Sordo ya, me doy la vuelta: de su sal.

Sordo, y ciego... a no tardar.

Sordo, y ciego… a no tardar.

He llegado a la playa, y estaba cerrada a cal y canto. No sabía que pudieran ser ya fronteras en sí mismas, la arena convertida en muro por la fuerza de los hechos… el Sol tímido de otoño, abriéndose paso por el raso de las nubes arrostrando tu jolgorio y yo ponía un pie en aquella playa maldita por los Dioses, vengativos como único oficio desde su partida, y la Sirena pidiendo favores de nuevo en forma de peculio al otro lado de los hilos de Hermes, «peculio» gritaba, gritaba y yo caí rendido. ¡Cómo envidié a Odiseo! Él era desde luego mucho más listo que todas las ficciones y sus demiúrgicas estratagemas no le vencieron, con Poseidón entretenido, mientras que yo, caí rendido, no de bruces, no de espanto, de puro cansancio.

¡Peculio! Se oía al otro lado de la muralla de arenas de miles de millares de conchas devoradas por la Sirena, insaciable como lo son sin espejos, se hartó de comer nanocrustaceos para regurgitar el tapiz de sal y odio con que pretende no verme, y sin embargo, tan insatisfecha, nada la llenará como la carne que de mis huesos extraía, de mis tendones con los que se hacía té de quimérico regaliz, con mi sangre que coagulaba para tomarla como helados en las tardes en que no estaba saboreando los zumos de Deméter, tan odiosa como buena madre, ¿y ella pretendía emularla? Si se hinchaba hasta de suspirar, (no se deja de ser sirena tan fácilmente), mientras yo leía en sus retinas el hastió que ya le preocupaba, pero hasta que no llegó su otro infeliz repuesto, disimulaba, con los velos de la ausencia que llegaría como fruto a sus desvelos, noches eternas en el otro lado de la roca que por tálamo teníamos.

Hipogeos no obstante del alma, lloré al verme tratado como aquel al que quemar en efigie, ritos de hadas, no de brujas, las pobres, acusado por los mismos hechos que veía en su enajenada venda que le ardía en los ojos, oyendo los lamentos de sus otras hermanas, y sintiendo a cada bocanada que debía odiarme, para no sentir vergüenza de mis cadáver. No la tiene, bien lo sé.

Jamás serás más que lo que fuiste, y tu nueva vida, no es más que un simulacro, como si aquel Apolodoro escribiera tu historia, falsario y fatuo o algún otro, el más vulgar de sus imitadores, no dejaría de ser lo más conveniente, pero La Sirena no es Helena de Troya, es la de Esparta en todo caso. Buena hija y emuladora heredera de Clitemnestra, con su bañera de pórfido purpurado por mis flebas invalidadas; ya me ahogo en este lado de la playa, no sufras; Casandra aún no me conoce y no lo hará, antes habré muerto, como es tu deseo, en esa efigie de barro cocido en que me conviertes, libarás mis ya ancianos sesos. No te atragantes, no vaya a ser, qué como colmo y cima me culpen a mí de ello. Y siento decirlo, pero la paciencia, nunca fue un don que los dioses, mayores ni menores, te concedieron, ni a ti, ni a tus hermanas, las otras sirenas que tanto anhelas en sus consejos, da recuerdos míos, y no me pidas más estipendios conjeturados ni bienes ni sal, nada tengo. Todo está en tu arcón perversamente hecho de tus excusas…Adiós, Sirena adiós, mira, por obra y gracia de aquel que sí me amó…la cera de mis oídos se ha hecho de repente de Plata…muerta. Sordo ya, me doy la vuelta.
Telémaco. Mientas tanto…

Saludos, Anónimo Lector.

Coda: A veces El Mundo de la Fonografía de J.L. Pérez de Arteaga se conjuga con el cielo hosco, y me concede en estos instantes, al escribir esto, la Quinta de Mahler, con su Marcha Fúnebre del primer movimiento ¿No me envidiará algún «daimon» odioso que desconozco?

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