¿Qué culpa tiene uno de ser tan pequeño?

Payaso

Aquí os dejo mi cadáver.
No es gran cosa, como cualquier otra sustancia ya vencida, pronto desprenderá el hedor de lo consumido por la ausencia de motivos, de calor y de alimento, de cusas y razones, por la falta definitiva del día que sostuvo mi esperanza en todos los que aún me restaban.

Muertos ellos, para qué seguir fingiendo. Si en la noche sin más días espero a la muerte, ¿no es esto ya la muerte?
En un rincón se acaban las contiendas, y el alma ya despojo destilado por la maldad ajena, en la propia ya se solventó toda la culpa, se nutre de mis pecados, los que sólo uno conoce por ser fieles a la primera virtud traicionada, y todo por no ser uno más en esparcir las otras atrocidades de las que uno reconoce, al punto, nada más recibir como respuesta la unísona bofetada de la vida, la que nos despeja las dudas, serás, desde entonces, forma desquiciada hollando caminos mutilados de sus fines, bregando con la estúpida manía de ser quien no podías ser o dejar que los demás te inventaran a su modo; pues no hubo espejo posible hasta hoy, en él me veo como fui, no como pude haber sido, ese sueño atroz por imposible, se lo dejo a mis enemigos, los que una vez me juraron amor.
Venganzas peores se pueden ingeniar, y todas las conozco, por ser su secuaz o su víctima, y todo por dejarme arrastrar por las buenas intenciones.

Equívocos que de la suerte se nutrieron y que a mí me faltó esquivar, cayendo en este pozo de negras aguas, las que me bañan al recordar cuánta pedantería había en mis intenciones, en mis deseos sólo habitaba el secreto que bien se oculta hasta morir sin expiación…en este rincón de este lado del cajón de las cosas abandonadas, qué me queda, ni me salvo, ni me quejo, no soy digno ni de ser olvidado…y por ello hoy sé que no pasaré por el tamiz de las más crueles excusas, y esas, siempre están teñidas de locura, no podría resistir que fuera de otro modo.

Muerto estoy para la verdad, vacío como el cuerno de la caracola que la vida, esa cosa, sopló una vez emitiendo mi queja a la losa que ya lleva mi nombre, o al cofre de cenizas en que soy ya una compacta masa por quemar, bruñendo a esquirlas de fatua piedad los huesos que tal vez nunca debieron sobrevivir a tanta tos alojada, siempre, como un presagio, en mi pecho de niño, y que hoy es más que nunca, caja de muertos, de mi corazón y de todo anhelo, acaso lo sabía y no quise verlo, qué esperaba: ¿piedad?…

Todo finge silencio, y canto muy despacio para no agotar la nota que será postrera y embajadora del aviso, aquel que no hace falta que sea oído para cumplir su cometido.

Un vendaval de abatidas alas se aleja dejando en el aire obtuso sin dilación alguna de la nada con que me cubre su graciosa indiferencia, otro signo más donde no brindar con las flores del tilo…nadie se daría cuenta, ni ellos siquiera, tan solícitos al Creador y sus designios, de mis sedimentos fenecidos en mi renuncia al sueño indemostrable o al castigo en sus agotadas promesas que leí en algún salmo, cundo ya era tarde.

Metales de esplendor avisan del Juicio… nadie ha reparado, pues, en mis despojos, y al final, hasta Dios se ha olvidado de llevárselos consigo, o de arrojarme fuera de su Reino… y el Diablo, siempre más sensible a estas cuestiones ni siquiera ha reparado en lo evidente. Ambos en su juego, se divierten y mientras tanto habré de esperar otra Eternidad, al ser esta la primera, cuando regrese no se me pidan explicaciones…

¿Qué culpa tiene uno de ser tan pequeño?

Saludos, anónimo Lector.

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