Del amor jónico.

Decode

En el alma de todo mal poeta, como es mi caso, vive la franquicia barata de la naturaleza, como reflejo de los estados del alma, cuando no llueve, graniza, y cuando no escampa prontamente se revuelve el velo que cubre las certezas, y nos ofuscamos en la noche consecuente, para no morir de nuevo, y esperar despiertos la llegada de aquel recuerdo feliz que nos salve. Raramente esto ocurre, y se acaba por perder toda capacidad de redimirse en el silencio obligado por las otras formas de llorar que los propensos al drama padecemos, y así, en el mayor de los ridículos nos aburrimos y en ese alboroto chusco, son los otros los que se llevan la mejor parte de nuestras sentencias oferentes o aquellas otras impertinencias al viento de la indiferencia, tan ajena, como añeja en su destino: ser los payasos que lloran debajo de la abocetada pintura maltrecha por los gestos invisibles al ojo experto en el registro de las ocasiones necias.

Si todo está ya dicho de mejores maneras, nuestra vida nunca fue tan distinta de aquellos mejores que nosotros a la hora de narrar, no sólo la caída, sino la más profunda de las muertes, el olvido, y en ese otro abandono, el bueno, reconocer qué antes ya se ha vivido de todo y por todo por alguno, o por casi todos; la perfección acabada del ser se ha servido en la mesa del banquete final y tener hambre no es excusa, espejo de todos los demás festines, desde la cueva inhóspita al palacio más hermoso, el ciclo debe ser eterno, para no saber que tal vez, vivir sea una sombra lastimada de hollín y ceniza donde quemar nuestra extraña persistencia en la memoria del mundo.

Si la hecatombe de la vida atrapa nuestra mano libre, estaremos atados al poste de por vida, dando vueltas, y creyendo que en eso consistía el cuento. Y los genes mientras tanto obligando a contar con la ignorancia de sus portadores, y así, continuar sin desatinos burlescos para su propio fin, engañarnos en nuestro vacuo fasto, propalando la estúpida idea de que tenemos algo por lo que vivir.

Comparto con los antiguos argivos el miedo al mar, pero aun participo más si cabe del amor jónico por contarme a mí mismo, para no perderme del todo, como una ola no registrada en el infinito acaecer de aquella playa que jamás volveré a pisar.

Saludos, anónimo lector.

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