De ciertas vidas. Y algunas muertes

Teresa

Teresa

«Mi tía abuela Isabel se muere». Se decía con voz quieta en medio del fragor de lo cotidiano. «Pero a los noventainueve años era lo normal» le decían, y al mirar a su hija Teresa, callaba. Cuidar de tu madre hasta esa edad es algo desmedido en su dimensión, no por inusual, pero hacerlo de corazón, de verdad y con cariño, qué no haremos por una madre, sin más recompensa que la virtud escondida en la carencia absoluta de la propia vida, tan luego ¿cómo comenzar a vivirla sin mapas ni compás…?, navegar por el mundo a la luz tenue del propio declive, después de la empresa del amor filial como toda estrella y descubrir que el cielo, ¡Ay! estaba lleno de estrellas.

Llorar a tu madre, después de haber llorado todo lo demás, y mirar adelante sin enjaguarse los ojos de la sal arribada que nos ciega no deja de ser el destino de Teresa, y de quienes como ella, han declinado ser para vivir para los demás. Ejemplar se diría, e injusto, pero la vida es, y puede serlo inusitadamente de todo, menos justa y su equidad dista del ser, a la de tener, pasando por el haber.

A la luz de la estrella que se apaga, Teresa repasa su vida, y no se queja. ¿Qué sentido tendría? El deber asumido es consustancial a los hechos, y no hay mayor prueba de ello que su aguante, de rocosa piedad, pero no puede evitar llorar, un poco por ambas, por ese sino que nos marca y del que no sabemos nada más que vivirlo, creyendo que no hay nada más que la obligación, el deber y el amor, que viene a ser lo mismo en el repaso de la vida. De ciertas vidas.

Se llega al mundo sin catálogo de obligaciones, y en esa intemperie moral, se escarmienta prontamente al saberse marcado y sin embargo nadie nos lo cuenta, simplemente te llevan a recorrer una y otra vez la linde de un deber que otros decidieron por ti, y dando vueltas, se pasa la vida, las vidas, como la de Teresa, y la de su madre, quien no por su edad habría de librarse tan regaladamente de un mismo sino, y en medio, todos aquellos años que Teresa recordará, sin más límites que repetir una vez tras otra aquella tarde en el parque, en los paseos, en la terraza, en medio de las macetas amables en su sencilla hermosura y el ver pasar la vida en un soplo perpetuo como sacude el viento primerizo de otoño las hojas secas desde siempre, por la inercia de los siglos, sin remedio, y ellas dos solas por toda compañía de sí mismas.

La niebla de la muerte ronda a Isabel de nuevo, pero lleva haciéndolo tantos años que se diría milagro resistir tanto envite de la misma y en su endiablada fortaleza, mientras Teresa llora por enésima vez la muerte que no llega, el descanso que no viene y la paz para Isabel que despeje el cielo de una existencia remotamente anulada ya en su mismo principio. Teresa ya ni se queja, salvo por las leves insinuaciones al cielo, rogando por lo que todos piensan, pero nadie pide en voz alta, y callamos, por vergüenza, unos más que otros, como siempre.

Llegará el Día y vendrán los siguientes. Teresa seguirá con el ejercicio ignoto de vivir los años anteriores en los que pronto lleguen, pero no abarcarán, por imposible, todos los instantes ya perdidos, los momentos y sus horas ya vendidas al dios de lo fugaz, a la misma vida nunca hecha, postergada perenemente al momento en que deba sentir con lo cumplido, esa forma de juramento que apresa desde el nacimiento a ciertas vidas.

Mientras todo gira afuera, ciertas vidas nunca se sacudirán de encima ciertos dudosos e íntimos respetos, esos que nos hacen compadecernos de esas mismas vidas, y lo terrible, es que no las imitamos, ni envidiamos, pues la propia subsistencia nos distrae de lo correcto, de la verdadera esencia del férreo deber, de la lealtad sin fisuras y su fiel consejero, el Amor.

En silencio veo como se burla la muerte de Teresa y de Isabel, de ambas en cada matiz de tan distintas esperas. Una la paz y la otra el descanso, que no son lo mismo, pero vendrán en un igual gesto de reposo de tanto lloro, para volver al llanto que sabemos ya, nunca llega, ni alcanza a ciertas vidas en su eterna lucha, en esa agonía que evitamos reconocer, pavor antiguo pero no menos cierto, nos da saber que antes o después será o debió ser, la nuestra.

Mi madre mira a Isabel, la última hermana viva del padre que nunca conoció, y luego mira a su prima, y yo no puedo evitar verlas como una Visitación recreada y la Muerte nos mira, Teresa no la ve de tanto tenerla delante, pero yo bien sé, que ese, es su mejor recreo, despistar a quien la llama y sorprender a quien la esquiva.

Saludos, anónimo Lector.

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