Sinclair, Pistorius y un testigo inoportuno, con Buxtehude al fondo

Frau Eva

Frau Eva

Emil sinclair creyó haber sido conducido por la necesidad, y puede que así fuera, más me temo que en sus periplos homéricamente domésticos le llevaron allí, a la sombra de una Iglesia enmohecida y seca en sus basamentos y pilares bajo los pies de Gea. Su cuerpo se arrastraba por las callejuelas y así dio con los huesecillos de su oído como las migas de pan hasta aquella música que !cómo no!, era de Bach. ¿Quién es tan insensible para no pararse al punto ante sus notas hilando en la rueca del devenir ciego y tripartito, aquel ambiente en que no se atrevía interrumpir?

Con el abrigo como todo avío para resguardarse del frío esperó, esa era la voluntad de Sinclair que hoy sigo sin comprender. Desde mi posición, escrutadora, siempre me pregunto qué hace del frío, ser un héroe más fructífero, ¿no están ellos hechos a “semejanza” de nosotros?

Volvía una y otra vez a esa música, que en manos del magro organista deleitábase consigo mismo. Pero a Sinclair, todo ya le parecía formar parte de una red que lo intrincaba todo. Natural en esta novela de remolinos de aire, agua y culpas y, sobre todo, fe.

Escuchaba a Bach y otros antiguos, y percibía en ellos cuanto en su alma se entretenía en divagar para tener un discurso que acaso pudiera elaborar ante el músico sin nombre. En aquellos sones tubulares especulaban las imágenes que ya se formaban de manera algo tosca pero pétreas a su juicio.

Por fin un día lo siguió con la clara intención de hablar con el organista, !y como no! Dónde sino en una tasca. Una taberna siempre viene a mano en estos relatos donde la conversación se hace inevitable y su derroteros, los no por esperados, toman el cariz de lo importante.”-¿Es usted Músico? Pregunto el viejo, no más en apariencia que el mismo Sinclair.”

Después de aclarar que no lo era, fue directamente al grano…
“-Creo que me gusta tanto la música porque es poco moral. Todo lo demás lo es; y yo busco algo que no lo sea, la moral hace sufrir”

Me senté en una mesa cercana, pero como no pertenecía a su discurso narrativo, o corría yo el peligro de convertirme en ectoplasma de tipos borrosos sin tinta indeleble. Eso sí, agucé el oído:

El músico que no dejó de hacerse el interesante escuchó paciente, o al menos lo disimulaba…”—¿Cómo se llama ese dios que usted dice?” Y la respuesta esta vez sí, era la que esperaba:”—Por desgracia no sé apenas nada de él; en realidad, sólo el nombre. Se llama Abraxas,”… añadió con acatamiento de la situación Sinclair…

Aquí, llegados a este punto, el músico, del que pronto habremos de saber su nombre, como en una película de serie B, se dio por enterado y quiso saber cómo conocía el nombre del Dios…

Sólo lo obtuvo por casualidad. Sabiendo bien que el músico no aceptaría tal cosa como explicación. Y el determinismo no entraba en su mente llena de notas y de algo más destilado en su estómago, y dando golpes afirmando cierta autoridad se descubrió como un arcano del saber…pero postergó, aún más si cabe, cosas de la narración, su sabiduría sobre aquel Dios.

Emil Sinclair mientras comían castañas asadas contó brevemente como apareció en su encastrada vida el huevo dibujado de donde salía un pájaro y el papel…se despidieron, el músico, para seguir bebiendo y Sinclair sin más rumbo que el del Autor le otorgara.

En el encuentro decisivo, cosas del capítulo, Sinclair en medio de una habitación de bohemio sólo acertó a exclamar, “—¡Cuántos libros tiene usted!” Yo pensé: No serán tantos, sobre los ejemplares se tiende a la hipérbole cuantificadora.

Después de que el viejo contara la recurrente historia del fracaso particular, hijo descarriado de un Párroco y algo loco, él, no el padre, pero que sabemos de genes heredados…cosas estas que a Sinclair ya le parecían de lo más habitual, dado el número de páginas en que hemos estado escuchándole..acabó por hacer a su interlocutor la admonición que le perseguía, y que no era otra que la de ser de nuevo miembro dela Iglesia, en calidad de Organista…su sueño.

El hombre que tocaba el órgano quiso, en un arranque muy peculiar de las majaderías de Hesse, que filosofaran, tumbarse a pensar, muy alemán o muy grotesco, pero desde luego nada peripatético, más bien kantiano, aunque éste jamas se tumbara para tal labor.

Y así pasaron largas horas, y la pertinente alabanza al fuego, que es bien sabido fue la mejor ocupación de chamanes y cocinillas desde los primeros hominidos que lo dominaron, ya fuera para cuentos, ya para piezas asadas.

Al final, Sinclair vencido por el sueño, se percató de la rareza una vez más de quien ya se había declarado loco y decidió marcharse. Después de tantear oscuras, tanto fuego y ni una sola lámpara a mano, acabó leyendo el nombre del organista: «Pistorius, Parroco». y eso por una débil farolillo de gas agradablemente adecuado.

Al volver, como siempre, a su casa, no sabía gran cosa ni de Pistorius ni de Abraxas, pero se narró a sí mismo esto: “Para la próxima vez mi nuevo amigo me había prometido una pieza exquisita de música de órgano antigua: un pasacalle de Buxtehude”

Tras repetidas vistas al final, Pistorius declaraba a la débil, “siempre a oscuras”, que estas novelas no son dechado exacto de virtud lumínica: “—Las cosas que vemos —dijo Pistorius con voz apagada— son las mismas cosas que llevamos en nosotros” Y se quedó tan pancho, como un diputado en jornada de sesión de control.

Era mucho suponer que dentro del joven Sinclair quedara mucha de la naturaleza exterior a él, y la otra, la arcana y mistérica, pues hasta el final del libro, cabe suponer no lo sabríamos, de ahí el viaje iniciático.

“—No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; …” Uno no espera cavilaciones cuánticas…y eso que la fechas así lo pronosticaban.

Debemos imaginar el tono parroquial y de sermón de Pistorius, ante una criatura tan ansiosa de «saber»

“—porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego.”

Es de suponer que los cismas y reconversiones no están reñidas con el Neo-Platonismo

“—Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. Sinclair, el camino de la mayoría es fácil, el nuestro difícil. Caminemos”

Lo Otro debía ser la parte que aborrece la Mayoría, es lo que tiene la Democracia a todos sus niveles.

Al final de idas y venidas un pasmado Sinclair preguntaría”—¡Qué! ¿Hay guerra? Nunca creí que fuera a ocurrir.”

Y eso demuestra cuán inocentes hacemos a ciertos personajes, no por su trayectoria, sino por la necesidad de tener siempre el comodín del lector, algo triste, algo brillante y algo prestado, como en las mejores nupcias del escritor con el objeto último de sus locuras.

Y añado yo, testigo inocente, por el arte de la intertextualidad, que no es otra cosa que el meter las narices donde uno no debe, ni por postmoderno ni mucho menos after-remake, y escuchemos el Pasacalle de Buxtehude de una Santa vez.

Saludos, Anónimo Lector.
Coda:https://www.youtube.com/watch?v=hShjZVF3POA

Nota. El verdaero Pistorius. Johannes Pistorius el Joven se convirtió al catolicismo…

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