Tristeza y variaciones.

Variación Tristeza Golberg

Variación Tristeza Golberg

Suena el aria primera de las variaciones Goldberg en un piano moderno y llega el purista y quiere destrozarme la belleza que en manos de G. Gould me desprenden las escamas purulentas que arrostro desde que mi hijo ha decidido no hablarme, cosas de madres e hijos. Y es que simplemente me siento triste. Y viene Michel de Montaigne y me suelta esto, como si su recamado atuendo de piel de algún animal más generoso que el mismo Silas el argonauta se lo hubiese regalado por el mismísimo Rey de sus tiempos, y leo: «Visten con ella la sabiduría, la virtud, la conciencia (necio y monstruoso ornamento). Con más propiedad, los italianos han usado su nombre para bautizar la malicia. Es, en efecto, una cualidad siempre nociva, siempre insensata, y los estoicos prohíben a sus sabios sentirla, por ser siempre cobarde y vil». Habla de la Tristeza… Es el segundo Capítulo de sus Ensayos. LA TRISTEZA

Pero no es tan impertinente como pareciera el viejo amigo… y me añade después de algún ejemplo de príncipes y dioses, que alojaba como una enciclopedia en sus sesos más o menos en situaciones de apuro y por tanto con consecuencias….«En verdad, la violencia de un disgusto, para ser extrema, debe sobrecoger el alma entera e impedir su libertad de acción».

Mejor que Monsieur Montaigne, humanista defensor del relativismo, de su tiempo, no del nuestro, y un tanto pesimista, me hubiera venido una solución de Nostradamus, tocayo sólo por vulgar coincidencia, prediciendo mis delirios y su fin, pero ya sabemos que los muertos ayudan a vivir, siempre que estemos dispuestos a evaluar su época y la nuestra. Aciaga decisión vivir a través de cadáveres elocuentes o de vivos generosamente dispuestos al dictado de su sola experiencia. ¿Ridículo verdad?

Sigo escuchando las variaciones y presiento que si la tristeza era aborrecida por el creador del Ensayo, se debía más a que jamás pareciera la tristeza misma de utilidad alguna a la vida que tanto se esforzó el propio Montaigne en paladear, y dejar así constancia de su fe, una fe que de pureza elogiable en el hombre mismo como Actor de su Destino, asusta, y que hoy en día se hace complicado comprenderlo, nada cambia a mejor, salvo la carne de venado al tercer día y minucias varias como las “tablets” cada día más delgadas y sensibles al tacto empedernido.

Ya no sé por cual de las variaciones voy escuchadas, pero el recuerdo de lo triste tiene sus propias mudanzas, y de poder narrarlas sería esta, una empresa ardua, ímproba, a buen seguro obra de matemático y músico al mismo tiempo, de ahí que por ello escuche las Goldberg al tiempo que leo a Montaigne, lo siento por las cuartetas de Nostradamus, más en ellas de haber algo sabio, no seré yo quien lo decida, pero para jugar ya tenemos a Dios y su creación, mayor misterio no hay, y tal vez, esa sea la verdadera tristeza en nuestra desolación al comprobar cuán lejos estamos de saber en qué consiste la genuina pena; saber poco o no saber en demasía, no resulte que al final, el juego estaba amañado por el demiurgo, como sopeso cada día para mis adentros.

Ya suena la Variación 30. «Quodlibet. A 1 Clav. Lo he consultado, no soy adivino ni tengo un oído tan fino, y leo: Esta variación consiste en un quodlibet basado en varias canciones alemanas…» Bien, todo es mudable, y aún más las ideas que sólo pueden ser música, muy griego por otra parte, pero el francés a quien más quiero y querré estimándole como un amigo desde su tumba, cruel mazmorra inservible, termina su tercer ensayo de la siguiente forma, en el cuerpo de un libro que en el estado de su divina función humildemente nos permite dejar en el aire del pensamiento estas sabias por íntimas, palabras…
«Yo estoy poco expuesto a tales pasiones violentas. Mi aprehensión es dura por naturaleza, y la emboto y ofusco todos los días con el razonamiento».

!AY! Y yo que carezco de tanto “razonamiento” y me duele sentir tristeza, a diferencia de Montaigne, quien siempre estuvo a salvo de la vulgaridad con la que invariablemente nos tropezamos cada día, mi «Quodlibet», en latín:  «lo que se quiere» hoy ha decidido que desea estar triste, pese a Montaigne, al mundo y pese a mi mismo. Pues a veces no razono, pero no por burriciega molicie ociosamente holgazana, no, sólo por falta de interés en nada o de preocupación por casi todo… No razono, pero tampoco lo disimulo. Como no puedo hacerlo con la Tristeza… Y así espero poder hablar con mi hijo, si él decide razonar, o le dejan hacerlo. He ahí la cuestión de todo lo anterior.

Saludos, anónimo Lector.

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