Hoy el azul, todo el azul, cae sobre mí

Hoy el azul, todo el azul, cae sobre mí, ahogándome.

Hoy el azul, todo el azul, cae sobre mí, ahogándome.

Saludos, anónimo Lector, hoy comienzo por el final de mis entradas, saludo al anónimo Lector sabiendo que en verdad son muy pocos los mismos, y de ahí la futilidad de semejante despedida.

He regresado del viaje a Albión, nada fue lo que se me prometía y menos aún la capacidad necesaria para soportar ciertas vergüenzas y ofensas, que a cierta edad no son de recibo, ni muerto de hambre, ni bajo un puente; no es tanto una cuestión de dignidad, que no sé muy bien en qué consiste, como lo otra más sencilla, es sólo que no me da la gana de conformarme con la maldad egótica de los demás. No valgo para morderme la lengua, y al final la aurora no bastaría para ensoñaciones o disculpas y acabaría todo en el famoso rosario…

Rosario de mentiras… ese, y no otro fue el camino pergeñado por miguitas que escondían espinas y ya me sangraban los pies, antes incluso de pisar los adoquines del aquel ya lejano, ya, condado de la campiña Inglesa.

Ha sido una salida desesperada hacia a un lugar que ya era el pasado y bien lo sabía yo, pero como siempre, regreso a donde menos me conviene y esa constante acabará matándome, bien lo sé y por más que me empeñe, NADA es ya como fue, porque ya no soy el mismo, el inocente y bobalicón que fui en aquellos días de una década recién nacida, hijo de un dolor prematuro y viejo ya para aventuras de nauta fogoso de peripecias; dije No, y aquí estoy, sentado en un jalón de piedra de sobra conocido. Soledad lo llaman, y nada espero que no sea un cielo oculto por aquella parte del último horizonte que la yerma loma que es hoy mi vida, ver me impide, parafraseando una de las más bellas poesías que jamás leí.

Con Leopardi, desgraciado y triste como pocos, habré de sobrellevar esta circunstancia, la más íntima, y la menos memorable, no saber qué me depara la vida, no es lo peor, no querer lo que a buen seguro me espera, eso sí que es lo terrible, por llamativamente absurdo, pues es poco, casi nada, cuanto necesito, solamente un rincón donde olvidarme de mi mismo.

Allí jugaré a lo de siempre, contarme un cuento sin final, para matar el tiempo y con él, acabar de una vez por todas conmigo.

Saludos, Anónimo Lector. Hoy el azul, todo el azul, cae sobre mí, ahogándome.

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