No hay repuesto para los muertos

Vivimos en un mundo de magnitudes.

Recuerdo siempre esa frase con la que comienzan muchas de las crónicas de los sucesos más luctuosos que ha acabado en ese título vacío y vacuo según quien sea su recreador, todos la hemos oído o leído alguna vez, «La magnitud de la tragedia…» y luego, después de este enunciado, siempre observaremos que dependiendo de cuántos sean los muertos o las víctimas, veremos escrutar al sopesar si entre las tragedias naturales y las humanas acciones, la valoración de la misma acabará en las diatribas sobre las causas, pues los efectos, esos aún por descubrir, serán parte de la estadística y de las efemérides a recordar en actos de mayor o menor importancia, y siempre según el número de muertos, siempre cuantificando en una simple suma si la relevancia de la muerte de alguien fuera en función de con cuantos más fue segada de por vida la misma vida, que suponemos es el primer derecho humano a respetar, por lógica ontológica, sin ser no hay nada, o por simple piedad, en la compasión sin premisas, sin ella, no somos nada.

No hay repuesto para los muertos. No lo hay por la misma naturaleza de los seres humanos. No importa si alguien murió en soledad o en compañía, pero si la muerte es una ejecución producto de los dictados ideológicos de cualquier locura sobre dioses y tumbas, si te matan, asesinan o simplemente eres un daño colateral, entonces debes morir en compañía de otros, para tener una suerte de homenaje póstumo… Si la muerte es producto de un accidente, acabarás en manos de los buitres en papel que no distinguen la realidad de su intereses.

Ayer murieron dos seres humanos, y no por ser españoles deben ser recordados, ese sesgo natural de que nos afecte la biología de la pertenencia a la misma tribu no puede oscurecer el lamento sincero por aquellos que independientemente de sus labores, simplemente eran servidores de su Estado, dieron su vida en el ejercicio de sus funciones y con ella dejaron a las manos asesinas seguir en su otra parte de la orilla,…como si la historia del horror humano discurriera entre el Escamandro y el Simois…hasta hoy mismo; pero no todas las orillas están igual de limpias. En unas se amontonan cadáveres y en otras excusas, falsos principios y mentiras, muchas mentiras, pues toda vida tiene el mismo valor. ¿O No?

La realidad desmiente esta afirmación siempre que tozudamente nos enfrentamos a ella. No todos los muertos nos importan, y no todos nos afectan, elegimos, y en esa cruel decisión se nos va la decencia, la honradez y cualquier atisbo de humanidad que nos permite seguir con nuestra vida creyendo siempre estar en el lado correcto del río que no va a dar a la mar, sino al despropósito. Cada uno elige a sus muertos y sus honras, yo hoy elijo a dos Policías Nacionales, que en sus horas finales no debieron sentirse huérfanos de nuestro dolor futuro, si por seres decentes nos tenemos. Allá cada uno con su conciencia y sus elecciones.

Desde aquí mi pésame, humilde y sincero, por ellos dos, por sus familias, hoy sin consuelo, y a todos los que mueren en casi la soledad de un compañero, y no en masa, aquellos de cuyo reguero, si lo seguimos, acabaríamos de darnos de bruces con la verdad: siempre hay quien muere por nosotros, y aún así, nos sobran los peros y las excusas, las justificaciones y los falsos dilemas…Nadie más muera por mi, pues nada podrá repararlo… y yo, cierto, no sé como evitarlo. Mi silencio hubiese sido mejor elección, me temo, pero ya es tarde, alguien vendrá a refutarme, con otro silencio más atroz, en el desprecio e indiferencia por no ser de los suyos sus muertos. Y así, entre unos y otros hacemos de este mundo el lugar qué es. Luego no nos quejemos.
Descansen en la paz de Dios, pues en la de los hombres, en esa, nunca les dejaríamos, ¿o si?

A D. Isidro Gabriel Sanmartín  y D. Jorge García Tudela. In Memoriam.

Saludos aciagos, anónimo Lector.

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