Ya vienen los muertos, (siempre están ahí)

DecimoMonica

Ya vienen de nuevo los muertos a pedir su ración anual de examen, un año más se arremolinan a los quicios de sus siempre opulentos y burlescos panteones, los más ricos en vida de sus vivos, hay otros, una mayoría, ansiosamente, sentados sobre las esquinas de sus tumbas, ya sean las lujosas de mármol de Macael o aquellas otras algo pretenciosas de cementos diversamente pulidos, de vidriadas areniscas de imitación o ramplones simulacros de rarezas incoherentes para tales cometido; otros asoman la cabeza tímidamente de sus nichos, y los hay que ni se molestan en alzar siquiera una cuenca vacía de sus, antaño, ojos, u ofrecerse a saludar con la mano, en un gesto de educada elocuencia emulando su vida pasada, pues estos, que suelen estar al principio de todo cementerio, son tan viejos en sus escuálidas tumbas, que hoy son pasto de postales «góticas» y pienso de vivales de escritoras en busca de nombres para novelas fantasiosas, son los muertos más muertos, la veteranía y sus grados, y de seguir paseando, uno se adentra en las décadas rumorosas y no las estaciones, cuanto más arriba se adentra uno más ordinario, más vulgar y más cenotafios de falaz piedra e inscripciones se encontrará si se digna a observarlas mientras uno busca sus propios muertos, y ni son blancos ni contienen muerto alguno, no por falta de cadáveres, sino por la ausencia de vivos que los visiten. Cuán larga es la espera, pero más dura es la ausencia de aquellos que aún recuerdan nuestros muertos y el reconocimiento de haber sido olvidado, de nuevo, con la guisa de ser «Perpetua», como rezan las lápidas.

Se les ve a casi todos, aquí y allá, diseminados pero muy presentes en sus marcial espera, y sucede que aquellos que mantienen como condena añadida una efigie o un retrato, en sus variantes formas, pues las hay de tan incoherentes como la estupidez del dolor nos permite, para toda manifestación de un dolor así disminuido: vestidas de novia, algunas, otros, muchos en el día de su jubilación, brevemente disfrutada y otras más en aquellas menos coquetas de seguir por aquí que sólo se conceden un perfil desdibujado, y aquellas otras manifestaciones no menos infaustas, caritas de infantes y damiselas a punto de contraer algún santo hábito, devotas siempre las miradas, perdidas la expresión a un infinito ignoto; no faltan tampoco, casi nunca, como es costumbre arraigada, los retratos en porcelana de dudoso gusto aquí y en el más allá, y todos se colocan delante, para ocultar en lo posible algún rasgo de recuerdo de cómo eran en vida, no soportan que los advirtamos de esa guisa , incluso aunque fuera una foto tomada el día antes de la partida, desean, puesto que lo necesitan, reconocimiento; no es mucho, pero se lo debemos.

Hace poco una señorita, muerta de algún mal decimonónico sin determinar, me decía que de un tiempo a esta parte el cementerio, su casa de Reposo, como a ella le gusta llamarlo, se ha convertido no ya en una fiesta de la opulencia de floristería, sea natural o del bendito plástico de Asia, «mejor eso que nada», me dice, mientras sigue perorando del agasajo culposo, del remordimiento en forma de ramo más propio de ceremonias en el Palacio Real de bodas y que ha oído algo sobre una cosa que se llama Instagram, donde la gente que todavía se mantiene en este lado, se dedica a fotografiarse los pies, y otras cosas inconexas me relata pues por su posición privilegiada se pasa la muerte escuchando (cotilleando más bien), e intento explicarle qué, en efecto, hay de eso y de otras tantas modernidades, y me interrumpe, «no veo la necesidad de conservar imagen alguna de los pies, aquí de poco han de servirle, de hecho son muy molestos, en verdad, todo con lo que se nos enterró es muy inapropiado», escucho paciente y quisiera contarle que la vida es hoy epitafios en forma de trino, frases muertas por muy graciosas y chispeantes que nos parezcan, o del aquello otro, un muro donde colgar muestras mortajas mentales, muertas una vez que alguien se dedica a decir «megusta», en ese momento el muro cambia y como en un test de Rorschach, seguimos los vivos jugando a no creer en la verdad de la existencia, estamos solos cundo nos falta la madre, sin padre, sin nadie que nos ame dadivósamente, y esa felicidad es la sola presencia paciente a la espera del abrazo furtivo y del no menos beso de aquel hermano, aquella melliza, aquel amigo que hoy es del «género muerto», y de ese no hay Universidad que se moleste en estudiar, no se cobra subvención por ello.

Ella es delicada, y en su estado, se queja de lo raro que hablamos hoy, «no me molesta en absoluto tanta locuacidad inconveniente, es tal vez, para mi pesar, que apenas les entiendo, a duras penas les alcanzo a entender un giro nuevo o una nueva letanía por ser latiguillos tan habituales y esa lacra a mi oído, me irrita e incómoda en lo más íntimo, pues más pareciera yo la boba que ellos los instruidos…». Antes tales palabras, intento zafarme, sé y me duele, que a la pobre damisela con moño bajo, y trenzas a los lados recogidas en la nuca, pues así se ve en su efigie, aunque yo la veo con el velo de la piedad, nariz imperial y ojos de miopía romántica, le encantaría seguir hablando, pero son muchos mis muertos y no puedo demorarme más, Me despido cortésmente y ella girándose como si agitara su abanico me repite «Caballero, no se haga usted retratos de los pies, que aquí ni han de servirle ni habría de disponer de los mismos, sino sea para mortificarle, que con ellos a ningún sitio ha de ir,…!Ah! y de la comida, mejor no me explayaré…», la escucho con gesto de impaciencia…«Señor Mío, y yo que pensaba que la inteligencia y el buen gusto permanecían siempre de su lado», así pues le concedo una última solicitud de corrección y le contesto: «Señorita mía, no es que la inteligencia, y el gusto, es decir ni la estética más elocuente ni la más discreta de la instrucciones se divida por mundos, es sólo que cada uno se lleva lo que fue…»

Cuando ya me despedía hasta una nueva visita, un caballero de mostacho y patillas inequívocas de su edad en su última hora, modas que vienen, modos que nos abochornan lerdamente a rebufo del estelar retorno del geoide atado al Sol, me reclamó con sus casi inaudibles palabras «Caballero, ¿sería usted tan amable de concederme un poco de su amabilidad?, una menudencia en sí misma, ya ve que mi segundo apellido es catalán, y se rumorea que ya no podrán venir a verme, de ser cierto, ¿sería mucha molestia para usted decirle a mis vivos que aquí vine a morir, pero que el aire que nos separa no es nada en comparación con la tierra que también a ellos habrá de cubrir? y en el caso extremo de no encontrarles, un último ruego, señáleles que al fin, todos estaremos solos si se empeñan en fronteras, marcas pomposas con lemas absolutos, ya ve, bien lo sabe por ser un conocido habitual de estos aposentos, que aquí, escasamente un palmo de eventual bendita tierra, nos separa y sin embargo… »

«Decididamente», me dije, «no debería hablar con ellos, dentro de poco tendré que leerles el periódico, si subsisten de aquí a dos años» O tal vez, pediría una «wifi» abierta en el cementerio… pero me da la sensación de que la Iglesia no estará por la labor, de loco me juzgarían, y no les faltaría razón.

Subí, alejándome, por la tribuna de cipreses en busca de los míos, y ellos, altivos como dagas de Damasco, callados siempre, de una mudez aterradora por pertinaz, parecían sonreír mientras me cobijaba a su sombra, bien saben ellos qué en su sencillez, reside su eternidad.

Saludos, anónimo lector.

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Una respuesta a “Ya vienen los muertos, (siempre están ahí)

  1. Pingback: De cerámicos y columbarios | El Arte del Renacimiento Italiano

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