Matadme, si no sabéis hacer otra cosa,

Matadme,  si no sabéis hacer otra cosa,

Matadme, si no sabéis hacer otra cosa,

Cuando el mundo se llena de miedo, de temor público y privado terror, abrumado por la desolación siempre violenta de la irracional necesidad de ser antes que de dejar de ser, todos te piden la palabra, impelidos por esa vana necesidad de dejar blanco sobre negro cuanto pensamos, y así no hacemos otra cosa que dar pábulo a la renovada invasión de los “ultracuerpos”, dejar de ser es en verdad lo que buscan, quieren ellos, los bárbaros que abandonemos nuestra vida por otra donde el espiar cada día nuestra pervivencia sea el cotidiano quehacer, que no tengamos piedad del silencio y nos cubramos de respeto por la oscuridad en la que nos quieren anegados.

Matar es tan fácil, tan eventualmente sencillo, que sólo los idiotas creen que con ello en su solipsista miseria conciben que el exterminio es un medio para alcanzar el cielo en la Tierra, un cielo absurdo, bestial, por inhumano, por muchas divinas palabras que lo amparen.

Seguir preceptos depende de los mismos, y el reguero de sangre, de destrucción que acompaña a estos días de ira, estos días de muerte por toda presencia aquí y allí nos podrán terminar con los únicos resortes del inocente que nada sabe de aquellas sentencias dictadas en la cueva de la imaginación perturbada, pero la maldad no está loca, es simplemente malvada de toda perversión, ninguna vida merece ser amputada por nadie, por nada ni por algo.

En estos días, al albur del miedo, nos quieren ver derrotados en nuestras más sinceras aspiraciones, la verdad se reviste de intereses espurios, y la razón sale por la ventana destrozada por la mano ejecutora de aquel viejo señuelo que nos promete una incierta y nunca fiel seguridad, arrebatada la piedad, perderíamos todos, y ya hemos perdido, avasallados como en los siglos oscuros nada nos salvará si no mantenemos la calma del peregrino eterno en que los Hombres debemos perseverar tras el camino de la bondad y la justicia, pero hoy ya parece tan tarde para ello, que debemos ser jalones del otro mundo posible, sí, aquel que sólo es percibido por la mano limpia, la mente abierta, y el corazón puro, blancos somos de una diana infernal y monstruosa, pero la flecha del destino, no puede caer dependiendo del ardor guerrero de tanta baratura moral, por pobre y mezquina. Tan grande en sus gestos, tan vieja en sus métodos, tan necia, que levantemos pues la cabeza y digamos NO, nada debe quebrarnos si sabemos quién es el otro, su rostro debe ser el nuestro, y así aspirar a vencer el absurdo deseo de dejar de ser lo que somos, unos y otros no estamos en la balanza de la Historia, esa es la mentira, y de ella viven los ociosos del pensamiento, pero si existe, el fiel de la misma, deberá siempre inclinarse por el peso de la buena voluntad.

Matadme, si no sabéis hacer otra cosa, pero no me arrebatéis mi ser, quién quiero ser y sobre todo lo qué puedo llegar a ser. Nunca se sabe:
… y ese es el verdadero peligro.

Saludos, anónimo Lector.

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