¿Lo Recuerdas?

Viento

Viento

Hoy llegaron más nubes traídas por los vientos de los cielos tan lejanos que no puede uno imaginar en su inmensidad, y sin embargo a todos nos cubren, nos envuelven y nos amonestan con las voces de las cosas que alguna vez dijimos creyendo que nadie, ni uno mismo ha de temer volver a escuchar, por ser sentencias, quejidos y lamentos o alabanzas y deseos, esparcidos en esa presunción del silencio, que se llama pensamiento intimo, pero el viento todo lo guarda y lo resuelve para regresarlo a la nuca del incoado o del diciente.

Hay quienes se nutren de ello para escribir, largas y sesudas enumeraciones del mundo y su reglamento, no es el caso de quien no tiene ya fuerzas para enfrentar tantas imbecilidades como habré soltado al viento y a la cara de quienes no estaban nunca delante, más que nada por que siempre se escabullen a la oportunidad de la respuesta; hoy de nuevo se arremolina la voz hecha de miles de aquellas que se pierden en la tormenta, o en la brisa y en todas las formas en que el aire se mezcla con nuestras íntimas perseverancias al respirarlo como el primer pez que quiso dejar de serlo. Branquias que abandonar para no volver al mar, al charco ni al manglar, una «terra ignota» que pronto se poblaría de los esfuerzos de los que hoy sólo son estudio de eruditos de los «cómo», pues los «porqués», ya son de sobra conocidos en sus consecuencias.

Levantar la cabeza sobre unos miembros para otear más allá de aquella otra acacia, y la subsiguiente aún más lejana, pero sin el auxilio de las ramas oscilantes, y llegar al congreso de un supuesto civilizador proceso, ser escuchados, con la nueva laringe que emitió, como hoy en su primer acto, el grito de sorpresa que deberíamos saber reconocer como primordial, desde aquel susto, poco ha cambiado la vida humana, pronta a la desgracia y más al sinsentido.

Desde entonces todo es apócrifo ruido, es sencillo leer en las volutas del viento la bofetada de las cosas que nunca debimos decir, cuán tierna premura, y cuánta molicie en el habla para acabar en el rezo del monje, en la súplica del ama de cría, del vasallo y de los reyes y sus generales, de comerciantes y pedigüeños, tintoreros o calafates, de esclavos y de piratas, de mineros y de domésticas lavanderas, desde los senadores a los metecos, de las princesas a las hetairas, obispos y mendicantes… y los eunucos o los varegos, entre ellos, entre todos ellos y sus advocaciones de mundanidad ramplona o excelsas plegarias pues, no calló nunca nadie, ni el santo ni el infiel, y es ahora, en ese mismo viento que son tantos en sus eventos, donde escuchar el repique de campanas por toda respuesta. Ellas sólo molestaban a Dios, despertándolo a cada poco de su deber…pero de infinita paciencia está hecho el divino silencio, de ahí que nunca respondiera.

En la colección de los vientos, son tantos sus nombres y sus evoluciones, ya se caliente el ancho mar o se enfríe la vieja tierra, que sería vano poder desgranarlos en torno a una rosa de cuyo nombre todos recuerdan, pero pocos adivina su mecedor y muelle ser, en su insólito solaz, aquí, donde nada crece o en las plazas más abigarradas de turistas de la nada, juguete de estilizados petimetres cuando de su referencia se hace dictamen, como de casi todo, y sobre ella se han visto cadáveres de perfecta apostura al señalamiento de un dedo colombino y por tanto, denostado.

Los vientos, todos los vientos, el aire y ninguno de sus modos, son suficientes para colmar el inefable innúmeroso e infinito, pues no se va a enmudecer nadie nunca, para prender ensartadas como una no menos inabarcada e inmarcesible cordada de perlas enredadas que son las palabras que al viento revelamos, son ellas ya parte del relato, del cuento, del verso, del destino… y lo son por que ya nos hemos encargado de hacerlas llegar a otros mundos, y allí, tan lejos, como distante está nuestra nariz que no vemos, piensan con sorna en qué sentido tiene nuestro recóndito parloteo, si NADIE nos escucha.

Hoy el viento me trajo, por pura inercia impertinente del mismo a mis orejas silvanas y alejandrinos torniquetes de carne y huesecillos aquella su última frase «!Ojalá no te hubiera conocido nunca!»
Y contesté, «Ya es tarde para jurar con retroactiva vileza, el viento también guarda tus promesas de amor también eterno» y su eco eterno me hacen sospechar que será así hasta que enmudezca, y esta vez sí de veras, en una desaprovechada mortaja de estopa y musgo, bajo la tierra amorosa que me espera.

¿Lo Recuerdas?

Saludos, anónimo Lector.

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