Novenario: Hoy niebla y Mahler.

Andante comodo

Hoy más que nunca siento un amor inusitado por aquel ser que se desangró en cada gesto por la tierra tras los pasos de una verdadera pasión por ser el último demiurgo de los signos arbitrarios y antagonista inocente con voz propia y hechizante como pocas del nuevo sentir o tal vez del ultimo verdaderamente digno de ser llamado de tal modo a pesar de uno mismo, de sí mismo, y siendo testigo de todos los mundos verosímiles pero improbables; titánico infeliz nos legó su misma vida en uno recompuesto de sus retazos, de pequeñas manías y de finitos acabados sortilegios, los sublimes, escasos para todos y los obligados por la rudeza de lo cotidiano. En todo ser se recrea el cosmos, pero pocos son lo suficientemente humildes para dar el paso siguiente: asumirlo y recrearlo, como él así lo comprobó…

Aquel mundo que se resquebrajaba en su propia alma acabaría por ser la antesala de este, sordo y ciego, poco después de las luchas inmemoriales que fueron y serán signo y marca de oprobio por los siglos y que aún perdura su sinrazón, por mucha modernidad que se nos suponga hoy en esta vorágine de prisa por saber y no menos aún la genuina, la de olvidar, para volver a ver lo visto y ya olvidado, variación maldita que se antoja éxito en espiral de conchas vacías ya de toda gravedad, y de seres vivos que las escuchen.

Profeta infausto de sí mismo y de todos nosotros a poco que uno aguce no ya sólo el oído, sino de su nervadura más íntima; incomprensible fue para mí durante tanto tiempo no del todo superado, que no amado, pues el entendimiento no oscurece la pasión, pero amarle, le amé con fervor religioso, devoto y bisoño… Fue, no en vano parte de mi limitada educación sentimental, (¿cómo dejar de amarle?) la verdadera por ser la más secreta y de ahí que aún tenga por ella, la música de aquel hombre muerto ya para su resurrección continua en lo más recóndito de mi alma… pero el amor verdadero, ya se sabe, no es ciencia y de ella debe servirse aquel al que como yo, le falta el impulso necesario para ser hijo huérfano de la inteligencia para el verdadero elogio que no acabara en panegírico fatuo. Pero ahora que lo pienso, ¿quién soy yo para hablar del pobre Gustav… ?

Arúspice que no reveló entrañas ajenas sino las propias, descarnadas sin caer en el escabroso espectáculo de la miseria gratuita, sin más misterios que los mismos que por el mundo han caminado desde que la luz nació para dar forma a las cosas que no la poseen, ni la tendrán nunca, no hay nada de palabrería en su capacidad para enardecernos, para encender antorchas de filigranas en el éter, atizando con el guante de una damisela, lejana ya su utilidad, fruslerías que falseadas simplemente se hacen pertinentes.

Y así lo ejecutaba todo, con la misma temeridad de un prometeo sin más misión que acompañar a quien le escuchase, sin más. Sin sapiencia peregrina, sin orgullo, o no más del necesario para saberse un átomo de una molécula todavía por descubrir: el misterio de la creación. Insondable y perennemente sin notas de aviso de su llegada. Inopinado enigma eterno, que los humanos jamás desentrañaremos.
Pero quién es capaz como por milagroso ensalmo de acercarse a ella, a la absoluta creación, no de la nada, ni a Dios mismo le fue posible siendo Él ya el todo, a la otra, la humana, con la tierra y el fuego, agua de barro primigenio y por tanto eco aéreo del mismo acorde que hizo a ese Dios Verbo y que Gustav demostraría ser casi mudo en tan manso remanso, ese eónico tiempo por colmarse, si el Hombre no hace resonar su verdadero clamor, una garganta sesgada por la herida de lo puro, y la la vez de la tragedia de saberse efímera en este pequeño universo de acomodaticia idiocia.

En su dolor escucho el mío, cada día, cada año, cada década, cada instante que respiro resuenan en mi alma su notas inmortales, y son, al día de hoy, con permiso de mis otras debilidades, mi mejor, por mi fervor incongruente y necio, como casi única, compañía.

En su alegría… no me quedan fuerzas, pero tampoco las eludo, bien sé que detrás de la misma expiaba nuestros errores, y son ya tantos, por incorregibles y privativos de los optimistas.

Hay una patria para todos los exiliados de la belleza y en ella se aguarda el final de los tiempos, esperar otra cosa es ya una estúpida aspiración del moderno presentimiento de que todo tenga sentido, cuando ya sabemos de lo baladí del destino de cualquier humano, al fin solos. Pero íntegros en la secreta premisa de no dejar de ser lo que nos hace humanos.

La esperanza de estar equivocados en ese asaz caprichoso hado accidental que todo lo rige, salvo la Muerte, fiel seguidora de la misma vida que malgastamos torpemente en el pecado más atroz, nuestras propias mentiras.

Él, (mi pobre Gustav) ya forma parte de la más bella aspiración, el Absoluto en potencia al que el hombre debe aspirar, y no siendo el único, o no el más elocuente o diáfano, es de los que mejor suenan, ya en la radio, ya en disco, ya en el alma, y si me apuran, en los conciertos a los que nunca asistí… cosas de nacer a destiempo y en el lugar equivocado.

Saludos, anónimo Lector.

Recomendaciones.

Anuncios

Comente, que algo queda

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s