Alimento de Líquenes

Liquen

Liquen

La etérea plomada que se esparce como la gran aplanada cortina helicoidal sobre el cielo que veo desde el patio, tiene a bien regarme una llovizna intermitente, con retazos de calabobos discontinuo y goterones monótonos pero acompasados sobre el cemento que se ha poblado de líquenes,cual estratos apegados a los intersticios que la humedad de estos días los han despertado, ocupando a mínimos los recovecos aptos a su «suigeneris» ciclo vital.

Observo su tenue verdor grisáceo de perlas pisoteadas y es el grito sordo y de trompetilla de banda municipal que resurge de su manifiesta voluntad de sobrevivir. Delicados y sin embargo tan aferrados que se diría que son la muselina de un decorado, afelpando con desgana mis pisadas que no parecen hacerles daño, y no sin objeciones evito cargar con el peso nada liviano de mi cuerpo, evitando mayores dolos y e impertinencias.

Me ha dado por no importunar a tales engendros, algas y hongos simbióticos y a lo que parece, buenos amigos, a pesar de que dudo seriamente que entre ellos «hablen», feromonas o sones de infratimbales de forma calendulítica y de hacerlo serán esa, pues, aéreas formas de la Naturaleza que tanto nos desconciertan, a mi ignorancia y la de la masas informes de peatones que encuentran, en los líquenes una forma sucia de su propio cemento, arcillas de caolín, siempre de más finura…o los groseros morteros, de antigua factura e historia, pero irreconocible a la piedad de la visión escrutadora.

El asunto de esos seres se me antoja una presciencia desmesurada para su dimensión, que habla de mi estado de manera tal, que diría que soy un liquen en vías de extinción. El talos que ambos necesitamos se ha desgajado con los oriundos sustratos, y me ha dejado expuesto a una deceso lento, pero qué se puede decir de quien ya ha buscado una roca humana donde asentar su estragos…

¿Quejarme, dolorido o desencantado? Para qué seguir, La Sirena sólo sabe de tales argucias para que en un descuido, yo me extravíe…para siempre, se llama anhelo de las viudas inconsciente. Y como los líquenes esperan su turno para segar el talos… y así acabar con el liquen… a la espera de otros…

El patio rebosa de esos seres tan ambiguos, si son dos o uno en dos, es lo que es la Familia, y si ellos sólo se reproducen por «soreidios e insidios», no me ha de negarse la gracia e ironía de tales nombres…Los hongos, más tradicionales lo hacen por esporas… que siempre son como más de cine de clase B y con ellos a veces son capaces de formar nuevos líquenes… Bien este no es mi caso…Aunque una vaina ya crece entre mi cerebelo y mi amígdala, pero esa es otra historia.

Usando jabón he de limpiar mi cuerpo de tales corpúsculos… Sólo sea por timorato sentido del Futuro…

El suelo del triste patio no me reconforta a la manera de una vulgar lírica, tan sólo me recuerda mi inconsistencia, de haber poseído otros genes…
Tal vez con un invierno más seco sea capaz de sobrevivir a la nueva primavera, pero ellos se retiraran, no muriendo, sólo replegándose a lluvias mejores y molestas, pero la vida es eso, una disgusto entre esperar y saber que del cielo cae a veces la lagrima inconstante de los seres que lo habitan.

Ellos no me conocen y yo apenas los comprendo, y hoy se alimentan de mis escombros epiteliales o de su ausencia, no lo sé, pues los ácaros también reclaman los desechos de mi caparazón. Que no es otro que la mezcla de una sarna que no reconozco, gracias a Flora, la diosa suave, y que acabarían fagocitando a los líquenes-hongos que tanta compañía me hacen cuando los veo, en el jardín de cemento y flores, plantíos de cada temporada, y ya cada vez son menos…

Y son menos porque el jardín cementado de unos pobres no son los Kew Gardens, salvo por la voluntad fortuita, que no los medios…pero dentro de la nueva escena temporal que devolverá a los Vivaldi y los suyos, en forma de macetones y parterres que mi madre se empeña en replantar cada año, vendrán las abejas, las no menos inoportunas avispas, las moscas y toda la recua de alados bichos y los rastreros pulgones para recordarme, recordarnos, que en los planetas de la Vía Láctea, sólo una madre sabe despejar al ignorarlos, la sabia condición de la Diosa Blanca, que a todo respeta siempre que no pretendan entra en casa.

Por ello, un muro de cortinas, rasgadas por eunucos a modo de panoplias de oropel bizantinas, allá en los relatos de Ana Comneno y su Historia, confundiendo los nombres, me recuerda, el desmoronamiento de lo posible, de este larga de vulgaridad infame…y como siempre la futilidad de las palabras, y mira que abuso de ellas. Pero, sin ellas, ¿A qué vivir, si el silencio es cómplice de la estupidez ajena, cuando no nuestra vergüenza?

Saludos, Anónimo Lector.

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