Escarchas de mis días y de mis noches

1908 AD Boy from Loray Mill

Hoy han regresado las escarchas tapizando cada dilatación extendida que todo ser anclado a la tierra con la persistencia qué según la especie y su aforo en medio de los campos se le fue otorgada, cosas de la evolución y su contienda en el discurrir de la supervivencia.

No sabía que la misma también se hospedaría en las partes de mi corazón desnudo al clima imperante, pues estando ya gélido de necesidad, no debería presentar esta veladura de helada condensación con la que me he despertado, apenas si siento el trémolo calor que lo sostiene. Pero nada puede uno contra el tiempo de las parábolas, cuentos más imaginativos han cantando los malos poetas antes de este mismo homicidio escriturado en el envés ventral de la menguada hoja o de los pecíolos ínfimos que hoy sujetan a despecho de las espinas la flor de mis ojos escondidos en el lacrimal seco que entre mis terminales se alojan.

No he de regar el suelo ni florecer en el campo de los bizarros agros que las letras jalonan granjeando nuevas imágenes de mi estado. Sólo me secaré los mocos de mi decadencia en espiral.

Pronto la escarcha se volverá a su casa primordial, ya al cielo bajo circundante, o a la la tierra amorosa que todo lo sostiene, cuando el sol más pacífico del invierno se asome pidiendo permiso como un «valet» en la corte del Rey Sol, en medio de camarillas nunca del todo inocentes.

Sublimada se retirará con la delicadeza de lo sabio. Y de nuevo el milagro de lo breve se ejecutará ante mis ojos, y no me daré cuenta del nuevo verdor mortecino, asomado y reconquistando la flora sin fauna esquiva que me habrá de devolver el paisaje que desde esta lacónica ventana me paga cada día con el asombro de la rueda de la vida, en la que ya no participo.

Más que rueda es un vals del que ignoro tanto la música como el compás, y no por falta de escucha, más que nada por desmemoria y una incapacidad para la melodía de la floresta que de puro recato, no osa importunar y mucho menos asustarme, tal es la cautela de mi visión desde la ventana de la cocina mientras tomo café, otro regalo de la Tierra a sus derrotados responsables de su esquilme inagotable.

Una vez de nuevo, sin estridencias, la maleza en torno al caudal seco del Zurguén, zarzas de leyendas de monstruos conversos aliñados en poemas de siglos, cuando más que arroyo era recurso apacible, de tizianesca simulación, do los orates y bardos apostados cantaban sus églogas inacabadas por imperfectas y pastoriles por la moda, esa maleza de rastrojos a punto de rebosarlo todo, con infames plantíos invadiendo las orillas apacibles serán otra vez el paisanaje que me regurgita la pura verdad; ya nada fue como antes, no hay figuras con horizontes que ni en ectoplasmas desvelados en juegos florales pudieran acudir en los fastos que ellos mimos dejaron en infolios, sabedores de su inicua capacidad de trascendencia, pues cómo saber qué perdura entre las “verduras y las eras”…

Somos, así, como palimpsestos de eras, épocas y circunstancias raspados a búsqueda de la última noticia, la más vulgar, aquella que por impuesta, contra todo sentido de la compostura, nos exhiben en la vitrina acristalada para escarnio, pues bien sé yo que el original escrito era su verdad, como es hoy la mía o su remedo, y sin embargo, me cuesta tanto recordar que las primeras palabras escritas en el nuevo pergamino eran asientos contables de un negocio preñado de fútiles promesas, y sin embargo tan llenas de indulgencia en su infantil bondad y volatilidad en sus frases de obsoletos rebozos.

Acabo de echar una última ojeada a las riveras desmoronadas del Zurguén y ya no luce más que la opaca vegetación informe que recubre sus desprendidos terraplenes, los que le encaminaban, otrora, a la patria chica del Lazarillo de Tormes, y al vencerme su recuerdo, me invade la elucubración de que él, al menos pudo contar su historia, en las voces a las que yo sólo puedo apelar en un arranque de mediocridad, pero, es evidente que uno no es quien fue, ni quien será, unicamente este hoy en permafrost doméstico, y por tanto, sepultado en la tierra, como los hongos más insípidos han esperado el guano que tal vez acabe por darme la suficiente fuerza, y las esporas que tal vez un día canten en el viento aquel aria de despedida que todo tenor reclama con el afán de su vida imaginada, aquella de Cavaradossi « Ese tiempo ha acabado… ¡y voy a morir desesperado! ¡Y jamás he amado tanto la vida! » pero mi alma, tan ñoña, reclama siempre un último Lied, uno no deja sus afanes y manías tan buenamente…aquel de Mahler…

4. He abandonado el mundo

He abandonado el mundo
en el que malgasté mucho tiempo,
hace tanto que no se habla de mí
¡que muy bien pueden creer que he muerto!

Y muy poco me importa
que me crean muerto;
no puedo decir nada en contra
pues ciertamente estoy muerto para el mundo.

¡Estoy muerto para el bullicioso mundo
y reposo en un lugar tranquilo!
¡Vivo solo en mi cielo,
en mi amor, en mi canción!

Con Abbado, y Kožená, cómo no.

Saludos, Anónimo Lector.

Créditos. Y Notas.

CANCIONES DE RÜCKERT (1901/02)
(Rückertlieder)
Música de Gustav Mahler (1860 – 1911)
Texto de Friedrich Rückert (1788 – 1866)

De la imagen: Lewis Hine, Boy from Loray Mill. “Been at it right smart two years.” Location: Gastonia, North
http://www.museumsyndicate.com/item.php?item=28328

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