordonada. Sólo los ecos de mis propias palabras morirán conmigo. Como debe hacer toda persona bien educada.

Saludos Anónimo Lector.

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